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viernes, 17 de enero de 2014

El final del reinado de Juan Carlos I (1975-2014).

El final del reinado de Juan Carlos I (1975-2014).
*Esta entrada termina al anunciar el Rey el 2 de junio de 2014 su intención de abdicar en su hijo Felipe. Continúa en una entrada sobre el relevo, en la etiqueta de Monarquía.


La coronación en 1975.


Poco antes de la abdicación.

Catón el Viejo acuñó la famosa frase Carthago delenda est (Cartago debe ser destruida) cuando entendió que la tranquilidad y la propia supervivencia de la República romana estarían siempre en peligro a no se que se liquidara al viejo enemigo púnico. El lema ha tenido un éxito largo en la Historia y su fuerza dramática llevó a que José Ortega y Gasset lo usara en un famoso artículo, Delenda est Monarchia, publicado en su diario “El Sol”, el 15 de noviembre de 1930. Lo que ocurrió después es muy sabido. 
Y conecta con lo que se ha urdido entre bastidores en la vida política española en los últimos años.
Se había abierto la veda contra la Monarquía: importantes y nutridos sectores de la derecha y la izquierda confluían en sus objetivos finales de acabar con ella. Bastaba leer en los diarios más afines las plumas más encendidas para aquilatar que veían una oportunidad histórica de eliminar una institución que desde 1975 había frenado los extremismos políticos.
Unos soñaban (y sueñan) con una República conservadora presidida por un Aznar o alguien similar, y otros en una democracia popular a la cubana, presidida por algún exdiputado comunista o algún exjuez famoso,
Pero la Historia española enseña a qué baños de sangre conducen estos experimentos.
La monarquía española ha sido una pieza de clave fundamental en la arquitectura constitucional española desde 1975. La contribución de Juan Carlos I a la estabilidad política y la consolidación democrática ha sido decisiva, con hitos como su apoyo al proceso de Transición tras la muerte de Franco o su papel al impedir el éxito del  golpe de Estado del 23-F en 1982. Pero el paso del tiempo lastró cada vez más la institución, debido al inevitable agotamiento vital del monarca, a situaciones personales lamentables y la falta del adecuado sentido institucional de varios miembros destacados de la familia, en especial del yerno Iñaki Urdangarin, todo lo cual sumió a la Monarquía en su peor crisis desde su acceso al trono.
Urgía una reforma de la Casa del Rey, haciéndola más transparente y eficaz, acompañada de un mayor control de las actividades de los miembros de la familia real, para evitar tentaciones muy peligrosas, que trascienden lo personal o familiar y afectan a todo el país. 
Y, finalmente, era necesaria la abdicación de Juan Carlos I en su sucesor, Felipe, porque la estabilidad y perdurabilidad de la institución son prioritarias, antes que las consideraciones personales de simpatía o el agradecimiento por los servicios prestados.

