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jueves, 31 de octubre de 2013

HE UD 19. España: La Guerra Civil (1936-1939).

HE UD 19. ESPAÑA: LA GUERRA CIVIL (1936-1939).
INTRODUCCIÓN.
Resumen.
LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA.
1. EL ALZAMIENTO.
La conspiración militar.
El principio de la guerra.
Los bandos ‘nacional’ y republicano.
La represión.

2. EL DESARROLLO DEL CONFLICTO.
OPERACIONES PARA LOS ENLACES DE LA ZONA NACIONAL (1936).
La estrategia inicial.
El paso del Estrecho (julio-agosto 1936).
La marcha a Madrid (agosto-noviembre 1936).
BATALLAS PARA TOMAR MADRID (1936-1937).
La batalla de Madrid (noviembre 1936-enero 1937).
La batalla de Málaga (enero-febrero 1937).
La batalla del Jarama (febrero 1937).
La batalla de Guadalajara (marzo 1937).
LA CAMPAÑA DEL NORTE (1937).
Campaña del Norte (marzo-octubre 1937).
LAS BATALLAS DE ARAGÓN (1938).
La campaña de Aragón (diciembre 1937-abril 1938).
La campaña de Levante (abril-julio 1938).
La batalla del Ebro (25 julio-15 noviembre 1938).
LA CAÍDA DE CATALUÑA (1939).
La campaña de Cataluña (diciembre 1938-enero 1939).
EL FIN DE LA GUERRA (1939).
La caída del resto del territorio republicano.

3. LA ESPAÑA NACIONAL Y LA REPUBLICANA.
La España ‘nacional’.
La España republicana.

4. IMPLICACIONES INTERNACIONALES.
Brigadas Internacionales.
EE UU, Gran Bretaña y Francia.
URSS.
Alemania, Italia y Portugal.

5. LAS CONSECUENCIAS DE LA GUERRA.
Las pérdidas humanas.
El exilio.
Las pérdidas materiales.

APÉNDICE. TEXTO DE COMENTARIO SOBRE LAS VÍCTIMAS DE LA GUERRA.

INTRODUCCIÓN.
En esta Unidad Didáctica (UD) se debería partir de un conocimiento suficiente del largo periodo (1874-1936) que comprende la Restauración, la Dictadura de Primo de Rivera y la II Repúblcia, para resaltar la profunda continuidad de su problemática .
Las implicaciones políticas de la UD suponen un factor de subjetividad en el historiador que el alumno debe valorar. Esto afecta a muchos puntos, sobre todo a la consideración de las causas históricas y a la legitimación de los bandos en lucha. También a los conceptos. Por ejemplo, es problemático el término referente a las fuerzas de Franco, autodenominadas “nacionales” mientras que los republicanos las llamaban “rebeldes”, y aunque ambos términos son válidos si aquí usamos ‘nacional’ es por ser el más difundido en la historiografía y no por preferencia personal.
Resumen.
La Guerra Civil, comprende los años 1931 a 1939, y es una coyuntura fundamental en la historia contemporánea española, pues cierra un largo y conflictivo periodo en su mayor parte democrático a pesar de sus graves carencias y la dictadura primorriverista, e inicia la larga dictadura del franquismo. Será uno de los grandes procesos históricos del siglo XX, que alcanzó categoría de mito universal, porque en la Guerra Civil comenzó realmente el gran conflicto de la Segunda Guerra Mundial entre las fuerzas del fascismo y de la democracia.
La causa lejana del fracaso de la República y del estallido de la Guerra Civil era la debilidad del Estado liberal español y del proyecto nacional español, que se manifestó en la inestabilidad de la Restauración y en especial en la dictadura de Primo de Rivera, que Raymond Carr considera el hecho más determinante de todo el siglo XX español, porque sin ella no se hubiera producido la República y sin esta la Guerra Civil. [Fusi, Juan Pablo; Palafox, Jordi. España: el desafío de la modernidad. “El País” (14-XI-1997) 15.]
El desprestigio de la monarquía borbónica por su colaboración con la dictadura abocó a su caída cuando las fuerzas republicanas vencieron en las elecciones municipales. El rey, perdido el apoyo militar, se exilió mientras se proclamaba la República el 14 de abril de 1931, que nació en medio de un gran entusiasmo popular aunque pronto se desvaneció.
Las causas más cercanas de la inestabilidad política y social de la II República fueron: la incapacidad de los partidos y grupos para pactar un programa asumible por una mayoría del país, estando además divididos internamente entre moderados y extremistas (que dominaron finalmente); la crisis económica de los años 30, que impidió la necesaria estabilidad de la vida económica y social; la presencia como gran factor político de un ejército soliviantado por las amenazas a su ideología nacionalista y conservadora y por las reformas que afectaban a su estatus social.
La Guerra Civil fue una consecuencia del fracaso de las fuerzas políticas españolas durante la República para consensuar las reformas que el país necesitaba. Al ser impuestas o anuladas las reformas con cada cambio electoral la solución bélica se abrió paso como la solución definitiva al enfrentamiento político y social.
El proceso histórico de la II República se define por tres etapas: el Bienio social-azañista (1931-1933), con grandes reformas; el Bienio radical-cedista (1933-1936), de reacción conservadora y que sufre la revolución de octubre de 1934; y el gobierno del Frente Popular (primera mitad de 1936), que enlaza con la Guerra Civil.
Después del triunfo del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936 el nuevo gobierno progresista aceleró su programa de reformas, ganándose muchos enemigos en la derecha. Se sucedieron los enfrentamientos en la calle, con bajas y asesinatos por ambos lados, como el asesinato del diputado conservador Calvo Sotelo, y estos desmanes fueron aprovechados por los golpistas para legitimar el alzamiento del 18 de julio de 1936.

LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA.
Enrique Moradiellos, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Extremadura, resume el significado del golpe de Estado [18 de julio de 1936. “El País” (17-VII-2016)]:
‹‹Durante la dictadura del general Franco, entre 1936 y 1975, el 18 de julio era “Fiesta Nacional” conmemorativa de la “Iniciación del Glorioso Alzamiento Nacional”. No en vano, ese día se extendió por toda España la sublevación militar comenzada el 17 en las guarniciones del Protectorado de Marruecos, que sólo triunfaría parcialmente en la mitad del país, abriendo la vía a la conversión del golpe militar en una guerra civil.
Como resultado de esa división de España surgieron dos bandos combatientes que librarían una contienda de casi tres años de duración, hasta abril de 1939. Por un lado, una España republicana donde el acosado gobierno reformista del Frente Popular lograría aplastar inicialmente a los insurrectos con el recurso a fuerzas armadas leales y la ayuda de fuerzas milicianas revolucionarias. Por otro, una España insurgente de perfil reaccionario y contrarrevolucionario donde los militares sublevados afirmarían su poder omnímodo como paso previo al asalto del territorio enemigo.
La guerra de 1936-1939 fue una cruel contienda fratricida que constituye el hito transcendental de la historia contemporánea española y está en el origen de nuestro tiempo presente. De hecho, fue un cataclismo colectivo que abrió un cisma de extrema violencia en la convivencia de una sociedad atravesada por múltiples líneas de fractura interna (tensiones entre clases sociales, entre sentimientos nacionales, entre mentalidades culturales…) y grandes reservas de odio y miedo conjugados.
La contienda española fue así una forma de “guerra salvaje” precisamente por librarse entre vecinos y familiares conocidos, bastante iguales y siempre cercanos (no por ser todos desconocidos, diferentes y ajenos). Y por eso produjo en el país, ante todo, una cosecha brutal de sangre: sangre de amigos, de vecinos, de hombres, de mujeres, de culpables y de inocentes. Sencillamente porque en una guerra civil el frente de combate es una trágica línea imprecisa que atraviesa familias, casas, ciudades y regiones, llevando a su paso un deplorable catálogo de atrocidades homicidas, ignominias morales y a veces también de actos heroicos y conductas filantrópicas.
El triste corolario de una contienda de esta naturaleza fue apuntado por el general De Gaulle: “Todas las guerras son malas, porque simbolizan el fracaso de toda política. Pero las guerras civiles, en las que en ambas trincheras hay hermanos, son imperdonables, porque la paz no nace cuando la guerra termina”.››

1. EL ALZAMIENTO.
La conspiración militar.
El sector más duro del ejército lo componían los generales Franco, Mola, Goded y Queipo de Llano, que fueron enviados preventivamente por el gobierno a regiones apartadas, pero ello no evitó que avanzaran los preparativos para un golpe de estado militar.
El 17 de febrero el general Fanjul fracasó en promover un motín en el cuartel de la Montaña de Madrid contra los resultados electorales y Franco, el 19 de febrero, llegó a pedir al ministro Portela Valladares, que anulase las elecciones. El mismo día el nuevo Gobierno le destinó a la Comandancia de Canarias, lo que él consideró un destierro, mientras Mola fue destinado a Navarra y Goded lo fue a Baleares. El 8 de marzo los generales conspiradores se reunieron en Madrid y desde abril Mola lo dirigió, siempre a las órdenes de Sanjurjo, exiliado en Lisboa, fijando en un acuerdo en junio con el delegado general tradicionalista Manuel Fal Conde la fecha del golpe de estado entre el 10 y 20 de julio. El 23 de junio Franco advirtió en una carta al primer ministro Casares Quiroga del riesgo de estallido de una rebelión provocada por la división militar.
La trama civil la componían los carlistas navarros con sus requetés armados, los falangistas, los monárquicos de Calvo Sotelo y muchos conservadores.
El plan del golpe elaborado por Mola consistía en vencer en todas las grandes ciudades en un plazo máximo de dos semanas, usando una extrema violencia, lo que explica las inmediatas y masivas ejecuciones de quienes se resistían, tanto militares como civiles.




