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domingo, 25 de mayo de 2014

La Historia de España en el siglo XIX. Un resumen.

LA HISTORIA DE ESPAÑA EN EL SIGLO XIX. UN RESUMEN.
1. LA CRISIS POLÍTICA DEL ANTIGUO RÉGIMEN EN EL REINADO DE FER­NANDO VII.
1.1. LA GUERRA DE INDEPENDENCIA Y LAS CORTES DE CÁDIZ.
EL INICIO DE LA GUERRA.
El desprestigio de Carlos IV y Godoy.
El motín de Aranjuez.
La crisis de Bayona.
El levantamiento popular.
Las Juntas revolucionarias.
La revolución liberal de España.
Los afrancesados.
LA CONSTITUCIÓN DE CÁDIZ (1812).
1.2. LA REACCIÓN: EL PRIMER SEXENIO (1814-1820).
EL REGRESO DE FERNANDO VII.
EL RECHAZO DE LA CONSTITUCIÓN.
LA FASE ABSOLUTISTA: PERSECUCIÓN DE LOS LIBERALES.
1.3. EL TRIENIO LIBERAL (1820-1823).
EL GOLPE DE RIEGO.
EL GOBIERNO DE LOS LIBERALES.
LA REACCIÓN.
1.4. LA DÉCADA ABSOLUTISTA (1823-1833).
LOS INTRANSIGENTES.
LA CUESTIÓN DINÁSTICA.

2. LA ESPAÑA ISABELINA (1822-1868).
2.1. REGENCIAS DE MARÍA CRISTINA Y ESPARTERO (1834-1844).
2.2. LA DÉCADA MODERADA (1844-1854).
2.3. EL BIENIO PROGRESISTA (1854-1856).
2.4. LOS MODERADOS Y LA UNIÓN LIBERAL (1856-1868).

3. EL SEXENIO REVOLUCIONARIO (1868-1874).
3.1. LA REVOLUCIÓN DE SEPTIEMBRE.
3.2. REINADO DE AMADEO DE SABOYA (1871-1873).
3.3. LA PRIMERA REPÚBLICA (1873-1874).

4. LA ESPAÑA DE LA RESTAURACIÓN (1874-1902).
4.1. LA RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA.
CÁNOVAS: EL ARTÍFICE.
EL GOLPE DE SAGUNTO.
4.2. EL SISTEMA POLÍTICO DE LA RESTAURACIÓN.
INSTITUCIONES HISTÓRICAS.
LA CONSTITUCIÓN DE 1876.
DOS PARTIDOS.
4.3. DESARROLLO ECONÓMICO Y TENSIONES SOCIALES.
4.4. LOS NACIONALISMOS EMERGENTES EN LA PENÍNSULA IBÉRICA.
CATALUÑA.
4.5. LA CRISIS DEL 98.


1. LA CRISIS POLÍTICA DEL ANTIGUO RÉGIMEN EN EL REINADO DE FER­NANDO VII.
1.1. LA GUERRA DE INDEPENDENCIA Y LAS CORTES DE CÁDIZ.
EL INICIO DE LA GUERRA.
El desprestigio de Carlos IV y Godoy.
El rey y su primer ministro habían perdido desde hacia tiempo el apoyo popular debido a la crisis política (oposición al nepotismo de Godoy, escándalo por las supuestas relaciones deshonestas de Godoy y la reina, represión sobre los reformistas), bélica (derrotas navales de San Vicente y Trafalgar), económica (malas cosechas, déficit de la Hacienda, interrupción por la flota británica del comercio con América).
La entrada de tropas francesas a principios de 1808 para preparar la invasión de Portugal aumentó el descontento. En marzo llega Murat a Madrid y, cuando el ejército francés es ya superior al español, Napoleón exige la entrega del norte del Ebro a cambio de territorios portugueses y la apertura del comercio americano a los franceses. Godoy decide entonces trasladar la familia real a Andalucía para preparar la resistencia, pero el príncipe Fernando y sus partidarios lo impiden con un motín.
El motín de Aranjuez.
