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domingo, 25 de mayo de 2014

El carlismo en la España contemporánea. Resumen.

EL CARLISMO.
El mayor enfrentamiento político en la España del siglo XIX opuso a dos movimientos político-sociales, el carlismo y el liberalismo.
El carlismo era conservador, absolutista, católico, de bases campesinas. El apoyo de los campesinos pequeños y medianos al absolutismo debe explicarse por su fundado temor a las reformas liberales, que suprimían la propiedad comunal de los ayuntamientos que les beneficiaba, y por la propaganda conservadora del clero, que perdía su acendrado poder con las reformas.
El liberalismo tuvo su apoyo en la aristocracia, la burguesía y el proletariado urbano, la burocracia y el ejército, partidarios de las reformas. Fue una lucha entre el campo con­servador y la ciudad progresista (incluso en las zonas carlistas las ciudades fueron contrarias al carlismo y lucharon con firmeza).
La división de la Corte y las dudas del rey sobre la sucesión llevaron a este, durante una grave enfermedad suya, al momento de debilidad de los Sucesos de la Granja del otoño de 1832, cuando restauró la línea sucesoria masculina a favor de su hermano Carlos María Isidro de Borbón, para luego, al mejorar su salud, volver a sostener los derechos de su hija.
Al morir finalmente Fernando VII en 1833, estalló la guerra civil.
 Los absolutistas intransigentes sostuvieron los derechos de Don Carlos (y por eso se llamaron carlistas), mientras que los absolutistas moderados y, sobre todo, los liberales, apoyaron a Isabel II. En las guerras carlistas no se estaba decidiendo si debía reinar un hombre o una mujer; lo que en el fondo enfrentaba a los dos bandos era si España continuaría siendo una monarquía absoluta del Antiguo Régimen o si se establecería una monarquía constitucional.
La primera guerra carlista (1833-1840).
El mayor problema de los primeros años de Isabel II fue la guerra civil contra los carlistas. Las principales bases territoriales del carlismo fueron el País Vasco, Navarra, el Maestrazgo (en la actual provincia de Castellón) y las comarcas interiores de Cataluña, pero le faltaban una región triguera y una gran ciudad para poder soportar una larga guerra y la lucha se limitó a múltiples combates de guerrillas o de pequeñas unidades militares. En las demás zonas (Cataluña, Aragón, Castilla, La Mancha), la actividad de los carlistas sobre el terreno (requisas de alimentos) le hizo perder el apoyo de los campesinos y se convirtieron en bandoleros.
Los héroes militares de cada bando fueron el carlista Zumalacárregui, que or­ganizó el ejército y se apoderó de la mayor parte de Navarra y el País Vasco, pero murió en el sitio de Bilbao en junio de 1835; el también carlista Cabrera, que operó con éxito en el Maestrazgo; y el liberal Espartero, que nunca fue derrotado.
Los carlistas fracasaron en sus intentos de tomar Bilbao (1835-1836) y Madrid (Expedición Real de mediados de 1837), mientras que los liberales se beneficiaron del apoyo de Francia y Gran Bretaña.
El conflicto terminó con el “Abrazo de Vergara” (27 de agosto de 1839), entre Espar­tero y el general carlista Maroto, que reconocía los fueros, los cargos de los militares carlistas y una amnistía. El éxito militar contribuyó a acelerar la carrera política de Espartero, que des­plazó a María Cristina en 1840 y se convirtió en regente.

La segunda guerra carlista (1846-1849).
Entre 1846 y 1849 surgió un nuevo levantamiento carlista en Cataluña, con una gran actividad guerrillera dirigida por Cabrera, pero nunca consiguió grandes éxitos.
Durante el reinado de Isabel II el carlismo se dividió y algunos pretendieron un acuerdo dinástico con la boda de las dos ramas de los Borbones. Hubo algunos levantamientos fracasados, como el del general Ortega en 1860.
La tercera guerra carlista (1872-1875).
La revolución de 1868 alentó de nuevo al carlismo, engrosado con muchos monárquicos y neocatólicos (Nocedal), y se transformó en un partido parlamentario de amplia base popular.
La guerra comenzó en 1872, dirigida por Carlos VII en el País Vasco y Navarra, y por su hermano Alfonso Carlos en Cataluña, pero se volvió a fracasar en el ataque a Bilbao. Finalmente, la restauración de Alfonso XII debilitó sus bases sociales y políticos, y terminó la guerra en 1876.
Evolución posterior del carlismo.
Durante la Restauración el carlismo se adaptó a los cambios sociales, siempre como una fuerza política conservadora, asumiendo la bandera ideológica del “tradicionalismo” regionalista y católico. Creció durante la II República y participó activamente (unos 100.000 voluntarios, sobre todo navarros) al lado de los rebeldes franquistas en la Guerra Civil de 1936-1939 y fue uno de los principales grupos de apoyo al franquismo en sus primeros años.

Una parte del carlismo evolucionó hacia posiciones democráticas y se convirtió hacia 1975 en una importante fuerza de la oposición al franquismo. En los años siguientes, con el asentamiento de la monarquía democrática de Juan Carlos, perdió casi toda su base social y desde 1999 es sólo un residuo testimonial.