Mapa de las zonas republicana y rebelde al inicio del golpe de estado.

El principio de la guerra.
El alzamiento se inició la tarde del 17 de julio en el Ejército de África en su cuartel general de Melilla y en los días 18 y 19 de julio en diversas capitales del país. Franco sublevó Canarias y tomó el 18 el mando del ejército de África. Decretaron el estado de guerra Mola en Pamplona, Queipo de Llano en Sevilla, Saliquet en Valladolid, Goded en Baleares, Cabanellas en Zaragoza... sometiendo en estos lugares con rapidez a los partidarios de la República mediante ejecuciones y encarcelamientos.
Pero el golpe de estado fracasó en su objetivo a corto plazo de tomar las grandes ciudades. Goded no pudo tomar Barcelona, en manos de los anarquistas. Madrid permaneció en manos del Gobierno, tras el asalto al cuartel de la Montaña (20-VII). Valencia y Bilbao corrieron igual suerte. La muerte de Sanjurjo en un accidente de aviación el día 20, cuando salía de Lisboa para encabezar el levantamiento redujo la extensión y la euforia del golpe. Entre el 20 y el 25 de julio fracasaron los primeros intentos rebeldes por tomar Madrid, en los combates de la sierra de Guadarrama. La situación estaba indecisa y parecía que el golpe estaba a punto de fracasar.
Azaña reaccionó con el nombramiento (18-VII) de Martínez Barrio, de Unión Republicana, presidente de las Cortes, como nuevo primer ministro, por un solo día, pues fracasó en la conciliación, en la que llegó a ofrecer a Mola la cartera de Guerra. Fue sustituido por Giral, de Izquierda Republicana, en el 19º Gobierno republicano (19-VII a 4-IX-1936), que pidió la ayuda del Frente Popular francés, encabezado por Léon Blum. Por su parte Franco envió representantes a pedir ayuda a Hitler y Mussolini.
Al principio parecía evidente que los republicanos ganarían la guerra: conservaban gran parte del ejército y casi toda la flota y la aviación, tenían la capital y la posición central, las principales costas y las zonas más pobladas e industriales.
Los nacionales ocupaban posiciones divididas: la zona más amplia en el Norte, con Galicia, Castilla la Vieja, Navarra, Álava, partes de Extremadura y Aragón; en el Sur Canarias y Mallorca, el protectorado de África, y las ciudades de Sevilla, Cádiz, Algeciras, Córdoba y Granada, empero aisladas entre sí. Era una España más rural, pobre y poco poblada.
Pero mientras el gobierno republicano no tomó conciencia de la gravedad de la situación y estaba dividido, los militares sublevados se unificaron en pocas semanas con el objetivo de ganar la guerra, bajo el mando político y militar del general Franco.
Los bandos nacional y republicano.
El bando nacional reunió desde el primer momento a los partidos y grupos antirrepublicanos y a algunos que habían colaborado en la República al principio. Eran los partidos monárquicos (borbónicos y carlistas), católicos, republicanos conservadores, la CEDA, muchos radicales, catalanes de la Lliga Regionalista, la Falange y los pequeños partidos fascistas. Su base social era el clero, los terratenientes, la burguesía (alta y pequeña), los militares.
El bando republicano reunió a los burgueses radicales, socialistas, comunistas y anarquistas. Su base social era la burguesía mediana, los intelectuales, los funcionarios, los obreros y los campesinos.
El ejército, como el pueblo y el territorio, quedó dividido. Apoyó el alzamiento algo menos de la mitad de las Fuerzas Armadas, aunque el resto era más bien pasivo, pero el ejército de África era el más preparado e inclinó la balanza en favor de los nacionales.
La represión.
La represión mutua en los primeros meses fue salvaje, con la intención de aniquilar físicamente al enemigo perteneciente a las otras clases sociales.
En la zona republicana fueron fusilados en Madrid el 1 de agosto el falangista Ledesma y el monárquico Maeztu, y el 20 de noviembre fue fusilado en Alicante el falangista Primo de Rivera; multitud de monjas y sacerdotes, propietarios y empresarios fueron asesinados, lo que enajenó a la República muchas simpatías internacionales. La represión fue particularmente violenta en las zonas dominadas por bandas anarquistas incontroladas, como Cataluña, donde hubo 8.400 ejecutados, y Aragón. Pero ya a finales de 1936 fue muy esporádica y pronto cesó casi del todo.
En la zona nacional la represión fue más organizada y continuada, con consejos de guerra inmediatos y como medios de ejecución se usaron el fusilamiento y el “paseo” (así fue asesinado García Lorca en Granada el 19 de agosto). La mayoría de los militantes y muchos simpatizantes de los partidos y sindicatos de izquierda fueron ejecutados, incluyendo a menudo familiares directos. Los restantes fueron encarcelados o vigilados estrechamente.


2. EL DESARROLLO DEL CONFLICTO.
Podemos distinguir cinco grandes fases en las operaciones militares: 1) operaciones para los enlaces de la zona nacional, 2) batallas para tomar Madrid, 3) la campaña del Norte, 4) las batallas de Aragón, 5) la caída de Cataluña.
Capítulo aparte merece el desarrollo político de ambos bandos, aunque estuvo directamente marcado por el decurso de las operaciones militares.
 
Mapas del desarrollo de la Guerra Civil.

OPERACIONES PARA LOS ENLACES DE LA ZONA NACIONAL (1936).
La estrategia inicial.
La estrategia inicial de los dos bandos era simple:
Los republicanos, desprovistos de la iniciativa, aspiraban a evitar la extensión de la sublevación, para dar tiempo a que se impusiera su superioridad en población y economía, y crear un ejército poderoso que decidiera la guerra después. Asimismo intentaron liquidar la resistencia rebelde en las zonas más próximas (Baleares, Aragón, Asturias), en lo que fracasaron.
Los nacionales, en cambio, lanzaron unas campañas “de enlaces”, con el objetivo de juntar las dos grandes zonas rebeldes, al Norte y al sur, para marchar de inmediato contra Madrid y acabar la guerra con la conquista de la capital, un logro que en el s. XIX había decidido siempre los golpes de Estado. Consiguieron pronto el enlace, pero no Madrid, con lo que la guerra se convirtió en un largo conflicto de desgaste.
 
Mapa de la evolución del conflicto.

El paso del Estrecho (julio-agosto de 1936).
Franco pasó a la Península a principios de agosto, con 30.000 soldados de África (las fuerzas legionarias y de regulares eran las que tenían mejor oficialidad, entrenamiento y armamento del Ejército), con un puente aéreo y un convoy naval, gracias a los errores estratégicos republicanos y la ayuda aérea alemana e italiana. Así pudo compensar la inicial superioridad republicana en la Península y tomar el mando entre los generales rebeldes. En los primeros días de agosto se consolidó el dominio del Bajo Guadalquivir, desde Huelva a Granada, estableciéndose Franco en Sevilla.
 
Retrato de Francisco Franco en la época de la Guerra Civil.

La marcha a Madrid (agosto-noviembre de 1936).
Desde el Norte las tropas de Mola convergieron hacia Madrid y Extremadura, sin encontrar oposición hasta la sierra de Guadarrama.
Desde el sur, las tropas africanas marcharon rápidamente hacia el Norte por Andalucía y Extremadura (7-VIII en Almendralejo, 11 en Mérida, 15 en Badajoz, 26 en Cáceres), enlazando con la zona nacional de Castilla la Vieja. En esta marcha Franco se retrasó para tomar Badajoz (cuyos defensores fueron ejecutados tras resistir una semana) y cambiar su dirección para poder liberar el alcázar de Toledo, un gran golpe de propaganda (27-IX).
En el intervalo Franco se había hecho en septiembre con el mando de Generalísimo de los Ejércitos y Jefe de Estado, mientras Mola ostentaba el mando militar conjunto sobre los ejércitos del sur y del Norte. Mientras tanto, Largo Caballero era en septiembre el nuevo jefe del gobierno republicano, sustituyendo a Giral.

