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miércoles, 13 de abril de 2011

UD 43. Pensamiento político y económico en el siglo XIX.

UD 43. PENSAMIENTO POLÍTICO Y ECONÓMICO EN EL SIGLO XIX.
INTRODUCCIÓN.

1. EL PENSAMIENTO POLÍTICO EN EL SIGLO XIX.
HEGEL Y EL HEGELIANISMO ALEMÁN.
Hegel.
Los hegelianos.
EL PENSAMIENTO CONSERVADOR Y EL TRA­DI­CIO­NALISMO.
EL LIBERALISMO.
El liberalismo británico.
Bentham.
Mill.
Spencer.
El liberalismo francés.
EL NACIONALISMO.
EL PENSAMIENTO CATÓLICO.
EL IMPE­RIA­LISMO.
El imperialismo liberal.
El imperialismo socia­lista.
El imperialismo nacionalista-racial.
EL SOCIALISMO UTÓPICO.
Los socialistas utópicos.
El cartismo y el movimiento obrero.
EL SOCIALISMO CIENTÍFI­CO.
Marx y Engels: el materialismo dialéctico.
Las consecuen­cias del marxismo.
EL ANARQUISMO.
Bakunin.
Kropotkin.
Los continuadores.


2. EL PENSAMIENTO ECONÓMICO EN EL SIGLO XIX.
2.1. EL LIBERALISMO ECONÓMICO.
LA FISIOCRACIA.
LA ESCUELA CLÁSICA.
Adam Smith.
Malthus.
Ricardo.
Mill.
Say.
2.2. EL SOCIALISMO.
EL SOCIALISMO UTÓPICO.
EL SOCIALISMO CIENTÍFICO: MARX.
2.3. LA TEORÍA ECONÓMICA DESDE 1870.
LA ESCUELA MARGINALISTA-NEOCLÁSICA.
El marginalismo.
La economía neoclásica: Marshall y Walras.
LA ESCUELA HISTÓRICA ALEMANA.
La escuela histórica alemana.
Institucionalismo norteameri­ca­no.

INTRODUCCIÓN.
En este tema nos centraremos en el desarrollo de las teo­rías políticas y económicas durante el s. XIX, lo que nos per­mi­tirá descargar de los contenidos ideológicos más complejos las UD dedicadas a las revoluciones liberales, los movimientos nacionalistas y el movimiento obrero. Aunque algunos manuales incluyen en esta UD el movimiento obrero, creemos más razonable incluirlo en la UD del desarrollo económico-social del s. XIX.

Resumen.
El siglo XIX estuvo dominado por los movimientos cultura­les del romanticismo y el po­sitivismo, y en él se consolidaron las doctrinas políticas y económicas que se habían desarrolla­do en los siglos anterio­res, y que son fundamentalmente las mismas del s. XX y de la actualidad. Fundamentalmente, las doctrinas políticas son tres: liberalismo, nacionalismo y socialismo; y las doctrinas econó­micas son consecuentes con aquellas: econo­mía de propiedad priva­da con libre mercado (liberal) o con in­terven­cionismo del Estado (nacionalista), y eco­nomía de pro­pie­dad estatal (socialismo). Pero no hay una separación tajante entre ellas. Por ejemplo, el nacio­nalis­mo es compartido por muchos auto­res del liberalismo y del so­cialismo; y las doc­tri­nas económicas se gradúan en múltiples matices. En realidad no hay una oposición absoluta entre liberalismo y socialismo. El  socialis­mo es una continuidad con el liberalismo: toma de este parte de sus doctrinas sobre los derechos humanos, su aspira­ción al pro­greso, y lo que hace es criticar la injusticia del reparto de la riqueza. No se puede entender a Marx sin sus an­tecedentes liberales (Smith, Malthus...).
Pensamiento político.
La ideología liberal pretendía establecer monarquías par­la­mentarias, en las que se ejercería la soberanía nacional me­diante una Constitución y se limitaría el poder real a través de la división de poderes. Se le oponen las ideologías conser­vadoras (sea la tradicionalista o la católica), el socialismo y el anarquismo.
Pensamiento económico.
A mediados del s. XVIII ya aparece el liberalismo, como una doctrina dividida en varias co­rrientes, y que se convertirá  en dominante en el s. XIX. Los precursores del liberalismo son Petty, Boisgilbert, Cantillon y Hume, que critican la doctrina del mercanti­lismo dominante en Francia y Gran Bretaña en el s. XVII. Durante la segunda mitad del s. XVIII aparecen las corrientes liberales de la fisiocracia y la escuela clásica, que se interesan respectivamente por los fenómenos contemporá­neos de la revolución agrícola y la revolución indus­trial.
La fisiocracia (Quesnay) cree en un sistema absolutamente liberal (laissez-faire) y circular, en el que sólo la agricul­tura es capaz de producir un excedente apropiado para los pro­pietarios, que son los que han de tributar. El resto de la eco­nomía es condiderada “estéril”, porque no origina el “producto neto”.
La escuela clásica es iniciada por Adam Smith, que sigue el carácter liberal de la fisiocracia, pero reconoce a la in­dus­tria la capacidad de obtener un “producto neto”. Examina los requisitos del creci­miento económico: acumulación previa de capital y extensión del mercado. Ricardo es el autor “clásico” por excelencia, el pro­feta de la burguesía industrial. Conside­ra una renta neta, formada por las rentas de los propie­tarios, los beneficios capitalistas y los salarios de los trabajado­res, en la que las rentas de la tierra presionan y reducen las otras dos. Completa la tesis de Smith con un esquema del crecimiento y la estagnación del capitalismo. De Ricardo salen dos líneas: la primera (John Stuart Mill) distingue entre las leyes de la producción —intocables— y las de la distribución —reformables—; la segunda, más radical, pasa por los socialistas ricardianos y acaba en Marx.
El socialismo utópico apareció en Francia fundamentalmen­te, y se caracteriza por un rápido análisis de la realidad ac­tual y pasada y una pormenorizada previsión del futuro. Saint-Simon cree en el papel transformador de las obras públicas y de las asociaciones de productores que permitirán la abolición del derecho de herencia, la eliminación del Estado y el logro de que cada uno consiga ganar según sus necesidades. Fourier, me­nos realista que Owen, prevé un mundo donde reinará la armo­nía. Proudhon es más distributivo que socialista, preocupado por la libertad y la igualdad individuales y por un crédito barato.
El socialismo científico es iniciado por Marx, que da un lugar central en su pensamiento al concepto de plusvalía, en un doble sentido: por un lado, significa el trabajo hecho por los proletarios y apropiado por los capitalistas, y, por el otro, el excedente total del sistema. Respecto a la teoría del valor ­trabajo (primer sentido), Marx intentaba salvar el problema de la existencia de sectores con capitales fijos distintos, lo cual hace que no haya correspondencia entre las cantidades de trabajo y los pre­cios. De la plusvalía (segundo sentido) depen­de la acumulación de capital, y de esta la demanda de fuerza de trabajo y la aplicación de técnicas que ahorran trabajo para mantener la tasa de plusvalía. Explica los procesos de creci­miento y de crisis por las contradicciones entre la creciente capacidad productiva y el más reducido crecimiento del consumo proletario o entre los que poseen bienes de producción y los que no los poseen.
La escuela marginalista-neoclásica (a partir de 1870), cree que se está en un estado de equilibrio donde los precios del trabajo y del capital son establecidos por la cantidad de nuevo producto que aportan las últimas unidades aplicadas de trabajo y capital. Así, la productividad marginal del trabajo será el salario, y la del capital será el beneficio. Este equi­librio automático ocupará totalmente los recursos existentes y supondrá que se puede establecer una curva de producción para la cual son posibles cualesquiera combinaciones de trabajo y capital. Sus principales autores serán Marshall y Walras. Esta será la doctrina económica predominante, “acadé­mica”, entre finales del s. XIX y los años 1930.
La escuela histórica alemana (también a partir de 1870), se aleja mucho de la abstracción anterior y cree en la relati­vidad histórica de las leyes económicas. Influyó en una rama de la escuela histórica, el institucionalismo (Veblen en EE UU).