Un editorial, El prestigio de la Corona [“El País” (30-I-2013)], resumía la posición de los promonárquicos moderados, que valoraban los servicios prestados y apostaban por el mantenimiento de la Corona aunque con imprescindibles reformas:
‹‹A cada incidencia judicial que se produce en el caso Nóos crece la impresión de que los supuestos delitos de corrupción, fraude fiscal y otros bajo investigación afectan a personas al servicio de la familia del Rey. Esta es la sensación aportada por la convocatoria judicial a Carlos García Revenga, secretario de las hijas del Monarca, que durante 19 meses hizo compatible esa tarea con funciones en el Instituto Nóos. Y aunque sería muy deseable la mayor rapidez en la tramitación de un proceso que la opinión pública sigue con pasión, hay que decir que el tempo de la justicia casa mal con las expectativas de la opinión, porque la lentitud es un mal endémico de la justicia en España y no algo que se aplique de modo especial a un asunto en el que está envuelto Iñaki Urdangarin, el yerno del Rey.
Ahora hay que preguntar a García Revenga por el puesto y los asuntos de los que se ocupaba en el Instituto Nóos y su relación con las empresas a las que aquel servía de pantalla, así como sobre el trabajo de consejero que pudo proporcionar a Urdangarin y a su entorno personal o profesional; y eso es lo que el juez se dispone a hacer. Forzoso es reconocer que todos los pasos procesales se están dando y ninguno de ellos debe prejuzgar una culpabilidad o inocencia a priori. El yerno del jefe del Estado y su entorno se encuentran sometidos a la justicia y a esta le corresponde fijar las responsabilidades penales y civiles por las conductas investigadas en el caso Nóos.
Ahora bien, el caso Urdangarin supone un verdadero riesgo para el prestigio de la Corona, como ponen de relieve las encuestas. La imputación de varios delitos al yerno del Monarca mereció en su momento una fulminante reacción por parte de la Casa del Rey, que excluyó a Urdangarin del protocolo de la misma y provocó un explícito recordatorio por parte de don Juan Carlos de que todos los ciudadanos son iguales ante la ley. Urdangarin ha sido excluido también de la página web de La Zarzuela. Falta dar más pasos hacia la institucionalización y hacia la transparencia económica de la Casa del Rey. Una tajante separación entre las funciones públicas de las personas de la misma y cualesquiera otras actividades o negocios privados, habrían evitado la confusión que ahora rodea al secretario de las Infantas.
La institucionalización exige preocuparse también por el príncipe heredero, que hoy cumple 45 años y cuya aportación es importante para la reputación de la Corona. Don Felipe de Borbón, que continúa sin estatuto propio, trabaja mucho, pero con un equipo reducido, tal vez demasiado reducido para quien ejerce funciones de representación y se prepara para desempeñar un papel básico en la estabilidad institucional y el equilibrio de un país afectado por fuertes tensiones políticas y territoriales. Nadie inventaría hoy la Monarquía, pero es indudable que su existencia ha prestado servicios importantes.››

El historiador Antonio Elorza comentaba en La imagen de un rey [“El País” (27-II-2013)] la dramática situación de la institución monárquica:
‹‹La sensación es que nuestro actual Monarca viene padeciendo este síndrome de ensimismamiento conforme se acumulan sobre él los problemas. Tal vez existiera en este caso la confianza en una amplia popularidad, asentada en dos momentos centrales, su iniciativa en la transición democrática y el hecho innegable de que por encima de cualquier punto oscuro, su intervención frenó el golpe de Estado del 23-F. Adhesión, conviene recordarlo, a la persona antes que a la institución monárquica. Pero desde entonces han pasado décadas, las jóvenes generaciones miran de muy lejos dichas efemérides y con la crisis se han acumulado problemas y circunstancias azarosas. Así sucedió con el famoso incidente de la cacería con compañera, descubierto por azar (…).
Lo más preocupante, de cara al mantenimiento del prestigio simbólico de la institución, es la tardanza con que el Rey reacciona a cada uno de los sucesivos conflictos. Así, la renuncia a la excepcionalidad de la gestión de su presupuesto, sometiéndose a la Ley de Transparencia, algo que inevitablemente llegará, le evitaría la imagen actual de defensor de un privilegio obsoleto. Incluso resulta cuestionable su presencia física en lugares calientes de la movilización nacionalista, como sucedió en la final de Vitoria. Una bronca desagradable y perfectamente previsible. Cualquier ministro pudo entregar la copa, sin que el Rey se sometiera a ser el blanco de una manifestación agresiva de rechazo, sirviendo de pretexto con su presencia para amplificar las expresiones del odio a España.
La táctica adoptada ante el caso Urdangarin se sitúa asimismo en esa línea de infravaloración de los riesgos para la institución, provocados por la falta de respuestas a tiempo. (…) Es cierto que aquí no hay Corte, pero sí cortesanos que inevitablemente pueden beneficiarse de la proximidad al Rey o a la Reina, desde una promoción indirecta en sus carreras o en sus posiciones económicas, a raros privilegios en cuanto a obtener un rejuvenecimiento administrativo. Urdangarin habría sido aquí la punta del iceberg y todo indica que el Rey pudo extraer el fruto podrido antes de que contaminara al cesto. La simple adquisición del chalet de Pedralbes fue un indicador clamoroso, sin necesidad de esperar a una intervención judicial que al producirse dañó ya irreversiblemente, y daña, a la institución. (…) Y como todo el mundo reconoce, el gran perdedor de esta historia es el heredero de la Corona.
La declaración de don Juan Carlos, en el sentido de que no abdicará, muestra hasta qué punto la familia real se está convirtiendo en una fortaleza sitiada. Conviene volver la mirada a la abdicación de Eduardo VIII de Inglaterra, cuya enseñanza, aplicada aquí, supone que Urdangarin desde hace tiempo debió ser puesto en total cuarentena, que la propia infanta, al unir su suerte a su marido, tampoco debió figurar, ni siquiera en las expresiones públicas de lo privado. Maquiavelo, a quien celebramos este año, destacó que la modernidad de Fernando el Católico como principe nuovo consistía en su habilidad para lograr que sus decisiones suscitasen la admiración del pueblo. Actitud digna de ser imitada. Aunque tal vez sea ya demasiado tarde.››