BATALLAS PARA TOMAR MADRID (1936-1937).
La batalla de Madrid (noviembre 1936-enero 1937).
Franco llegó a amenazar Madrid a primeros de noviembre. Azaña ya se había marchado de la capital a mediados de octubre y el Gobierno marchó a Valencia (5-XI), cuando la derrota parecía inminente, pero entonces los republicanos reforzaron sus efectivos y la moral: “No pasarán” fue su grito de guerra. Comprendieron que estaban a punto de perder la guerra si no reaccionaban con eficacia. Había que formar un ejército disciplinado que hiciera frente a los nacionales: se inició la constitución de un ejército popular, en el que los milicianos se consideraron soldados, y se llamó a filas a los reservistas de 1932 y 1933.
Los generales Miaja y Rojo organizaron la defensa y las brigadas internacionales y las milicias republicanas resistieron. Del 15 al 23 de noviembre unas sangrientas batallas (Ciudad Universitaria, Guadarrama o Jarama), en las cercanías y en las rutas de comunicaciones, detuvieron a los nacionales y la ciudad se salvó, anunciando una larga guerra de desgaste. Los combates encarnizados siguieron hasta enero de 1937.
La batalla de Málaga (enero-febrero 1937).
En el sur, en enero-febrero una campaña de “diversión” de nacionales e italianos conquistó Málaga (8-II), donde la represión fue muy brutal.
La batalla del Jarama (febrero 1937).
Del 5 al 15 de febrero la batalla del Jarama se emprendió por los nacionales, para atacar Madrid desde el sur, atravesando el río y cortando la comunicación con Valencia para impedir el abastecimiento de la capital. Lo primero se consiguió, pero no lo segundo, con un terrible saldo de bajas entre los brigadistas internacionales y los legionarios y regulares marroquíes. Al final se estabilizó el frente en el sur de Madrid.
La batalla de Guadalajara (marzo 1937).
Del 8 al 21 de marzo la batalla de Guadalajara fue un intento de los italianos de hacer una pinza desde el Norte, mientras los españoles atacaban desde el Jarama. Pero fue una grave derrota de las fuerzas italianas, arrolladas por un contraataque republicano. Fue el fin de esta etapa de lucha por Madrid.
LA CAMPAÑA DEL NORTE (1937).
Campaña del Norte (marzo-octubre 1937).
Franco se concentró después en la conquista de las zonas industriales del Norte: el País Vasco, Santander y Asturias (menos Oviedo, en manos nacionales desde el principio), defendidos por las milicias del PNV y las milicias de la UGT y la CNT, gravemente desunidos todos y sin un mando único militar. La campaña nacional se inició en marzo, dirigida por Mola hasta su muerte en junio. Los nacionales hicieron un uso masivo de artillería y armas modernas que llevaron a la derrota republicana, con hitos como el bombardeo aéreo cuyo horroroso primer ejemplo de guerra total fue la destrucción de Guernica (26-IV-1937), con tal vez unos 1.000 muertos, debido al bombardeo de los aviones de la Legión Cóndor alemana.
Luego cayó Bilbao (19-VI) y los batallones vascos se rindieron (26-VIII) en Santoña a las tropas italianas, pues no querían luchar fuera del País Vasco.
Los intentos republicanos de aliviar la presión sobre el Norte mediante una ofensiva en el centro fracasaron en el frente de Madrid en Brunete, del 6 al 26 de julio, y en el frente de Aragón en Belchite y Quinto, del 24 de agosto al 15 de septiembre. Causa fundamental fue la superioridad aérea nacional (gracias a la Legión Cóndor).
Cayó Santander (26-VIII) y luego lo hizo Gijón (21-X), el último reducto republicano en el Norte. Los republicanos no habían conseguido recuperar ni un solo territorio importante desde el principio de la guerra.
En el otoño de 1937 hubo unos meses de tranquilidad: ambos bandos se preparaban para las ofensivas finales, mientras fracasaban las propuestas de paz del Comité de No Intervención. La capitalidad republicana se trasladó a Barcelona. Los nacionales concentraban sus fuerzas en Guadalajara, con vistas a un nuevo ataque sobre Madrid desde el Norte.

LAS BATALLAS DE ARAGÓN (1938).
La campaña de Aragón (diciembre 1937-abril 1938).
Los republicanos idearon una gran ofensiva que desviase la atención de los nacionales y atacaron en Aragón desde el 15 de diciembre. Rompieron el frente en Teruel y sitiaron la ciudad durante varias semanas, en condiciones climáticas muy adversas, mientras los nacionales contraatacaban. Finalmente Teruel cayó en manos republicanas, pero poco después la perdieron (17-II-1938), y a continuación los nacionales rompieron el frente de Aragón. Entonces Franco dirigió sus fuerzas de reserva por la brecha, para ocupar Valencia y quebrar por la mitad el territorio republicano.
La campaña de Levante (abril-julio 1938).
Los nacionales prosiguieron su ofensiva tomando Lérida (5-IV) y Vinaroz (15-IV), con lo que llegaron al Mediterráneo y separaron en dos partes el territorio republicano. Pronto tomaron Castellón y comenzaron la ofensiva contra Valencia, que sería interrumpida por la siguiente fase militar.
La batalla del Ebro (julio-noviembre 1938).
Fue la más larga y sangrienta batalla de la guerra. Los republicanos necesitaban recuperar la comunicación entre el centro y Cataluña, además de impedir la ofensiva sobre Valencia. Además, pensaban prolongar la guerra con un triunfo que debilitase a los nacionales hasta que la previsible guerra europea estallase y la República pudiese entonces contar con una mayor ayuda exterior. Pensaban que si rodeaban y destruían a las tropas nacionales en la zona del bajo Ebro y Castellón lograrían todo esto a la vez.
El 25 de julio cruzaron el Ebro por Mequinenza, con un fuerte ejército reunido en Cataluña y al principio consiguieron algunos éxitos locales, pero no rompieron el frente por completo y después se entabló una batalla de desgaste en las trincheras durante tres meses, en la que Franco volcó su gran superioridad en material, sobre todo artillería y aviación, con el objetivo de aniquilar al Ejército republicano de Cataluña. Fue un nuevo “Verdún”. Al fin los nacionales rompieron el frente (30-X) y recuperaron lo perdido: el 16 de noviembre los republicanos se retiraban a sus posiciones anteriores.
En esta campaña la información sobre las bajas es dudosa. Para Thomas el bando nacional tuvo unas 33.000 bajas entre muertos y heridos más unos pocos prisioneros, y el republicano más del doble, cerca de 70.000 bajas, divididas en 30.000 muertos, 20.000 heridos y 20.000 prisioneros. Para otros autores, cada bando tuvo unas 60.000 bajas.
Lo que es indiscutible es que mientras el banco nacional quedaba dueño del terreno, subida la moral y fuerte en tropas y material, el bando republicano se había replegado vencido y veía acabadas sus reservas de hombres y material, lo que abría Cataluña de par en par ante la siguiente ofensiva nacional.
El 22 de noviembre las brigadas internacionales empezaban a abandonar el país, pues los políticos republicanos sólo aspiraban ya a una paz negociada con la mediación internacional.

LA CAÍDA DE CATALUÑA (1939).
La campaña de Cataluña (diciembre 1938-enero 1939).
El 23 de diciembre de 1938 el ejército nacional lanzaba su ofensiva general en Cataluña. Eran 300.000 hombres contra los 200.000 republicanos, estos mucho peor entrenados y armados. La sucesión de conquistas fue imparable, sólo con pequeños combates: Tarragona (15-I), Barcelona (26), Gerona (4-II) y el resto entre el 5 y el 9 de febrero. Se produjo en éxodo de cientos de miles de republicanos a Francia.

Mapa de la campaña de Cataluña.

También caía en manos de los nacionales la isla de Menorca (9-II), sin lucha por mediación de Gran Bretaña, con lo que se completaba el dominio franquista sobre las islas Baleares.

EL FIN DE LA GUERRA (1939).
La caída del resto del territorio republicano.
Franco no emprendió la ofensiva final de inmediato. Sabía que la República estaba a punto de caer por sí sola.
Todavía resistían el Centro y el Levante: los republicanos más decididos, Negrín y los comunistas, querían alargar la guerra para esperar la inminente guerra europea, que tal vez hubiera variado el curso de la española.
Pero el 27 de febrero Francia y Gran Bretaña reconocían oficialmente al Gobierno de Franco. Creyéndose privado de legitimidad internacional, el 28 de febrero Azaña dimitió en París como presidente de la República, asumiendo el cargo Martínez Barrio, que también se quedó en París, sin intención de volver a España. Negrín quiso reorganizar el Estado Mayor Central, dirigido por el coronel Casado, pero este quería acabar la guerra y soñaba con un nuevo “abrazo de Maroto”, como el que había puesto fin a la primera guerra carlista. Casado contaba con el apoyo de los republicanos más desmoralizados, como el socialista Julián Besteiro, la mayoría de los anarquistas y los militares Miaja, Menéndez y Ruiz-Fornells. Franco, mientras llegaba el final, se alineaba con las Potencias del Eje: entraba en el Pacto Anti Komintern (27-III-1939, renovado en 1941), y firmaba el Tratado de Amistad con Alemania (31-III).
El golpe militar de Casado en Madrid triunfó (4-III) sobre Negrín y los comunistas, que acabaron aceptando la situación (12-III). Casado, Miaja y Besteiro participaron en el Consejo Nacional de Defensa, cuyo objetivo era precipitar el final de la guerra mediante conversaciones de capitulación (iniciadas el 13-III). Ofrecieron una rendición con honor, sin represalias y que los dirigentes republicanos pudieran abandonar el país, pero Franco exigió negociar sólo con oficiales, sin civiles, y consiguió que Casado y sus partidarios se rindieran sin condiciones (28-III). Las tropas nacionales entraron el mismo día en Madrid, y se lanzaron sin resistencia para ocupar el resto del territorio todavía republicano.
El 1 de abril, tras tomar los últimos puertos de Valencia, Alicante y Cartagena, Franco comunicó su victoria definitiva: “En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos. La guerra ha terminado”.

 


Mapa de la campaña final.

