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miércoles, 23 de marzo de 2011

UD 41. Nacionalismo y liberalismo en la Europa del siglo XIX

UD 41. NACIONALISMO Y LIBERALISMO EN LA EUROPA DEL SIGLO XIX.

INTRODUCCIÓN.
1. EL LIBERALISMO.
El liberalismo europeo continental después de 1815.
1.1. LOS ORÍGENES DEL LIBERALISMO DEL XIX.
1.2. SIGNIFICADOS DEL CONCEPTO LIBERALISMO.
1.3. TIPOLOGÍAS DEL LIBERALISMO.

2. EL NACIONALISMO.
2.1. LOS ORÍGENES DEL NACIONALISMO.
2.2. SIGNIFICADOS DEL CONCEPTO NACIONALISMO.
2.3. TIPOLOGÍA DE LOS NACIONALISMOS.
Un nacionalismo libe­ral y revolucionario.
Un nacionalismo conservador.

3. LAS REVOLUCIONES BURGUESAS DE 1820-1823, 1830 Y 1848.
3.1. LAS REVOLUCIONES DE 1820-1823.
La revolución de 1820 en España.
Las repercusiones en Europa.
3.2. LA REVOLUCIÓN DE 1830.
La re­volución de 1830 en Francia.
Las repercusiones en Europa.
3.3. LA RE­VOLUCIÓN DE 1848. 
La re­volución de 1848 en Francia.

4. EL LIBERALISMO TRIUNFANTE.
El triunfo del liberalismo en Europa en la segunda mitad del s. XIX.
El modelo británico.

5. LOS NACIONALISMOS DE LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XIX.
5.1. LA UNIDAD ALEMANA.
El despertar del nacionalismo alemán.
Los primeros intentos de unidad.
Las guerras de unificación.
La Alemania de Bismarck.
5.2. LA UNIDAD ITALIANA.
La situación de la península italiana en la primera mitad del s. XIX.
El proceso de formación del reino de Italia.
5.3. LOS NACIONA­LISMOS EN EUROPA ORIENTAL.
Polonia.
Las nacionalidades del Imperio Austrohúngaro.
LOS PAÍSES BALCÁNICOS.

APÉNDICE:  NACIONALISMO EN LOS PAÍSES BALCÁNICOS EN EL S. XIX.

INTRODUCCIÓN.
Esta UD se concentra en la evolución política, dejando para otra UD los apartados de pensamiento político y económico re­lacionados con el nacionalismo y el liberalismo.
Un resumen.
La Restauración del Antiguo Régimen en el Con­greso de Vie­na (1815), no fue completa. Las ideas liberales de la Revolu­ción Francesa se habían extendido por toda Europa du­rante el periodo napoleónico y la burguesía las había hecho suyas. La Santa Alianza entre las coronas absolutistas fracasó a largo plazo. El curso de los acontecimientos sólo podía ir en una di­rec­ción, la de la sustitución de las clases privilegiadas por la burgue­sía. Además el nacionalismo surgió con una fuerza des­conocida hasta entonces. Los países con un sentimiento na­cional tendie­ron a separarse o unirse, buscando dar entidad estatal a su identidad nacional.

1. EL LIBERALISMO.
El liberalismo europeo continental después de 1815.
El liberalismo se mantuvo vivo en el continente europeo después de 1815. A pesar del Congreso de Viena y de la Restau­ración, los principios de la Revolución Francesa no habían muerto. En todos los países europeos persis­tían grupos políti­cos, más o menos numerosos, que defendían las libertades de los ciudadanos, por lo que se les denominaba li­berales. En los años inmediatamente posteriores a 1815 casi todos los gobier­nos (me­nos Inglate­rra) persiguieron a los liberales, en su ma­yor parte intelec­tuales y burgueses, por lo que estos se vieron obligados a organizarse en sociedades secretas, donde discutían su ideología y, a veces, preparaban golpes de Estado.
1.1. ORÍGENES DEL LIBERALISMO DEL XIX.
Los orígenes del liberalismo estaban en las ideas de la Ilustración y la Enciclopedia (Locke, Montesquieu, Voltaire, Diderot, Rousseau), y el ejemplo del parlamentarismo inglés y de la Revolución Francesa.
1.2. SIGNIFICADOS DEL CONCEPTO LIBERALISMO.
La ideología liberal pretendía establecer monarquías par­la­mentarias, en las que se ejercería la soberanía nacional me­diante una Constitución y se limitaría el poder real a través de la división de poderes. Eran ideas que estaban presentes ya en Gran Bretaña y en la Revolu­ción Fran­cesa y que se mantu­vie­ron sin grandes cambios hasta que la in­dustrializa­ción pro­vocó cambios sociales y la aparición del proletariado como una clase amenazante.
Esto hizo que el liberalismo se adaptara, porque tenía contradicciones:
- Por un la­do, el li­beralismo era revolucionario porque deseaba la destrucción del Antiguo Régimen.
- Pero, por otro lado, el liberalismo era conservador por­que la bur­guesía liberal tra­taba de de­fender sus intereses y derechos, sobre todo el de la propie­dad, frente a las clases trabajado­ras. Esto lo realizó mediante la negación del sufragio univer­sal, pues concediendo el derecho al voto sólo a los que tienen un determinado nivel de riqueza o de cul­tura (sufragio censita­rio).
1.3. TIPOLOGÍAS DEL LIBERALISMO
Estas tendencias contradictorias dan lugar a la aparición de diversos grupos liberales.
- Los partidarios de restringir las libertades y el dere­cho al voto, en beneficio de la burguesía, son los liberales mode­ra­dos.
- Los que pretenden mayores refor­mas, en beneficio de las cla­ses populares, reciben el nombre de liberales progre­sis­tas (en España también “exaltados”) y de sus filas y de su acción políti­ca surgirá la demo­cra­cia par­lamentaria, que pide la sobe­ranía po­pular, lo que supone el sufragio universal, la amplia­ción de las liberta­des y el régi­men republicano, en vez de la monarquía parlamen­taria.