El escritor Javier Cercas, en La III República [“El País” Semanal 1.913 (26-V-2013)] resumía con una prosa directa y cargada de buenas razones una perspectiva moderadamente promonárquica, que compartían muchos progresistas.
‹‹No soy monárquico; en realidad, no conozco a nadie con dos dedos de frente que lo sea, al menos en el sentido casi religioso en que tradicionalmente se era monárquico. Dicho esto, no creo que el dilema político que afrontamos sea el que obliga a elegir entre monarquía y república; es más: mi impresión es que plantear ese dilema es una forma de eludir los problemas reales de este país, igual que, como suele decirse con razón, es una forma de eludir los problemas reales de Cataluña plantearse en serio la independencia. Mil veces prefiero una monarquía en una democracia que funciona, como la sueca, que una república en una democracia que no funciona, como la siria. No digo que una monarquía arreglase nada en Siria; lo que me pregunto es qué arreglaría una república en España: ¿cómo reduciría el paro? ¿Cómo reactivaría la economía? ¿Cómo mejoraría la educación y la sanidad? ¿Cómo reduciría el poder de los partidos políticos y los sometería a un control real? En resumen, ¿por qué una república sí haría lo que no hace una monarquía? O dicho de otro modo: lo fundamental en España, como en cualquier otro sitio, no es si vivimos en una monarquía o en una república, sino si vivimos en una democracia mejor o peor. Por lo demás, igual que no entiendo la adhesión sentimental a la monarquía, tampoco entiendo la adhesión sentimental a la república (o, ya puestos, a la patria catalana, o a la española); o sí lo entiendo, pero me parece cursi y peligroso: convertir los sentimientos en carburante de la política es una obscenidad que solo suele provocar catástrofes.
Hay más. Porque lo que me temo que no entienden muchos defensores de la III República es que, en cierto sentido, le están dando la razón a nuestra derecha más reaccionaria. No me refiero al hecho conocido de que determinados sectores de esa derecha hayan decidido combatir a la monarquía; me refiero, sobre todo, a que reivindicar la III República puede ser una forma de legitimar el relato que la derecha hace de nuestro pasado reciente (y no olviden que quien controla el pasado controla el futuro). Según él, nuestro actual sistema político no procede de la II República, que fue el último experimento democrático de este país; procede del franquismo, que no sólo puso las bases económicas de la democracia –lo que es totalmente cierto–, sino también las políticas, puesto que buscaba un sistema de libertades como desembocadura natural a sus cuatro décadas de dictadura –lo que es totalmente falso–. En realidad, la máxima virtud de la Transición fue que, sin decirlo, quizá sin quererlo del todo alguno de sus protagonistas, devolvió a nuestro sistema político la legitimidad democrática que había tenido durante la II República y que el franquismo destruyó. De ahí la paradoja en la que vivimos: si esta democracia es la heredera de la democracia de los años treinta, esta monarquía es la heredera de la II República, no sólo porque, con todos sus defectos, nuestro ordenamiento político es mucho más progresista y más moderno que aquél, sino sobre todo porque los mejores valores que allí se defendían pueden y deben seguir defendiéndose aquí.
No soy monárquico, ya digo, pero, como muchos, practico una adhesión laica e instrumental a la monarquía; esto significa que si la institución deja de ser útil o se convierte en un problema porque no se acometen las reformas que necesita, dejaré de practicarla. Sólo entonces me plantearé la III República, aunque no sin recordar que si se cambia la monarquía, hay que cambiarlo todo, de arriba abajo. ¿Es el momento de cambiarlo? Los republicanos sentimentales denuncian que para los monárquicos instrumentales nunca es el momento: si las cosas van bien, porque para qué cambiar; si las cosas van mal, porque no es aconsejable cambiar de caballo mientras se cruza el río. Por supuesto, tienen razón, pero es que la realidad no entiende de sentimientos. Desde hace ya tiempo sabemos que para ser progresista hay que ser conservador, al menos en algunas cosas: hay que conservar lo que queda de planeta; hay que conservar la democracia y el Estado de bienestar; hasta hay que conservar entera Europa (y, ya de paso, este país). Lo que no sabíamos es que todo esto también nos obligaría a los republicanos a defender la monarquía. Hay que joderse.››

