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lunes, 13 de abril de 2015

HE UD 05. La crisis de la Baja Edad Media en la Península.

HE UD 05. LA CRISIS DE LA BAJA EDAD MEDIA EN LA PENÍNSULA.

INTRODUCCIÓN.
Un resumen.

1. LOS REINOS PENINSULARES EN LA BAJA EDAD MEDIA.
CASTILLA.
La crisis del siglo XIV.
El estancamiento del siglo XV.
ARAGÓN.
La expansión catalano-aragonesa en el Mediterráneo.
Los Trastámara.
PORTUGAL.
La consolidación del reino portugués.
La dinastía Avis y la expansión marítima.
NAVARRA.
Navarra bajo dominio francés.
La guerra civil: Juan II y el príncipe de Viana.
La incorporación a la Corona de Castilla.
GRANADA.
La prosperidad del último reducto musulmán.
La crisis final.

2. POBLACIÓN, SOCIEDAD Y ECONOMÍA. LOS CONFLICTOS SOCIALES.
La población.
La sociedad y la economía en la Corona de Castilla.
La sociedad y la economía en la Corona de Aragón.
LAS LUCHAS SOCIALES.
La burguesía contra la nobleza.
Los campesinos contra la nobleza: Cataluña, Mallorca y Galicia.
La pequeña burguesía contra la oligarquía municipal: los partidos de Busca y Biga en Barcelona.

3. LA DIVERSIDAD CULTURAL.
Las lenguas romances.
Una sociedad multicultural: cristiandad, islam y judaísmo.
La Iglesia y su papel cultural.
Las Universidades.
El arte gótico y el mudéjar.

APÉNDICE.
La crisis de la Baja Edad Media.

INTRODUCCIÓN.
La Baja Edad Media en España es un concepto ambiguo para su periodización. No hay consenso sobre su inicio pero la mayoría lo coloca en 1250-1300, cuando el gran impulso de la Reconquista ha terminado y sólo subsiste la islámica Granada. Para muchos historiadores debería acabar en 1479, cuando aparece la doble monarquía de los Reyes Católicos en Castilla y Aragón, pero la mayoría opina que debe incluir el reinado entero de estos para separarlo de la monarquía de los Habsburgo.
Un resumen.
Jaume Vicens Vives explica acertadamente la evolución tan distinta de las regiones y nacionalidades de España como una consecuencia de las peculiaridades de la época medieval en España: la reconquista a los musulmanes, la repoblación de los nuevos territorios y la división de los Estados ibéricos. De Norte a Sur, de Este a Oeste, España se constituyó como un conjunto heterogéneo de Españas.
En la Baja Edad Media se consolidaron estas características y en su tránsito a la Edad Moderna se consolidó un único Estado.
Según Georges Duby y la mayoría de los medievalistas la crisis del siglo XIV, el hundimiento demográfico, se inició antes de la Peste Negra de 1348. Lo causó un desequilibrio entre la expansión demográfica y la expansión agrícola, basada en el aumento de la superficie cultivada, a tierras cada vez más marginales (y menos productivas). Esta expansión agrícola se detuvo hacia 1300 mientras que población seguía aumentando, provocando al fin una larga crisis de subsistencias. El hambre y la debilidad provocaron una mayor mortalidad por enfermedad, que dejaría a la sociedad indefensa ante la llegada de la gran epidemia.
Los conflictos sociales a menudo provocaron revueltas de las clases oprimidas, los campesinos y los artesanos, rebeldes contra la fiscalidad opresora de los señores, de la Iglesia y de la monarquía. A veces tomó la forma de herejías religiosas, otras de conflictos jurídicos contra las apropiaciones ilegales de los bienes comunales por parte de los poderosos. Pero hubo dos grandes periodos de agitación. El primero a principios del siglo XI (cuando se hundió el imperio carolingio y surgieron los principados territoriales), el segundo y más importante en la segunda mitad del siglo XIV, en plena crisis demográfica y económica (por lo tanto de reequilibrio de la apropiación y del reparto de la renta), cuando los conflictos se convirtieron en masivas revueltas en Europa (sobre todo en Francia e Inglaterra, bien estudiadas por Hilton, Wolff y Mollat) que reunieron a los grupos sociales que más sufrían la crítica situación (no los proletarios, sino los pequeños propietarios, los medianos artesanos), en contra de los grupos dominantes que querían mantener su status social y su nivel económico a costa de una mayor explotación de los dominados.

