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sábado, 24 de marzo de 2012

UD 30. La formación de las monarquías feudales en la Europa Occidental. El origen de los Estados modernos.


UD 30. LA FORMACIÓN DE LAS MONARQUÍAS FEUDALES EN LA EUROPA OCCIDENTAL. EL ORIGEN DE LOS ESTADOS MODERNOS.

INTRODUCCIÓN.

1. LA APARICIÓN DE LAS MONARQUÍAS FEUDALES.
Una visión cronológica.
ALEMANIA.
El nacimiento del Imperio Germánico.
La dinastía otónida.
FRANCIA.
La dinastía capeta.
INGLATERRA.
La conquista normanda.

2. EL FEUDALISMO EN LOS SIGLOS XI-XII.
Situación de Europa en los siglos XI-XII.
EL FEUDALISMO.
LOS PRINCI­PADOS TERRITO­RIALES.

3. EL PENSAMIENTO POLÍTICO.
LA TEOCRACIA.
EL CESAROPAPISMO.
EL MONARQUISMO.

4. EL IMPERIO GERMÁNICO Y EL PAPADO.
La dinastía sálica.
El Papado y las reformas.
La Lucha de las Inves­ti­du­ras.
Los partidos güelfo y gibelino.
La dinastía Hohenstaufen y su fracaso en Italia.
La división de I­talia h. 1250.

5. LA CONSOLIDACIÓN DE FRANCIA E INGLATERRA (SIGLOS XII Y XIII).
El fortalecimiento de la monar­quía capeta.
El desarrollo de la monarquía Plantagenet.

6. LA CRISIS DEL IMPERIO (SIGLO XIII) Y SU RECUPERACIÓN.
La dinastía Habsburgo.

7. LA CRISIS DEL PAPADO (SIGLO XIV) Y SU RECUPERACIÓN.

8. EL CONFLICTO DE FRANCIA E INGLATERRA.
La crisis del siglo XIV.
LA GUERRA DE LOS CIEN AÑOS.
Los inicios.
La primera fase.
La segunda fase.
Consecuencias de la crisis de la Guerra de los Cien Años.

9. EL MODELO DEL ESTADO MODERNO EN EL SIGLO XV.

INTRODUCCIÓN.
Dados los lími­tes de esta UD he optado por di­vidir el tema en pequeñas partes, según un criterio cro­nológi­co, esco­giendo los puntos más relevantes de la evolución de los Estados europeos occidenta­les más im­por­tantes: el Imperio Germá­nico, Francia e Ingla­terra, más el Papa­do, y sobre todo los dos grandes conflictos me­dieva­les en Occi­den­te: la Lucha de las Inves­tidu­ras y la Guerra de los Cien Años. De este modo se da una imagen cohe­rente, dado que no es viable un trata­miento exhaustivo propio de un manual.
En cuanto al apartado de “El origen de los Estados moder­nos”, entendemos que se inscribe en la totalidad del tema, es­pecialmente en la época del siglo XV, cuando se consolidaron los Esta­dos naciona­les autoritarios en sus formas ya modernas.
Un resumen.
Las “monarquías feudales” defi­nen la historia europea oc­cidental en la Edad Media desde el si­glo XI. Los monarcas ocupan las cúspides de la pirámide social, y ba­san su poder en los víncu­los de fidelidad contraídos hacia ellos por sus súbditos. Los máximos modelos de monarquía feudal son Francia e Inglaterra, que deben lu­char contra las fuerzas centrífugas internas de los príncipes territoriales, la no­bleza y la Iglesia, y la presión exterior de las dos fuerzas unitarias de Europa: el Imperio y el Papado. Estos conflictos provocaron el desarrollo de complejas elaboraciones teóricas, que se dividen en dos bandos: los defensores del cesaropa­pismo y de la teocracia, en Ale­mania e Italia; los de­fensores del principio monárquico, en Francia e In­gla­te­rra.
Tras un gran y largo conflicto entre el Imperio y el Papa­do en la Lucha de las Investiduras (siglo XII), la estabilidad lograda hacia 1250 se rompió hacia 1300 en unas tensiones que ini­ciaron en el siglo XIV la crisis general de la Baja Edad Me­dia: la Peste Negra y otras epidemias, las guerras y revueltas civi­les, especialmente la Guerra de los Cien Años, que marca el paso de las guerras feu­dales a las gue­rras nacio­nales.
A fines de la Edad Media, en el siglo XV, se consolidan las “monarquías nacionales” independientes respecto a los poderes tradicionales del Imperio y del Papado, y con los instrumentos, como ejército permanente, burocra­cia y diplomacia, y aparato fis­cal, que les garantizan el do­minio sobre las fuer­zas centrífu­gas de la nobleza territorial.

1. LA APARICIÓN DE LAS MONARQUÍAS FEUDALES.
Una visión cronológica.
La división del imperio carolingio a lo largo de los si­glos IX y X fue imparable. El primer gran acontecimiento fue el tra­tado de Verdún (843), del cual surgieron las fu­turas nacio­nes de Fran­cia, Ale­mania e Italia.
Hay en los siglos XI y XII un resurgimiento de la autori­dad real, siendo con­siderados los reinos como centros del poder político (res publi­ca) y re­ligioso. En el siglo XIII hay una consolidación de las monarquías y un pro­greso de centralización. Con la crisis del siglo XIV (la Peste Negra y la caída demográfica) comienza también el gran choque entre los dos gran­des Estados feudales, la Gue­rra de los Cien Años.
ALEMANIA.
El nacimiento del Imperio Germánico.
En Ale­mania (la Francia orientalis), el juramento de Es­trasburgo de 842 marca el inicio de Alemania, confir­mado en el tratado de Verdún (843) y el tratado de Meersen (870), bajo la so­beranía de Luis el Germánico, nieto de Carlomagno. La debili­dad de los últimos carolingios alemanes y las invasiones nor­mandas, hún­garas y moravas aceleraron la implantación del régi­men feudal en Ale­mania, dividida en ducados: Baviera, Suabia, Franconia, Sajonia, Baja Lorena y Alta Lo­re­na y varias marcas fronterizas en el Este.
La dinastía otónida.
Se restaura la idea imperial con la dinastía otónida de Sa­jonia (919 a 1024). El primer rey otónida fue Enrique I el Cetrero o Pa­jarero, primero du­que de Sa­jonia y después rey de Ger­mania en 919-936, vencedor so­bre los normandos.