3. LA ESPAÑA NACIONAL Y LA REPUBLICANA.
La España nacional.
En la España nacional, la política interior había sido de unidad de todas las fuerzas políticas y paramilitares, lo que garantizó la máxima eficacia: estrategia de guerra lenta de desgaste (que sirvió a Franco para consolidar su presente y futuro poder, al exterminar a sus enemigos), mejor armamento, militarización de la sociedad y de la economía.
El jefe de la sublevación era el general Sanjurjo, pero su muerte en accidente de aviación al venir de Lisboa (20-VII-1936) abrió el camino a Franco, facilitado por otro accidente similar que eliminó al general Mola en 1937. La Junta de Defensa Nacional, presidida por el general Cabanellas, nombró a Franco como Generalísimo de los Ejércitos (12-IX-1936), jefe de gobierno (29-IX) y Jefe de Estado (1-X), quedando disuelta la Junta. El gobierno se estableció en Salamanca, hasta febrero de 1938, que pasó a Burgos. El 16 de noviembre de 1936 Alemania e Italia, y luego Portugal, reconocían oficialmente al Gobierno de Franco, cuando pensaban que su victoria en Madrid era ya inminente.
Franco preconizó la tesis de que la total unidad política era imprescindible para ganar una guerra larga y el Decreto de Reunificación (19-IV-1937) unió a todas las fuerzas políticas de la derecha en la Falange Española Tradicionalista y de las JONS, que suprimió al resto de los partidos y organizaciones nacionales (falangistas, carlistas, cedistas y monárquicos). Franco fue nombrado su Jefe Nacional. El líder falangista Manuel Hedilla debía ser el jefe de la Junta Política y su negativa a aceptar le llevó a un consejo de guerra y la cárcel (22-IV). Entretanto, el general Mola murió en accidente de aviación (3-VI). Desde ese momento Franco tuvo un poder omnímodo, tanto civil como militar.
Era un modelo ideológico fascista, pero en su esencia era un régimen autoritario, que contó con el apoyo de los empresarios, los propietarios agrarios, grandes sectores de la burguesía, los militares, y, punto fundamental para legitimar la “Cruzada nacional”, la Iglesia católica, que había sufrido terribles bajas (5.000 sacerdotes y 1.500 religiosos ejecutados) en la revolución social de los primeros meses. Se publicó una carta colectiva del episcopado en favor del bando nacional (VII-1937) y el Vaticano reconoció pronto (X-1937) al régimen de Franco.
La política económica y social era de inspiración falangista: el ejemplo fascista y nazi era dominante en el régimen y la Falange era la única alternativa nacional semejante. La economía fue militarizada mediante la intervención y la reglamentación estatal, pero no se tocó la propiedad privada: sólo se ordenaba qué producción se debía hacer y a qué precio.
- La primera realización legislativa del nuevo Estado nacional fue el Fuero del Trabajo (III-1938), que establecía el derecho y el deber de todos los españoles al trabajo, dentro de los principios de justicia social (tomados de la filosofía social católica).
- En el aspecto religioso fueron anuladas todas las disposiciones anticlericales del régimen republicano: matrimonio civil, divorcio, y se restauró la Compañía de Jesús.
- En el aspecto agrario se creó (IV-1938) el Servicio Nacional de Reforma Económica y Social de la Tierra, que devolvió a sus antiguos propietarios las tierras expropiadas por el IRA republicano.
- Se estableció un rígido control de censura.
La España republicana.
En contraste, la República sufrió una constante falta de unidad y al principio una revolución social violenta: sobre todo, la persecución religiosa dañó mucho la imagen republicana en el exterior. Pero también miles de propietarios y empresarios fueron ejecutados y muchas tierras y fábricas ocupadas, sobre todo por los anarquistas, con una colectivización agraria en Aragón y la incautación de fábricas en Cataluña hasta un 70% del total. Los partidos y sindicatos acaparaban armas y milicianos, lejos del frente, a fin de realizar la revolución en la retaguardia. Por todo ello, la República tardó casi un año en organizar un mínimo de cohesión en sus fuerzas militares, y además dispuso de un armamento siempre precario, pues sufría un bloqueo exterior de armas y le faltaba la industria pesada del Norte (perdido en 1937). Con todo, en 1937 se había organizado un ejército regular de 500.000 hombres (similar en número al nacional), bastante bien armado y disciplinado (aunque no tanto como el nacional) y peor mandado, lo que le pondría en desventaja.
Giral había ocupado la jefatura de gobierno a finales de julio de 1936 y lanzado propuestas de arreglo, hasta que le sustituyó Largo Caballero (5-IX-1936), en un nuevo Gobierno, con participación socialista, azañista, de Esquerra Catalana, comunista y anarquista (cuatro ministros), que intentó detener la revolución social y el “terror rojo” para concentrarse en ganar la Guerra Civil.
La lucha (un conflicto civil dentro de una Guerra Civil) de mayo de 1937 entre moderados (socialistas y comunistas) y radicales (socialistas marxistas, anarquistas y POUM en Cataluña), fue el enfrentamiento entre quienes querían ganar primero la guerra y hacer la revolución después, y los que querían hacer la revolución enseguida. El triunfo de los primeros en los breves combates de mayo permitió mantener el esfuerzo bélico, pero a costa de la división interna (bastantes radicales, como Andrés Nin, del trotskista POUM, fueron ejecutados).
Después de la dimisión de Largo Caballero el bando republicano tuvo un nuevo gobierno, el 21º de la República (17-V- 1937), presidido por el socialista moderado Juan Negrín, que perduró hasta el final de la guerra. Sus objetivos eran alargar la guerra hasta que estallase la guerra en Europa o se firmase una paz aceptable y para ello debía mantener el apoyo de la URSS (la única potencia que le ayudaba) y del PCE (el partido dominante en la izquierda por su organización interna, aunque fuera minoritario), lo que explica que Negrín fuese tildado de filocomunista sin serlo. Las colectivizaciones anarquistas fueron suprimidas entonces. La propiedad privada se respetó, lo que permitió mejorar la situación alimentaria en la retaguardia (aunque siempre fue difícil). La reforma agraria (reparto de 4 millones de hectáreas) y la incautación de la industria bélica (1938) fue, empero, poco eficaz en el suministro de bienes.
Si repasamos la evolución de los partidos, vemos que los socialistas se dividieron entre los radicales (Largo Caballero, apartado en mayo de 1937), y los moderados (Indalecio Prieto y sobre todo Negrín), que triunfaron en 1937. Los comunistas (muy moderados durante la guerra), comenzaron a influir decisivamente sobre los socialistas, gracias a la importancia del apoyo soviético. Los republicanos, con una base burguesa, pronto fueron apartados, como Azaña.
El gobierno republicano se refugió en Valencia entre julio de 1936 y octubre de 1937, y luego en Barcelona, para volver a Valencia en enero de 1939.

4. IMPLICACIONES INTERNACIONALES.
La Guerra Civil fue un problema internacional, en el que se vieron envueltas todas las grandes potencias, preparando la configuración de los bloques de la guerra mundial. Los apo­yos republicanos se lograron en los medios izquierdistas, en URSS y México. Los de los nacionales en Alemania, Italia y Portugal.
La mayoría de los historiadores ha considerado que el equilibrio alcanzado en los meses siguientes a julio de 1936 sólo podía ser roto por la ayuda internacional a los bandos. El apoyo exterior fue mucho más eficaz para el bando nacional, por lo que este a largo plazo ganó la guerra. Sin la ayuda de Hitler y Mussolini tal vez Franco no hubiera perdido, pero tampoco hubiera ganado antes del inicio de la II Guerra Mundial, lo que hubiera podido virar totalmente la situación en España.
Brigadas Internacionales.
Los voluntarios de la izquierda internacional afluyeron al bando republicano, integrándose en brigadas especiales, siendo decisivos en algunas de las batallas de resistencia (Jarama, Guadalajara). El bando nacional lanzó el mito de un ejército rojo, mayoritariamente ruso, pero sólo hubo un total de 40.000 hombres a lo largo del conflicto, con un máximo de 18.000 al mismo tiempo. Se retiraron a finales de 1938.
EE UU, Gran Bretaña y Francia.
EE UU, Gran Bretaña y Francia mantuvieron una neutralidad cada vez más benevolente para Franco, lo que impidió el envío de ayuda militar y financiera al gobierno republicano. Francia y Gran Bretaña acordaron (5-VIII-1936) formar el Comité de No Intervención, al que se adhirieron luego la URSS, Alemania e Italia, un acuerdo que en la práctica no funcionó. Francia, en manos del Frente Popular, fue la única democracia occidental que ayudó un poco a la República, pero la amenaza nazi y la repulsa británica a una República revolucionaria y comunistas frenaron una ayuda que fuese suficiente. Desde febrero de 1939 estas potencias reconocieron al gobierno de Franco, cuyo triunfo era inminente.
URSS.
La URSS apoyó a la República con armas, especialmente 600 aviones más tanques y cañones, por un monto de 700 millones de dólares, e instructores. Su esfuerzo resultó esencial en noviembre de 1936 para detener el avance franquista, lo que permitió que la guerra durase tres años. A cambio se quedó con las reservas de oro del Bando de España, evaluadas en 578 millones de dólares. En el aspecto interno impuso la presencia en el poder republicano del Partido comunista (PCE).
Alemania, Italia y Portugal.
Alemania, Italia y Portugal apoyaron a los rebeldes de un modo vital para su triunfo: desde agosto de 1936 dieron dinero, armas, apoyo logístico (esencial para el paso del Estrecho en agosto de 1936) y soldados.
Alemania envió la Legión Cóndor, una poderosa unidad aérea de 4.000 hombres, 800 aviones, con un total de 30.000 hombres (el cambio era frecuente, para facilitar el objetivo de la instrucción) y suministró mucho material (tanques, cañones) y un préstamo de 400 millones de dólares, devuelto durante la II Guerra Mundial con alimentos y metales.
Italia contribuyó con entre 80.000 y 120.000 soldados, y numerosos aviones y tanques, por un monto de 200 millones de dólares.
Portugal envió 20.000 voluntarios en la Legión Viriato y sobre todo sirvió de enlace seguro entre el sur y el Norte de la zona nacional.