Fernando VII (1808-1833) asciende al trono gracias al motín de Aranjuez (17 marzo 1808), una violenta revuelta popular —organizada por los partidarios del príncipe— que consiguió primero la destitución de Godoy y dos días después la abdicación de Carlos IV. Esta es la primera aparición exitosa del pueblo llano como sujeto de las revoluciones en España y será una enseñanza decisiva para el futuro de estas.
La crisis de Bayona.
Napoleón se propone como mediador entre Carlos IV y su hijo Fernando VII y atrae a la familia real y a Godoy a Bayona. Presiona para conseguir que Fernando devuelva el trono a su padre y luego para que éste se lo ceda a él mismo, que a sus vez lo entrega a su hermano José I, en un acto legitimado por una reunión de Cortes españolas en Bayona (junio 1808), que promulga una Constitución avanzada para atraerse el apoyo de los reformistas.
El levantamiento popular.
El ejército francés ocupaba entonces Madrid, Barcelona y algunas ciudades estratégicas. El alzamiento popular contra los invasores fue espontáneo en los primeros días, como ocurrió el 2 de mayo en Madrid, duramente reprimido.
Las Juntas revolucionarias.
A las pocas semanas ya se habían formado Juntas Revolucionarias para dirigir la resisten­cia. La primera, la de Asturias, declaró la guerra a Francia y solicitó la ayuda inglesa. Llegaron a constituirse hasta 18 Juntas provinciales, con competencias en sus respectivas zonas y organizaron la resistencia frente al invasor. Sus miembros eran representantes de las clases dominantes, la nobleza, el clero y la burguesía.
La resistencia obtuvo en sus inicios un éxito inesperado. En julio el ejército español vence en Bailén —la primera gran derrota del ejército napoleónico en Europa— con lo que se libera Andalucía. José I abandona Madrid y el ejército francés que ocupa casi todo Portugal debe retirarse.
Como esta multiplicación de Juntas no era adecua­da para una situación de guerra, fueron sustituidas en septiembre por la Junta Central compuesta por dos delegados de cada provincia. Su sede se cambió ante el avance de los invasores; de Aranjuez pasó a Sevilla y finalmente a Cádiz. Napoleón había reaccionado a finales de 1808, invadiendo con un poderoso ejército el país y reinstalando a José I en Madrid. La ocupación se extendió por casi todo el país (menos las islas y Cádiz), aunque la guerrilla mantuvo la resistencia en amplias zonas.
La revolución liberal de España.
La Junta Central traspasó en enero de 1810 sus poderes a un Consejo de Regencia, que gobernó en nombre de Fernando VII, y le pidió que convocara Cortes, donde se aprobarían las medidas necesarias para modernizar el país. Es un hecho de gran trascendencia, porque en estos años de guerra en España tuvo lugar, además, una revolución, porque modificó su régimen polí­tico. Las Cortes se abrieron en Cádiz en 1810. Entre los diputados se distinguieron desde el primer momento dos grupos:
-Absolutistas, partidarios de respetar la autoridad absoluta del rey.
-Liberales, quienes deseaban limitar la autoridad real con una mayor participación del pueblo.
En la sesión inaugural destacó un discurso de Muñoz Torrero, diputado por Extremadura, en el que defendió la soberanía de la nación. Después de este discurso pudo comprobarse que los liberales eran mayoría, lo cual hizo posible que se promulgaran leyes sobre la supresión de la tortura, la abolición de la Inquisición y la libertad de prensa.
Los afrancesados.
Al conquistar la mayor parte de España los ejércitos napoleónicos, José I, hermano de Napoléon, se hizo con el poder oficial en Madrid, mientras las juntas revolucionarias seguían defendiendo la dinastía borbónica. Apenas contó con un reducido grupo de partidarios, que fueron llamados despectivamente los “afrancesados”, quienes colaboraron con el régimen josefino por dos razones fundamentales: evitar una guerra ruinosa contra Francia, y llevar a cabo un programa de reformas políticas y sociales de signo ilustrado liberal y moderado. Pero los intentos de atraerse al grueso de la población fueron inútiles, sobre todo por la violencia de la ocupación francesa.