Su hijo Otón I fue rey de Germania desde 936, de Ita­lia desde 951 y empe­rador, 962-973. Venció a los húnga­ros en Lechfeld (955) y a los eslavos, lo que llevó la frontera des de el río Elba hasta el Oder. Intervino en Italia en ayuda del Papa­do, ven­ciendo a Beren­gario de Ivrea, con lo que ganó la corona de Italia (951), y casó a su hijo con una princesa bizantina. Restauró la tra­dición carolingia fundando el Sacro Imperio Romano Germánico (962). Se apo­yó en una serie de se­ño­res feu­dales eclesiásti­cos (o­bis­pos, aba­des), de­signados en­tre per­so­nas de su confian­za, lo que tenía la ventaja de que no po­dían trans­mitir sus feudos a sus des­cendien­tes, dada su condi­ción sacer­dotal. El soberano mante­nía con ello su preemi­nencia, pues a él le co­rrespondía ­nombrar a sus suceso­res. Esta particu­lari­dad imprimió un carác­ter espe­cial al feu­dalismo alemán y per­vivió hasta el siglo XIX, cuan­do Napo­león acabó con los Es­tados ecle­siásticos alema­nes; pero subsistían muchos y poderosos nobles laicos, por lo que ni Otón II ni sus sucesores pudieron impedir el des­mem­bra­miento terri­torial de Alemania, que fue durante mucho tiempo una mera ex­presión geográfica.
Otón II (973-983) y Otón III (996-1002) intentaron crear un imperio según el modelo bizantino, pero su enfrentamiento con el Pontificado, su rechazo por la nobleza italiana y la desa­tención de los asuntos alemanes sumió a la dinastía en una cri­sis, que terminó con Otón III. Le sucedió En­ri­que II, duque de Baviera, rey de Ger­mania (1002-1024) y em­pe­ra­dor (1014-1024).
FRANCIA.
La dinastía capeta.

En Francia la nueva dinastía real de los Capetos ven­ce a los norman­dos y en los siglos X y XI los reyes utili­zan los lazos de dependencia feudal para robustecer su po­der, por lo que se les denomina “monarquías feuda­les”. Los Capetos impondrán el prin­cipio hereditario, re­forza­do por la fórmula de la aso­cia­ción del heredero a la Coro­na y la acep­ta­ción del sa­crum (consagra­ción). Muchos nobles siguen vin­culados al monarca por vínculos personales y no te­rritoria­les.
INGLATERRA.
La conquista normanda.
En Inglaterra el feudalismo triunfó como sistema social y econó­mico, pero no hubo una disgregación territorial y política por­que el rey Guillermo I el Conquistador (1066-1087), que conquista el territorio tras la batalla de Hastings unió las tra­di­ciones nor­manda (feu­dal) y an­glosajona (comunidades libres).
En el Domesday Book (1085), un inventario de las pro­pieda­des del rei­no, se pue­de comprobar la alta rela­ción de pro­pieda­des re­gias frente a las privadas y que la Corona continuó acu­mulando tie­rras y fue el máximo titular de bienes raíces (lo que se mantuvo hasta hoy), lo que le aseguró una firme base de poder económico y político.

2. EL FEUDALISMO EN LOS SIGLOS XI-XII.
Situación de Europa en los siglos XI-XII.
En el siglo XI triunfa el feuda­lismo en una amplia zona en el norte de Fran­cia, Flandes, oeste de Alemania, Inglaterra.
En torno al año 1000 termina el periodo de las segun­das inva­siones, cuando húngaros, polacos, moravos y nor­man­dos se asientan, mientras que los musulmanes son rechazados en España y Sicilia, así como en las costas. El resultado es que las fronteras se pacifi­can y se reabren las rutas comerciales en el Mar del Norte, el Báltico y el Mediterráneo.
La población de Europa aumenta gracias a la paz, las rotu­raciones y las repoblaciones, pasando de 39 millones de habitantes en el 1000, a 50 millones en el 1150 y 73 millones en 1300. El aumento fue espe­cialmente nota­ble en Europa Occidental.
El centro vital de Europa Occidental en los siglos XI y XII es Francia, centro del feudalismo en su estado más puro, don­de surge la dinastía de los Capetos, mien­tras que en Ale­ma­nia y norte de Italia triunfa la dinastía otó­nida. Las fron­teras del Occiden­te cris­tiano se expanden hacia el Sur y el Oeste, con una in­tensa re­población y un auge cons­tructivo, mientras que la vida urbana se rea­nima y la Iglesia crece en poder y ri­queza, al tiempo que las ór­denes monásticas se refor­man, libe­rándose la Iglesia ofi­cial y monacal del domi­nio ci­vil.
Las “monarquías feudales” (un concepto de Charles Petit-Dutaillis) defi­nen la historia europea occidental en la Edad Media desde el siglo XI. Los monarcas ocupan las cúspides de la pirá­mide social, y ba­san su poder en los vínculos de fidelidad con­traídos hacia ellos por sus súbditos. Los modelos de feudalismo son Francia e Inglaterra, que deben luchar contra las fuerzas centrífugas internas de la nobleza y la Iglesia, y la presión exterior de las dos fuerzas unitarias de Europa: el Imperio y el Papado.
El objetivo político de los monarcas europeos desde el siglo XII será ser “emperador en su reino”, para luchar contra estos enemigos internos y externos.
EL FEUDALISMO.
El feudalismo se adaptó a cada país. El “feudalismo clási­co” (un concepto de Bloch y Ganshof) sólo se da en un pequeño ámbito territo­rial (norte de Francia, Flandes, Cataluña, parte de Alemania e Inglaterra) y tem­poral (siglos X-XII), siendo sus rasgos que el poder po­lítico y social se basa en la explo­tación de la tie­rra y en el poder militar. El vasallaje se extiende a toda la po­blación de modo directo o indirecto, y el beneficio se convier­te en hereditario.
Se produce una com­partimenta­ción del poder polí­tico, en una pirámide social, en la que la inser­ción de la rea­leza en la cús­pide del feuda­lis­mo garan­tiza a la vez la su­per­viven­cia de la monarquía y del propio feuda­lismo.
Cada territorio vivió el feudalismo de un modo dis­tinto.
En Francia el feudalismo fue muy fuerte en el norte pero poco importante en el sur.
En Alemania el proceso de independencia fáctica los principa­dos territoriales triunfó sólo en el siglo XIII.
En In­glaterra este pro­ceso de división es evita­do gracias a la fuer­za de la monarquía norman­da, verda­dera due­ña de la tie­rra de los no­bles.
En Cataluña se impuso con gran fuerza.
En cambio, apenas pue­de aplicarse a Castilla debido a la importancia de la repobla­ción con hombres libres, y a Italia, debido a la impor­tancia de las ciu­dades y de la Iglesia.
LOS PRINCI­PADOS TERRITO­RIA­LES.
Hay un paralelo pro­ceso de desin­te­gración terri­to­rial, que comenzó en Fran­cia, con numerosos principa­dos (ducados o conda­dos) prácticamente in­de­pen­dien­tes: Borgoña, Champaña, Flandes, Aquitania, Bretaña, Normandía, Anjou, Poitou, Tolosa, Gascuña, e incluso Catalu­ña...; un pro­ceso que ocu­rrió antes que en Ale­mania, donde los cua­tro duca­dos vuelven a independizarse y se subdi­vi­den; y se extendió a Ita­lia: Ná­poles-Si­cilia, Es­tados Pon­ti­fi­cios, Sabo­ya, ciudades de Lombar­día, Tos­cana, Ve­necia...; y España, donde se con­figu­ran la plu­rali­dad de Es­ta­dos que impe­dirán du­rante si­glos la unión polí­tica: Ca­taluña, Ara­gón, Nava­rra, Cas­tilla, León, Portugal.
El único Estado que logró evitar radicalmente este proceso fue Inglaterra, un país sólidamente jerarquizado por la dinastía normanda.