2. EL NACIONALISMO.
Paralelamente al liberalismo y relacionándose con él en muchas ocasiones, se extiende por Europa el nacionalismo, por los mismos motivos: el impacto de la Razón y de las guerras na­poleónicas, además de la necesidad de crear grandes mercados nacionales para el comercio.
2.1. LOS ORÍGENES DEL NACIONALISMO.
El nacionalismo tenía sus orígenes en el fondo de los tiempos, pues siempre ha habido conciencia de pertenecer a una comunidad en contradicción con las otras. Pero con la Edad Mo­derna el sentimiento nacional surgió entre la población y se conso­lidó con el tiempo. En el s. XVI ya había un sentimiento de ser francés, español, inglés, etc. Pero es en el s. XVIII y, sobre todo, en el XIX, cuando este sentimiento se interioriza, se teo­ri­za, se siente hasta el punto de provocar guerras civiles e internacionales, revoluciones para crear Estados con una base nacional.
Esta ideología aparece en Alemania en la época napo­leó­ni­ca, bajo la doble presión de las ideas revolucionarias y del Roman­ticismo cultural, que exaltaba la libertad.
2.2. SIGNIFICADOS DEL CONCEPTO NACIONALISMO.
De las obras de los autores alemanes (Fichte, Schegel) de principios del s. XIX puede deducirse que el nacionalismo es un sentimiento cul­tural y po­lítico que con­sidera que cada nación, o entidad his­tórica, debe constituir un Estado independiente. Según estos escritores la nación está compuesta por grupos hu­manos con unos vínculos comunes: la lengua, la cultura, la ra­za, los lazos históricos. Fichte sostiene en sus Discursos a la nación alemana (1807) que: ‹‹Todos los que hablan un mismo idioma hállanse unidos entre sí desde el principio por un cúmulo de lazos invisibles, porque pueden comprenderse unos a otros y se comprenderán cada vez con mayor clari­dad formando, natu­ralmen­te, un todo homogéneo››.
2.3. TIPOLOGÍA DE LOS NACIONALISMOS.
Un nacionalismo liberal y revolucionario.
El nacionalismo era un peligro para la Europa de la Res­tauración, porque podía provocar la disgregación de los grandes Imperios, como Austria y Turquía, mientras, por otra parte, suponía el derecho de integración de los múltiples Estados de Alemania y de Italia. Esto explica que el nacionalismo hiciera suyos los principios del liberalismo y que ambas ideologías marcharan juntas en la mentalidad burguesa durante varios dece­nios.
Un nacionalismo conservador.
Pero ya desde el principio, en el pensamiento nacionalista surge una veta conservadora, legitimista, tradicionalista, que ve las raíces del pueblo en los mitos del pasado medieval, de la monarquía absoluta, de la religión cristiana (católica en Austria, luterana en Prusia). De este modo, una vez conseguida la uni­ficación alemana e italiana hacia 1870, el nacionalismo se erige en ideología conservadora y antirrevolucionaria.

3. LAS REVOLUCIONES BURGUESAS DE 1820-1823, 1830 Y 1848.
3.1. LAS REVOLUCIONES DE 1820-1823.

Mapa de la Revolución de 1820-1823.

La revolución de 1820 en España.
En 1820 comienza en España un proceso revolucionario, el Trienio Liberal, que limita el poder absoluto del rey Fernando VII y promueve importantes reformas liberales en la propiedad agrarias y la legislación civil. La Constitución de Cádiz de 1812 es promulgada.
Las repercusiones en Europa.
El impacto de la revolución española llega pronto a Ita­lia, donde triunfa una revolución liberal en el reino de las Dos Sicilias, que adopta como constitución la española; a Por­tugal y a otros lugares. Finalmente, esta oleada revolucionaria provoca la reacción de la Santa Alianza, que interviene mili­tarmente en todos estos países hacia 1823 para restablecer el orden tradicional.
3.2. LA REVOLUCIÓN DE 1830.
La re­volución de 1830 en Francia.
La Restauración de los Borbones en 1814, definitiva en 1815, supuso el regreso del rey Luis XVIII, que promulgó la Carta Constitucional (llamada “Carta otorgada”), que estableció un régimen parlamentario moderado y respetó las conquistas de la Revolución, respecto a la igualdad ante la ley y la libertad de pensamiento, de prensa y de culto. A partir de 1820 y hasta su muerte en 1824 fue superado por las derechas. Le sucedió su hermano Carlos X, quien pretendió volver al Antiguo Régimen.
En julio de 1830, en medio de una crisis económica, disol­vió la Cámara de diputados y retiró la libertad de prensa. En­tonces se produjo un movimiento popular en París, dirigido por los libe­rales, en defensa de las libertades. La revolución, en tres días, consiguió que Carlos X abandonara la corona, que fue en­tregada a su pariente, el liberal Luis Felipe de Orleans.

Mapa de la Revolución de 1830.
Las repercusiones en Europa.
Las repercusiones fueron inmediatas en distintos lugares de Europa, con levantamientos liberales y nacionalistas.
El levantamiento en Bélgica de los belgas (católicos y liberales) contra la monar­quía holan­desa (calvinista y absolu­tista) triun­fó en agosto de 1830, con el apoyo de Francia y el reconocimiento de Gran Bre­taña, creán­dose el reino de Bélgica.
El levantamiento de los polacos contra Rusia fue duramente reprimido debido a la falta de ayuda exterior.
Lo mismo ocurrió con los movimientos liberales que estallaron en algunos Esta­dos italianos, finalmente sofocados por los austríacos.
En España y Portu­gal, la influen­cia de la nueva situación llevó poco des­pués al establecimiento de monarquías liberales.
Los liberales que dominaron en estos países de Europa Oc­ci­dental en el periodo 1830-48, en general eran liberales mode­ra­dos, que con­taban con el apoyo de la gran burguesía, que te­mía las demandas económicas de las clases trabajadoras. Por ello, sólo concedie­ron el derecho al voto a las personas que gozaban de cierta posición. Desde el poder, esta burguesía con­tribuyó a crear industrias y a construir líneas férreas, lo que significó la propagación de la Revolución Industrial.