1. EL PENSAMIENTO POLÍTICO EN EL SIGLO XIX.
EL IDEALISMO ALEMÁN.
Hegel.

Hegel es el pensador más importante de su época, el más representativo del llamado “idealismo alemán”.[1] Defiende un idalismo “objetivo”, a partir de una crítica al idealismo “sub­jetivo” de Kant, Fichte y Schelling. Asume que *todo lo real es racional y todo lo racional es real+.
Su teoría polí­tica se enraiza en su filosofía. Hegel tie­ne una idea bási­ca: la realización del hom­bre mediante el as­censo de la Razón y la Libertad, de la Idea absoluta, en un pro­ce­so dialéc­tico his­tórico (te­sis, antitesis, síntesis).
Cada acontecimiento y agente histórico (persona, nación, época) tiene un momento asignado dentro del proceso. Sus prota­gonistas creen actuar siguiendo intereses personales; sin em­bargo, son instrumentos inconscientes de la “astucia de la ra­zón”. El fin del proceso, de la historia universal, se alcanza en el Esta­do supranacional, el grado máximo de perfec­ción, en el que la libertad se realiza al tomar conciencia de sí misma.
Pero es un reino de la libertad objetiva, que exige la sumisión de la libertad subjetiva individual (contingente). Así, el Estado ideal es el monárquico de derecho, en el que la voluntad estatal objetiva se encarna en la figura subjetiva del monarca. Aunque al final de su vida considera al Es­tado pru­sia­no absolu­tista como encarnación de la perfección, Hegel de­fien­de siempre la Revolución, porque la Re­volución es la lle­ga­da de la Ra­zón a la po­lí­tica.
Los hegelianos.
Sus seguidores se dividieron pronto en dos tendencias:
· Hegelianos de iz­quierda, que son radi­cales y ateos, fa­vorables a los movimientos democráticos. Esta tendencia enlaza con Marx, que toma casi ínte­gramente la dia­léc­tica de He­gel. Otros pensadores de izquierda son Stirner, Bauer, Feuerbach.
· Hegelianos con­serva­dores, que defienden el Estado ab­so­lu­tista y teocrático, con el pue­blo/­nación como principal suje­to históri­co.
EL PENSAMIENTO CONSERVADOR Y EL TRA­DI­CIO­NALISMO.
El pensamiento conservador y el tradicionalismo (o legiti­mismo) constituyen un conjunto de doc­tri­nas legitima­doras del Antiguo Régimen, de la religión y de la Restauración de los gobiernos absolutos que triunfó en la Euro­pa continen­tal en 1815, con el Congreso de Viena que fijó el nuevo mapa postnapo­leónico. Se opone a la ideo­logía racionalis­ta y liberal de la Re­vo­lu­ción Fran­ce­sa.
El pensamiento conservador se desarrolla sobre todo en Alemania (en especial Prusia y Austria), con las teorías polí­ticas de los románti­cos (los ale­manes Gentz, Novalis, Muller, Haller, Stahl; el francés Cha­teaubriand; el británico Burke), que sostienen una visión con­servado­ra del Esta­do, que debe ser autoritario, jerárquico, estamen­tal, tradicio­nal, católico (o luterano en Prusia), sin partidos po­líticos (Stahl los conside­ra enemigos de la unidad nacional).
El tradicionalismo, en cambio, es una doctrina a la vez filosófica[2] y polí­ti­ca. Básicamente se la puede considerar una corriente fran­ce­sa, pues a principios del s. XIX, sus principa­les repre­sen­tan­tes fue­ron los franceses Joseph de Maistre y Louis de Bonald, que legitiman la Restauración y atacan a la Revolución. En Espa­ña inspiraron al absolutismo de Fernan­do VII, al car­lis­mo, y al pen­sador Juan Donoso Cortés.
EL LIBERALISMO.
Los orígenes del liberalismo están en las ideas de la Ilustración (el iusnaturalismo y utilitarismo) y la Enciclope­dia (Locke, Mon­tesquieu, Voltaire, Diderot, Rousseau), y el ejemplo del parla­mentarismo inglés y de la Revolución Francesa.
El liberalismo cree en los ideales del progreso, de la ra­zón y de la libertad. Es un movimiento político y económico. Sus tesis políticas son:
· La libertad individual: se respetan los derechos del hombre en cuanto a religión, pensamiento, imprenta, igualdad jurídica (no económica ni cultural).
· El Estado constitucional: mo­narquías par­la­men­tarias, en las que se ejercería la soberanía nacional me­diante una Consti­tución y se limitaría el poder real a través de la división de poderes (legislativo, ejecutivo y judicial).
· La participación del ciudadano en la vida política, con el derecho de voto y de ser elegido.
El liberalismo británico: Bentham, Mill, Spencer.
El pensamiento liberal británico está directamente rela­cionado con Locke.
Bentham.
El utilitarista Jeremy Bentham (1748-1832) afirma en In­troducción a los principios de la moral y la legislación, que el fin de las le­yes es *asegurar la máxima felicidad al mayor número de perso­nas+.
Mill.