Los afrancesados más prominentes fueron Cabarrús, Azanza, Cevallos, Urquijo, Lista, Moratín y Javier de Burgos. La mayor parte se exiliaron en Francia al terminar la guerra en 1813 y no pudieron regresar hasta el Trienio Liberal (1820-1823).
LA CONSTITUCIÓN DE CÁDIZ (1812).
Tras dos años de debates la medida más trascendental fue la aprobación de una Cons­titución o ley fundamental, que describía los derechos de los españoles. Se consignaba en ella la educación que debía darse a los ciudadanos, los impuestos, la religión (se confirmaba la católica como única del pueblo español).
La Constitución modificó el régimen político e implantó el liberal al introducir dos ideas básicas de dicho régimen: la soberanía nacional y la división de poderes.
Pero su vida sería muy breve.
1.2. LA REACCIÓN: EL PRIMER SEXENIO (1814-1820).
EL REGRESO DE FERNANDO VII.
Durante la guerra con los franceses el rey Fernando VII fue prisionero de los franceses. Al término de la guerra, regresó a España en mayo de 1814 en medio del clamor de la opinión pública, pues su encierro había multiplicado su popularidad, hasta el punto de llamársele “El Deseado”.
EL RECHAZO DE LA CONSTITUCIÓN.
Pronto el rey frustró las esperanzas de los reformistas, cuando, espoleado por el “Manifiesto de los Persas” (diputados absolutistas) y el general Elío, expresó su propósito de no aceptar la Constitución de Cádiz porque limitaba su poder y firmó el decreto de Valencia (mayo 1814), en el que rechazaba cualquier limitación de su autoridad y sólo aceptaba unas Cortes tradicionales, con los viejos tres estamentos.
LA FASE ABSOLUTISTA: PERSECUCIÓN DE LOS LIBERALES.
Los liberales fueron perseguidos; se les acusaba de haber atentado contra la autoridad sagrada del monarca y por ello muchas destacadas personalidades de las Cortes de Cádiz fueron condenadas al destierro. La amnistía de 1816 fue muy corta y no solucionó el problema de los emigrados.
Pero en el ejército no fue tan profunda la represión reaccionarias y varios militares libera­les organizaron fracasadas conspiraciones y pronunciamientos —fracasados hasta 1820—, como Porlier o el famoso guerrillero Espoz y Mina.
Se restauró el Tribunal de la Inquisición, se devolvieron a los conventos las tierras que los liberales habían desamortizado y a los nobles sus privilegios y poder.
La situación económica, fiscal y política empeoraba, mientras las colonias se indepen­dizaban, en un círculo vicioso: la crisis económica europea se agravaba en España por las pér­didas materiales y las deudas de la guerra, la pérdida del mercado americano, el privilegio fiscal de los estamentos privilegiados, y ello impedía realizar las reformas económicas y militares que restablecieran la situación anterior.
1.3. EL TRIENIO LIBERAL (1820-1823).
EL GOLPE DE RIEGO.
El 1 de enero de 1820 un comandante, Riego, da un nuevo golpe militar, apoyándose en las tropas concentradas en Cádiz para una expedición a América. Proclamó la vigencia de la Constitución de Cádiz y muchas guarniciones se le unieron con el tiempo. Dos meses después el rey aceptó la situación en un manifiesto: “Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional”. El apoyo del ejército había sido imprescindible para el triunfo de la revolución, lo que sería un precedente de su papel futuro en la política española.
EL GOBIERNO DE LOS LIBERALES.
El restablecimiento de la Constitución de Cádiz significó el restablecimiento de las libertades de imprenta, reunión... Los liberales procuraron gobernar con un sistema de cogestión monárquico-parlamentario, pero este no podría realizarse porque una parte no era leal al sistema pues el rey procuraba frenar todas las reformas mediante el derecho al veto. Esta actitud provocó una división entre los liberales: los “moderados” (los doceañistas, pues muchos habían participado en las Cortes de Cádiz), partidarios de que la participación del rey era indispensable en las reformas, y los “exaltados” que reducían el papel del rey a un poder representativo y ejecutivo.