3.3. LA RE­VOLUCIÓN DE 1848. 
Esta revolución fue mucho más intensa y extensa que la de 1830, por dos razones:
- La radicalización de las ideas libe­rales. Frente a la alta burguesía liberal moderada, la pequeña burguesía y las gentes humildes de las ciudades deseaban participar en la vida política y conseguir mejores condiciones de trabajo. Es la de­mocracia (un movimiento radical en la época), que defiende el derecho al voto de todos los ciudada­nos.
- La crisis económica. A partir de 1845, unos años de ma­las cosechas en Europa provocaron hambre, carestía de alimen­tos y cierre de talleres. Los más perjudicados fueron los obre­ros y las gentes pobres de las ciudades. El descontento general fue aprovechado por los liberales demócratas para impulsar mo­vimientos revolucionarios en distintos lugares de Europa.
Mapa de la Revolución de 1848.
La revolución de 1848 en Francia.
Como en 1830, la revolución em­pezó en París. En febrero de 1848, la sublevación de la ciudad obligó al rey Luis Felipe a abandonar el trono. Se proclamó entonces la II República, con un gobierno de liberales y demó­cratas, en el que había incluso algunos socialistas. Una de las primeras decisiones del nuevo gobierno fue la proclamación del sufragio universal, la liber­tad de prensa y de reunión, y la abolición de la esclavitud en las colonias.
Fue votada una Constitución, que en lo político se basaba en dos poderes: una Asamblea legislativa y un Presidente de la República, que debía ser elegido cada cuatro años. Para oponer­ a los socia­listas el partido conservador, que deseaba la restauración de la monarquía, eligió un camino intermedio: adoptar como candi­dato al príncipe Luis Napoleón Bonaparte, sobrino de Napoleón, quien resultó elegido presidente.
Las repercusiones en Europa.
A consecuencia del triunfo de la revolución en Francia, en marzo estalló una sublevación en Viena, lo que provocó un am­plio movimiento revolucionario y nacionalista en todo el Impe­rio de Austria: mientras los austríacos exigían libertades, los che­cos, los italianos y húngaros reclamaban también la indepen­den­cia. Se producía una yuxtaposición de liberalismo y naciona­lis­mo. En los meses siguientes estallaron sublevaciones simila­res en Prusia y otros Estados alemanes, y en Milán y Venecia se produjo un levantamiento contra el dominio austríaco, con el apoyo del rey del Piamonte, que concedió una Constitución a su reino.
Pero el movimiento revolucionario europeo terminó en un gran fracaso, pues la nobleza, los militares y la alta burgue­sía ayudaron a los reyes para evitar que los liberales más exaltados tomaran el poder. El emperador de Austria, con el apoyo ruso, consi­guió dominar la situación en todas partes. En Francia, finalmente, los burgueses ricos ayudaron al presidente Luis Napoleón a dar un golpe de Estado (1852), mediante el cual se proclamó emperador tras un referéndum, estableciendo un go­bierno autoritario y conservador.

4. EL LIBERALISMO TRIUNFANTE.
El triunfo del liberalismo en Europa en la segunda mitad del s. XIX.
La consecuencia de las revoluciones burguesas fue que las ideas liberales se fueron imponiendo en los países europeos, por grado o por fuerza. A finales del s. XIX sólo un país im­portante de Eu­ropa, Rusia, seguía manteniendo la monarquía ab­soluta y la so­ciedad del An­tiguo Régimen.
A partir de 1830 los políticos li­berales fueron dando for­ma a un sistema de gobierno llamado de­mocracia liberal parla­menta­ria, que acabó por consoli­darse a finales del siglo XIX y prin­cipios del s. XX, cuyas ca­racterís­ticas se con­servan toda­vía: su­fragio uni­versal para la elección del Parla­mento (y en algu­nos casos del Presidente de la República), partidos po­líti­cos, poder ejecutivo responsable ante el Parlamento y ele­gido por este.
El modelo británico.
Las reformas políticas en Gran Bretaña fueron las más no­tables, actuando como ejemplo (junto al de los EEUU) para los de­más países. El largo reinado de la reina Victoria (1819-1902) vivió el desarrollo imperial, económico y democrático. La igualdad para los católicos (1829), la reforma electoral (1832, 1867, 1884) ampliando el cuerpo de votantes a la burguesía y parte del campesinado y del proletariado, la alternancia de liberales (whigs) y conservadores (tories), el predominio cre­ciente de la cámara de los Comunes sobre la de los Lores, la mejora (nunca satisfactoria) de la situación autonómica de Ir­landa. El conservador Disraeli y el liberal Gladstone personi­ficaron el sistema democrático y parlamentario británico.
           