3. EL PENSAMIENTO POLÍTICO.
Los teóricos del poder político se dividen en varios ban­dos, según las potencias que legitiman:
- Los defensores del cesaropapismo y de la teocracia, en Ale­mania e Italia.
- Los defensores del principio monárquico, en Francia e In­glate­rra.
EL PEN­SAMIENTO TEOCRÁTICO
El Papado defiende la teoría del origen divino del poder temporal y el predominio del Papa sobre el emperador y los re­yes, que se manifestaría en:
- El papel del Papa en la coronación del emperador y en la unción sa­grada de los reyes.
- El derecho del Papa de nombrar los car­gos ecle­siásticos.
- La institución de la Tre­gua de Dios.
- Las Cruzadas.
Esta teoría refleja el enfrenta­mien­to en­tre el Papado y el Impe­rio, du­ran­te la que­re­lla o Lucha de las Inves­tiduras (si­glos XI-XII). Las Cruza­das pro­cla­madas por el Papa re­fuerzan al principio su presti­gio, pero, al final, su fracaso lo redu­cirá. En el siglo XIII la madu­rez del pensamien­to teo­crá­tico coinci­de con la ma­yor auto­nomía del po­der laico.
EL CESAROPAPISMO.
Por contraste con el Papa, el Emperador defiende la idea imperial del ce­sa­ropapismo, de acuerdo al modelo bizantino, que sostiene la pre­emi­nencia del emperador tanto en los asun­tos reli­giosos como en los políti­cos, lo que im­plicaría su derecho a ele­gir al Papa y a todos los cargos ecle­siásticos. Asimismo todos los reyes cristianos le estarían su­bordinados, a un nivel infe­rior en la pirámide del vasallaje.
La idea del “do­minium mundi” es favore­cida por el “u­ni­ver­sa­lismo romano” y la difusión del Derecho Roma­no.
Pero este proyecto fracasa por la debilidad del poder “temporal” del emperador.
EL MONARQUISMO
Los defensores del monarquismo o principio monárquico des­tacan en Fran­cia e Inglaterra. En Fran­cia: Abbon de Fleury, Ivo de Char­tres, Suger de Saint Denis, que impondrán el principio heredi­tario, reforzado por la fórmula de la asociación del he­redero a la Corona. En Ingla­terra, Juan de Salisbury, con su Poli­cra­ticus (1159). To­dos ellos defienden el Estado como un mal nece­sa­rio.
En cam­bio, posteriormente Santo Tomás de Aquino defende­rá el principio de Aristóteles del Esta­do como la expre­sión natu­ral del hombre fundada en el bien co­mún, sien­do la monarquía la mejor de las formas de go­bierno.
El principio monárquico se fundamenta en estas ideas:
- La tesis de la transmisión hereditaria del trono.
- Los elementos teocráticos, feudales y corporativos: se consolidan y enfrentan las ideas del origen divino de la autoridad real, la te­sis feudal del pacto o contrato, y de resultas aparecen las pri­me­ras asambleas representativas con potestad legislativa.
- El romanismo y el aristotelismo: El romanismo impo­ne la tesis de la “regalía”. La teoría aristotélica del bien común legitima la acción estatal.
El principio monárquico será la teoría dominante en todos los Estados nacionales del siglo XV y pasará a la Edad Moderna.