Los moderados gobernaron los dos primeros años y se inició una fase de reformas:
-Supresión definitiva de la Inquisición (ya no sería restablecida).
-Reforma agraria: reducción del diezmo a la mitad —para abaratar los productos de con­sumo—, entrega de las tierras concejiles a los campesinos, supresión de los señoríos y mayoraz­gos, venta de las tierras de los conventos con menos de 24 frailes y de las Órdenes militares.
-Creación de la Milicia nacional, compuesta de voluntarios armados que mantenían el orden en las ciudades y que serán el principal soporte del liberalismo.
Una consecuencia imprevista del Trienio Liberal fue la independencia de México en 1821, debido al temor de los conservadores criollos a los liberales españoles.
En 1823 dominaron los “exaltados”: el ambiente revolucionario se vivió con fervor exaltado. En los clubes denominados Sociedades Patrióticas se leía la Constitución y la prensa, se discutía de política y se repartía sopa a los pobres. Al mismo tiempo se reprimía a las partidas de rebeldes realistas, muy numerosas en Cataluña.
LA REACCIÓN.
Entretanto los partidarios del rey conspiraban y la contrarrevolución era apoyada por la mayoría de los obispos y el clero, exasperados por las medidas anticlericales de los liberales, por un grupo de diputados absolutistas y por bandas de campesinos armados, mezcla de guerrilleros y bandoleros.
Pero Fernando VII no hubiera recuperado su poder ilimitado con sólo estos apoyos. Los monarcas absolutistas europeos, alarmados por la difusión del ejemplo español —muy influyente en los procesos revolucionarios en Italia—, acordaron en el Congreso de Verona la intervención en la Península. Un ejército francés, denominado los Cien Mil Hijos de San Luis, mandado por el duque de Angulema, penetró en territorio español con escasa oposición hasta el último reducto de Cádiz y restauró el absolutismo. La represión consecuente fue brutal y los principales liberales fueron fusilados (Riego) o encarcelados, aunque la mayoría se exilió.
1.4. LA DÉCADA ABSOLUTISTA (1823-1833).
LOS INTRANSIGENTES.
Los liberales la llamaron “ominosa década”, decenio abominable, por la intensificación del despotismo. La Milicia nacional es suprimida y se crean unidades de voluntarios realistas, con presupuesto propio.
Los absolutistas se dividieron en dos sectores, el intransigente y el moderado. En el sector intransigente, más absolutista que el propio rey, actuaban algunas sociedades secretas como “El Ángel Exterminador”, que exigían el exterminio de los liberales. A las medidas de gracia para los liberales que proponía el duque de Angulema y algunos diplomáticos, y que el rey deseaba, se opusieron los intransigentes con tal vehemencia que incluso llegaron a organizar conspiraciones para obligar al monarca a actuar con dureza y a organizar guerrillas en Cataluña. El  rey, empero, se negó a la restauración de la Inquisición y desde 1826 se apoyó en el sector moderado, partidario de un entendimiento con los liberales. Mientras, la situación económica y financiera era lamentable y seguían los pronunciamientos liberales (Torrijos). Las últimas colonias continentales en América (Perú, Bolivia y algunos puertos estratégicos) se perdieron en esta etapa.
LA CUESTIÓN DINÁSTICA.
Más trascendencia ofreció el problema de la sucesión al trono. Los intransigentes del partido “apostólico”, desengañados por la moderación de Fernando VII, pusieron sus esperanzas en su hermano Don Carlos, que era el sucesor, ya que el rey no tenía hijos.
La situación sucesoria cambió en 1830. En ese año Fernando VII publicó la Pragmática Sanción de 1789 (no publicada entonces), que abolía la Ley Sálica (1713), según la cual las mujeres no podían ocupar el trono, y poco después tuvo una hija, la futura Isabel II. Pero la división de la Corte y las dudas del rey llevaron a este, durante una grave enfermedad, en los llamados Sucesos de la Granja del otoño de 1832, a restaurar la línea sucesoria masculina, aunque luego, al mejorar su salud, volvió a sostener los derechos de su hija. Ambos partidos tenían ahora, pues, razones constitucionales de su parte. En los últimos meses de su reinado el rey, influido por su esposa y los moderados se acercará crecientemente a los liberales, formándose el partido “isabelino” o “cristino”.