5. NACIONALISMOS DE LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XIX.
5.1. UNIDAD ALEMANA.
El despertar del nacionalismo alemán.
La invasión napoleónica depertó el nacionalismo alemán, el pangermanismo, parti­cularmente en Prusia. Fichte, con sus Dis­cursos a la na­ción alemana (1807-1808) exaltó el espíritu na­cional. El triun­fo final en 1814 auguraba una nueva etapa his­tórica.
Alemania permaneció dividida después del Congreso de Vie­na (1815). Se creó la Confederación Germánica, con más de 30 Esta­dos, en la que persistía la tradicional rivalidad entre Austria y Prusia, con dos dinastías enfrentadas, los Habsburgo y los Hohenzollern. Estos dos Estados eran muy diferentes. Pru­sia adquiría la Renania, lo que la con­vertía en una potencia in­dus­trial. Aus­tria era un complejo con­glomerado de nacionali­da­des. La unidad entre ambas era imposi­ble.
Los primeros intentos de unidad.
El sentimiento nacionalista de la época napoleónica per­sistió e inspiró las sociedades secretas de los años 1820 y los movimientos revolu­cio­narios de 1830 y 1848, pero los resultados fueron escasos, y acabaron en una dura repre­sión.
En 1818-1834 se desa­rrolló una Unión aduanera (Zollverein) al­rededor de Pru­sia, ampliada desde 1834 a casi todos los Esta­dos ale­manes del sur, lo que fa­ci­litó el comercio y la pro­duc­ción y asentó las bases de la unión política a largo pla­zo.
En 1848 el Parlamento de Frankfurt plan­teó la uni­ficación, ofreciendo al rey de Prusia la corona imperial, pero la presión de Austria lo impidió. Aunque la revolu­ción de 1848 fra­casó, dejó muy vivo el sen­ti­mien­to na­cio­nalista y el conven­ci­miento de la bur­guesía de que el pro­greso estaba en las li­ber­tades políticas y en la uni­fica­ción territo­rial, que sig­ni­fica­ba la ampliación de merca­dos. Pero su fraca­so supuso que la unidad no la hicie­ran los libera­les sino los conservadores pru­sianos, lo que marcó el carácter del nuevo Estado alemán, dema­siado mili­tarista.
En este sentido, Ignacio Sotelo[1] explica la cuestión ale­ma­na (el problema de su uni­fica­ción y divi­sión, su implica­ción en dos guerras mundia­les), en­tre otras causas, por el fra­caso de la revolución libe­ral de 1848, en unir el país en una Gran Ale­mania liberal y democráti­ca. No era posible integrar a Aus­tria mientras esta tuviera un imperio multiétnico. La alter­na­tiva fue una Pequeña Alemania, frustrada y expansiva, fundada sobre el ideal de la “grandeza de la nación” y no sobre la “so­beranía del pueblo”. Este ideal promovería los dos conflictos bélicos del s. XX. El mie­do de las poten­cias a una Alemania unificada explica su di­visión en 1945 y sólo la opción de una Europa uni­da, que dilu­yese su amenaza, ha motivado que se haya permitido su reunifi­cación en 1989.
Las guerras de unificación.

Mapa de las tres guerras de unificación de Alemania.

Bismarck, primer ministro (1862-90) del rey Guillermo I de Pru­sia (1861-88), reforzó el Estado y el ejérci­to (organiza­do por Moltke) y planteó tres sucesivas gue­rras para lograr la unificación:
1) Contra Dinamarca (1864-65), en la que se ocuparon los du­cados de Schles­wig y Holstein, por parte de Prusia y Austria.
2) Contra Austria (1866). Las divergencias entre ambos paí­ses permitieron a Bismarck provocar el estallido de la gue­rra, muy breve, por la victoria del bien organizado ejército prusia­no en Sadowa. El resultado fue la exclusión de Austria de Ale­mania. Prusia se anexionó todos los territorios que separa­ban Prusia de Renania y creó la Confederación de Alemania del Nor­te, que comprendía todos los Estados alemanes, menos cuatro en el Sur, que se negaban a unirse a la Confederación. Al mismo tiempo, Italia, aliada de Prusia, consiguió Venecia.
3) Contra Francia (1870). Bismarck planteó una guerra pa­triótica de todos los alemanes contra un enemigo común para conseguir por fin la unidad política. El enemigo sería la Fran­cia de Napoleón III, rival política y económica, quien también ne­ce­sitaba un triunfo exterior para consolidar su prestigio en Francia. El discutido nombramiento del rey de España permitió crear una situación bélica, con una declaración de guerra. Fue una guerra muy corta, con el ejército alemán mucho mejor armado y organizado, con más ferrocarriles para su rápido transporte. La invasión permitió aniquilar al ejército francés en Sedán y tomar prisionero a Napoleón III. Se proclamó la República en Francia, mientras las tropas alemanas llegaban a las puertas de París, que acabó rindiéndose. Prusia se anexionó Alsacia y par­te de Lorena, creando un agravio que favorecería la I Guerra Mundial. La victoria hizo que los Estados del Sur decidieran su unión: en enero de 1871 Guillermo I de Prusia fue proclamado emperador de Alemania en la Sala de Espejos de Versalles.
La Alemania de Bismarck.
Bismarck fue el canciller de Ale­mania y dirigió con mano maes­tra su desarrollo político, econó­mico (sobre todo indus­trial) y militar, junto a un sistema de alianzas que aseguraron su hegemonía europea y el aislamiento de Francia. El crecimien­to demográfico y económico de Alemania fue extraordinario: a finales del s. XIX tenía 60 millones de habitantes y era la segunda potencia económica europea, la gran rival de Gran Bretaña en los mercados internacionales, y con un naciente imperio colonial. La burgue­sía le apoyaba en su nacionalismo. En el interior Bismarck afrontó dos enemigos: el catolicismo (primero la represión de la Kul­turkampf y lue­go la transigencia) y el socialismo (con una avanzada legisla­ción social). Moderado, no aspiraba a am­pliar Alemania, pero cuando dimitió en 1890 por desavenencias con Guillermo II sus sucesores fomentaron un peligroso panger­manis­mo, uno de los factores posteriores de la I Guerra Mun­dial.
5.2. UNIDAD ITALIANA.
La situación de la península italiana en la primera mitad del s. XIX.
La unificación de Italia parte de una previa división en siete Estados indepen­dientes: el reino de Piamonte y el Lombar­do-ve­neto (bajo domi­nio aus­tríaco) al Norte, el de las Dos Si­cilias en el Sur, los Estados Pontificios, Toscana, Parma, Mó­dena. Sobre estas tres últimas Austria ejercía un protectorado. En toda Italia había grupos li­berales y nacionalis­tas (los car­bo­na­rios) que propug­naban la expulsión de los austríacos, la unión de Italia y el estableci­miento de un régimen de liberta­des. Fueron repri­midos por Aus­tria en los años 20. Nápoles, que en 1820 se había le­vantado y conseguido una Constitución según el modelo de la española de 1812, fue devuelta al absolutismo de los Borbones. La revolución de 1830 en Romaña, Umbría, Móde­na, Parma... tam­bién fracasó. Mazzini fundó la sociedad “Joven Italia” (1831), liberal, nacionalista y republicana, que reunió a los carbona­rios y a la que se unió Garibal­di. Fue la vía opuesta a la monárquica propugnada por Cavour, que triunfó al final.
La revolución de 1848 sacudió Italia, en busca de la demo­cracia y la unificación. El reino de Piamon­te-Cerdeña (bajo la dinastía de Sa­boya) se liberalizó y dirigió la lu­cha contra los aus­tría­cos, pero fue derrotado. El abso­lutis­mo se res­ta­bleció en los Esta­dos ita­lianos, excep­to en el Pia­mon­te, que mantuvo la Consti­tución en el reina­do de Víc­tor Manuel II.
El proceso de formación del reino de Italia.
Piamonte fue el Estado que dirigió el movimiento, que ten­dría un doble cariz: libera­dor contra Austria, unificador de Italia bajo la dirección de Víc­tor Ma­nuel II y de su primer ministro, Cavour.

