Blogs de Antonio Boix

Mis blogs son Altamira (Historia del Arte, Cine, Televisión, Fotografía y Cómic), Heródoto (Ciencias Sociales y Pensamiento) y Mirador (Joan Miró, Arte y Cultura Contemporáneos).

domingo, 16 de febrero de 2014

La revisión por Enrique Gil Calvo en 1996 de las teorías de Hirschman sobre las reformas de la democracia.

La revisión por Enrique Gil Calvo en 1996 de las teorías de Hirschman sobre las reformas de la democracia.

Enrique Gil Calvo.

Albert O. Hirschman.
Enrique Gil Calvo, en el artículo Revolución liberal [“El País” (29-VI-1996)], revisó las ideas que le surgieron en el curso de doctorado que impartió en 1996 sobre la obra del economista y ensayista alemán Albert. O. Hirschman (1915-2012), profesor en Princeton y autor de Retóricas de la intransigencia.
Hirschman analiza los tres tipos de crítica que se suelen esgrimir contra los intentos de cambiar la sociedad desde el Estado. Los conservadores se oponen al intervencionismo reformista: primero, porque genera efectos secundarios o colaterales de naturaleza perversa o contraproducente (retórica de la perversidad); segundo, porque pone en peligro y amenaza con arruinar los avances ya conquistados anteriormente (retórica del riesgo); y tercero, porque resulta infructuoso, dada la inutilidad redundante de sus efectos superficiales (retórica de la futilidad).
Hirschman, empero, concluye que también los progresistas han caído en la tentación de esgrimir las mismas figuras retóricas, sólo que utilizadas en su sentido opuesto, tratando de promover el cambio interventor. En efecto, la retórica progresista, sea reformista o revolucionaria, suele defender sus propuestas de ingeniería social alegando: primero, que si no se interviene con urgencia, la situación se deteriorará y devengará insostenible (perversidad del inmovilismo); segundo, que es imprescindible intervenir para poder reforzar y consolidar los avances previos, profundizando en ellos (riesgo del inmovilismo), y tercero, que inútil oponerse a la inminencia del cambio ineluctable, que de todos modos se impondrá por sí solo (futilidad del inmovilismo). Y Hirschman remata su libro alertando contra las falacias ocultas tras las tres retóricas, ya sea que se usen para oponerse al cambio, al modo conservador, o para exigirlo, al modo progresista.
Gil Calvo propone una vuelta de tuerca en la tesis de Hirschman, con la ayuda de Giddens y Popper.
Se basa en Giddens para explicar que los socialistas se están convirtiendo al conservadurismo, al menos en su aspecto retórico, ya que su denuncia de la revolución neoconservadora repite el mismo esquema conservador, con la profecía de una cascada de catástrofes—desempleo, especulación, miseria, abandono de los servicios sociales..., caso de triunfar la mentada revolución. Otra lectura es que los mismos conservadores están también copiando la retórica progresista, proponiéndose como revolucionarios defensores de un cambio necesario y que han conseguido convencer a los socialistas de que los conservadores son los verdaderos portadores del cambio (los socialistas se convertirían así en conservadores a su pesar, al oponerse a esos cambios necesarios).
Aplica estas ideas a desmontar las falacias de las propuestas neoliberales, que nos proponen la perversidad, el riesgo y la futilidad de oponernos a los cambios de la globalización y la privatización. Afirma que el Estado del bienestar no es quien derrocha el dinero, sino el capital especulativo. Acusa a estos liberales de ser posliberales, ya que niegan la libre decisión de los humanos, que no podrían oponerse a las reglas de un mercado que acabaría imponiéndose pese a la fútil resistencia.
Gil Calvo acaba recurriendo a Popper: «¿Cabe extraer alguna moraleja de este trueque de retóricas entre conservadores y progresistas, que entrecruzan sus compromisos cambiantes? Puede que sí, pues basta reconocer, para rehuir tanta falacia, que ninguna profecía está predestinada a cumplirse: ni las catastróficas ni las providenciales. Y para ello quizá convenga aceptar un cierto retorno a Popper. Pero no al Popper antiestatal, sino al adalid de la sociedad abierta, que rechaza toda profecía y descarta la necesidad tanto del futuro perfecto (retórica de la providencia) como del imperfecto (retórica del efecto perverso). No es preciso creer en la revolución posliberal, ni aceptar por tanto la necesidad de sus consecuencias benéficas o perversas, pues todo futuro está necesariamente abierto: y si es reformable sobre la marcha, se debe sólo a su carácter impredecible, contingente, revocable e incierto».

Fuentes.
Internet.
[http://www.possibilismo.it/?p=152] Obituario de Hirchsman, con su foto.
Artículos.

Gil Calvo, Enrique. Revolución liberal. “El País” (29-VI-1996).