Al morir Fernando VII en 1833, la regente, María Cristina, dicta una amplia amnistía favorable a los liberales, disuelve las unidades de voluntarios realistas y renueva los ayuntamien­tos con miembros de la burguesía. Al poco tiempo estalló la guerra civil llamada carlista.
Los absolutistas intransigentes o “apostólicos” sostuvieron los derechos de Don Carlos (carlistas), mientras que los absolutistas moderados y, sobre todo, los liberales, apoyaron a Isabel II. En las guerras carlistas no se estaba decidiendo si debía reinar un hombre o una mujer; lo que en el fondo enfrentaba a los dos bandos era si España continuaría siendo una monarquía absoluta del Antiguo Régimen o si se establecería una monarquía constitucional.
2. LA ESPAÑA ISABELINA (1822-1868).
El reinado de Isabel II se caracteriza por una extraordinaria inestabilidad. Se cambia constantemente de gobierno, son numerosos los golpes militares que provocan un cambio político y, lo más importante, se cambia con frecuencia de Constitución. Dos grandes partidos políticos se alternan en el poder: moderados y progresistas.
2.1. REGENCIAS DE MARÍA CRISTINA Y ESPARTERO (1834-1844).
Durante la minoría de edad de la reina, se alternan en el poder los moderados y los progresistas. Aunque la regente María Cristina prefería encargar el gobierno a los primeros, tuvo que admitir también políticas de corte progresista, como la de Mendizábal, durante la cual se aprobó la Ley de Desamortización, que obtuvo un logro político: la burguesía y la nobleza que adquirieron bienes apoyaron sin reservas el trono de Isabel II.
El mayor problema de esta primera fase fue la guerra civil, contra los carlistas, a la que pondrá fin Espartero mediante el “Abrazo de Vergara”. La guerra y su éxito final contribuyeron a acelerar la carrera política de Espartero, que desplazó a María Cristina en 1840 y se convirtió en regente.
Espartero caerá en 1843 por la pérdida de apoyo popular tras el bombardeo de Barcelona durante una insurrección.
2.2. LA DÉCADA MODERADA (1844-1854).
Al frente de los moderados se coloca el general Narváez. La figura civil más importante es Bravo Murillo, autor de ambiciosos programas de obras públicas, como la canalización de agua a Madrid, y de reformas políticas conservadoras. El partido moderado otorga bastantes prerrogativas al Trono y se inclina por mantener el papel político de la aristocracia.
2.3. EL BIENIO PROGRESISTA (1854-1856).
Tras un golpe de Estado encabezado por el general O'Donnell, los progresistas acceden al poder y desarrollan un programa intenso, con una nueva ley desamortizadora (Madoz), y las leyes generales de Ferrocarriles y de Sociedades de Crédito.
Los progresistas, dirigidos por el general Espartero, restringen las facultades reales y defienden la soberanía nacional, inclinándose por el derecho de voto de todos los ciudadanos y el debilitamiento del papel de los nobles.
2.4. LOS MODERADOS Y LA UNIÓN LIBERAL (1856-1868).
En 1856 el general O'Donnell ejecuta un nuevo golpe de Estado, esta vez moderado.
Un intento de posición intermedia entre las dos tendencias, moderada y progresista, lo protagonizó el Nárvaez, que fundó el partido unionista. Su etapa se caracteriza por el crecimiento económico y la mayor preocupación por la política exterior: guerras con Marruecos, México, Perú y Chile, anexión temporal de Santo Domingo.