John Stuart Mill (1806-1873), también economista e hijo de James Mill (1773-1836, otro destacado teórico político libe­ral), defiende en Sobre la li­ber­tad el libre albedrío del ciu­dada­no y el prin­cipio de libre concu­rrencia a las elecciones (para votar y ser elegido).
Spencer.
Herbert Spencer (1820-1903) escribe Primeros principios y El hombre contra el Estado, donde desarrolla una concepción sociológica liberal basada en el evolucionismo de Darwin. El bienestar social es la supervivencia de los más aptos.
El liberalismo francés.
Como reacción ante el absolutismo de los legitimistas y de la Restauración, aparecen los liberales franceses, que defien­den los logros políticos y económicos de la Revolución france­sa. Benjamin Constant (1787-1830) se inspira en el modelo cons­titucional bri­tánico. Alexis de Tocqueville (1805-1859) aboga también por este modelo democrático, aunque también admira el modelo norteamericano.
EL NACIONALISMO.
Al mismo tiempo que el liberalismo —y relacionándose con él en muchas ocasiones-, se extiende por Europa el nacionalis­mo. Esta ideología había sido formulada en Alemania en la época na­poleó­nica, bajo la doble presión de las ideas revolucionarias y del Roman­ticismo cultural, que exaltaba la libertad.
De las obras de los autores alemanes (Fichte, Schegel) de prin­cipios del s. XIX puede deducirse que el nacionalismo es un sentimiento cul­tural y po­lítico que con­sidera que cada nación, o entidad his­tórica, debe constituir un Estado independiente. Según estos escritores la nación está compuesta por grupos hu­manos con unos vínculos comunes: la lengua, la cultura, la ra­za, los lazos históricos. Fichte proclama (Discursos a la na­ción alema­na, 1807): *Todos los que hablan un mismo idioma hállanse unidos entre sí desde el principio por un cúmulo de lazos invisibles, porque pueden compren­derse unos a otros y se comprenderán cada vez con mayor clari­dad formando, natu­ralmen­te, un todo homogéneo+.
Al principio el nacionalismo estaba inscrito en el libera­lismo y el progresismo, pero hacia mediados del s. XIX se con­virtió en legitimador del conservadurismo.
EL PENSAMIENTO CATÓLICO.
La Iglesia católica se consideró garante de las tradicio­nes religiosas, históricas y culturales de los pueblos. Muchos pensadores (como los tradicionalistas católicos De Bo­nald y De Maistre) y políticos creyeron que la defensa de la Iglesia era lo mismo que la defensa de la esencia de sus naciones. Esto expli­ca que en In­glaterra menudearan las conversiones en los medios angli­canos y aristocráticos.
Un católico liberal, Lamennais (1872-1854), desde el dia­rio “L'Avenir” (junto a Lacordaire y Montalembert) intentó con­ci­liar el ca­tolicismo con el libera­lismo, mediante la defensa del principio de la “libertad de la Iglesia frente al Estado”. Pero el papa Gregorio XVI condenó este intento como “indiferen­tismo” (laicismo), por lo que Lamennais rompió con la Iglesia.
La Iglesia se opuso al liberalismo en cuanto este defen­día un Estado lai­co: el papa Pío IX lo condenó en la encíclica Quanta cura (1864), que se publicó acompañada del Syllabus Errorum, sumario de los *principales errores de nuestro tiem­po+: liberalismo, democracia, sindicalismo, socialismo, anar­quismo, modernismo, escep­ticismo científico.
Pero su sucesor León XIII, en su Rerum Novarum (1891) lle­gó a aceptar un catoli­cis­mo libe­ral, para poder pactar con los gobiernos bur­gue­ses.
EL IMPE­RIA­LISMO.
A finales del s. XIX, entre 1890 y 1900 aproximadamente, el imperialismo, como ideología, fue aceptado masivamente, in­cluso por los liberales que antes se le habían opuesto y muchos socialistas, pero sobre todo por la derecha nacionalista. Las doctrinas de legitimación son muchas, pero se pueden reunir en tres: liberal, socialista y nacionalista-racial.
El imperialismo liberal.
El imperialismo liberal es hu­manita­rio y filantrópico. Afirma el dere­cho de conquista como último medio de lucha con­tra el esclavis­mo, contra los abusos y para establecer el *buen gobier­no+.
En Gran Bretaña es defendido por los radicales, los maso­nes y muchos pensadores y políticos: Rhodes, Cro­mer, Livingsto­ne, Milner, Curzon, Salisbury, Cham­ber­lain, Kipling.          Carlyle sostiene que Gran Bretaña es la “nación predesti­nada”, con una misión universal. Dilke (1868) sostiene la idea de la Greater Britain, en “un mundo cada día más inglés”. See­ley (1883) sistematica la Expansión of England. Ki­pling argu­men­ta­rá que el imperio es un obli­ga­to­rio “deber del hombre blan­co” y que hay una misión británica. Jo­seph Chamberlain ex­plica que la raza britá­nica es la más apta para la goberna­ción.
Algunos liberales sos­tendrán que el imperialismo aporta beneficios no sólo a las colonias sino que también regeneran a los países colonizadores. Partidarios de esta tesis son los británicos Carlyle y Froude y los franceses Lyau­tey y Onésime Reclus (el hermano del gran geógra­fo).           
En Francia se defendía o justificaba el imperialismo por la su­pre­ma­cía de la civilización occidental, entre cuyos dere­chos y debe­res fi­guraba civilizar a los pueblos atrasados. Esta *misión ha­cia las razas inferiores+ (Jules Ferry) se com­binó en la tra­di­ción francesa surgida de la Ilustración, con la noción de Dere­cho natural y de solidaridad de la especie huma­na.
El imperialismo socia­lista.
Mu­chos socia­listas defen­dieron que el impe­rialismo era útil para los obreros de Occidente e incluso para los pue­blos some­tidos, así liberados del despotismo e introducidos en la senda del progreso. Tuvo partidarios socialistas en Gran Breta­ña (Mani­fiesto Fabiano, 1900), Francia y, sobre todo, Ale­mania, donde Ren­ner escribe: *la expansión del sis­tema econó­mi­co eu­ropeo a tra­vés del mundo es históricamente necesa­ria, ine­vita­ble y cul­tu­ral­mente prome­tedo­ra+.
El imperialismo nacionalista-racial.
El imperialismo nacionalista tenía una argumentación ra­cial, étnica, religiosa, cultural... Es el “pueblo superior” quien debe dominar. Se inspira en un darvinis­mo social, exten­dido a las relaciones entre los grupos huma­nos, que consi­dera que el imperia­lis­mo, fuerza de la naturaleza, manifestación esen­cial de vida, es el triunfo benéfico del más fuerte y del me­jor. Este etnocen­trismo conduce a menospreciar las otras ra­zas y civilizaciones, especialmente la del Islam. Se defienden los mitos de la *nación imperial+, la *grandeza romana+, la *misión sagrada+. Houston S. Chamberlain, británico pro-alemán, llegará a pre­co­nizar la superioridad germáni­ca y su derecho a dominar el mundo.
Estas ideas se complementan a continuación con la necesi­dad de conse­guir un espacio vi­tal (Lebensraum) para los pue­blos jóve­nes de cre­cien­te expansión demográ­fica. Es la tesis legiti­madora para los imperialismos alemán, italiano y ja­ponés en el periodo de entreguerras, dentro del ascenso del fascismo.
EL SOCIALISMO UTÓPICO.
La mayoría de los socialistas utópicos son franceses. Pero hay la excepción del inglés Owen, tal vez el más exitoso de todos. El comunismo tuvo un antecedente en el revolucio­nario francés Babeuf (1750-1797), autor del Manifiesto de los igua­les, pro­pugna una reforma fiscal y una ley agraria comunis­ta.
 Son socialistas utópicos, porque lo que intenta­ban pare­cía im­posible de realizar. Los socialismos utópicos partían del prin­cipio de que el hombre es bueno por naturaleza y que si se le ofrece una auténtica igualdad de oportunidades, sin injusti­cias ni egoísmos, dejará de haber pobres y ricos, todos los hombres serán realmente iguales. Para ello considera­ban que era preciso suprimir la propiedad privada de los medios de produc­ción (cam­pos, fábricas, máquinas), los cuales debían pasar a ser de pro­piedad colectiva.
Los socialistas utópicos.
Saint-Simon creía en una sociedad de hombres igua­les, con una organización social basada en las clases producti­vas, en la que no habría clases y que sería igualitaria, con autén­tica igual­dad de oportunidades para todos. Para conseguirlo había que aumentar el progreso social mediante la industriali­zación y una nueva moral laica.
Fourier [3] propugnó el falans­te­rio, una pequeña comuni­dad en la que la pro­pie­dad es colecti­va, con tra­bajo li­bre, amor li­bre, sin matrimonio ni familia.
Cabet pro­pug­naba la distribu­ción de la ri­queza según las nece­sidades de cada uno.
Proudhon es un antecedente del anarquis­mo, al propo­ner la abolición, por medios pacíficos, de cualquir orden coer­citivo (Estado, legislación).
Louis Blanc lan­zó los Ta­lleres Nacio­na­les, fá­bricas de au­toges­tión obrera (los trabajadores se quedan el producto integral de su trabajo), en la re­vo­lución de 1848.
Blanqui defiende la dic­tadura del prole­tariado.
El bri­tánico Owen[4], un rico in­dustrial, defiende que el medio social conforma el carácter humano, y propugnó unas comu­nida­des idea­les (New Lamark), que fracasa­ron.
El cartismo y el movimiento obrero.
Owen y otros socialistas utópicos parti­ciparon en el “car­tis­mo”, un movimiento refor­mista inglés, relacionado con el movi­miento obrero, el liberalismo y el pensamiento cris­tiano. Las asocicaciones obre­ras de Gran Bretaña pidie­ron en la Carta del Pueblo (1838) los dere­chos políti­cos del sufra­gio univer­sal, como medio de conse­guir mejo­res condi­ciones so­cia­les, y obtu­vieron la jornada de diez horas (1847), pero se di­solvie­ron. Poco después se crea­ron las pri­meras Trade Unions, sin­di­catos obre­ros estructu­rados por fede­raciones de oficios, que consi­guieron impor­tantes re­formas, ya en el periodo 1850-1870.
EL SOCIALISMO CIENTÍFICO.
Marx y Engels: el materialismo dialéctico.

