Blogs de Antonio Boix

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lunes, 3 de febrero de 2014

VI. Helenismo y cristianismo en los primeros siglos.

VI. HELENISMO Y CRISTIANISMO EN LOS PRIMEROS SIGLOS.
1: Cristianismo y filosofía.

2: Las condiciones históricas y sociales.
Bandinelli nos refiere que la crisis del Imperio es al mismo tiempo política, económica, social y, sobre todo, espiritual, en la filosofía y en la religión. «En el abandono de la tradición helenística, en el gran giro que pone fin al arte de la antigüedad y señala el comienzo de la cultura artística bizantina y medieval, han actuado antes que nada fermentos internos de la sociedad romana, que han conducido a un profundo cambio de sus estructuras e ideologías y, por tanto, de su expresión artística» [Bandinelli. Del Helenismo a la Edad Media: 146.]
Esta crisis espiritual la advertimos ya en las Meditaciones de Marco Aurelio, hacia 170 dc: «Adonde puede un hombre retirarse mejor que a su propia alma».
En lo religioso el politeísmo pagano (tan racional y tolerante) va siendo sustituido progresivamente a lo largo del siglo III por las religiones orientales: mitraísmo, culto de Isis, etc., y sobre todo por el propio cristianismo. Estos cultos se asemejan en su monoteísmo (a veces encubierto), las prácticas rituales y místicas, y la vertiente de la irracionalidad.
El cristianismo aportó una nueva teoría del destino humano. Los apologetas de la Iglesia primitiva entraron en polémica con la filosofía y la cultura paganas, pero terminaron por servirse de ellas. Entre los Padres de la Iglesia, la primera gran personalidad filosófica fue san Agustín, que unió a su gran humanidad un profundo conocimiento del estoicismo y el neoplatonismo.


3: Influencias neopitagóricas, platónicas y estoicas.

4: La Patrística.
5: La estética en la Patrística.
San Agustín unirá el concepto plotiniano de Luz al clásico de la Proporción, aunando el Neoplatonismo y la cultura grecorromana. Los autores principales, entre los siglo III y VI, tanto en Oriente como en Occidente, desde San Jerónimo hasta San Gregorio Magno, cristianizan los contenidos y las formas clásicos, sin llegar jamás a una ruptura total. Herederos de lo clásico, formados en sus libros, no podían dejar de estar influidos por el mundo antiguo.
No surgen en la Edad Media tratados sistemáticos sobre la Estética, pues la belleza es un atributo exclusivo de Dios, siendo la belleza sensible un mero reflejo (por emanación) de la Belleza, pero sí se dan opiniones extrapolables a una esté­tica general, resumible en cinco puntos:
- Toda forma natural sólo será bella si «participa» por reflejo de los atributos de la Divinidad. El Arte es un medio para acceder a la Belleza, a Dios.
- El culto a la proporción, de influencia pitagórica y clásica, se cristianiza. Para San Agustín, nuestro Dios, único e inmutable, ha creado el mundo según leyes de armonía y orden, de rango numérico. Esto revaloriza las artes que utilizan las matemá­ticas, en especial la música y la arquitectura, mientras que las artes plásticas se desprecian como ilusorias.
- La fuerte tendencia hacia el simbolismo. El símbolo y la alegoría son conceptos que surgen de la obra de Plotino y de fuentes bíblicas. El símbolo será un paso más en la ascensión hacia Dios. Cristo será el Buen Pastor, el demonio será la serpiente. Así la función del arte será mostrar la realidad trascendente, con signos espirituales y esquemáticos, incluso sustituyendo la figuración con signos convencionales.
- La atracción por la luz y el brillo.
- La utilidad de la belleza, la “utilitas” como norma artística, ya defendida por San Basilio en el siglo IV. El Génesis dice que si el mundo es hermoso es por­que alcanzó los motivos por los que fue creado. Esta tesis influirá luego en la polémica iconoclasta.
En definitiva la Patrística establece el dogma artístico de que el contenido del Arte lo fija el teólogo, mientras que el artesano será un simple ejecutor de sus órdenes. Sólo el hombre santo capta la verdadera belleza.
La belleza terrestre es pues sólo una Teofanía, una manifestación simbólica de la belleza de Dios y por ello se cristianizan el número y la proporción. Así, el baptisterio es usualmente octogonal porque el 8 es un número simbólico de la Resurrección, en el octavo día tras la Creación, y en Cluny se prestigia la relación 1/3 como símbolo de la Trinidad.
El arte figurativo puede verse así desde dos posiciones: 1) aceptado como Teofanía, 2) rechazado como poco divino o demasiado natural. Esta polémica perdurará hasta el siglo IX.
En la polémica intervienen factores contradictorios: la crisis tardorromana es a la vez política, económica, social, cultural y religiosa, con la oficialización y extensión de una religión oriental, servida por intelectuales educados en la tradición cultural grecorromana, mientras que al mismo tiempo se tiende a una semidivinización del emperador (de acuerdo a influencias también orientales, ya presentes en la época clásica de Augusto).
1) A favor de la imagen religiosa hay factores como:
- La relevancia político-religiosa de la imagen del emperador, plasmada en todos los lugares del Imperio.
- La iconodulia siempre presente en las religiones al venerar los objetos asociados a los santos o a la Divinidad (las reliquias santas), dotados de un sentido mágico si tienen una «autenticidad inherente». Esta icodulia es evidente ya en los primeros siglos del cristianismo. San Gregorio Magno establecerá que basta cualquier objeto tocado por un cuerpo santo.
2) En contra de la imagen religiosa hay factores como:
- La raíz judía de la religión cristiana, siempre contraria a las imágenes.
- La actitud de las clases elevadas del Imperio, que rechazan la figuración por estar asociada a las clases bajas.
3) La vía intermedia se sostiene sobre la filosofía neoplatónica, defendida por Plotino, que valora las imágenes como portadoras de belleza, aunque con severas condiciones.
Estas tres líneas confluyen sobre la doctrina de la Patrística, explicando la dificultad de un criterio uniforme. Las dos posiciones fundamentales serán durante largo tiempo:
1) Rechazo de las imágenes artísticas, con San Clemente de Alejandría (siglo III) y San Agustín (siglo V). Este dirá: «La belleza no puede percibirse en ninguna materia corpórea».
2) Aceptación de las imágenes artísticas siempre que tengan un carácter religioso, por su valor simbólico, no por su valor como ídolo.
Esta polémica se extiende a Bizancio, que sufre la crisis iconoclasta, y el Islam, que como todas las religiones semíticas rechaza o minusvalora desde un principio la imagen. En Occidente la polémica queda marcada por la invasión de los pueblos germánicos, que por un lado acrecientan el poder de la Iglesia y por el otro traen su propia tradición no figurativa.
Hasta el siglo VI, con el papa San Gregorio Magno (590-604), no se llega a un criterio común en Occidente, que perdurará hasta el siglo XIV. En una carta al obispo iconoclasta de Marsella, el papa acepta el papel de las imágenes religiosas, por su función utilitaria de docencia (no por la de la veneración), pues la imagen potencia la aprehensión de los contenidos orales (era una cultura iletrada) y estimula una conducta correcta de los fieles (por su impacto emocional). 

6: El gnosticismo.

7: La escuela de Alejandría.

8: Clemente y Orígenes: la síntesis de filosofía y revelación.

9: La filosofía de Basilio y Gregorio Naciano.

10: Gregorio de Nicea.

11: El neoplatonismo greco-cristiano: el Pseudo-Dionisio.