Los últimos años del reinado son de intensa crisis económica y el sistema se debilita. En 1866 la crisis financiera  provoca un creciente descontento social y, a la postre, la caída de Isabel II. Los progresistas pasan a la oposición y terminarán haciéndolo también los unionistas. Con la muerte de O'Donnell y Narváez la reina carece de apoyo en el ejército. Una revolución, en sep­tiembre de 1868, la destronará. Finalizaba un reinado lleno de acontecimientos, pero en el que la economía y la sociedad españolas habían evolucionado a ritmo más lento que el europeo.

3. EL SEXENIO REVOLUCIONARIO (1868-1874).
3.1. LA REVOLUCIÓN DE SEPTIEMBRE.
Un grupo de generales, encabezados por Serrano y Prim, se alzó en septiembre de 1868, derribó a Isabel II y formó un gobierno provisional. Es la llamada “revolución de septiembre” cuyas causas son: el deterioro político del régimen, abandonado por todos los partidos excepto el moderado, y la crisis económica. Esta crisis es agraria (1868 es un año de hambre), y financiera: los ferrocarriles, en cuyos consejos de administración se encuentran los generales y políticos de la revolución, tienen pérdidas. En las ciudades se forman Juntas Revolucionarias que defienden el sufragio universal, la soberanía nacional y las libertades de prensa y asociación. El Parlamento recién elegido aprueba una Constitución en 1869, en la que España se define como una monarquía.
3.2. REINADO DE AMADEO DE SABOYA (1871-1873).
Amadeo de Saboya, hijo del monarca italiano, fue elegido rey en 1870, tras varias propuestas fallidas (una, a un príncipe alemán, originará la guerra franco-prusiana), pero cuando se hace cargo del poder en 1871 ya ha sido asesinado su principal valedor, el general Prim, por lo que, privado de apoyos, abdica a los dos años.
3.3. LA PRIMERA REPÚBLICA (1873-1874).
La única salida que se vio entonces fue un régimen republicano. La I República, que sólo duró once meses, se caracterizó por una gran inestabilidad política: cuatro presidentes de gobierno. A su fracaso contribuyeron la tercera guerra carlista, las divisiones entre los republicanos, los federales de Pi y Margall y los moderados de Castelar, y el movimiento cantonal, con levantamientos en varias ciudades, en julio de 1873, para establecer un régimen federal que concediese autonomía a las regiones, provincias y municipios (los cantones, según el modelo suizo).
Sin tiempo para consolidarse el nuevo régimen republicano y encontrar solución a los problemas, el general Pavía disolvió el Parlamento en enero de 1874, dando paso a un gobierno provisional, encabezado por el general Serrano. Después de seis años de inestabilidad, bastantes políticos creían que la solución era el regreso de los Borbones.

4. LA ESPAÑA DE LA RESTAURACIÓN (1874-1902).
4.1. LA RESTAURACIÓN DE LA MONARQUÍA.
CÁNOVAS: EL ARTÍFICE.
El gran protagonista de la Restauración fue Cánovas del Castillo, un moderado unionista que había destacado junto a O'Donnell y al exiliarse Isabel II se convirtió en el jefe de los monárquicos. Conocía bien la historia española y no estaba dispuesto a repetir los errores del pasado. Su primera preocupación fue conseguir que Isabel II (desprestigiada política y moralmente por su vida disoluta) abdicara en su hijo, el  príncipe Alfonso, pues era necesario dejar atrás el espíritu de revancha y que el rey apareciera como el símbolo de unión y concordia de todos los españoles.
EL GOLPE DE SAGUNTO.
Aunque Cánovas deseaba que el regreso fuera mediante una petición masiva de la opinión pública y no mediante un golpe de fuerza, no fue así. Contrariando la meticulosa preparación de Cánovas, el general Martínez Campos, en los últimos días de 1874, se manifestó en Sagunto al frente de un reducido grupo de tropas, que pronto encontró respaldo en otras unidades. Cánovas tuvo que aceptar los hechos consumados: Alfonso XIII era proclamado rey por otro pronunciamiento (y ello afectaría a largo plazo a la estabilidad del régimen).
4.2. EL SISTEMA POLÍTICO DE LA RESTAURACIÓN.
En contraste con la vida política anterior, el último cuarto del siglo XIX fue un periodo de estabilidad, debido al sistema ideado por Cánovas.