4. EL IMPERIO GERMÁNICO Y EL PAPADO.
No podemos estudiar separadamente el Imperio y el Papado porque sus relaciones fueron tan directas y decisivas que con­forman un conjunto. Además, el Imperio ejercía una soberanía al menos nominal sobre Italia.
La dinastía sálica.
A la otónida la sucedió la dinastía sálica de Franco­nia (1024-1138), iniciada con Con­ra­do II (1024-1046) y Enri­que III (1046-1056), que ocuparon el reino de Borgoña y pro­tegie­ron la cultura y el arte. Los em­pe­radores francones defendieron la doc­trina “cesaropapista”, dado que eran reyes de Italia y an­sia­ban un imperio europeo, por lo que estuvieron absorbi­dos por la polí­tica ita­liana y descuidaron los inte­re­ses alemanes. Su po­lítica sufrió por la graví­sima cri­sis de las Inves­ti­du­ras, cul­minada durante el reinado de Enri­que IV (1056-1106), que condujo a los emperadores germánicos a intervenir frecuentemen­te en Italia, contra la creciente influencia del Papado, en la Lucha de las Investiduras.
El Papado y las reformas.
Por su parte, la Iglesia, con su poder centralizado en Roma y con aspiraciones al dominio “temporal” en Italia, estaba debilitada por la simonía, la práctica de ob­tener una digni­dad eclesiás­tica mediante la compra; y el nico­laís­mo, el disfrute de las rentas de un cargo eclesiástico sin haber recibido órde­nes sa­gradas, sino tan sólo una investidura, por lo que se po­día seguir llevando la vida propia de un laico. Ambos fenómenos eran conse­cuen­cias del sometimiento de la Iglesia local a los señores feu­dales y los reyes. Al mismo tiempo, la Iglesia bi­zantina se separó, en lo que fue llamado el Cisma de Oriente (1054). Pero también había co­rrientes reformistas in­ternas, como la emprendida por la orden benedicti­na de Cluny, que fue un eficaz ins­trumento de los papas reformadores Gregorio VI, León IX y, sobre todo, Gre­go­rio VII, para renovar la Igle­sia y darle pre­dominio sobre el poder ci­vil.
El clu­niacense Gregorio VII (1073-1085), antes consejero de los cinco pontífices anteriores, tenía un claro programa de refor­mas, el Dictatus Papae (1075), llamado de la “reforma gre­goria­na”, que unificó el rito en todo Occidente, imponiendo el ro­mano, y ratificó la obligación del celibato sacerdotal. Promul­gó severísimas disposiciones, incluso la pena de excomunión, contra los eclesiásticos que aceptaban vínculos de vasallaje que les liga­ran a señores laicos, y contra los nobles y soberanos que hi­cieran objeto de presión a la Iglesia, para lo que se les reti­raba el privilegio de la investidura o nombramiento de obispos y abades. Las reformas fueron acatadas por casi toda la Cristiandad latina, salvo algunas resistencias, como la de los mozárabes españoles y las ciudades de Lom­bar­día, que no deseaban sufrir un poder hegemónico en Italia, y recibió un rechazo frontal en Alemania, donde el empe­ra­dor Enrique IV necesitaba mantener dominada la Iglesia para conservar el complejo equilibrio de la estructura feudal alema­na.
La Lucha de las Inves­ti­du­ras.
La Lucha o Que­rella de las Inves­ti­du­ras enlaza con el problema anterior, y su desarrollo favore­ció las fuerzas cen­trífu­gas en Alema­nia e Italia, contribuyendo a fragmen­tar estos países hasta el siglo XIX y retrasando su unidad nacional.
El emperador Enrique IV (1056-1106), que aspira­ba a la domina­ción europea (su tesis del Dominium Mundi) y que estaba comenzando a do­mi­nar con éxito a la nobleza, ignoró las nuevas disposiciones pontifi­cias unificadoras, y no sólo con­tinuó invistiendo a los titulares de cargos eclesiásti­cos, sino que además acusó al papa de usurpa­dor. Este respondió ex­comul­gando a Enrique y dis­pensando a sus súbditos del jura­mento de fidelidad. Los nobles aprovecharon la ocasión para sacudirse el peso de la autoridad imperial y nom­braron a un nuevo emperador, Ro­dolfo de Suabia. Su re­belión obligó al empera­dor Enrique a la humillación de Canosa (1077), en el cas­tillo de Matilde de Tos­cana, ante el papa para solicitarle per­dón. Una vez logrado, Enrique se ase­guró la ayuda de las ciu­dades lombardas, regresó a Alemania, derrotó a su rival Rodolfo y, sin­tiéndose nuevamente dueño de la situa­ción, se revolvió con­tra el papa, marchó sobre Roma, de donde expulsó a Gregorio VII, que murió en el destierro (1085), ter­minando entonces aparentemente el conflicto.
Los partidos güelfo y gibelino.
Pero los sucesores de este pontífice no cejaron en su pro­pósi­to de impo­ner las refor­mas y alentaron la crea­ción de un fuerte partido favo­rable a la Santa Sede, que defen­diera sus intereses en toda Europa. Este partido se cono­ció como güelfo, y frente a él se organizó el gibelino, defen­sor de la idea de preeminencia impe­rial. Los papas aprove­charon el senti­miento cristiano de eufo­ria que pro­dujeron las Cruzadas para la con­quista de Tierra Santa (1098), que comenzó con la predi­cación en 1095 del papa Urba­no II.
La dinastía Hohenstaufen y su fracaso en Italia.
La dinastría Hohenstaufen (1138-1273) de involucró en la lu­cha entre güelfos (partidarios de las libertades comunales y del Papado) y gibelinos (partidarios de una ley general y del Imperio). Los emperadores se concentraron en los asuntos de Italia y desviaron la atención de los nobles alemanes a la misión de germanizar a los eslavos de las marcas del Este, con lo que conseguían nuevos territorios y se aseguraba su lealtad.

El Imperio alemán hacia 1152.