5. LAS CONSECUENCIAS DE LA GUERRA.
Moradiellos [18 de julio de 1936. “El País” (17-VII-2016)] resume las consecuencias de la Guerra Civil:
‹‹En efecto, al término de la brutal contienda civil de 1936-1939 no habría de llegar a España la Paz sino la Victoria y una larga dictadura. Y entonces pudo comprobarse que, cualesquiera que hubieran sido los graves problemas imperantes en el verano de 1936, el recurso a las armas había sido una mala “solución” política y una pésima opción humanitaria. Simplemente porque había ocasionado sufrimientos inenarrables a la población afectada, devastaciones inmensas en todos los órdenes de la vida socio-económica, daños profundos en la fibra moral que sostiene unida toda colectividad cívica y un legado de penurias y heridas, materiales y espirituales, que tardarían generaciones en ser reparadas.
El balance de pérdidas humanas es terrorífico, puesto que registró las siguientes víctimas mortales: Entre 150.000 y 200.000 muertos en acciones de guerra (combates, operaciones bélicas, bombardeos). Alrededor de 155.000 muertos en acciones de represión en retaguardia: cien mil en zona franquista y el resto en zona republicana. En torno a 350.000 muertos por sobre-mortalidad durante el trienio bélico, derivada de enfermedades, hambrunas y privaciones.
Por si fuera poco, a esa abultada cifra de víctimas habría que añadir otras dos categorías de pérdidas cruciales para el devenir socio-económico del país: El desplome de las tasas de natalidad generado por la guerra, que provocó una reducción del número de nacimientos que se ha situado en unos 500.000 niños “no nacidos”. El incremento espectacular en el número de exiliados que abandonaron el país, ya de manera temporal (quizá hasta 734.000 personas) o ya de forma definitiva (300.000: el exilio republicano español de 1939).
 (…) [Dijo] Cicerón, que padeció en primera persona las guerras civiles que acabaron con la República en Roma: “Cualquier género de paz entre los ciudadanos me parecería preferible a una guerra civil”. Con su corolario: “Nunca más la guerra civil”.››

Las pérdidas humanas.
Las pérdidas humanas fueron inmensas, aunque no hay consenso entre los historiadores respecto a su cuantía. Parece una exageración la leyenda del millón de muertos y lo más probable es que fueran unos 600.000, la mitad por causas bélicas y el resto en la retaguardia, siendo las enfermedades y el hambre la causa de unos 100.000 fallecimientos, y el resto consecuencia de la represión de ambos bandos, en especial el nacional, durante y poco después de la guerra, con más de 200.000 muertos.
Eran bajas que afectaron sobre todo a los varones y que conllevaron un descenso de la nupcialidad y natalidad, de modo que se calcula que hubo unos 600.000 no nacidos. Además, se deben sumar cientos de miles de heridos y decenas de miles de mutilados.
En la posguerra hubo casi 300.000 internados en prisión hacia 1941 y en 1950 aún había 30.000. Hubo también decenas de miles de depurados en la Administración y se confiscaron (o multaron) los bienes de mucha gente.
Además hubo un desmoronamiento moral, psicológico y social de las gentes, pues las estructuras familiares y sociales fueron quebrantadas de un modo trágico y duradero.
El exilio.
El exilio de los republicanos afectó posiblemente a más de 700.000 personas a lo largo de la guerra, de los que más de 500.000 volvieron en los años siguientes (360.000 ya en 1939). El exilio permanente afectó a unas 165.000 personas y se concentró en Francia e Hispanoamérica, con muchos intelectuales, artistas, profesionales y técnicos. Fue una grave pérdida para la cultura y la ciencia españolas.
 
Niños repatriados llegados en el Vicente Puchol, Barcelona, 1939. Foto, Carlos Pérez de Rozas.

Las pérdidas materiales.
Las pérdidas materiales fueron enormes por la destrucción de gran parte de los ferrocarriles, puentes y otras infraestructuras de transportes, multitud de viviendas y gran parte del patrimonio artístico, el gasto del oro del Banco de España con la consiguiente depreciación de la peseta, la pesada deuda exterior y la reconversión de la industria civil para el fin militar.
Además, se creó y se mantuvo después un régimen económico autárquico e ineficiente, que arruinó las mejoras que había registrado la economía desde 1917. La recuperación fue por lo tanto muy lenta y sólo en 1951 se recuperó el nivel económico de 1935.


FUENTES.
Internet.
[www.ixent.org/reprefeixista.htm] Memòria cronològica de la repressió feixista a Mallorca.

Películas.

Bloqueo (1938), de William Dieterle. Intérpretes: Henry Fonda, Madeleine Carrlol. Una confusa (y absurda) trama sobre las aventuras de un alférez franquista y una espía republicana, que podrían ser intercambiables.
Sierra de Teruel o L’Espoir (1939). Dirección: André Malraux. 88minutos.

¿Por quién doblan las campanas? (1943). Dirección: Sam Wood. 168 minutos.
¡Ay, Carmela! (1990). 102 minutos.
Tierra y libertad (1995). Dirección: Ken Loach. 109 minutos.
Soldados de Salamina (2003). 112 minutos.

Documentales.
España. Ensayo de una guerra. 2016. Serie documental. Reseña de Robert, María. Una guerra como ensayo para una contienda mayor. “El País” (16-VII-2016).

España dividida. La Guerra Civil en color. 2016. Serie documental de capítulos de una hora, más un libro. Dirección de Francesc Escribano, guion de Manuel Lucas y asesoría de Antony Beevor. Reseña de Ruiz de Elvira, A. P. Los colores de la Guerra Civil. “El País” (17-XI-2016). / Gordó, Alberto. La guerra, ni blanco ni negro. “El Cultural” (16-XII-2016). Entrevistas a Antony Beevor, Enrique Moradiellos, Julián Casanova y Santos Juliá.
Historia de la Guerra Civil española (1936-1939). 55 minutos.

Exposiciones.
*<Conciencia y conflicto: los artistas británicos>. Chichester. Pallant House (2014-2015). Obras de Miró (cartel Aidez l’Espagne), Penrose y otros, sobre la Guerra Civil en el arte británico de su época. Reseña de Guimón, Pablo.  “El País” (1-XII-2014) 37.

Cómics.
García, Juan Pablo. La Guerra Civil española. Debate. Madrid. 2016. Cómic sobre el libro homónimo de Paul Preston. Reseña de Morales, Manuel. La Guerra Civil en cómic. “El País” (14-VI-2016).

Libros.
AA.VV. Historia agraria de la España Contemporánea. Crítica. Barcelona. 1985-1986. 3 vs. De varios editores. I (1800-1850), de A. García Sanz, 464 pp. II (1850-1900), de R. Garrabou y F. Sanz Fernández, 542 pp. III (desde 1900), de J.I. Jiménez Blanco y C. Barciela, 568 pp.
Barbieri, Pierpaolo. La sombra de Hitler. El imperio económico nazi y la Guerra Civil española. Taurus. Madrid. 2015. Fragmento: El decisivo apoyo de Hitler en la Guerra Civil. “El País” Ideas (15-XI-2015) 12. / Cruz, Juan. Pierpaolo Barbieri. ‘La historia oficial de Franco minimizó el nazismo’. “El País” (11-I-2016) 26.
Barra, Jordi. La legión Cóndor. Editorial Dau. 2016. Un atlas del historiador y cartógrafo muestra la destrucción ocasionada por la unidad alemana en la guerra. Reseña de Antón, J. La cartografía de muerte de la Legión Cóndor. “El País” (24-VII-2016). 
Beevour, Antony. La Guerra Civil española. Crítica. Barcelona. 2005. 902 pp.
Bosch, Aurora. Miedo a la democracia. Estados Unidos ante la Segunda República y la guerra civil española. Crítica. Barcelona. 2013. Ensayo. Entrevista por Bono, Ferran. ‘Roosevelt se lamentó de no dejar que la República comprase armas’. “El País” (5-V-2013) 45.
Carr, Raymond. España 1808-1975. Ariel. Barcelona. 1982. 826 pp.
Casanova, Julián. España partida en dos. Crítica. Barcelona. 2013. 272 pp. Un resumen de la Guerra Civil.
Fernández-Rúa, José Luis; et al. Historia de la Segunda República 1931-1939. Giner. Madrid. 1985. 5 vs. 1.500 pp.
Gaspar Celaya, Diego. La guerra continúa. Voluntarios españoles al servicio de la Francia Libre (1940-1945). Marcial Pons. Madrid. 2015. Diego Gaspar Celaya (Zaragoza, 1982), especialista en el exilio español en Francia. Reseña de Morales, Manuel. Derrotados por Franco, vencedores de Hitler. “El País” (2-I-2016) 23.
Gil Andrés, Carlos. Españoles en guerra. La Guerra Civil en 39 episodios. Ariel. Barcelona. 2016. 224 pp.
Gómez Oliver, Miguel; Martínez, Fernando; Barragán, Antonio (coords.). El ‘botin de guerra’ en Andalucía. Biblioteca Nueva. Madrid. 2015. 408 pp.
Grellet, Gilbert. Un été impardonnable. Albin Michel. París. 2016. Ensayo sobre el error de Francia y Reino Unido de no apoyar a la República en 1936. Entrevista de Cañas, Gabriela. Gilbert Grellet. ‘No ayudar a la República en 1936 fue un error’. “El País” Babelia 1.268 (12-III-2016) 15. Trad. española: Grellet, Gilbert. Un verano imperdonable. 1936: la guerra de España y el escándalo de la no-intervención. Guillermo Escolar Editor. 2017. Fragmento del prólogo de Manuel Valls: Los errores fatales del 36. “El País” Ideas 130 (5-XI-2017).
Hochschild, Adam. Spain in Our Hearts. 2016. Monografía. Adam Hochschild (Nueva York, 1942), historia la participación de los estadounidenses en los dos bandos de la Guerra Civil española. Reseña de Mars, Amanda. Cuando España tocó el corazón de EE UU. “El País” (5-IV-2016).