INSTITUCIONES HISTÓRICAS.
Era imprescindible que algunas instituciones fueran respetadas por todos los españoles, por causas históricas. Para Cánovas eran el rey y las Cortes. España debía ser una monarquía constitucional, con el poder compartido por el monarca y el Parlamento, que representa al pueblo.
LA CONSTITUCIÓN DE 1876.
Un gran problema del liberalismo español había sido la escasa duración de las Constituciones, porque los partidos al acceder al poder redactaban un texto que recogiera sus ideas. Era necesario elaborar una Constitución flexible. La de 1876 fue llamada “un cheque en blanco”. El monarca conservaba muchas atribuciones, y los derechos de los ciudadanos se garantizaban de manera menos entusiasta que en otros textos constitucionales. Pero, por otra parte, se garantizaba la libertad religiosa, aunque el Estado apoyaba a la Iglesia católica. Y se dejaba abierta la posibilidad de implantar el sufragio universal, el derecho de voto de todos los ciudadanos (en contraste con el anterior voto censitario), lo que se hizo efectivo en 1891.
DOS PARTIDOS.
Uno de los problemas más graves de la vida política era la existencia de un número creciente de partidos políticos, lo cual dificultaba la tarea de los gabinetes, porque ningún partido era suficientemente fuerte. Cánovas tenía como ideal el sistema bipartidista británico, en el que se confrontaban dos partidos, conservador y liberal, uno en el poder y otro en la oposición.
Cánovas formó el partido conservador y consiguió con extraordinaria habilidad que en torno a Sagasta —uno de los revolucionarios de 1868— se agrupasen las fuerzas de oposición en el partido liberal, incluso coincidiendo sus nombres con los partidos británicos. Cánovas, tras un periodo de tiempo, dejó paso a Sagasta. A esta alternancia se le llamó “turno”, el cual no dejó de causar tensiones, pues aunque había en ambos partidos una similar base social y económica, había diferencias personales (incrementadas por el caciquismo). Cuando Alfonso XII murió muy joven (1885), ambos se comprometieron en el Pacto del Pardo a continuar su apoyo combinado a la monarquía.
4.3. DESARROLLO ECONÓMICO Y TENSIONES SOCIALES.
Fue una época de considerable desarrollo económico, con el auge de la industria textil catalana, la siderurgia vasca, la agricultura de exportación levantina, el comercio colonial.
Las tensiones sociales surgieron con fuerza desconocida entre el nuevo proletariado industrial y el miserable campesinado sin tierras. Cánovas no previó, no pudo o no quiso dar soluciones a los problemas sociales, entendiéndolos como simples problemas de orden público.
Hasta 1868 las asociaciones obreras estuvieron prohibidas y se mantuvieron en la clandestinidad. La revolución de septiembre las legalizó e iniciaron una etapa de desarrollo, especialmente en las ciudades industriales, donde se concentraban los obreros. Dos ideologías canalizaron la protesta: el anarquismo y el socialismo.
El anarquismo fue introducido en España por el italiano Fanelli. Sus seguidores pretendían destruir la sociedad capitalista y el Estado. En una primera fase esta doctrina revolucionaria encontró adeptos entre los obreros catalanes y en los últimos años del siglo entre los campesinos andaluces. Sus medios de lucha fueron insurrecciones, como la de Jerez en 1892, y atentados terroristas, por ejemplo contra Martínez Campos o el que mató al propio Cánovas. Su sindicato, la Central Nacional de Trabajadores (CNT) y su organización política, la Federación Anarquista Ibérica (FAI), fueron muy influyentes en el siglo XX.
En 1879 se fundó el Partido Socialista (PSOE). Su fundador más importante fue Pablo Iglesias y su teórico el médico Juan Vera. La creación de un sindicato, la Unión General de Trabajadores (UGT) y un periódico, “El Socialista”, pusieron las bases de un movimiento de enorme influencia en el siglo XX hasta nuestros propios días.