Karl Marx.

Friedrich Engels.
En 1848, poco antes de estallar la revolución, dos alema­nes emigrados en París, Marx y Engels, publicaron un folleto titulado Manifiesto Comunista, en el que exponían los princi­pios de una nueva teoría socialista:
· La lucha de clases es el motor de la Historia.
· El proletariado debe organizarse para acabar con la bur­guesía.
En contraposición a los socialismo utópicos, al marxismo se le llamará socialismo científico, porque parte de una reali­dad económica y social concreta para establecer después unas leyes y unas reglas de conducta y acción.
Para Marx la economía es el fundamento de la Historia y la sociedad se articula en función de las relaciones de produc­ción (materialismo histórico).
Marx considera que la acumulación de capital permite la repro­ducción del sistema de producción capi­talista, de resultas de la plusvalía producida por los trabaja­dores y apropiada y no consumida por los capitalistas. La “acu­mulación originaria” inicia la destrucción de las relaciones sociales del modo de producción feudal y precede y asegura el paso al capitalismo.
Los hombres no viven ni actúan aisla­dos, sino forman­do grupos sociales diferentes, que siempre se han enfrentado y han luchas entre sí (lucha de clases). De la lucha entre proleta­riado y burguesía debe salir la destrucción del sistema ca­pita­lista y la conquista del Estado por parte del prole­tariado. El capita­lismo que­dará desmontado cuando desapa­rezca la propiedad privada de los medios de producción. Entonces desaparecerán las clases sociales, todos los hombres serán iguales y ya no habrá más lucha de clases. Esto se conseguirá mediante una etapa pre­via de dictadura del proletariado y cuan­do esto esté consegui­do, el Estado podrá desaparecer.
Las consecuencias del marxismo.
El mar­xismo alcanzó gran difusión entre el proletariado euro­peo y llegó por primera vez al poder en Rusia, mediante la re­volución de 1917. La I Asociación Internacional de Trabajado­res fue la organización que lo difundió.
Por otro lado, la vertiente reformista del movimiento obre­ro, reuniendo las tesis de los socialistas utópicos (sobre todo los car­tistas) y del marxismo, y con la acción de los par­tidos obreros (laborista en Gran Breta­ña, socialdemócrata en Alemania y Aus­tria) y del sin­dicalismo, con­siguió importantes mejoras, sobre todo desde que la amenaza revolucionaria conven­ció a los bur­gueses de que ha­bía que hacer concesiones. Mejora­ron los sala­rios, los seguros sociales, dis­minuyeron las horas de tra­bajo, etc.
EL ANARQUISMO.
Ya un pensador inglés, Godwin, defendió en 1793 la desapa­rición del Estado, la propiedad privada y el matrimonio. Hacia 1848, algunos socialis­tas utópicos como Proudhon derivaron ha­cia el anarquis­mo, teo­ría social y política que pretende la supre­sión del Es­tado, otorgando una ilimitada li­bertad al indi­viduo. Proudhon escribió que *La propiedad es un robo+ y fue el socialista utópico que más influ­yó en el anarquismo.
Bakunin.

Su principal pensador es Mijail Bakunin (1814-1876). Aristócrata ruso, había huido de Sibe­ria, donde estaba desterrado, y vivió en Francia, Italia e In­glaterra. Sus ideas básicas eran: ateís­mo, exalta­ción de la libertad del in­dividuo, eliminación del Estado (y del ejérci­to), rechazo de toda autoridad, necesidad de la revo­lución cam­pesina, hecha por las masas de una manera espontánea, y de la huelga general re­volucionaria por los pro­letarios. La sociedad se organizaría a base comunas (grupos de hombres y mujeres) autónomas, en ré­gi­men de autogestión, me­diante sufragio univer­sal (tanto mascu­lino como femenino), con propiedad colectiva del capital y de la tierra, pero no de la producción. Las dis­tintas comunas po­dían federarse o sepa­rarse libremente. Como los anarquistas querían suprimir el Estado, su enfrentamiento se haría mediante la abstención absoluta de la vida política, la huelga y la re­vuelta individual.
La I Internacional se dividió en dos corrientes: la socia­lista y la anarquista, que fue expulsada (1872). El anar­quismo se ex­ten­dió sobre todo por tres paí­ses europeos: Rusia, Italia y Espa­ña, con una fuerte base agra­ria.
Kropotkin.
Kropotkin (1842-1921), aristócrata ruso, residió en Gran Bretaña, Suiza y Francia. Es el teórico del anarco-comu­nismo. Su anarquismo es más moderado en la acción po­lítica, más aten­to a la protección de la naturaleza.
Los continuadores.
Otros influyentes pensadores anarquistas de finales del siglo XIX fueron Tolstoi, Réclus y Grave.
Algunos grupos anarquistas propugnaron la “pro­pa­ganda por el he­cho”: el terrorismo, el aten­tado contra perso­nalidades polí­ti­cas (Cá­no­vas y Canalejas fue­ron asesinados por anarquis­tas) o clases determinadas (la bomba del Liceo de Bar­celona en 1893).
Ya en el siglo XX se calmó la oleada terrorista y los anarquistas apoyaron a los sindicatos obreros de tendencia re­vo­lucionaria (anarcosindicalismo). Desapareció como fuerza im­portante en la I Guerra Mundial, salvo en España donde la CNT subsistió hasta 1939. Después de 1968 hubo un renacer de con­ceptos anarquistas com autogestión, antimilitarismo, denuncia de la arrogancia del poder, rechazo del consumismo, que fueron recogidos por distintos movimientos contraculturales y de ac­ción ciudadana para cuestionar el orden imperante.         