Mapa de la unificación de Italia.

La unificación se produjo des­tacando cinco fechas:
- 1859. El Piamonte declara la guerra a Austria, contando con la ayuda francesa, pues a Napoleón le interesaba aparecer en la política europea como defensor de los nacionalismos. Des­pués de las victorias de Magenta y Solferino se consiguió la liberación de Lombardía, aunque Saboya y Niza (de población francesa) fueron entre­gadas a Francia, por la ayuda prestada.
- 1860. El triunfo contra Austria promovió un movimiento nacionalista y patriótico. Se realizaron plebiscitos en Parma, Módena y Toscana, además de en las Marcas pontificias (Romaña, Umbría), que fue­ron favo­rables a la unificación. Poco después, Gari­baldi, con un ejér­cito de voluntarios, desembarcó en Sici­lia y luego en Nápo­les, y consiguió la caída del rey absolutis­ta bor­bónico de las Dos Sici­lias.
- 1861. Se reunió un Parlamento en Turín y proclamó el reino de Italia, cuyo rey era Víctor Manuel II. Quedaban toda­vía fue­ra del nuevo reino Venecia, en poder de Austria, y Roma, donde el Papa mantenía su poder con ayuda de tropas francesas, ya que ante la presión de los católicos franceses, Napoleón III se vio obligado a frenar el avance italiano hacia Roma.
- 1866. Italia intervino junto a Prusia en una guerra con­tra Austria. A pesar de las derrotas italianas, la mediación de Napoleón III hizo que Austria cediera Venecia a Italia.
- 1870. Las tropas italianas entraron en Roma, abandonada por los franceses, tras la caída de Napoleón III. La unifica­ción se había completado y Roma pasó a ser capital del reino. El conflicto con el Papado no quedó resuelto hasta los acuerdos de Letrán de 1929, que reconocieron la independencia del Vati­ca­no y la unidad de Italia.
Se había logrado la unidad política, bajo una monarquía constitucional, con un régimen de libertades políticas y econó­micas e Italia se convirtió en una potencia europea, con un gran desarrollo demográfico, pero se mantuvieron las diferen­cias entre el Norte industrial y el Sur agrícola.
5.3. NACIONALISMOS EN EUROPA ORIENTAL.
Polonia.
Dominada y dividida por Prusia, Austria y Rusia, conservó en la parte rusa un gobierno propio y su personalidad autónoma hasta la revolución de 1830-31 (repetida en 1863-64), sofocada por los ru­sos, que impusieron una administración cen­tralista rusa. En la parte alema­na hubo un proceso de germani­zación que alentó por reacción el resurgimiento del sentimiento nacional polaco. El sector aus­triaco tuvo una amplia autonomía y no hubo grandes problemas.
Las nacionalidades del Imperio Austrohúngaro.
La germanización impuesta por Austria fracasó en Hungría y en­tró en crisis con la derrota ante Prusia en 1866, que cerraba el dominio de Austria en el sur de Alemania. Debía reorientarse hacia una monarquía danubiana para evitar que los húngaros, la nacionalidad más fuerte, se independizasen.
Por ello se llegó en 1867 a un Compromiso: nació Austria-Hun­gría, un Estado confederal uni­do por la monarquía constitu­cio­nal e imperial de los Habs­burgo, con ambos países en pie de igualdad, un gobierno común en Asun­tos Exteriores, Guerra y Hacienda, y un reparto de sus esfe­ras de influencia. Pero había mu­chas na­ciona­lidades desconten­tas en su seno: bajo el dominio austriaco estaban los ita­lianos del Trentino (Ita­lia recu­peró Lombardía y Veneto en 1859 y 1866), los checos (el grupo más importante de los insatisfechos) de Bohemia y Mora­via, y los polacos de la Galitzia; los pueblos do­minados por los húngaros eran: eslovenos, croa­tas, serbios, bos­nios, ruma­nos, ucra­nia­nos. Si se hubiera acordado una confe­deración de todos estos pueblos tal vez se habría logrado man­tener la unidad confede­ral, pero sólo se hizo una división del esfuerzo de dominación y al final este sistema fracasó.
LOS PAÍSES BALCÁNICOS.
Estaban sometidos desde la Edad Media al Imperio Turco, que les sojuzgaba sin concederles apenas derechos.
Tras siglos de dominio turco, en oposición a Austria (que dominaba en el norte Hungría, Transilvania, Eslovenia, Croacia y Dalmacia) las revoluciones na­cionalis­tas de la primera mitad del s. XIX llevaron a la inde­pendencia de Grecia (1829) y Ser­bia (1830, con soberanía par­cial), con unos límites mu­cho meno­res que los ac­tua­les y la aparición de pode­rosas fuer­zas nacio­nalistas y se­para­tistas en el resto de los países es­lavos de los Balcanes, que se expresaron constitucionalmente en forma de monarquías conservadoras (a menudo con reyes extranjeros sin una legitimación histórica, lo que provocó su debilidad). Su proceso de vio­lenta se­para­ción del “enfermo turco”, la ines­ta­bilidad polí­tica y los conflictos de intereses marca­rán desde entonces el deve­nir de los Balca­nes, en medio de una disputa soterrada en­tre Austria (más tarde Aus­tria-Hungría) y Rusia, con la vigi­lancia estrecha de las otras poten­cias eu­ro­peas (Gran Bretaña, Fran­cia, Alema­nia, Ita­lia).
Una oleada independentista llega como resultado de la gue­rra ruso-turca de 1876-1878, con los Tratados de San Estefano y Berlín, por los en esta época (1878-1882) Rusia y Grecia ganan territorios, se inde­pendizan Rumania, Serbia y Montene­gro, al­canza la autonomía Bulgaria, y Austria-Hungría ocupa Bosnia-Herzegovina. Hubo desde entonces y hasta finales del siglo XIX va­rias modificaciones pa­cí­ficas de las fron­teras, debido a los problemas étnicos, y algunos conflictos (en 1897 Creta se inde­pendizó temporalmente de Turquía, antes de integrarse en Grecia en 1908; Turquía obtuvo algunos territorios de Grecia).