Irujo, Xabier. Gernika. Prólogo de Ángel Viñas. Crítica. Barcelona. 2017. 381 pp. Reseña de Ceberio, Jesús. El laboratorio del terror. “El País” Babelia 1.322 (25-III-2017).
Jackson, Gabriel. La República Española y la Guerra Civil 1931-1939. Crítica. Barcelona. 1979 (1965). 496 pp.
Juliá, Santos. Hoy no es ayer. Ensayos sobre la España del siglo XX. RBA. Barcelona, 2011. 384 pp.
Malefakis, E. Reforma agraria y revolución campesina en la España del siglo XX. Ariel. Barcelona. 1982 (1970). 523 pp.
Matthews, James. Soldados a la fuerza. Reclutamiento obligatorio durante la Guerra Civil, 1936-1939. Trad. de Hugo García Hernández. Alianza. Madrid. 2013. 353 pp. Reseña de Moradiellos, Enrique. Reclutas forzosos. “El País” Babelia 1.131 (27-VII-2013) 6.
Miravitlles, Jaume. Veritats sobre la guerra civil espanyola. Edición por Ramon Batalla. Editorial Base. Barcelona. 2016. 236 pp. Reseña de Geli, Carles. República i guerra, segons Companys. “El País” Quadern 1.619 (28-I-2016) 1-3. / Santacana, Carles. Construint relat per al futur. “El País” Quadern 1.619 (28-I-2016) 3.

Moradiellos, Enrique. Historia mínima de la Guerra Civil. Turner/Colegio de México. 2016. 300 pp. Reseña-entrevista de Constenla, T. El relato de la Guerra Civil sintetizado en 50.000 palabras logra el Nacional de Historia. “El País” (3-XI-2017).
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Reverte, Jorge M.; Martínez Zauner, Mario (colab.) De Madrid al Ebro. Las grandes batallas de la Guerra Civil española. Galaxia Gutenberg. Barcelona. 2016. 390 pp. Se calcula que hubo medio millón de muertos, sobre una población de 23 millones, y señala el error republicano de lanzar costosas ofensivas sin tener los recursos, lo que debilitó finalmente su posición. Reseña de Bedoya, Juan G. ‘Franco no traía la paz, sino la victoria sin paliativos’. “El País” (27-XII-2016). / Juliá, Santos. Lucha de carneros y batalla decisiva. “El País” Babelia 1.312 (14-I-2017).
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Sánchez Asiaín, José Ángel. La financiación de la guerra civil española. Una aproximación histórica. Crítica. Barcelona. 2012. 1.328 pp. Sobre las finanzas del golpe de Estado y la Guerra Civil. Reseñas de Constenla, Tereixa. Los oscuros dineros de la Guerra Civil. “El País” (10-VI-2012) 56. Martín-Aceña, Pablo. Cifras de guerra. “El País” Babelia 1.077 (14-VII-2012) 13.
Sánchez Pérez, Francisco (coord.). Los mitos del 18 de julio. Crítica. Barcelona. 2013. 480 pp. Ensayos de Eduardo González Calleja, José Luis Ledesma, Xosé Manuel Núñez-Seixas, Fernando Puell, Hilari Raguer, Ángel Viñas… Viñas demuestra la adquisición por los monárquicos de material militar italiano. Reseña de Jorge M. Reverte. Mitos y broncas. “El País” Babelia 1.126 (22-VI-2013) 8.
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Tuñón de Lara, Manuel (dir.). Historia de España Labor. Labor. Barcelona. v. IX. Malerbe, Pierre; Tuñón de Lara, M.; García Nieto, Mª Carmen; Mainer Baqué, José-Carlos. La crisis del Estado: Dictadura, República, Guerra (1923-1939). 1981. 712 pp. Malerbe, Pierre. La Dictadura (11-106). Tuñón de Lara, M. La Segunda República (107-242). García Nieto, Mª Carmen. La Guerra Civil (243-548). Mainer Baqué, José-Carlos. Cultura, 1923-1939 (549-632).
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Zavala, José María. Los horrores de la Guerra Civil. Plaza & Janés. Barcelona. 2003. 416 pp.

Artículos. Orden cronológico.
Fusi, Juan Pablo. En el fuego del combate. “El País” (15-IV-2012) 37. El impacto de la Guerra Civil en la conciencia contemporánea a través de los artistas (Picasso) y escritores (Orwell, Malraux, Hemingway, Azaña).
Cabrera, Mercedes; Junco, José A.; et al. La dimensión coral de la Guerra Civil. “El País” (9-VI-2012) 31. Carta de apoyo a Jorge M. Reverte, periodista e historiador de la Guerra Civil, atacado por los historiadores de derechas.
Viñas, Ángel. Una sublevación militar con ayuda fascista. “El País” (17-VII-2012) 29. La ayuda italiana al inicio de la sublevación.
Constenla, Tereixa. Aquella guerra que cruzó el charco. “El País” (27-III-2013) 39. La variada respuesta de los intelectuales hispanoamericanos ante la Guerra Civil española.
Viñas, Ángel. Las astracanada del oro de Moscú. “El País” (23-VIII-2013) 27. Franco pugnó por recuperar el oro vendido por los republicanos, pese a la falta de base jurídica.
Sánchez Cervelló, Josep. Sobre santos y otras divagaciones. “El País” Cataluña (12-X-2013) 4. El catedrático de Historia Contemporánea de la URV explica, al socaire de las 522 beatificaciones de mártires de la Guerra Civil en Tarragona, que la Iglesia se presenta solo como víctima de los republicanos y oculta que también fue verdugo.
Reverte, Jorge M. La estrategia de la muerte. “El País” Semanal (15-III-2009) 44-53. Resumen de la guerra, con fotos sobre su crueldad.
Manrique, Diego A. El canto de las trincheras españolas. “El País” (9-I-2015) 36. Un sello alemán publica la mayor antología de canciones del bando republicano en la Guerra Civil.
Cia, Blanca. La guerra de les ones del 36. “El País” Quadern 1.584 (2-IV-2015) 1-3. La radio como medio de propaganda en la Guerra Civil.
Grau, Josep. Los ‘Gernikas’ de Castellón. “El País” (27-XII-2015) 24. La aviación de Hitler bombardeó cuatro pueblos del Maestrazgo para probar los stukas. Las bombas de 500 kg mataron 38 personas.
Moradiellos, Enrique. 18 de julio de 1936. “El País” (17-VII-2016). El catedrático de Historia Contemporánea resume el significado del golpe de Estado.
Casanova, Julián. La guerra civil española en el reñidero de Europa. “El País” Babelia 1.286 (16-VII-2016). Historiografía reciente.
Fonseca, Diego. Primeros instantes del golpe. “El País” (18-VII-2016). Los fotógrafos Agustí Centelles (1909-1985) en Barcelona, y Félix Albero (1894-1964) y Francisco Segovia (1901-1975) en Madrid, captaron los inicios de la sublevación.
Viñas, Ángel. 18 de julio, cambio de curso de la historia. “El País” (18-VII-2016).
Gracia, Jordi. La lente de aumento. “El País” (18-IX-2016). Gracia critica al historiador catalanista Joan B. Culla (que a su vez criticaba en otro artículo al historiador Francisco Morente), por centrar sus alegatos contra el golpe de estado franquista solo en el padecimiento de Cataluña, cuando fue una agresión contra la entera modernidad en España y Cataluña.
Bonet, Pilar. La Guerra Civil abre en Moscú una disección del convulso siglo XX. “El País” (7-XI-2016). El Archivo Histórico de Rusia alberga la documentación del PCUS y abre la ingente información para unas jornadas sobre la Guerra Civil española. Le seguirán otras dos sobre la Revolución Rusa de 1917 y la I Guerra Mundial.
Rojo, José Andrés. Historia, no combate. “El País” Ideas 114 (16-VII-2017). La historiografía reciente sobre la II República, la Guerra Civil y el franquismo sigue dividida en dos bandos.

Dosier: Las víctimas del conflicto
ArtículosOrden cronológico.
Junquera, Natalia. ¿Tenemos que esperar 75 años más? “El País” (1-II-2012) 10.
Junquera, Natalia. Galería de la memoria (1). Concepción González Trigo (83 años). El asesino llevaba el reloj de su víctima. “El País” (1-II-2012) 11.
Lázaro, Julio M. Relato del horror franquista en el Supremo. “El País” (2-II-2012) 10.
Junquera, Natalia. Galería de la memoria (2). Jesús Pueyo (falleció el 5 de enero, a los 90 años). Jesús no quería llorar ante los jueces. “El País” (2-II-2012) 11.
Junquera, Natalia. Galería de la memoria (3). Fusilado por dar pan y huevos a los maquis. “El País” (3-II-2012) 14.
Junquera, Natalia. Galería de la memoria (4). Juan Pérez Silva (76 años). ‘Sé hasta la matrícula del verdugo. Lo que quiero es a mi madre’. “El País” (7-II-2012) 18.
Lázaro, Julio M. Las víctimas del franquismo exigen su derecho a saber sin afán de venganza. “El País” (7-II-2012) 18.
Lázaro, Julio M. ‘A los cadáveres les echaban cal viva y los juntaban como arenques’. “El País” (8-II-2012) 12-13.
Junquera, Natalia. Galería de la memoria (5). Felipe Gallardo (84 años), hijo de fusilado. ‘Nadie quiso ayudarnos. Teníamos uno, diez y cinco años, pero éramos rojos. Peligrosos’. “El País” (8-II-2012) 12-13.
Junquera, Natalia. Galería de la memoria (6). Manuel Molina (92 años). ‘Los tiraban a la fosa vivos y los mataban. Cada noche. Yo lo vi’. “El País” (9-II-2012) 19.
Cruz, Juan. Entrevista. Ian Gibson. ‘La derecha no quiere saber de los crímenes franquistas’. “El País” Semanal 1.846 (12-II-2012) 25-32.
Junquera, Natalia. Regreso a la escena del crimen. “El País” (19-II-2012) 22. Los forenses informan sobre los enterrados en las fosas del franquismo.
Larrauri, Eva. 13 asesinados y 50 testigos en Espinosa de los Monteros. “El País” (7-IV-2012) 16-17.
Junquera, Natalia. ‘Mi padre figura en la historia como un canalla. Quiero que se anule su juicio’. “El País” (21-IV-2012) 21.
Rodríguez Marcos, Javier. ‘Los niños jugaban a los fusilamientos’. “El País” (18-XII-2011) 38. Se publica un diario de José Moreno Villa sobre el inicio del asedio franquista a Madrid.
Casanova, Julián. ‘Por amor a España’. “El País” (10-VIII-2012) 25. Los golpes de Estado del general Sanjurjo.
Hernández, Fernando; Ledesma, José Luis; Preston, Paul; Viñas, Ángel. Puntualizaciones sobre Paracuellos. “El País” (21-IX-2012) 29. Resumen el estado de la cuestión de la matanza, que fue realizada por los comunistas y anarquistas, y ordenada y supervisada por un dirigente comunista, Pedro Fernández Checa, al dictado del NVKD ruso. Descartan la implicación directa de Santiago Carrillo, pero no le exoneran de responsabilidad, lo mismo que el general Miaja, porque ambos figuraban en la Junta de Defensa de Madrid, conocieron sin duda el crimen y no lo impidieron como era su deber.
Prados, Luis. Querida tierra hermana... “El País” Semanal 1.886 (18-XI-2012) 58-69. El exilio de 20.000 republicanos en México.
Ruiz Mantilla, Jesús. Un visionario para el exilio mexicano. “El País” (29-VII-2015) 25. El diplomático conservador Ángel Ossorio planificó el éxodo de republicanos a México.
Núñez, Víctor. Novelar el exilio español. “El País” (24-VIII-2015). Una novela de Macu Tejera sobre el exilio español en México, y un repaso de la bibliografía reciente sobre el tema.