La larga lucha entre el Papado y el Imperio se reanudó (1154-1250).  Federico I Barbarroja (1152-1190) y el papa Ale­jandro III se enfrentaron desde 1159. Federico consiguió resta­blecer la autoridad imperial en Alemania, pero fracasó en Italia y finalmente las amenazas de excomu­nión obligaron al emperador a marchar a Oriente en una cruzada en la que murió (1190) al vadear un río.
La política imperial de Barbarroja fue continuada por su hijo Enrique VI el Cruel (1190-1197).
El papa Inocencio III (1198-1216), consiguió un gran poder gra­cias a su tutoría sobre el empera­dor niño, Federico II. Ino­cen­cio III fue la en­carnación de la idea de teocracia pontificia, in­ter­vinien­do ac­ti­va­mente en la política euro­pea con la ex­comunión como arma po­lítica. Impulsó una violenta cruzada con­tra los herejes al­bigen­ses (llamados cá­taros) del sur de Fran­cia. En cambio, la cuarta cru­zada a Oriente fue transformada en un inten­to de reintegrar la Igle­sia oriental a la unidad y de asegurar el domi­nio co­mercial veneciano: tras la con­quista de Cons­tanti­nopla (1204) se insta­ló un efí­mero Imperio Latino de Oriente (1204-1261).
Hubo entonces la posibilidad de una políti­ca de consenso entre el Imperio y el Papado, en la cual el primero tendría el poder tem­poral y el segundo el poder espiritual, pero se malogró debi­do a que, al llegar a la mayoría de edad, crecieron las ambicio­nes de Fede­rico II, rey de Sici­lia (1197-1250) y emperador (1220-1250). Fue el úl­timo gran monarca de la dinastía. Dirigió la quinta cruzada, que consiguió recuperar Jerusalén temporalmente gracias a un pacto, pero se perdió de nuevo en 1244. Su aspiración al do­minio en Italia hizo que fuera de­puesto por el papa Ino­cen­cio IV en 1245 y fue derro­tado por una liga de las ciudades italianas, mientras que Alemania estallaba en re­beliones.
La división de I­talia h. 1250.
Italia, tras las muertes de Federico II Hohenstau­fen (1250) y de su des­cendiente Conradino (1268), se independizó realmente del Imperio alemán. Las ciudades, regidas por instituciones municipa­les con representación burguesa y aristocrática forma­ron numerosas ciudades-estado, como Milán, Génova, Ve­necia, Flo­ren­cia y decenas más, que alcanza­ron la primacía en el norte y cen­tro de la penínsu­la.
En el sur la influencia de la nobleza y de la ins­ti­tución monárquica fue mayor, comenzando las luchas de las dinastías de los Anjou franceses y los reyes de Ara­gón por el domi­nio de Nápoles, que fue para los An­jou hasta el siglo XV, y la isla de Sici­lia, que pasó en 1282 a Aragón y du­rante un siglo (1296-1409) a una rama lateral de la dinastía catalano-aragone­sa.
En los siglos XIV y XV hubo un proceso de concentración territorial, quedando en precario equilibrio media docena de Estados domi­nantes: Ná­poles, Estados Pontificios, Florencia, Génova, Vene­cia, Mi­lán, junto a otros menores.
A finales del XV Italia, rica pero dividida en Estados débiles, será una presa codiciada por las potencias vecinas de España, Francia y el Im­perio. La primera ganará la hegemonía, aunque sin imponer un dominio territorial total, pues sólo se extenderá por Nápoles y el Milanesado, además de sus anteriores territorios de Cerdeña y Sicilia.

5. LA CONSOLIDACIÓN DE FRANCIA E INGLATERRA (SIGLOS XII Y XIII).
El fortalecimiento de la monar­quía capeta.
Los Capetos fortalecen su poder desde el siglo XII hasta principios del XIV, consiguiendo una casi com­pleta in­de­penden­cia del poder temporal del rey fren­te al poder reli­gio­so. La dinastía de los Capetos ex­tien­de la costum­bre de aso­ciar al herede­ro al trono, en vida del pa­dre, lo que estabiliza la situación política y consolida el trono.
Felipe II Augusto (1180-1223) es un rey conquistador. Los principados territoriales son sometidos uno tras otro, cayendo la mayo­ría de los dominios de los Plantagenet ingleses, excepto Guyena, a prin­cipios del siglo XIII.
Luis IX el Santo (1226-1270) creó una monarquía nacional fuer­te, mantuvo la paz con sus vecinos, y sometió Languedoc (1229) y el condado de Toulou­se (la anexión se confirmó en 1271) y como de­fensor del cris­tianis­mo par­ticipó en dos cruzadas, siendo de­rrotado en la sexta en Egip­to (1249) y muriendo en la séptima en Túnez (1270).
Fe­li­pe IV el Hermoso (1285-1314) venció al rey inglés Eduardo I, que le juró vasa­lla­je por sus dominios franceses; se apode­ró de Flandes (1299-1305); inti­midó al Papa (1303) y llevó la sede del Papado a Avi­ñón (1309), y ani­qui­ló la Or­den del Temple (1307-1314).
El desarrollo de la monarquía Plantagenet.

Los dominios de Enrique II en Inglaterra, Irlanda y Francia (color rosa).

La dinastía de los Plantagenet comienza con Enrique II (1154-1189) de Anjou,.a caballo entre Inglaterra y Francia, que reorga­niza la monarquía inglesa y reú­ne un gran imperio en Francia, desde Normandía hasta Aquitania, que consigue gracias a su matrimonio con la duquesa Leonor.
Su sucesor Ricardo I Corazón de León (1189-1199), participó en una Cru­zada y ganó gran fama en Europa (los hechos del mítico Ro­bin Hood ocurren durante su reinado).
Su sucesor, su hermano Juan I Sin Tierra (1199-1216) per­dió la ma­yor parte de Francia, sal­vo la Guyena (en la costa sur de Aquitania), y en 1215 los nobles y el alto clero consi­guieron limi­tar el poder real con la Carta Mag­na, una declaración de derechos individuales que puede considerarse el embrión de una Constitución.
Enrique III (1216-1276) fue dominado por la no­bleza, que le impuso las Pro­visio­nes de Ox­ford (1258).
Eduar­do I (1272-1303), refor­zó el poder real tras la vic­toria de Evesham cuando era herede­ro (1265), conquistó Gales (1284) para darlo el he­redero como Prínci­pe de Gales desde 1301, y comenzó la conquista metódica de Ir­landa pero no completó la con­quista de Esco­cia, o­cupada en 1296, pero perdida en 1314, y tuvo que jurar de nuevo va­sa­lla­je al rey francés por sus do­mi­nios franceses. En su reinado nace el Parla­mento (Model Par­lia­ment) en 1295, for­mado por los estamentos de ca­balleros, eclesiásticos y bur­gue­ses. A pe­sar de que expulsó a los judíos (1290), fomentó el comercio.

6. LA CRISIS DEL IMPERIO (SIGLO XIII) Y SU RECUPERACIÓN.

Europa hacia 1200.