BIBLIOGRAFÍA.
AA.VV. Así nació Alemania. Historia 16, nº 19. Madrid.
AA.VV. El nacimiento de Italia. Historia 16, nº 43. Madrid.
Bergeron, L.; Furet, L.; Kosellek, R. La época de las re­voluciones europeas, 1780-1848. Siglo XXI. Madrid. 1976 (1969). 342 pp.
Bramsted, E.K. El liberalismo en Occidente. Unión Edito­rial. Madrid. 1983. 6 vs.
Díez del Corral, Luis. El liberalismo doctrinario. Instituto de Estudios Políticos. Madrid. 1978  (1ª 1945). 728 pp.
Droz, Jacques. La formación de la unidad alemana (1789-1871). Vicens Vives. Barcelona. 1973. 304 pp. De referencia, con recopilación docu­mental.
Droz, Jacques. Europa, res­tauración y revolución, 1815-1848. Siglo XXI. Madrid. 1977. 317 pp.
Eccleshall, Robert; et al. Ideologías políticas. Tecnos. Madrid. 1993. 253 pp.
Gellner, Ernest. Naciones y nacionalismo. Alianza. Madrid. 1988. 189 pp.
Grenville, John Ashley. La Europa remodelada, 1848-1878. Siglo XXI. Madrid. 1979. 287 pp.
Gut, Ph. L'unité italienne. PUF. París. 1972. 96 pp.
Hobsbawm, Eric J. Las revoluciones burguesas. Guadarrama. Madrid. 1980. 572 pp.
Hobsbawm, E. J. La era del capitalismo. Labor. Barcelona. 1989. 259 pp.
Kohn, Hans. El nacionalismo. Su significado y su historia. Paidós. Buenos Aires. 1966. 259 pp.
Kohn, H. Historia del nacionalismo. FCE. México. 1984. 631 pp.
Mi­ller, David (dir.). Enciclopedia del pensamiento políti­co. Alianza. Madrid. 1989 (1987 inglés). 704 pp.
Mommsen, Wolfgang J. La época del imperialismo. Siglo XXI. Madrid. 1982. 354 pp.
Palmade, Guy. La época de la burguesía. Siglo XXI. Madrid. 1976. 348 pp.
Porter, Roy; Teich, Mikulas (eds.). La revolución en la histo­ria. Crítica. Barcelona. 1990 (1986 in­glés). 439 pp.
Renouvin, Pierre. Historia de las relaciones internacionales. Akal. Madrid. 1990. 519 pp.
Robertson, Martin. El Estado-nación. Península. Barcelona. 1987. 259 pp.
Ruggiero, Guido de. Historia del liberalismo europeo. Pegaso. Madrid. 1944. 116 + 475 pp.
Sabine, George. Historia de la teoría política. FCE. Madrid. 1976 (1937 inglés). 677 pp.
Sereni, Emilio. Capitalismo y mercado nacional. Crítica. Barcelona. 1980. 320 pp. La economía y la unificación italiana.
Sigman, J. 1848. Las revoluciones románticas y democráticas de Europa. Siglo XXI. Madrid. 1977. 308 pp.
Touchard, J. Historia de las Ideas Políticas. Tecnos. Madrid. 1987 (1961). 657 pp.