En septiembre de 2013 una nueva recaída de salud del monarca replanteó la conveniencia de una abdicación, que el Rey descartaba, pero que muchos expertos y analistas veían inevitable porque las continuas interrupciones en sus funciones obstaculizaban el desarrollo pleno de sus competencias, y asimismo las encuestas revelaban el creciente distanciamiento de gran parte de la opinión pública respecto a la Corona, tomando como causa principal los errores en la conducta privada del rey, aunque todavía persistía un agradecimiento (patente en los partidos mayoritarios, el PP y el PSOE) por sus muchos servicios en el pasado.
En 2014 las encuestas reflejaban el paulatino deterioro del prestigio personal del rey y la preferencia por su esposa y el príncipe. La abdicación ganó de día en día más adeptos.
El 2 de junio, finalmente, el rey abdicó en su hijo.
Felipe VI fue proclamado Rey el 19 de junio de 2014.

Fuentes.
Internet.

Libros.
Powell, Charles T. El piloto del cambio: el rey, la monarquía y la transición a la democracia. Planeta. Barcelona. 1991. 325 pp. Charles T. Powell (Madrid, 1960), de nacionalidad hispano-británica, de padre inglés y madre española, es profesor universitario en Madrid y se ha especializado en historia contemporánea de España. En su producción destacan tres libros sobre la Transición española.
Romero, Ana. Final de partida, la crónica de los hechos que llevaron a la abdicación de Juan Carlos I. La Esfera de los Libros. Madrid. 2015. Reseña de Díez, Anabel. Spottorno, Sanz Roldán y Felipe González resultaron claves en la abdicación del Rey. “El País” (23-IV-2015) 18.