El triunfo del Papado y la desa­pari­ción de la di­nastía im­pe­rial de los Hohenstaufen en 1250 provocaron que el Imperio su­friese gra­ves con­flic­tos in­ternos, luchas por la sucesión en la destaca la muerte del hijo bastardo de Federico II, Conradino, en 1268.
En especial Ale­mania quedó sumida en una grave etapa de inestabili­dad, co­nocida como el “Gran Inte­rreg­no” (1250-1273), durante el cual las ciudades mercantiles de la Hansa (Lübeck, Bremen, Hamburgo...) acrecentaron su rique­za, y se formaron numerosos y pequeños Estados semiindependientes.
Finalmente, en 1273 se acordó un sistema electivo para la sucesión imperial, lo que logró resolver la crisis.
La dinastía Habsburgo.
Rodolfo I (1273-1291), con el apoyo del papa Gregorio IX, inauguró la duradera dinastía de los Habs­burgo (o  Casa de Aus­tria), que conso­lidó su poder polí­tico y territorial con una há­bil po­lí­tica matrimo­nial, alrededor del sureste de Alema­nia, aunque pronto perdió Suiza en un levantamiento (probablemente uno de los primeros movimientos nacionales).
La dinastía tuvo que competir con otros candidatos, y su dominio fue interrumpido temporalmente por la Casa de Luxembur­go, con Carlos IV de Lu­xembur­go (1346-1378), rey de Bohemia y empe­rador (1355), en cuya eta­pa la Bula de Oro (1356) fijó la elec­ción del em­pe­rador mediante un co­legio de sie­te miem­bros, lo que libró defini­tivamen­te a Alemania de la tutela pontifi­cia, pero en realidad, hizo del emperador una figura débil, pues, mientras la soberanía geográfica del Imperio se iba redu­ciendo, su in­fluen­cia también disminuía en Alemania, debido a la amplia estructura feu­dal y el poder de la Dieta del Imperio, un parlamento territorial.
A partir de 1440 los Habsburgo nuevamente monopolizaron el título imperial, que per­manece­ría en sus manos hasta 1918, con muchos avatares.
Maximiliano I (1493-1519) intentó sin éxito unificar Ale­mania extendiendo al país las instituciones austriacas (Cámara Áulica, Cancillería), interviniendo en vano en Italia, y con una exitosa política matrimonial que le per­mitió incorporar parte de los dominios de la Casa de Borgoña y dar a su dinastía el trono español, con lo que fraguó el enorme poderío de su nie­to Car­los V, empe­ra­dor (1519-1556) y rey de España como Carlos I (1516-1556).

7. LA CRISIS DEL PAPADO (SIGLO XIV) Y SU RECUPERACIÓN.
En el siglo XIV hay un cisma de la Iglesia, que pierde influen­cia debido al cambio de la sede pontificia, con el Papa­do de Avi­ñón (1309-1377), al trasladar el francés Clemente V la sede a la ciudad fran­cesa, y el cisma de Occidente (1378-1417), que ocu­rrió des­pués de la muerte de Gregorio XI, al divi­dirse la Cris­tian­dad entre los partidarios de los papas de Avi­ñón, con Clemente VII apoyado por Francia, Cas­tilla y Ara­gón, y los papas de Ro­ma, con Urbano VI apoyado por Alemania, Inglaterra e Italia. La cau­sa de esta división fueron los intereses enfrentados de las monar­quías entre sí, pues Francia e Inglaterra estaban en guerra; y con el Imperio, con Francia enfrentada a las apetencias imperiales; y la debilidad del poder del Papado en sus domi­nios en Ita­lia, en la cual la nobleza romana había lle­gado a imponer va­rios papas.
Fue una crisis muy grave, lle­gando a haber a la vez tres pa­pas, hasta la res­tau­ra­ción de la uni­dad con el conci­lio de Constanza (1414-1418), pro­movido por el emperador Segis­mundo, que eligió papa único a Martín V. En esta situación de crisis so­cial (la Peste Negra) y religiosa (el cisma) se puede entender la prolifera­ción de los movimientos heré­ticos de Wycliff en Inglaterra y Huss en Bohemia.
Al mismo tiempo, en el siglo XIV en Italia se consolida el poder de las ciuda­des de Venecia, Génova, Milán y Florencia, al tiempo que algunos Estados caen en manos de milita­res, los famosos condottieros como los Visconti y Sforza de Milán.

8. EL CONFLICTO DE FRANCIA E INGLATERRA.
La crisis del siglo XIV.


Europa hacia 1360.

Desde mediados del siglo XIV el agotamiento de las mejores tierras, el hambre, la su­perpobla­ción y, finalmen­te, la epide­mia de la Peste Negra desde 1348-1351, seguida por otras epidemias en 1361, 1373..., provocó una gran caída demográfica: un ter­cio de la pobla­ción pereció y no se recuperó el nivel demográ­fico hasta cer­ca de 1450.
LA GUERRA DE LOS CIEN AÑOS.
La Guerra de los Cien Años enfrentó a Fran­cia e Inglate­rra por es­pacio de más de un siglo (1339-1453), aunque hubo una larga tregua entre tanto (1377-1414). Básicamente fue un conflicto dinástico que acabó con­vertido en un conflicto nacional.

Mapa de la Guerra de los Cien Años.