PROGRAMACIÓN.
NACIONALISMO Y LIBERALISMO EN LA EUROPA DEL SIGLO XIX.
UBICACIÓN Y SECUENCIACIÓN.
Bachillerato, 1º curso. Historia del mundo contemporáneo.
Apartado 2. Balance del siglo XIX hasta 1914.
El origen de los Estados contemporáneos. Revoluciones bur­guesas, liberalismo y nacionalismo. La evolución de EEUU y Ja­pón.
Está relacionada en ESO, 2º ciclo. Eje 2. So­cie­dades his­tóricas y Cambio en el Tiempo. Bloque 5. Cambio en el tiempo. Núcleo 3. Cam­bio so­cial y revolución en la época con­tem­porá­nea.
- La crisis del Antiguo Régimen y las revoluciones libera­les burguesas.
- Revolución industrial, desarrollo capitalista e imperia­lismo.
La UD se debe secuenciar en Bachillerato después de la Revolución francesa y el periodo napoleónico, y en relación con la Revolu­ción In­dus­trial, a fin de situar el tema en su contexto histó­rico y económico-social. En lo ideológico está directamente relacionada con la UD del pensamiento político y económico en el s. XIX, por lo que se deja para éste los aspectos de teoría política y económica.
RELACIÓN CON TEMAS TRANSVERSALES.
Relación con el tema de la Educación para la Paz y de Edu­cación Moral y Cívica.
TEMPORALIZACIÓN.
Cuatro sesiones de una hora.
1ª y 2ª Exposición del profesor, con cuestiones al final de cada clase.
3ª Exposición del profesor, de refuerzo y repaso; más esquemas, mapas y comenta­rios de tex­tos.
4ª Comentarios de textos; debate y síntesis.
OBJETIVOS.
Definir los conceptos fundamentales: nacionalismo, libera­lismo, soberanía nacional, revolución liberal...
Sintetizar las ideologías del nacionalismo y el liberalis­mo en el s. XIX.
Resumir el proceso histórico de las tres fases revolu­cio­narias en el periodo 1820-1848.
Comprender el proceso de unidad de los Estados de Alemania e Italia.
Valorar la importancia de los Estados en la nueva Europa contemporánea.
Reconocer en mapas históricos la evolución de las fron­te­ras europeas en el s. XIX.
CONTENIDOS.
A) CONCEPTUALES.
- El nacionalismo.
- El liberalismo.
- Las revoluciones liberales de 1820-1823, 1830 y 1848.
- La unificación de Alemania e Italia.
- Los nacionalismos en Austria-Hungría y los Balcanes.
B) PROCEDIMENTALES.
Tratamiento de la información: uso de manuales, realiza­ción de esquemas del tema, análisis de mapas históricos.
Explicación multicau­sal de los hechos históricos: en co­mentario de textos sobre la relación entre la política, la eco­nomía, la cultura y las ideologías.
Indagación e investigación: recogida y análisis de da­tos en enciclopedias, manuales, monografías, artículos...
C) ACTITUDINALES.
Rigor crítico y curiosidad científica, con una actitud crítica ante los textos, de modo que el alumno desarrolle una opinión propia y significativa.
Tolerancia y solidaridad.
Interés por el pasado contemporáneo que marcó el mapa de la Europa ac­tual.
METODOLOGÍA.
Metodología expositiva y participativa activa.
MOTIVACIÓN.
Lectura de un texto sobre la revolución de 1848 en París y comenta­rio en 1ª clase, de modo que sirva de evaluación ini­cial sobre los conocimientos y opiniones de los alumnos.
ACTIVIDADES.
A) CON EL GRAN GRUPO.
Exposición por el profesor del tema.
B) EN EQUIPOS DE TRABAJO.
Realización de una línea de tiempo sobre el proceso.
Realización de apuntes sobre el tema, con esquemas de los principales puntos.
Comentarios de textos sobre el nacionalismo y el libera­lismo, las revoluciones de 1830 y 1848, y la unificación de Alemania e Italia.
Un debate de grupo con síntesis sobre la pervivencia de los valores de nacionalismo y liberalismo en la Europa actual.
C) INDIVIDUALES.
Realización de apuntes esquemáticos sobre la UD.
Participación en las actividades grupales.
Búsqueda individual de datos en la bibliografía, en debe­res fuera de clase.
Contestar cuestiones en cuaderno de trabajo, con diálogo previo en grupo.
RECURSOS.
Presentación digital (o transparencias, diapositivas y mapas).
Libros de texto, manuales.
Fotocopias de textos para comentarios.
Cuadernos de apuntes, esquemas...
EVALUACIÓN.
Evaluación continua. Se hará especial hincapié en que se com­prenda la relación entre los procesos de nacionalismo y li­beralismo en Euro­pa y los con­ceptos.
Exa­men incluido en el de otras UD, con breves cues­tiones y un comentario de texto sobre una revolución.
RECUPERACIÓN.
Entrevista con los alumnos con inadecuado progreso.
Realización de actividades de refuerzo: esquemas, comenta­rio de textos...
Examen de recuperación (junto a las otras UD).