4.4. LOS NACIONALISMOS EMERGENTES EN LA PENÍNSULA IBÉRICA.
En esta época, a finales del siglo XIX y principios del XX, se consolida el proceso de los nacionalismos en la periferia española, especialmente los nacionalismos, el catalán, el vasco y, en menor grado, el gallego y el andaluz.
Estos nacionalismos tenían rasgos distintos: el catalán (con varias propuestas diferentes) pretendía la unidad nacional catalana, la autonomía administrativa y la proyección de la in­fluencia catalana en el Estado español; el vasco (teorizado por Sabino Arana) tenía ideas étnicas (raza vasca) y religiosas (catolicismo), ausentes del catalán: el gallego (de Manuel Murguía) era liberal, progresista, historicista y autonomista; el andaluz (Blas Infante) era el más débil, español, regeneracionista, social y agrarista, amén de desarrollarse ya plenamente en el siglo XX (años 1920-1930).
CATALUÑA.
La burguesía industrial catalana, sobre todo la algodonera, dependía del proteccionismo aduanero por lo que se oponía a la progresiva liberalización aduanera impulsada por los gobier­nos centrales. Esto conllevó su creciente apoyo al nacionalismo catalán, utilizado como vía de expresión en Madrid de sus intereses, que culminó en el triunfo proteccionista de 1891 y la in­mediata retirada del apoyo a los catalanistas, que se opondrían a la guerra colonial, mientras que la burguesía industrial apoyaba la represión. Sólo una parte (ciertamente decisiva) de las raíces del catalanismo eran conservadoras. Pero la crisis de 1898 cambió la situación: la burguesía catalana se pasó en masa a las filas catalanistas, como única vía para regenerar el país, dada la ineficacia del bipartidismo español.
A lo largo de este proceso, el nacionalismo asumió formas políticas cada vez más organizadas, más enraizadas en la sociedad catalana, Durante la Restauración, el catalanismo surgió de tres tradiciones: 1) La republicana federal, con Valentí Almirall y su Centre Català. 2) La culturalista, representada por la flor de los intelectuales catalanes, aglutinados en “La Renai­xença” (1871-1905). 3) La católica tradicionalista, con su órgano de prensa “La Veu de Montserrat” (1878-1900) y dirigida fundamentalmente por el obispo Torras i Bages.
Dada esta pluralidad, el catalanismo se organizó en una compleja trama de orga­nizaciones. Al principio del sexenio revolucionario (1868-1874), había dos fuerzas, La Jove Catalunya y los federales, que se sumaron para formar el Centre Català, que evolucionó a la Lliga de Catalunya (1886) y esta a la Unió Catalanista (1891), de la que se escindió el Centre Nacional Català. Este, a su vez se fusionó con la Unió Regionalista, para formar la Lliga Regionalista, de la que surgió una escisión, el Centre Nacionalista Republicà. En suma, el tronco común del catalanismo lo representa Almirall, y se bifurca en derecha de la Lliga, dirigida por  Prat de la Riba, Cambó y Puig i Cadafalch, y la izquierda de Acció Catalana y Esquerra Repu­blicana, dirigidas respectivamente por Rovira y Macià.
El ideario de estos grupos era muy heterogéneo, desde la derecha hasta la izquierda, pero hay bastante consenso en que su sentir más radical lo representaban las conclusiones del con­greso de los republicanos federales de 1883 y que el sentir mayoritario está reflejado en las “Bases de Manresa” (marzo 1892), redactadas en la Casa de Juntas del Ayuntamiento, que fue­ron el programa político de la Unió Catalanista, según unas pautas federalistas y tradicionales. Ya en el siglo XX dominó la Lliga Regionalista, representada por Enric Prat de la Riba, fundamentalmente conservadora.
4.5. LA CRISIS DEL 98.

La guerra con EE UU en 1898 llevó a la pérdida de las colonias de Cuba, Puerto Rico y Filipinas en la Paz de París (1899) y se precipitó la crisis ideológica del régimen. El regeneracionismo, los movimientos de reforma o el republicanismo se radicalizaron como respuesta al desastre, que fue más psicológico que económico.

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