Artículos.
Junquera, Natalia. El Rey: ‘Falta un España más igualitaria’. “El País” (5-I-2013) 10-11.
Rodríguez, Jesús. Palabra de don Juan Carlos. “El País” (5-I-2013) 10-13.
Junquera, Natalia. …Y volvieron los momentos difíciles para la Corona. “El País” (5-I-2013) 12-13.
Junquera, Natalia. ‘La Transición nos pilla muy lejos’. “El País” (5-I-2013) 13. La popularidad del rey Juan Carlo ha caído entre los jóvenes.
Junquera, Natalia. El Rey afronta su mayor reto desde el 23-F. “El País” (6-I-2013) 10-11.
Toharia, José Manuel. La Corona mantiene su apego popular. “El País” (6-I-2013) 12.
Redacción (editorial). El prestigio de la Corona. “El País” (30-I-2013) 26.
Rodríguez, Jesús (texto); Rajotte, James (fotos). El tiempo del príncipe. “El País” Semanal 1.896 (27-I-2013) 26-33. El príncipe Felipe de Borbón cumple 45 años.
Junquera, Natalia. Juan José Solózabal / Catedrático de Derecho Constitucional. ‘La Corona debería estar incluida en la Ley de Transparencia’. “El País” (16-II-2013) 18.
Elorza, Antonio. La imagen de un rey. “El País” (27-II-2013) 29.
Gutiérrez-Rubí, Antoni. La transición de la Monarquía. “El País” (4-III-2013) 27.
Garea, Fernando. El debate sobre la Corona irrumpe en la agenda política. “El País” (7-IV-2013) 14-15.
Garea, Fernando. El apoyo al Rey se desploma, sobre todo entre los jóvenes. “El País” (7-IV-2013) 16.
Toharia, José Juan. Qué está en crisis y qué mantiene a España. “El País” (7-IV-2013) 16.
Sánchez-Mellado, Luz. Del paraíso al infierno real. “El País” (7-IV-2013) 18-19.
Casanova, Julián. Monarquía o república. “El País” (7-IV-2013) 19.
Junquera, Natalia. Los gastos de palacio, viajes, seguridad y contratos de La Zarzuela serán públicos. “El País” (8-IV-2013) 12.
Gutiérrez Calvo, Vera. El PSOE pide que se haga público el patrimonio ‘privado’ de la familia real. “El País” (9-IV-2013) 14.
Reverte, Jorge M. La Corona. “El País” Domingo (14-IV-2013) 13.
Rey, Fernando. La crisis del modelo de Monarquía blindada. “El País” (26-IV-2013) 35.
García Pablos, Antonio. El juez de Berlín. “El País” (1-V-2013) 27. Hay que confiar en la independencia de la Justicia y en que la Monarquía soportará las dificultades que vendrán.
Moreno Luzón, Javier. Para recuperar lo perdido. “El País” (6-V-2013) 33. El catedrático de Historia del Pensamiento en la Universidad Complutense de Madrid repasa la historia de la monarquía española desde Alfonso XIII y preconiza un nuevo consenso sobre la Corona.
Junquera, Natalia. El Rey entrega al Gobierno el ‘Fortuna’ por austeridad. “El País” (17-V-2013) 12.
Ruiz Robledo, Agustín. Lo sustancial y lo secundario en la Monarquía. “El País” (6-VI-2013) 35.
Garea, Fernando. Cargos de todos los partidos critican al Rey y le piden que se disculpe. “El País” (17-IV-2012) 11.El escándado de la cacería real en África aviva un incipiente rechazo de la opinión pública a la monarquía, afectada por el 'caso Urdangarín' y otros problemas.
Mosterín, Jesús. La real gana de matar. “El País” (18-IV-2012) 31.
AA.VV. Especial sobre la disculpa del Rey por su cacería en Botsuana. “El País” (19-IV-2012) 1 y 8-13. Cué, Carlos E.; Galaz, Mabel. ‘Lo siento mucho. Me he equivocado y no volverá a ocurrir’ (1). El rey pide perdón para frenar la crisis (8). Ramoneda, Josep. El desgobierno (13). Redacción (editorial). Gesto sin precedentes (26). Torres, Maruja. Ni uno más. “El País” (19-IV-2012) 56.
Toharia, José Juan. Los españoles y las instituciones. 4. La Corona. Un anacronismo que funciona. “El País” (26-VIII-2012) 20.
Galaz, Mábel; Cué, Carlos E. El Rey, a los independentistas: ‘Lo peor ahora sería perseguir quimeras’. “El País” (19-IX-2012) 10-11.
Junquera, Natalia. La cadera devuelve al Rey al quirófano. “El País” (21-IX-2013) 12-13. La recuperación tardará meses y resurge la cuestión de la abdicación.
Junquera, Natalia. Un nuevo bajón en plena remontada. “El País” (22-IX-2013) 16-17. Los problemas de salud del Rey replantean la cuestión de la abdicación.
Cué, Carlos E. PP y PSOE abren la puerta a regular ‘con prudencia’ el papel del Príncipe. “El País” (24-IX-2013) 10.
Fabra, María. Un Príncipe sin funciones. “El País” (29-IX-2013) 19. La Constitución no da responsabilidades ni garantías al príncipe heredero.
Junquera, Natalia; González, Miguel. El Príncipe exalta la unidad de España. “El País” (13-X-2013) 16.
Galaz, Mábel. Sofía la Pacificadora. “El País” (26-X-2013) 39-40. La Reina Sofía cumple 75 años y es uno de los mejores activos de la monarquía española.
Quetglas, M. Eugènia. Felip espera pacient que arribi el seu torn. “El País” Negocios 1.472 (19-I-2014) 9.
Juliá, Santos. La erosión de la Monarquía. “El País” (2-II-2014) 37. Aboga por la abdicación del rey por motivos de edad.
Junquera, Natalia. El Rey ‘profesionaliza’ a la Reina y a la Princesa al ponerles un sueldo. “El País” (4-II-2014) 10.

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