2. EL PENSAMIENTO ECONÓMICO EN EL SIGLO XIX.
El pensamiento económico decimonónico se divide en dos corrientes principales: el liberalismo, subdividido en la fi­siocracia (los se­guidores de Fran­çois Quesnay) y en la escuela clá­sica británica (con los pensado­res Smith, Malthus y Ricar­do), a la que siguen dos corrientes a partir de 1870, el mar­ginalismo-economía neoclásica y la escuela histórica alemana; el socialismo, subdividido a su vez en utópico (Saint-Si­mon, Prodhon) y científico (Marx y En­gels, los socia­listas pos­te­rio­res).
Estas corrientes (salvo el socialismo utópico) po­seen unos caracte­res comu­nes:
· Una acti­tud científica frente al desarrollo del capita­lismo, que se traduce en la formulación de leyes y teorías para expli­car la realidad.
· La noción de “excedente”, que se ob­tiene a partir de la uti­lización del trabajo, y el que dicho excedente se rea­liza en un mercado.
· La teoría del “valor trabajo”, que per­mite ex­plicar tan­to la formación de este exce­dente como la for­mación del valor.
A pesar de estos rasgos comunes, existieron considerables di­fe­rencias entre estas tres escuelas, producto tanto del aná­lisis de la realidad económica, como de las distintas posicio­nes ideoló­gi­cas en tal análisis.
2.1. EL LIBERALISMO.
A mediados del s. XVIII ya aparece el liberalismo, que cree en los ideales del progreso, de la ra­zón y de la libertad. Es un movimiento político y económico. En los económico es una doc­trina dividi­da en varias co­rrientes, y que se con­vertirá  en dominante en el s. XIX. Los precursores del libera­lismo son Petty, Boisgil­bert, Cantillon y Hume, que critican la doctrina del mercanti­lismo dominante en Francia y Gran Bretaña en el s. XVII. Durante la segunda mitad del s. XVIII aparecen las corrientes liberales de la fisiocracia y la escuela clásica, que se interesan respectivamente por los fenómenos contemporá­neos de la revolución agrícola y la revolución indus­trial.
LA FISIOCRACIA.
El pensamiento fisiocrático apareció en Francia a mediados del s. XVIII y perduró hasta 1820, aunque más tarde siguió in­fluyendo en mu­chos te­rratenientes, polí­ticos y economistas. Su máximo téorico es Quesnay, autor de Le Tableau Economique (1758), mientras que su discípulo Turgot, ministro de Luis XVI introdujo el liberalismo en Francia, con su lema *Laisser fai­re, laisser passer, le monde va de lui même+.
La fisiocracia cree en un sistema absolutamente libe­ral (laissez-faire) y circular, en el que sólo la agricul­tura es capaz de producir un excedente apropiado para los pro­pietarios, que son los que han de tributar. El resto de la eco­nomía es condiderada “estéril”, porque no origina el “producto neto”.
La fisiocracia es una reacción al mercantilismo que funda­ba la ri­queza en la concentración de metales preciosos, el su­perávit de la ba­lanza de pagos, el proteccionismo comercial e indus­trial. Los fisiócratas franceses analizaron la gran revo­lución agraria que se estaba produciendo en Gran Bretaña. Los rasgos principa­les de su pensamiento son:
· La sociedad se divide en tres clases: productora, esté­ril y dispo­nible. La productora estaría integrada por la agri­cultu­ra, la ga­nadería y la industria extractiva; la estéril por los in­dus­triales, artesanos y comerciantes; la disponible por la no­bleza y los funcionarios. Es la clase productora la que man­tie­ne a las otras dos, la estéril porque le compra la mayor parte de sus productos y la disponible porque paga los impues­tos de los que vive.
· Valoran sobre todo la agricultura, como prin­cipal fuente de riqueza, ya que es la activi­dad económica que mejor puede “aumentar” la cantidad de produc­tos netos. De ella parte un “movimiento circulatorio”, a través del que se difunde la ri­queza por el resto de la so­ciedad. El gran factor producti­vo es la tie­rra.
· Limi­tan el papel de la industria a una mera función trans­for­mado­ra, improductiva desde el punto de vista de la mul­ti­plica­ción de las riquezas.
· El comercio sólo es apto para transportar e intercambiar los productos, no para crearlos.
· La economía debe regirse por las leyes natu­rales, por lo que rechazan la intervención del Estado en la economía y de­fien­den la iniciativa privada.
La agricultura que defienden sigue el modelo desarrollado en la Gran Bretaña capitalista:
· Grandes propiedades en manos de un único propietario, dueño absoluto de toda la tierra.
· Cultivo intensivo, con reinversión en la mejora de la tierra de parte de los excedentes de capital.
· El propietario debe pagar al Estado una parte proporcio­nal de su riqueza (contribución única).
· El Estado no debe intervenir en la comercialización de la producción agraria. Es la doctrina del laissez faire: liber­tad de circulación y precio de los productos, cuya cantidad y precio se irán acomodando a las necesidades del mercado.
· Un mercado nacional e internacional cada vez más amplio, sin barreras arancelarias.
LA ESCUELA CLÁSICA.
La escuela de economía clásica (también llamada “escuela liberal” porque fue más seguida que la fisiocracia) de­fien­de el libe­ra­lis­mo eco­nómico, con una teoría paralela a la del libera­lismo políti­co. Es una economía política, que considera que no hay un determinismo absoluto de lo económico: el hombre puede modifi­car con su acción la economía, para asegurar el bienes­tar. Pero la lectura neoliberal ha olvidado este cariz humanis­ta de la escuela clásica y se la presenta como radical­mente antiestata­lista, aunque Mill, p.e., defendía el papel subsidia­rio del Estado para defender el bien común.
Apa­rece en Gran Bretaña h. 1770 con Adam Smith y continúa con Malthus, Ricardo, Mill y Say hasta me­diados del s. XIX, di­vulgándose rá­pidamente por Occi­dente.
Ha­cen una revi­sión críti­ca de las ideas fi­sió­cratas, de acuerdo a la expe­rien­cia de la naciente Revolu­ción Industrial británi­ca.
Su doctrina se centra en la trilogía ganancia, ahorro, capital. Sus tesis básicas son:
· El tra­bajo pro­duc­tivo es todo tra­ba­jo que origi­na­ un exce­dente.
· No se limi­ta la eco­no­mía pro­ductiva a la agri­cultura y al excedente ob­teni­do de la tie­rra (la tesis fisiocrática).
· Las leyes del mercado son la mano invisible que rige el mundo económico, regulando la producción y el consumo.
· La principal ley del mercado es la de la oferta y la demanda.
· El mercado se regula por la libre com­peten­cia.
· El trabajador elige libremente su trabajo.
· La mano de obra se desplaza libremente.
· El contrato de trabajo es un acuerdo libre entre patro­nos y obreros.
· El Estado sólo defiende la libertad económica, sin in­tervenir en la actividad económica, aunque asegurando la defen­sa, la justicia y otros aspectos necesarios para el bien común.
· Hay que aumentar el comercio internacional, suprimiendo las barreras proteccionistas.
Adam Smith.