APÉNDICE. TEXTO DE COMENTARIO SOBRE LAS VÍCTIMAS DE LA GUERRA CIVIl.
Se aconseja el comentario en clase y/o el trabajo de investigación a partir del artículo divulgativo de Constenla, Tereixa. España masacrada. “El País” Semanal 1800 (27-III-2011) 52-64. Noticia previa a la publicación de Preston, Paul. El holocausto español: odio y exterminio en la Guerra Civil y después. Debate. Madrid. 2011. 859 pp.
‹‹Los horrores de la Guerra Civil siguen saliendo a la luz. Lejos del frente hubo casi tantos muertos como en las batallas. Una represión salvaje contra inocentes que Paul Preston denuncia ahora en ‘el holocausto español’.
El capitán Manuel Díaz Criado no admitía peticiones de clemencia. Admitía, eso sí, la visita de mujeres jóvenes. En la aterrorizada Sevilla de agosto de 1936, tomada ya por tropas sublevadas contra el Gobierno republicano, Díaz Criado disfrutaba a sus anchas día y, sobre todo, noche. “Después de la orgía, y con un sadismo inconcebible, marcaba a voleo con la fatídica fórmula ‘X2’ los expedientes de los que, con este simplicísimo procedimiento, quedaban condenados a la inmediata ejecución”, relató un antiguo gobernador civil. Quienes pululaban a su alrededor le consideraban “un degenerado” que rentabilizó su misión represora para “saciar su sed de sangre, enriquecerse y satisfacer su apetito sexual”.
Ese mismo agosto, Pascual Fresquet Llopis, matón de la anarquista FAI, se afanaba en ser digno merecedor del nombre de su patrulla: la Brigada de la Mort. Desde Caspe (Zaragoza) comandaba operaciones de limpieza ideológica en el Bajo Aragón, Teruel y Tarragona, rastreando derechistas a los que ejecutar. La brigada se desplazaba en un autobús de 35 plazas, conocido como el ‘cotxe de la calavera’, el mismo símbolo que lucían sus ocupantes en las gorras. Donde los inocentes veían matanzas, Fresquet veía actos de “justicia” revolucionaria. Cuando la CNT decidió frenar sus crímenes, en octubre de 1936, habían asesinado a 300 personas.
Díaz Criado y Fresquet son algunos de los numerosos depravados con poder que entre 1936 y 1939 contribuyeron a que ocurriese algo salvaje: las víctimas causadas lejos del frente (200.000) casi se equipararon con las bajas del campo de batalla (300.000). La crueldad hermanó a individuos enfrentados, pero no igualó los acontecimientos. Ni por alcance, ni por duración, ni por origen. El alcance: por cada muerto en zona republicana (casi 50.000) se registraron tres en la franquista (entre 130.000 y 150.000). La duración: los crímenes rojos se concentraron en los primeros cinco meses de la guerra, hasta que el Gobierno se rehízo y recobró las riendas, mientras que el terror franquista siguió hasta el final y se adentró en la posguerra. El origen: el exterminio del enemigo o del sospechoso de serlo formaba parte del plan de los golpistas para doblegar a la población y arrancar la raíz del mal; por el contrario, las autoridades republicanas combatieron a los colectivos extremistas que ajusticiaban por su cuenta aprovechando el colapso del Estado ocurrido tras el 18 de julio. Huelga añadir que unos habían dado un golpe de estado y otros defendían un Gobierno democrático.
Al espanto de la retaguardia durante la Guerra Civil viaja el hispanista Paul Preston (Liverpool, 1946) en su nuevo libro, El holocausto español (Debate), donde se recogen las fechorías del capitán Díaz Criado y el matón Fresquet. Y, aun sin conocerlo, el ensayo de Preston también habla de la vida de Valentín Trenado Gómez (Puebla de Alcocer, Badajoz, 1917), que pagó su paso por la milicia republicana con 12 años de encierro en campos de concentración y cárceles. En 1936, el joven Valentín tenía más deseos de divertirse que de hacer la revolución. Hay acontecimientos que, sin embargo, no preguntan. Así que, tras el golpe, recibió un fusil y la orden de dirigirse al frente. “No había cogido un fusil en mi vida”, revive ahora en su piso de Sevilla. Pasó la guerra en Extremadura, le hicieron sargento y, cuando recibió la orden de rendirse, caminó igual de obediente hasta Ciudad Real, donde entregó un fusil que para entonces era un viejo conocido. Tras un consejo de guerra, en Sevilla le destinaron a la construcción de un gigantesco canal para regar latifundios de amigos de la causa franquista. Pasaba hambre y miedo, dormía en barracones. En Tetuán le hicieron picar piedra para una carretera. “No había más paga que la comida: lentejas, patatas y calabaza”, recuerda Valentín Trenado, consciente de una etiqueta que incomodaría a otros: es ya uno de los pocos supervivientes de la guerra, “el último rojo”, le dice su médico.
La biografía de Valentín demuestra que, para los vencidos, no hubo paz, ni piedad, ni perdón. El ensayo de Preston delata la fragilidad de la capa civilizada que recubre a una sociedad. Incomodará, empezando por su título (“Un holocausto es la masacre de un pueblo. Y yo diría que el sufrimiento y el dolor del pueblo español justifican ese título”, defiende) y siguiendo por su contenido: los teóricos y los ejecutores del exterminio de las izquierdas, los robespierres revolucionarios, los alimentadores de checas (centros de detención y tortura en zona republicana) y los pequeños héroes tienen nombre y apellidos. Una gran síntesis histórica sobre el drama de la retaguardia que, poco a poco, se va desvelando sin miradas parciales. La dictadura aireó los excesos republicanos y silenció los suyos. Tras la muerte de Franco, en 1975, los historiadores comenzaron a buscar otras piezas del puzle para recomponer los hechos. Con dificultades: faltan documentos y abundan fosas cerradas. Pero el puzle, empujado por investigadores y asociaciones de memoria histórica, progresa. Lo que aflora, estremece. “Dejando de lado la Guerra Civil rusa y las dos guerras mundiales, en términos relativos, la española fue una sangría sin paralelo en Europa”, subraya el historiador Ángel Viñas.
Lo averiguado hoy nada tiene que ver con la verdad oficial asentada cuando Preston era un estudiante que sobornaba a bedeles de la hemeroteca en Madrid para leer diarios de la Segunda República para su tesis. El fantasma de la represión le rondó en sus investigaciones sobre el siglo XX español hasta que en 1998, el año en que publicó Las tres Españas del 36, comenzó a recopilar material y tejió una red de contactos con los historiadores que le han mantenido al día de cada avance. Desde 2003, el libro se ha comido toda la energía del profesor de la London School of Economics. También sus emociones. En su casa de Londres, mientras toma café en una taza donde se puede leer “No pasarán”, en honor de las Brigadas Internacionales, el hispanista confiesa que lloró a menudo. “La inmensa mayoría de los que murieron, donde fuera, no tenían que haber muerto. No me había dado cuenta hasta este libro de la represión en zonas donde no hubo resistencia. Hay una crueldad tan gratuita que el coste emocional ha sido altísimo”. “Mi esperanza”, añade, “es que se pueda leer como una contribución a la reconciliación, lo que no quiere decir olvido, sino comprensión”.
Preston cree que un historiador suma varias actitudes. Una es la detectivesca, otra, la de empatizar con los demás. Sabiendo esto es fácil entender por qué su esposa, Gabrielle, le encontraba llorando con frecuencia al volver del trabajo. ¿Qué otra cosa puede hacer alguien cuando se pone en la piel del doctor Temprano o de Amparo Barayón para reconstruir el derrumbe de sus vidas?
Tras la ocupación de Mérida por los rebeldes, se dejó en manos de Manuel Gómez Cantos, un brutal guardia civil, la supervisión de la limpieza. Preston narra su retorcida triquiñuela: “A diario, durante un mes entero, Gómez Cantos recorrió el centro de la ciudad en compañía del doctor Temprano, un republicano liberal, para tomar nota de quienes lo saludaban. De esta manera identificó a sus amigos y pudo detenerlos, tras lo cual él mismo mató al doctor”.
Ramón J. Sender, escritor de éxito y de izquierdas, y su esposa, Amparo Barayón, estaban de vacaciones en Segovia con sus dos hijos en julio de 1936. El novelista regresó a Madrid. Amparo y sus hijos se refugiaron en su Zamora natal por considerarlo un lugar más seguro. El 28 de agosto, Amparo, junto a Andrea, su bebé de siete meses, fue encarcelada por el delito de protestar por la ejecución de su hermano. La maltrataron, la vejaron y, el día antes de ejecutarla, le arrancaron a su hija de los brazos para internarla en un orfanato católico.
Es probable que el historiador también hubiera llorado con el testimonio de Mercedes, el nombre falso de una anciana real que perdió a 18 familiares. En el pueblo de Toledo donde ocurrieron los hechos, hace unas semanas revivía lo ocurrido: “En el 36 yo tenía 12 años. Echaron al río Tajo a los dos primeros tíos que mataron, pero el cuerpo de mi tío médico orilló en un pueblo y el forense lo reconoció porque habían sido compañeros de estudio. Al terminar la guerra nos lo entregó. Eran forasteros los que venían a asesinar a la gente que señalaban los del pueblo. A otros tíos los mataron detrás del cementerio. A mi padre lo dejaron morir desangrado, después de tirotearlo por intentar escapar. Yo creo que Dios quiso mucho a mi abuela porque murió el 22 de enero de 1936 y no vio lo que les esperaba a sus 14 hijos”.