APÉNDICE:  NACIONALISMO EN LOS PAÍSES BALCÁNICOS EN EL S. XIX.
Grecia.
Bulgaria.
Albania.
Rumania.
Serbia.
Montenegro. 
Grecia.
La guerra de independencia de Gre­cia se ini­ció en 1820, apoya­da por los comerciantes grie­gos, que ha­bían asimila­do las ideo­lo­gías liberal y nacionalis­ta. En la Asamblea de Epidauro se pro­clamó la independencia, pero el le­vantamiento fue sofoca­do du­ramente por los turcos y egipcios (Quíos en 1822, Misso­longhi en 1824). La interven­ción de Rusia, Inglaterra y Fran­cia, con la victoria de Navari­no (1827), obli­gó a Turquía a conce­der la indepen­den­cia a Gre­cia (1830). Durante el siglo XIX Grecia vivió una continua inestabilidad política, pero amplió su te­rritorio hacia el norte.
El reino de Grecia había logrado su independencia en 1829, pero durante todo el siglo se mantuvo la Gran Idea: la restau­ración del Imperio Bizantino con capital en Constantinopla y bajo el dominio griego, un ideal expansionista que perduraría hasta 1923.
En la segunda mitad del siglo XIX rei­nó Jorge I (1863-1913) y Grecia amplió sus territorios en 1863 (islas Jónicas) y 1881 (sur de Te­salia y del Epiro). La derro­ta de 1897 en la bre­ve guerra con Turquía no tuvo consecuencias im­portantes por la interven­ción de las po­tencias y Creta consi­guió la autono­mía, presidida por el prín­cipe Jorge de Grecia. Durante el res­to del siglo, la debilidad de Turquía y las sucesivas interven­ciones bélicas de Rusia, protectora de los eslavos ortodoxos, permitieron la independencia (1878) de Ru­ma­nía, Serbia, Monte­negro y Bulgaria, aunque Turquía si­guió domi­nando Tracia, Mace­donia y Albania. Por su parte, Aus­tria-Hun­gría ocu­pó Bosnia y Herzego­vina (1883), luego anexionadas en 1980. La “Cuestión de Oriente”, con el conflicto entre Aus­tria, Ru­sia y Turquía por la hegemonía sobre los nuevos Es­tados bal­cá­nicos, llevaría fi­nalmente a la I Guerra Mundial, tras las dos guerras de los Balcanes en 1912 (Turquía contra todos) y 1913 (Bulgaria contra todos), que dieron la inde­pen­dencia a Albania y redujeron la Tu­rquía europea a la Tracia. La I Guerra Mundial permitió que Serbia extendiera su dominio sobre Bosnia, Herzegovina, Monte­negro, Croacia y Eslovenia, al principio me­diante una confede­ración, luego mediante la imposición central.
Bulgaria.
En Bulgaria en el s. XIX se consolidó un movimiento nacio­nalis­ta con­tra el dominio turco. El primer levantamiento, en 1876, sufrió una terrible represión, pero la intervención rusa permitió que se recuperase la independencia en el Congreso de Berlín (1878), todavía bajo la sobera­nía nominal otomana y di­vidido el país en dos partes, al norte un principado autónomo (Bulgaria danubia­na) pero tributario de Turquía, y al sur una provinca otomana (Rume­lia Oriental), que se reu­ni­ficaron en 1885.
La Constitución mo­nárqui­ca, después de cinco siglos de domi­nio otomano, fue aprobada en Tirnovo (1879). Fue coro­nado príncipe el alemán Ale­jandro de Bat­tem­berg (1879-86), sobrino del zar ruso. Había dos bandos: los liberales, partidarios de las reformas, una política democrática, la expansión territo­rial y una política antirrusa; los conservadores, partidarios de mantener el orden social anterior, de la estabilidad terri­torial y de los rusos. Alejandro I se apoyó primero en los li­be­rales y consi­guió la anexión pacífi­ca de Ru­me­lia (1885) y ven­cer a los ser­bios (Sliv­nica, 1886), pero su políti­ca antirru­sa provocó una conspiración conservadora y tras varios con­flictos internos fue depuesto en 1886. Fue elegido en su susti­tución otro príncipe ale­mán, Fer­nando de Sajonia-Co­burgo (1887-1918), apoyado por los conserva­dores.
Albania.
En Albania el movimiento nacionalista creció en la se­gunda mi­tad del s. XIX, aunque el predominio de la religión musulmana explica que no hubiera apenas luchas. Más aún, los albaneses sirvieron con eficacia como soldados y funcionarios al Imperio Turco. Desde 1878, empero, el separatismo creció.
Rumania.
Rumania se for­mó por la unión de los principados vasa­llos tur­cos de Vala­quia y Moldavia. El territorio rumano era el más desarrollado de los Balcanes, con una admi­nistración bas­tante moder­na y una amplia autonomía. En el s. XIX se consolidó un mo­vimiento nacionalista con­tra el dominio nominal turco, ya muy débil desde 1829, cuando los rusos vencieron a los turcos y establecieron una administración militar. En los decenios si­guientes las potencias (Rusia, Austria, Turquía) mantuvieron el statu quo, en contra de los deseos unitarios de los rumanos y en la paz de París (1856) impusieron la división en dos Esta­dos, pero los rumanos la sortearon porque eligieron como prín­cipe en los dos a Alejandro Cuza (1859). Alejandro unió la do­ble estructu­ra polí­tica en 1862. Sus refor­mas econó­micas (sobre todo la agraria) provocaron una re­vuelta te­rrate­niente y bur­guesa que le expulsó. El alemán Car­los de Hohenzo­llern fue ele­gido para el principado en 1866, hasta que fue procla­mado rey en 1881 como Carol I (1881-1914). La inde­penden­cia real fue proclamada en 1877, en plena guerra con Tur­quía al lado de Ru­sia, y acep­tada en el Congreso de Ber­lín (1878). Los partidos liberal y conser­vador se sucedieron en el poder (con la oposi­ción socialista), consiguiendo una occidentalización, una esta­bilidad política y un desa­rrollo económico (agrario e indus­trial) de los que care­cie­ron sus veci­nos.
Serbia.
Serbia, en la que un fuerte movimiento nacionalista había cre­cido durante el s. XIX, alcanzó la independencia de un modo gradual, desde las revoluciones de 1804-1806 y 1815-1816, que asentaron su primera autonomía. El poder era disputado desde el principio entre dos grandes di­nas­tías nobiliarias rivales: los Ka­ra­george­vic y los Obrenovic, que se sucedieron entre sí a lo largo del siglo XIX, hasta 1903, mientras se conseguía la inde­pendencia formal (1878) y crecía un movimiento político que exigía la creación de una Gran Serbia, en oposición a Austria-Hungría.
Montenegro. 
La pequeña Montenegro, por su parte, estaba gobernada por la dinastía Petrovic, que había luchado con éxito contra los turcos desde el s. XVII. Su independencia fue reconocida en el Congreso de Berlín (1878), bajo el reinado de Nicolás I.

 Antonio Boix Pons, en Palma de Mallorca (1998 y 2011).


   [1] Sotelo, Ignacio. Conferencia: La cuestión alemana. “Bo­letín Infor­ma­tivo”, F. J. March, 212 (agosto-septiembre 1991) 27-32. En ss. XIX-XX.