Adam Smith (1723-1790), profesor de la universidad de Glas­gow, es el pa­dre del liberalismo eco­nómi­co por su obra La ri­queza de las naciones (1776), en la que estudia cómo enriquecer al Estado y concluye que para ello primero se han de enriquecer los indivi­duos. Es un pensador optimista, muy influido por la fisiocracia, pero que la supera al reconocer que los industria­les y comerciantes son igualmente productores, ya que la rique­za es consecuencia del trabajo humano. Considera que *la opu­lencia tiene su origen en la división del trabajo+ y relaciona el aumento de la producción con la división del trabajo. Los productos deben circular con libertad, con la mínima interven­ción del Estado. Diferencia “valor de uso” de un producto (uti­lidad de un bien en general) y “valor de cambio” (capacidad de un bien para adquirir otros). El valor de las mercancías depen­de de la cantidad de trabajo que contengan, pero distingue en­tre precio natural (el del trabajo necesario para producir el producto) y precio de merca­do (determinado por la oferta y la deman­da).
En la Teo­ría de los senti­mien­tos mora­les (1790) teoriza la nue­va moral indi­vidua­lista del capitalismo moderno: la suma de las satis­faccio­nes indivi­duales asegura la felicidad gene­ral. De ello colige que el Estado debe intervenir lo mínimo po­sible en la socie­dad y sólo garan­tizar la defensa ex­terior, la segu­ridad y la justicia in­terior, en suma, lo que la iniciativa privada no realice.
Smith continúa el liberalismo de la fisiocracia, pero re­conoce a la in­dus­tria la capacidad de obtener un “pro­ducto ne­to”. Exa­mina los requisitos del creci­miento económico: acumu­lación pre­via de capital y extensión del mercado. Sus ideas económicas son:
· El interés individual y el social coinciden siempre. El mejor medio de obtener una riqueza general es que los indivi­duos obtengan su riqueza particular: *Cuando uno trabaja para sí mismo sirve a la sociedad con más eficacia que si tra­baja para el interés social.+
· El progreso económico es la acumulación de riqueza, cuantificada en bienes. Es una idea muy criticada en el s. XX.  Defiende el trabajo especializado (divi­sión social del traba­jo).
· El valor de cambio de un producto en el mercado depende de la cantidad de trabajo necesario para producirlo.
· Distingue entre “valor de uso” y “valor de cambio”:
*Las cosas que tienen valor de uso tienen, a menudo, muy poco o ningún valor de cambio; por el contrario, las cosas que tienen mayor valor de cam­bio tienen con frecuencia poco valor de uso. Nada es más útil que el agua; pero no se puede comprar casi nada con ella. Por el contrario, un diamante no tiene valor de uso, pero sirve para cambiarlo por una gran cantidad de bienes.+
· El capital invertido es el factor básico en el desarro­llo del pro­ceso productivo porque permite aumentar la producti­vidad del trabajo humano. *La industriosidad de la sociedad sólo puede aumentar en proporción al aumento de su capital+.
· El consumo es improductivo.
· El capital procede del ahorro de las rentas acumuladas sin consumir por los ri­cos e invertidas en mejorar el proceso producti­vo.
· En el precio de un producto se incluyen: el salario del trabajador (que debe ser lo menor posible) y el beneficio del empresario (que debe maximizarse para compensar su riesgo).
· La vida económica se rige por un orden natural, que re­gu­la la cantidad y el precio de los productos, según la ley de la oferta y la demanda.
· Para que funcione el orden natural, el Estado no debe intervenir en la actividad económica y debe crearse un mercado extenso, tanto nacional como internacional (el librecambio).
Malthus.
Thomas R. Malthus (1766-1834) es un economista pesimista. Autor de Ensayo sobre el Principio de la Población (1798), con­si­dera que la población aumenta en proporción geométrica y la producción agrícola sólo en proporción aritmética, por lo que el nivel de vida bajará a largo plazo, al escasear los alimen­tos y competir los hombres por la supervivencia. Los únicos frenos al aumento de la población son: “positivos” (hambre, plagas y enfermedades) y “preventivos” (disminución de la natalidad).
La feli­cidad general no sería posible *si el principio motor de la conducta fuera la benevo­lencia+, por lo que condena la asis­ten­cia a los des­validos, que sería per­judi­cial para la sociedad, ya que los pobres, al estar mejor alimentados conce­birían más hijos, agravando el problema de la oferta de empleo y de los recursos alimenticios.
Considera las crisis como consecuencia del desajuste entre ahorro y consumo. Cuando el ahorro es excesivo hay una depre­sión económica.
Ricardo.
David Ricardo escribe Principios de economía política (1817). Es el autor “clásico” por excelencia, el pro­feta de la burguesía industrial. De Ricardo salen dos líneas, una radical y socialista, de los so­cialistas ricar­dianos, que acaba en Marx; la otra, en Mill.
Sintetiza las ideas de Smith y Malthus. Defiende el libe­ra­lismo, pero critica la idea pesimista de Malthus y la identi­fi­cación va­lor-coste de producción que hace Smith. Según Ricar­do, el valor de los bienes está determinado por su coste de producción y el capital ha de considerarse como trabajo acumu­lado.
Completa la tesis de Smith con un esque­ma del crecimiento y la estagnación (estancamiento) del capi­talis­mo, pero se sepa­ra en bastantes puntos de Smith. Conside­ra una renta neta, for­mada por las ren­tas de los propie­tarios, los beneficios capita­listas y los sa­larios de los tra­bajado­res, en la que las rentas de la tierra presionan y redu­cen las otras dos. Hay una ley de rendimientos decrecien­tes en la agricultura y la industria, hasta que se abandonan las tierras marginales, bajan los sala­rios y se despi­de a los obre­ros. Sólo la innovación tecnológica es capaz de renovar el crecimiento.
Estudia la renta de la tie­rra y concluye que es necesaria la libre circulación de los productos agrícolas entre los paí­ses, por lo que abogó por la abolición de las Corn Laws.
Su ley de bronce del salario (que in­fluyó en Marx) es:
Hay dos tipos de salario: el natural (necesario para el mantenimiento de una familia obrera) y el de mercado (condicio­nado por la ley de la oferta y la demanda). El salario se man­tendrá siempre en un nivel mínimo de subsis­tencia, lo más cer­cano posible al natural, porque si por la ley de la oferta y la demanda se aumentase, la clase obrera tendría un mayor creci­miento y los salarios bajarían al ofertarse más mano de obra. Es, pues, pesimista ya que piensa que el mundo obrero está con­denado a niveles de vida bajos: *El trabajo, como todas las demás cosas que se compran y se venden, y cuya cantidad puede ser aumentada o disminuida, tiene su precio natural y su precio de mercado.+
Las mercancías aumentan su cantidad por el trabajo: *Hay mer­can­cías cuyo valor sólo depende de la escasez. Ningún traba­jo puede au­mentar su cantidad... De todas maneras, estas mercan­cías forman una peque­ña porción de la masa de mercan­cías que cada día se inter­cambian en el mer­ca­do... Así pues, al hablar de mercancías, de su valor en cambio y de las leyes que regulan sus precios relativos, nos referimos sólo a aquellas que puedan ser aumentadas en canti­dad por el trabajo humano y en cuya pro­ducción opera la competencia sin restricción+.
Say.
Juan Bautista Say (1767-1832) publica Tratado de economía política (1803), la mejor obra de la economía clásica francesa. Defiende la “ley de los mercados”: la economía tiende al equi­librio con pleno empleo, mediante una autorregulación de los precios que evita la sobreproducción (desajuste entre oferta y de­manda).
Mill.
John Stuart Mill (1806-1873) es considerado como el último clási­co. Say y Mill cons­ti­tuyen lo que Marx lla­mó des­pectiva­mente “economistas vul­ga­res” (porque eran los más leídos). En realidad, Mill fue quien mejor formuló la teoría liberal, al sinte­tizar las corrientes optimista de Smith y la pesimista de Mal­thus y Ricardo. En su obra Principios de Economía Política (1848) acepta la ley del trabajo de Smith, la tesis de la renta de la tierra de Ricardo, la tesis de la población de Malthus y las ideas del librecambismo. Pero considera que hay que superar el pesimismo respecto al bienestar de las clases populares y propone soluciones: limitar el derecho de herencia, gravar con impuestos la tierra y fomentar cooperativas de producción. El Estado debe mejorar la sociedad, pero no lo debe hacer en la economía ya que es un mal empresario frente a los particulares.