Las mujeres de la familia sobrevivieron con el alma en vilo, entre amenazas y humillaciones. “Nos llamaban los cuervos negros porque íbamos de luto, a veces venían milicianos a exigir que les diéramos cena y cama, y acabaron echándonos del pueblo”. Salieron adelante gracias a gestos solidarios (recibían pan gratis a hurtadillas) y a bordados a destajo de hoces y martillos para la ropa de hombres que odiaban.
Al final de la guerra volvieron al pueblo, enterraron con honores a sus muertos y acudieron a los consejos de guerra como espectadoras. A veces, Mercedes se encuentra a cómplices de los verdugos en el centro de salud o en la carnicería.
Los vencidos no pudieron enterrar a sus muertos ni pedir justicia. Ya con Franco en el poder, unos 20.000 republicanos fueron ejecutados, entre ellos Lluís Companys, a pesar de que había salvado a millares de religiosos y otros amenazados por la furia revolucionaria mientras presidió la Generalitat de Cataluña (10.000 personas salieron en barco gracias a sus pasaportes). Después de muerto, un tribunal confiscó los bienes de la familia Companys y se los adjudicó al Estado. La represión se heredaba. Una anomalía que ya habían anticipado los rebeldes durante la guerra en Burgos, donde Preston ubica el fusilamiento de varias mujeres por el “derecho de representación” de sus maridos huidos.
A las mujeres no bastó con matarlas. Falangistas y soldados usaron con saña la violencia sexual, aunque resulta imposible delimitar su impacto: la violación se borraba a menudo con el asesinato. Preston diferencia la actitud en zona republicana, donde las agresiones sexuales fueron aisladas, y en zona rebelde, donde los mandos militares alentaron los abusos. “Legionarios y regulares han demostrado a los rojos cobardes lo que significa ser hombres de verdad. Y a la vez a sus mujeres. Esto es totalmente justificado porque estos comunistas y anarquistas predican el amor libre. Ahora sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricones. No se van a librar por mucho que berreen”, inflamaba en sus discursos radiofónicos Queipo de Llano.
“La colosal diferencia entre ambas zonas”, señala Preston, “tiene que ver con que uno de los principales fundamentos de la República era el respeto hacia las mujeres. En la zona rebelde, la violación sistemática por parte de las columnas africanas se incluye en el plan de imponer el terror”. Durante dos horas, las tropas disponían de libertad plena para dar rienda suelta a instintos salvajes en cada localidad conquistada. Las mujeres entraban en el botín. Preston describe la escena que presenció en Navalcarnero el periodista John T. Whitaker, que acompañaba a los rebeldes, junto a El Mizzian, el único oficial [general] marroquí del ejército franquista, ante el que conducen a dos jóvenes que aún no habían cumplido 20 años. Una era afiliada sindical. La otra se declaró apolítica. Tras interrogarlas, El Mizzian las llevó a una escuela donde descansaban unos 40 soldados moros, que estallaron en alaridos al verlas. Cuando Whitaker protestó, El Mizzian le respondió con una sonrisa: “No vivirán más de cuatro horas”.
El periodista John T. Whitaker escribió sobre algunos de los episodios más salvajes del avance rebelde: la matanza de 200 heridos indefensos en un hospital de Toledo o la masacre de la plaza de toros de Badajoz. Preston recupera la respuesta del general Yagüe a Whitaker, que dio la vuelta al mundo: “Claro que los fusilamos. ¿Qué se esperaba usted? ¿Cómo iba a llevarme a 4.000 rojos, cuando mi columna avanzaba contrarreloj? ¿O habría debido dejarlos en libertad para que volvieran a convertir Badajoz en una capital roja?”.
Al otro lado: Paracuellos. Las conclusiones de Paul Preston no gustarán a Santiago Carrillo. “Decir que no tiene nada que ver es tan absurdo como declararle el único responsable”, resume el hispanista en Londres. Tras un denso capítulo dedicado a las sacas de prisioneros militares para ser ejecutados mientras las tropas de Franco asediaban un Madrid rebosante de ira contra el enemigo, el historiador concluye que Carrillo estuvo “plenamente implicado” en la decisión y la organización de las ejecuciones, a pesar de sus desmentidos. En sus memorias, Carrillo asegura que se limitó a ordenar la evacuación de presos para evitar que se perdiese Madrid (los rebeldes habían llegado a la Ciudad Universitaria) y que el convoy fue asaltado. El odio a los militares hizo el resto.
Pero los grandes perseguidos en la zona republicana fueron los curas. “Vestir sotana era suficiente para acabar ante un piquete en alguna tapia o cuneta”, escribe José Luis Ledesma en Violencia roja y azul (Crítica). Casi 6.800 religiosos fueron asesinados, a los que se sumaron un sinfín de ataques contra templos y conventos, que fueron incendiados y profanados. “Las iglesias eran saqueadas en todas partes y como la cosa más natural del mundo, puesto que se daba por supuesto que la Iglesia española formaba parte del tinglado capitalista”, escribió George Orwell, tras su experiencia como combatiente en las filas del POUM. En Homenaje a Cataluña (1938) relata que durante sus seis meses de estancia en la zona de España donde también se ponía en pie una revolución solo vio dos iglesias intactas. Los clérigos sufrieron a veces torturas, amputaciones y agonías feroces. Para medir el impacto de esta persecución, el historiador Stanley G. Payne recurre a una comparación: “La fase jacobina de la Revolución Francesa acabó con la vida de 2.000 sacerdotes, menos de un tercio del número de asesinados en España”.
El anticlericalismo fue un rasgo específico del conflicto. El brote no fue espontáneo, claro. “La Iglesia católica, que agita la revolución, era vista como parte del statu quo”, señala Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea. Para entender esta persecución son esenciales los capítulos que Preston dedica a describir la placenta del golpe de 1936. La República había aprobado leyes que relegaban a la Iglesia, aliada histórica de la oligarquía y freno modernizador, al plano privado. Se les retira de los colegios y se establecen normas laicas. Amparados en ellas, algunos alcaldes imponen tasas por tocar las campanas o multan por lucir crucifijos. En respuesta a estas provocaciones, la represión del bienio negro (1934-1936) contra la izquierda es jaleada desde los púlpitos, así que los extremistas se van cargando de plomo.
Casi un millar de religiosos asesinados han sido ya beatificados por el Vaticano, que los honra como “mártires”. Es una memoria selectiva, sin embargo. La Iglesia sigue sin pedir perdón a las víctimas de los curas que empuñaron armas. Unos cuantos. Preston señala que al comienzo de la guerra en numerosas localidades de Navarra faltaban sacerdotes para decir misa porque se habían largado al frente. La violencia de falangistas y militares recibió bendiciones a tutiplén. Entre las rescatadas por el hispanista figura la del canónigo de la catedral de Salamanca, Aniceto de Castro: “Cuando se sabe cierto que al morir y al matar se hace lo que Dios quiere, ni tiembla el pulso al disparar el fusil o la pistola, ni tiembla el corazón al encontrarse cara a la muerte”.
A Unamuno, que había apoyado en las primeras horas el golpe en Salamanca, le horrorizó: “A alguno se le fusila porque dicen que es masón, que yo no sé qué es esto, ni lo saben los bestias que fusilan. Y es que nada hay peor que el maridaje de la mentalidad de cuartel con la de sacristía”.
Vencidos los ateos, anticlericales y masones, la Iglesia se afanó en salvarlos a partir de 1939. Incluso contra su voluntad. Marcos Ana (Alconada, Salamanca, 1920), que se convertiría a su pesar en el preso político más veterano del franquismo, asistió a escenas dantescas en la cárcel: “Vi a un capellán golpear con un crucifijo a un condenado a muerte porque no quería confesarse”. Ninguna superó, sin embargo, lo que vio en el puerto de Alicante el 31 de marzo de 1939, cuando 20.000 desesperados republicanos se descubrieron atrapados en una ratonera, entre las ametralladoras de la División Littorio en tierra y dos minadores en el mar: “Había gente que se tiraba al agua y otros que se saltaban la tapa de los sesos”.
Escuchando a Marcos Ana y leyendo a Preston cobra todo su sentido lo escrito por Arthur Koestler en Diálogo con la muerte (1937) mientras esperaba en una cárcel franquista una ejecución por espionaje que finalmente esquivó: “Otras guerras consisten en una sucesión de batallas, esta es una sucesión de tragedias”.›› 

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