Los inicios.
Se inició a raíz de la disputa dinástica por el trono de Fran­cia entre Felipe de Valois y Eduardo III de Ingla­terra a la muerte, en 1328, del último Ca­peto, Carlos IV. Elegido el primero, la rivalidad entre ambos perso­najes derivó en conflicto armado cuando en 1337 Felipe VI decretó la confisca­ción de la Guyena, el último feudo real in­glés en el sudoeste de Fran­cia, y Eduardo III le replicó reivin­dicando para sí la corona france­sa.
La primera fase.
La primera fase de la guerra estuvo marca­da por la sucesión de victorias inglesas en la batalla naval de L'E­cluse (1340), la toma de Calais (1347), y las batallas terrestres de Crécy (1346) y Poitiers (1356), que demostraron el declive de la ca­ba­llería feu­dal francesa a manos de los arqueros ingleses. Esta fase de la guerra aca­bó con la Paz de Bretigny (1360) y la ce­sión a Eduar­do III de la Gran Aquita­nia, que incluía la Guyena.
En el reinado de Carlos V (1362-1380) los franceses retoma­ron la inicia­tiva y recu­peraron gran par­te de la Aquitania, gracias a Du Guesclin y sus tropas de mercenarios, que luchaban por una sol­dada y en caso de impa­go practicaban el pillaje indiscrimi­na­do sobre toda la población. Hubo un largo pe­riodo (1377-1414) de relativa calma en las fronteras, pero con in­ter­venciones de ambos países en Castilla y otros lugares cercanos.
La segunda fase.
La segunda fase béli­ca co­menzó cuando En­rique V de Ingla­terra (1413-1422) volvió a in­va­dir Fran­cia, ven­ció en Azin­court (1415) e impuso el tra­tado de Troyes (1420), que le daba el derecho de herencia sobre Francia a la muerte de Carlos VI (1380-1422). Pero cuando esta ocu­rrió los franceses siguie­ron lu­chando a favor del Delfín (llamado así porque el heredero en Francia era prín­cipe del Delfinado) Car­los VI (1422-1461). El partido borgo­ñón (una rama secundaria de la familia real francesa de los Valois que gobernaba el gran ducado de Borgoña) se alió con los ingle­ses y pare­ció ha­cia 1429 que el triunfo de estos era irre­me­dia­ble, puesto que el rey francés man­tenía un po­der ape­nas fic­ticio desde su Corte de Bourges en el centro de Francia.
Fue entonces cuando surgió en 1429 la figura de Juana de Arco, la “Don­ce­lla de Or­leans”, “enviada de Dios”, a la que Car­los, desespe­rado, con­fió el mando de su ejército, y que con­si­guió levantar el asedio de Orleans y más tarde condu­cir al rey a Reims para su coronación. Poco después, al tratar de ocu­par Pa­rís, cayó pri­sionera, fue condenada por hereje en Rouen, y ejecutada en la hoguera en 1431, convirtiéndose en un mito nacional para los franceses.
Final­men­te los fran­ce­ses logra­ron decantar la con­tienda a su favor, gracias a la defección de los borgoñones, las refor­mas militares y el can­sancio inglés. Tras la derro­ta in­glesa en Castillon (1453) ter­minó la guerra de los Cien Años, si bien oficialmente no con­cluyó hasta el tratado de Pic­quigny (1475). Inglaterra sólo mantuvo la plaza de Calais en el Canal de la Mancha, apenas un siglo más.
Consecuencias en Francia e Inglaterra de la crisis de la guerra de los Cien Años.     
En Francia, tras la guerra, la monarquía se consolida pese a las tremendas pérdidas humanas y económicas. Luis XI conse­guirá restablecer la unidad francesa al morir en 1477 su pariente Valois, el duque Carlos el Temerario de Borgoña, que intentaba formar un gran Estado inde­pen­diente con Borgoña, Franco Condado, Luxemburgo, Flandes, Artois, Picardía y los Paí­ses Ba­jos. Pero gran parte de sus territorios irán a la hija de este, Ma­ría de Borgoña, y después a Carlos de Habsburgo.
En In­glate­rra, al final de la guerra estalla casi de inmediato la Guerra de las Dos Rosas (1455-1485), una guerra civil entre dos ramas familiares: los York y los Lancas­ter. Tras muchas vicisitudes y varios reyes intermedios se impuso Enrique VII, de la nueva dinastía Tudor, que unía los derechos sucesorios de ambos bandos.


Europa a finales del siglo XV.

9. EL MODELO DEL ESTADO MODERNO EN EL SIGLO XV.
A fines de la Edad Media, en el siglo XV se asientan las “mo­narquías na­ciona­les”, gracias a su completa independencia res­pecto a los pode­res tradi­cionales del Imperio y del Papado, y con el desa­rrollo de los instrumen­tos (ejército permanente, burocracia, aparato fiscal, diplomacia) que les garantizan el do­minio sobre las fuerzas centrífu­gas.
Es evidente que aumenta la soberanía de las mo­narquías fren­te al Im­perio y el Papado, que son vistos como otros pode­res temporales. Para competir con los otros Estados se realizan alianzas matrimoniales que constitu­yen poderosos reinos: Polo­nia-Lituania (1386), Dina­marca-Suecia-Noruega (1397, con la Unión de Kal­mar), Cas­tilla-Aragón (1479, tras el matrimonio de Isabel  de Castilla y Fernando de Aragón).
Los monarcas se alían con la burguesía para dominar a la nobleza, que pierde muchos de sus castillos y pre­bendas, pero después se mantiene la alianza tradicional en­tre rea­leza y noble­za. Los Parlamentos (o Cortes) son los sím­bolos de un pacto medieval entre los órdenes o estamentos so­ciales de los reinos, pero los reyes los dominan y manipulan, acrecentando paulatinamente su poder absoluto.
La monar­quía es autoritaria pero todavía no es absoluta, en un difícil equili­brio entre las tra­diciones me­dievales y las nove­dades modernas. Se instauran instituciones de control de las provin­cias y municipios, pero todavía con un carácter embrionario. Los im­puestos se racionalizan y con ello aumenta la capacidad finan­ciera del Estado para pagar a los ejércitos nacionales.
Se realiza una política económica proteccionista (premer­cantilista) de fo­men­to de la agri­cultura, el comercio y la in­dustria, con monedas fuertes y estables de oro y plata. Esto beneficia y se beneficia a la vez de una época de fuerte prosperidad: la po­blación se recupera, sobre todo desde 1450; el comercio y las ciudades crecen, en especial en Italia y Flandes; los descubri­mientos geográficos en África, América y Asia de portugueses y españo­les anuncian la dimensión mundial de la Edad Moderna.
Perry Anderson considera que en la Europa occidental la crisis del feudalismo de los siglos XIV y XV originó la forma­ción del Estado absolutista que representó ‹‹un aparato reorga­ni­zado y potenciado de dominación feudal, destinado a mantener a las masas campesinas en su posición so­cial tradicional, a pesar de las mejoras que habían conquistado por medio de la amplia con­mutación de cargas.››[1] que derivó del impacto de la crisis demográfica del siglo XIV, mientras que en la Europa orien­tal, por contra, el Estado absolutista ‹‹fue la má­quina represi­va de una clase feudal que acababa de liquidar las tradiciona­les libertades comunales de los pobres.››[2]