Mill no con­sidera justo dejar que el sistema se autoregu­le, por lo que distin­gue entre las leyes de la produc­ción, que son inmuta­bles, porque dependen de la naturaleza; y las de la dis­tribución, que son reforma­bles, porque son humanas. Es una dis­tinción muy importante en la política económica contemporá­nea, porque así el Esta­do puede in­terve­nir en la distribución del producto social (la redistribu­ción de la renta, uno de los rasgos del Estado del bienestar moder­no). En este sentido sería un reformista social de enorme influencia posterior.
Mill ini­cia la rup­tura con la teoría del valor trabajo, pues considera que el valor de un bien depende de varios facto­res y no sólo del trabajo.
2.2. EL SOCIALISMO.
EL SOCIALISMO UTÓPICO.
El socialismo utópico apareció en Francia fundamentalmen­te, y se caracteriza por un rápido análisis de la realidad ac­tual y pasada y una pormenorizada previsión del futuro. No ana­lizan la realidad, sino que proponen modelos perfectos, utópi­cos, de cómo debería ser la realidad.
Saint-Simon cree en el papel transformador de las obras públi­cas y de las asociaciones de productores que permitirán la abo­lición del derecho de herencia, la eliminación del Estado y el logro de que cada uno consiga ganar según sus necesidades. Fou­rier, me­nos realista que Owen, prevé un mundo donde reinará la armo­nía. Proudhon es más distributivo que socialista, preo­cupa­do por la libertad y la igualdad individuales y por un cré­dito barato.
El mejor economista de la corriente es ­Sismondi (1773-1842), que inicia la crítica de la escuela clá­sica, en Nue­vos prin­cipios de economía política (1819). Reprocha sobre todo:
· A Ricardo que puede ocurrir que no coincidan la riqueza in­dividual y colectiva, que la riqueza esté mal distri­buida.
· A Smith que su régimen de libertad de derecho no implica la libertad de hecho, puesto que al concertarse un trabajo las dos partes no están en la misma situación.
EL SOCIALISMO CIENTÍFICO: MARX.
El socialismo científico es ini­ciado por Marx (quien es auxiliado por Engels y abre camino a una serie de economistas socialistas[5]), que expli­ca la evolución del ca­pitalismo en base a las pro­pias fuer­zas in­ternas del sistema.
Distingue dos categorías de valor-trabajo:
· Valor de uso: definido por su utilidad.
· Valor de cambio: definido por el tiempo necesario so­cialmente para producirlo. 
Hay una sola mercancía cuyo valor de uso es superior al de cambio: el trabajo. Esto es porque el empresario se queda con la diferencia entre el valor de uso y de cambio: la plusvalía.
Marx da un lugar central en su pensamiento al concepto de plusva­lía, en un doble sentido: por un lado, signi­fica el tra­bajo hecho por los proletarios y apropiado por los capitalis­tas, y, por el otro, el excedente total del siste­ma. Es, pues, la categoría fundamental del modo de producción capi­talista, al ser el origen de la acumulación de capital.
Respecto a la teoría de la plusvalía como valor ­trabajo (primer sentido), Marx intentaba salvar el problema de la exis­tencia de sectores con capitales fijos distintos, lo cual hace que no haya corres­pon­dencia entre las cantidades de trabajo y los pre­cios.
De la plusvalía (segundo sentido) depen­de la acumulación de capital, y de esta la demanda de fuerza de trabajo y la aplica­ción de técnicas que ahorran trabajo para mantener la tasa de plusva­lía.
Explica los procesos de creci­miento y de crisis por las contra­dicciones entre la creciente capacidad productiva y el más re­ducido crecimiento del consumo proletario o entre los que poseen bienes de producción y los que no los poseen.
2.3. LA TEORÍA ECONÓMICA DESDE 1870.
La crítica de la teoría clásica será emprendida por los pensadores socialistas (que hemos visto) y por dos escue­las, la marginalista-neoclásica y la histórica alemana (con su rama de la institucio­nal norteamerica­na). La principal aportación de estas críticas a la teoría del trabajo-valor, es que es el pro­ducto lo que confiere valor a los fac­tores de su fabricación. El bien-valor es el que valoriza al trabajo, y no al revés.
A partir de entonces, los economistas prestan especial atención al análisis del funcionamiento del mercado en la for­mación de los precios, pues es el mercado quien asigna el valor económico a los productos.
LA ESCUELA MARGINALISTA-NEOCLÁSICA.
La escuela marginalista-neoclásica (a partir de 1870), cuyos principales autores son Marshall y Walras.
Considera un modelo de estado de equilibrio perfecto, don­de los precios del traba­jo y del capital son establecidos por la can­tidad de nuevo pro­ducto que aportan las últimas uni­dades apli­cadas de trabajo y capi­tal. Así, la productividad marginal del trabajo será el sala­rio, y la del capital será el benefi­cio. Este equi­librio auto­mático ocupará totalmente los recursos existentes y supon­drá que se puede establecer una cur­va de pro­ducción para la cual son posi­bles cualesquiera combi­naciones de trabajo y capi­tal.
Los marginalistas aceptan la mayoría de los principios de la escuela clásica (sobre todo en la versión de Mill), pero entienden que la compe­tencia no es perfecta, aunque como hipó­tesis sea válida para establecer mo­de­los. La política económica debe intervenir para corregir los errores del mercado. Esta será la doctrina económica predomi­nan­te, “acadé­mica”, en­tre finales del s. XIX y los años 1930, apo­yada en avances es­tadís­ticos y metodológicos, hasta que la cri­sis de 1929 ponga en duda sus principios y Keynes demuestre en su Ge­neral Theory que puede haber una situación de equili­brio esta­ble con inuti­liza­ción de recursos (p.e. de trabajo).
El marginalismo.
Las cuatro escuelas del marginalismo son: inglesa (Ed­ge­worth, Sidgwick, Wicksteed) con la Escuela de Cambridge neoclá­si­ca (Marshall), austríaca (Wieser, Böhm-Bawerk), de Lau­sanne (Wal­ras, Pare­to, Pantaleo­ni).
Gossen, Cournot y Dupuit, que sentaron las ba­ses para el desa­rrollo posterior del pensamiento marginalista, fueron los pri­meros en considerar la utilidad como la fuente del valor y en formular el concepto de utilidad marginal de los bienes.
Walras (1834-1910) se centra en la teoría de la determina­ción de los precios en un régimen hipotético de libre y perfec­ta competencia. Expresa su modelo en fórmulas matemáticas.
El marginalismo llevó a cabo su análi­sis desde un punto de vista subjetivo e individual y sustituyó la teoría del valor-trabajo por la del valor-utilidad, negó la formación de un ex­cedente al término del proceso productivo y centró su interés en el modo como el sistema se sitúa en un equilibrio, gracias al cual todos los participantes en el mer­cado alcanzan su máxi­ma satisfacción y quedan absorbidas todas las mercancías. La utilidad es la justificación formal del lais­sez-faire, ya que cada individuo debía ser libre para gas­tar sus ingresos y obte­ner de este modo el mayor beneficio de acuerdo con su utilidad marginal. El bienestar de la sociedad vendría dado por la con­se­cu­ción de los óptimos individuales.
La economía neoclásica: Marshall.
La gran escuela neoclásica es la Escuela de Cambridge, que puede considerarse una rama del marginalismo. Su máxi­mo repre­sentante es Alfred Marshall (1842-1924), que inten­tó compa­ginar la economía clásica con el marginalismo. Utilizó el mode­lo del equilibrio parcial, que consideraba más cercano a la reali­dad y más operativo. Coincide con el mar­gina­lismo y otras es­cuelas posteriores a 1870 en el desarrollo de unos ins­trumen­tos con­ceptuales y matemáticos sur­gidos con el estudio del equilibrio económico.
La economía debe descubrir la verdad sobre las relaciones económicas concretas. Considera que son esenciales para la prosperidad la libertad de empresa, y el libre juego de la oferta y la demanda. Estu­dia la com­petencia, con dos extremos: la perfec­ta y los monopo­lios. Sus teorías, de gran éxito, será utilizadas para criticar a los monopolios y explican las leyes anti-trust de EE UU y muchos países desde principios del s. XX.
LA ESCUELA HISTÓRICA ALEMANA.
La escuela histórica alemana.
La escuela histórica alemana (también a partir de 1870), se aleja mucho de la abstracción anterior y cree en la relati­vidad histórica de las leyes económicas, por lo que niega a la cien­cia económica la posibilidad de formular leyes econó­mi­cas.
Institucionalismo norteamericano.
La escuela anterior influyó en una rama de la escuela his­tórica, el institu­ciona­lismo (Veblen en EE UU), que reaccio­na frente al neo­clasicis­mo marginalista y el inicio del estudio de la evolu­ción y cam­bio de la técnica y las insti­tuciones en la nueva fase del de­sarrollo capitalista.

BIBLIOGRAFÍA.
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Smith, Adam. Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones. FCE. México. 1958 (1776 inglés). 917 pp.
Sombart, Werner. El apogeo del capitalismo. FCE. México. 1946 (1902 alemán). 2 vs. 546 y 513 pp.
Touchard, Jean. Historia de las ideas políticas. Tecnos. Madrid. 1975. 658 pp.

PROGRAMACIÓN.
PENSAMIENTO POLÍTICO Y ECONÓMICO EN EL SIGLO XIX.
UBICACIÓN Y SECUENCIACIÓN.
Bachillerato, 1º curso. Historia del mundo contemporáneo. Apartado
2. Balance del siglo XIX hasta 1914.
La revolución industrial. Transformaciones económicas, sociales y culturales en el siglo XIX. Las aportaciones del periodo 1870-1914.
El origen de los Estados contemporáneos. Revoluciones bur­guesas, liberalismo y nacionalismo. La evolución de EE UU y Ja­pón.
Se relaciona en ESO, 2º ciclo. Eje 2. So­cie­dades históri­cas y Cambio en el Tiempo. Bloque 5. Cambio en el tiempo. Nú­cleo 3. Cam­bio social y revolución en la época con­tem­porá­nea.
· Revolución industrial, desarrollo capitalista e imperia­lismo.         
Está directamente relacionado con la UD de nacionalismo y liberalismo en la Europa del s. XIX.
RELACIÓN CON TEMAS TRANSVERSALES.
Relación con el tema de la Educación para la Paz y de Edu­cación Moral y Cívica.
TEMPORALIZACIÓN.
Cuatro sesiones de una hora.
1ª Exposición del profesor sobre doctrinas políticas. Diá­logo en minutos finales.
2ª Exposición del profesor sobre doctrinas económicas. Diálogo en minutos finales.
3ª Exposición del profesor, de refuerzo y repaso; esquemas, análisis y comenta­rios de tex­tos.
4ª Comentarios de textos; debate de grupo y síntesis.
OBJETIVOS.
Conocer las principales doctrinas políticas y económicas del s. XIX.
Analizar las relaciones entre ambos grupos de doctrinas.
Comprender las relaciones entre las doctrinas y los cam­bios históricos.
Interesarse por las doctrinas de gran abstracción.
Desarrollar la capacidad de indagación e investigación.
CONTENIDOS.
A) CONCEPTUALES.
Las principales doctrinas políticas del s. XIX: liberalis­mo, tradicionalismo, nacionalismo, imperialismo, socialismo.
Las princi­pales doctrinas económicas del s. XIX: libera­lis­mo (fisiocra­cia, escuela clásica), socialismo utópico y cientí­fico (Marx), marginalismo-neoclásico, escuela histórica alema­na.
B) PROCEDIMENTALES.
Tratamiento de la información: uso de manuales y seleccio­nes de textos, realización de esquemas del tema.
Explicación multicau­sal de los hechos históricos: en co­mentario de textos.
Indagación e investigación: recogida y análisis de da­tos en enciclopedias, manuales, monografías, artículos...
C) ACTITUDINALES.
Rigor crítico y curiosidad científica.
Tolerancia y solidaridad.
METODOLOGÍA.
Metodología expositiva y participativa activa. Se basará sobre todo en el fomento de la capacidad de indagación e inves­tigación del alumno, individual y en equipos de trabajo.
MOTIVACIÓN.
Presentación de cómo se debe proceder a una investigación de grupo.
ACTIVIDADES.
A) CON EL GRAN GRUPO.
Exposición por el profesor del tema.
B) EN EQUIPOS DE TRABAJO.
Realización de una línea de tiempo sobre el proceso de cambio de las doctrinas y los principales cambios polí­ticos y económicos, comparando y analizando su relación.
Realización de un esquema de las principales doctrinas.
Analizar las diferencias entre las principales doctrinas.
Comentarios de textos sobre las principales doctrinas po­líticas y económicas y realización de un breve trabajo de in­vestiga­ción sobre el liberalismo político y económico (que es escogido por ser el de más éxito histórico en el presente).
C) INDIVIDUALES.
Realización de apuntes esquemáticos sobre la UD.
Participación en las actividades grupales.
Búsqueda individual de datos en la bibliografía, en debe­res fuera de clase.
Contestar cuestiones en cuaderno de trabajo, con diálogo previo en grupo.
RECURSOS.
Presentación digital (o transparencias, diapositivas y mapas).
Libros de texto, manuales.
Fotocopias de textos para comentarios.
Cuadernos de apuntes, esquemas...
EVALUACIÓN.
Evaluación continua. Se hará especial hincapié en que se com­prenda la relación entre el pensamiento político y el econó­mi­co, sobre los conceptos, sobre las similitudes y diferencias entre las doctrinas.
Exa­men incluido en el de otras UD, con breves cues­tiones y un comentario de texto sobre el liberalismo.
RECUPERACIÓN.
Entrevista con los alumnos con inadecuado progreso.
Realización de actividades de refuerzo: esquemas, comenta­rio de textos...
Examen de recuperación (junto a las otras UD).

 Antonio Boix Pons, en Palma de Mallorca (1998 y 2011).



     [1] Por su importancia en las teorías siguientes, debemos ex­poner los rasgos principales de su pensamiento filo­sófico.
Hegel considera que el fundamento último de la realidad es la “idea” (no el “absoluto” de Schelling ni el “yo” de Fichte). La idea se desarrolla según una necesidad, en un proceso dia­léctico de tesis, antitesis y síntesis. Así, toda realidad pri­mero se “pone”, después se niega a sí misma, y supera y elimina esta contradicción en un tercer momento, en un proceso perma­nente, en el que la realidad evoluciona formando una y otra vez nuevos contraste que encuentran su solución, la que da, a su vez, origen a nuevos contrastes y nuevas soluciones.
La idea lógica, el principio, se convierte en su contra­rio, la naturaleza y esta en espíritu, que es la síntesis de idea y de naturaleza: la idea “para sí”. Estos estadios se co­rresponden a la lógica, la filosofía natural y la filosofía del espíritu.
El espíritu se despliega en subjetivo, objetivo y absolu­to. El espíritu subjetivo es el de cada individuo, el espíritu objetivo es la manifestación de la idea en la historia, y el espíritu absolu­to es el Estado, que realiza la razón universal humana, que se conoce a sí misma en el arte, la religión y la filosofía. Así, el espíritu llega a comprenderse como tal úni­camente en el hombre, ya que existe *unidad e identidad de la naturaleza divina y de la naturaleza humana+.
     [2] El pensamiento filosófi­co-teológico del tradicionalismo sostuvo que tanto el cono­ci­miento de la ver­dad como la rea­liza­ción del bien y de la jus­ticia son inase­qui­bles al hom­bre sin una espe­cial asis­tencia divina. Esta asistencia se entiende como una revela­ción primi­tiva que se ha trans­mitido histórica­mente a través de la Igle­sia y de la ins­titución mo­nárquica.
     [3] Fourier fue el maes­tro de Consi­dérant.
     [4] Robert Owen, un rico industrial inglés, propugnó unas comu­nida­des ideales (New Lamark), que fracasaron en la prácti­ca. Fo­men­tó una polí­ti­ca social a favor de los obreros, con mejo­res sa­la­rios y con­di­cio­nes de trabajo, vivienda, educación, sani­dad, etc.
     [5] Los economistas socialistas posteriores (en especial la escuela austra­marxista), seguirán las ideas marxistas y de­sa­rrollan una teoría económica sobre el imperialismo, pero esto ya es a principios del s. XX, con Hobson, Hilferding, Lenin, Bujarin, Luxemburgo.

1 comentario:

monserrat nuñez esteban dijo...

Muy buena información, me ha servido para seguir estudiando para la universidad :)