BIBLIOGRAFÍA.
Anderson, Perry. El Estado absolutista. Siglo XXI. Madrid. 1979 (1974 inglés). 592 pp.
Genicot, Léopold. Europa en el siglo XIII. Nueva Clío 18. La­bor. Barcelo­na. 1970. 391 pp.
Guenée, Bernard. Occidente durante los siglos XIV y XV. Los Es­tados. Nueva Clío 22. Labor. Barcelona. 1973. 313 pp.
Heers, Jacques. Occidente durante los siglos XIV y XV. Aspectos económicos y sociales. Nueva Clío 23. Labor. Barce­lo­na. 1968. 438 pp.
Ladero Quesada, M. A. Historia Universal. Edad Media. Vicens Vives. Barcelona. 1987. 999 pp.
Le Goff, Jacques. La Baja Edad Media. Historia Universal. Nº 11. Siglo XXI. Madrid. 1973. 336 pp.
Perroy, Edouard. La guerra de los Cien Años. Crítica. Barcelona. 1982. 384 pp.
Romano, R.; Tenenti, A. Los fundamentos del mundo moderno. Edad Media tardía. Reforma y Renacimiento. Historia Universal. Nº 12. Si­glo XXI. Madrid. 1989. 327 pp.
Strayer, Joseph R. Sobre los orígenes medievales del Esta­do moderno. Ariel. Barcelona. 1981 (1970 inglés). 155 pp.
Vicens Vives, Jaume. Historia General Moderna. Siglos XV-XVIII. Vicens-Vives. Barcelona. 1982. 2 vols. Vol. 1. 554 pp.

PROGRAMACIÓN.
LA FORMACIÓN DE LAS MONARQUÍAS FEUDALES EN LA EUROPA OCCI­DENTAL. EL ORIGEN DE LOS ESTADOS MODER­NOS.
UBICACIÓN Y SECUENCIACIÓN.
ESO, 1r ciclo.
Eje 2. Sociedades históricas y cambio en el tiempo. Bloque 4. Sociedades his­tóricas. Núcleo 3. Las sociedades medieva­les.
- Las sociedades feudales europeas y el desarrollo urbano: el Románico y el Gótico.
Debe relacionarse de inmediato con la UD correspondiente a la Península Ibérica.
RELACIÓN CON TEMAS TRANSVERSALES.
Relación con los temas de la Educación para la Paz y de Edu­cación Moral y Cívica.
TEMPORALIZACIÓN.
Cuatro sesiones de una hora.
1ª Documental, con diálogo para evaluación pre­via. Exposición del pro­fesor. Cuestiones.
2ª Exposición del profesor. Cuestiones.       
3ª Exposición del profesor, de refuerzo y repaso. Esquemas, mapas y comenta­rios de tex­tos.
4ª Exposición del profesor, de refuerzo y repaso. Co­mentarios de textos; debate y síntesis.
OBJETIVOS.
Sintetizar la formación de las monarquías feudales de Francia, Inglate­rra y Alemania.
Analizar la relación entre el Imperio Alemán y el Papado.
Comprender las causas de los conflictos entre Estados.
Analizar el origen del Estado moderno en la Baja Edad Me­dia.
CONTENIDOS.
A) CONCEPTUALES.
Formación de las monarquías feudales de Francia, Inglate­rra y Alemania.
La relación entre el Imperio Alemán y el Papado.
Los conflictos entre Estados.
El origen del Estado moderno en la Baja Edad Media.
B) PROCEDIMENTALES.
Tratamiento de la información: realización de esquemas del tema, mapas y gráficos.
Explicación multicau­sal de los hechos históricos: en co­mentario de textos.
Indagación e investigación: recogida y análisis de da­tos en enciclopedias, manuales, monografías, artículos...
C) ACTITUDINALES.
Rigor crítico y curiosidad científica.
Tolerancia y solidaridad.
Valorar la solución pacífica de los conflictos nacionales.
METODOLOGÍA.
Metodología expositiva y participativa activa.
MOTIVACIÓN.
Una lectura de un texto, en preparación de la actividad de investigación.
ACTIVIDADES.
A) CON EL GRAN GRUPO.
Exposición por el profesor del tema.
B) EN EQUIPOS DE TRABAJO.
Realizar esquemas sobre los apartados del tema.
Realización de una línea de tiempo sobre el proceso.
Realización de un esquema de las institu­cio­nes, con pre­sentación gráfica de sus relaciones.
Comentarios de textos sobre las ideologías políticas, la Gue­rra de los Cien Años, la formación de los Estados modernos.
C) INDIVIDUALES.
Realización de apuntes esquemáticos sobre la UD.
Participación en las actividades grupales.
Búsqueda individual de datos en la bibliografía, en debe­res fuera de clase.
Contestar cuestiones en cuaderno de trabajo, con diálogo previo en grupo.
Para alumnos con necesidades educativas especiales, en especial con graves dificultades de concentración y otras capacidades, puede ser eficaz e interesante un trabajo de lectura y comentario sobre una colección de cómics, El Capitán Trueno, de Víctor Mora, cuyas aventuras medievales tienen un gran atracti­vo para el público juve­nil.
RECURSOS.
Presentación digital (o transparencias, diapositivas, mapas).
Libros de texto, manuales.
Fotocopias de textos para comentarios.
Cuadernos de apuntes, esquemas...
EVALUACIÓN.
Evaluación continua. Se hará especial hincapié en que se com­prenda la relación entre los procesos de los países.
Exa­men incluido en el de otras UD, con breves cues­tiones y un comentario de texto.
RECUPERACIÓN.
Entrevista con los alumnos con inadecuado progreso.
Realización de actividades de refuerzo: esquemas, comenta­rio de textos...
Examen de recuperación (junto a las otras UD).




  [1] Perry Anderson. El Estado absolutista. 1979: 12.
  [2] Perry Anderson. El Estado absolutista. 1979: 195.