1. LOS REINOS PENINSULARES EN LA BAJA EDAD MEDIA.
CASTILLA.
La crisis del siglo XIV.
Una sucesión de reyes no conseguirá extender las conquistas, que quedan paralizadas por las guerras dinásticas y exteriores, la Peste Negra, las minorías de edad, las rebeliones nobiliarias, etc.
Sancho IV (1285-1295) conquista Tarifa.
Fernando IV (1295-1312) apenas gobierna. Tras una corta guerra tiene que pactar con el rey Jaime II de Aragón el tratado de Torrellas (1304), por el que cede Alicante, Elche y otras plazas, configurándose la definitiva frontera entre ambos.
Alfonso XI (1312-1350), tiene una larga y conflictiva minoridad, pero en su madurez vence a la última invasión musulmana, de los benimerines, en la batalla de Salado (1340) y ocupa Algeciras y Gibraltar (1344), con lo que domina el estrecho de Gibraltar y se abre la ruta del Mediterráneo al Mar del Norte, con un comercio sobre todo genovés y catalán, lo que involucra a Castilla en la Guerra de los Cien Años.
Pedro I (1350-1369) se alía con la burguesía y los ingleses en contra de la nobleza rebelde y los franceses, pero es vencido y muerto en Montiel por su hermano bastardo Enrique de Trastámara, que debió entregar enormes “mercedes” (concesiones) a la nobleza en pago de su apoyo.
Enrique II (1369-1379) sobrevive entre el poder nobiliario y la amenaza inglesa. La dinastía Trastámara apoya con su flota a Francia contra Inglaterra y la lana castellana sustituye a la inglesa en los mercados de los Países Bajos.
Juan I (1379-1390) trata de conquistar el reino de Portugal, sobre el que tiene derechos sucesorios por su esposa, pero es vencido por Juan de Avis (Aljubarrota, 1385).
Enrique III (1390-1406) apenas gobierna, mientras la nobleza aumenta su poder. La expansión atlántica comienza con las primeras conquistas en las Canarias (1402, completada en 1496).

El estancamiento del siglo XV.
Juan II de Castilla (1406-1454) comienza su reinado con una larga minoridad, luego agravada por la falta de un poder político firme, con lo que la nobleza acapara gran parte del poder y estallan varias guerras civiles.
Enrique IV (1454-1474) sufre un reinado débil, con un creciente poder nobiliario. La crisis sucesoria estalla en sus últimos años, con las candidaturas alternativas de su hermano, el príncipe Alfonso, y tras su muerte de su hermana Isabel.

ARAGÓN.

Mapa de la expansión mediterránea de la Corona de Aragón,

La expansión catalana-aragonesa en el Mediterráneo.
En la Baja Edad Media se forma un eje comercial Barcelona-Sicilia, con importantes intereses comerciales, que pugna con las ciudades italianas por el predominio marítimo. Esto llevará a Aragón a constituir un verdadero imperio mediterráneo.
Jaime II (1291-1327) expande la corona aragonesa por el Mediterráneo: confirmación por el Papa del reino de Aragón (tratado de Anagni, 1296) a cambio de ceder Sicilia, pero esta resiste y entroniza a una rama de la dinastía (desde 1296 hasta que en 1409 se unifica otra vez), conquista de Atenas y Neopatria (1311, anexionada en 1379-1388) y de Cerdeña (desde 1325), aumento del comercio con el Norte de África y Egipto, guerra con Castillas y Tratado de Torrellas (1304) con el rey Fernando IV, en el que consigue llevar la frontera del reino valenciano al sur, con las ciudades de Alicante, Elche y otras plazas.
Alfonso IV (1327-1336) unifica temporalmente Mallorca al país y su reinado es relativamente tranquilo y muy próspero.
Pedro IV el Ceremonioso (1336-1396) en su largo reinado acaba definitivamente con la independencia del reino de Mallorca (1343) y, además, aplasta a la liga nobiliaria, la Unión aragonesa (1347-1348), pero sufre la terrible crisis de la Peste Negra de 1348, reproducida en 1362, 1367-1377 y otros años, mientras su costosa política bélica contra Pedro I de Castilla arruina el reino de Valencia (arrasado por las campañas militares), a los banqueros catalanes y devalúa la moneda.
Juan I (1387-1396) y su hermano Martín I (1396-1410) son los últimos reyes de la dinastía. El hijo del segundo, Martín el Humano, por matrimonio (1391) con la heredera María reintegra el reino de Sicilia a la rama principal, pero su muerte (1409) precipita el fin de esta.

Los Trastámara.
En Aragón el Compromiso de Caspe (1412) entroniza la dinastía castellana de los Trastámara. Contra los intereses nobiliarios y rurales que representaba el pretendiente Jaime de Urgell, triunfó Fernando de Antequera, coronado como Fernando I (1412-1416), un extranjero pero regente del reino de Castilla y heredero lejano por vía materna de la dinastía, que tenía el control de la lana castellana, vital para los intereses textiles de la burguesía catalana.
Alfonso V (1416-1458) conquista Nápoles (1443), pero desatiende los asuntos de la Península, que sufre fuertes tensiones sociales en Cataluña y Mallorca, como la revuelta de los agermanats en Mallorca (1450-1452). En su reinado hubo una etapa de prosperidad económica en 1420-1445, que le permitió pagar su agresiva política italiana.
Juan II (1458-1479) se ve envuelto en una dura guerra civil (1462-1472), en la que estallan todos los problemas sociales y económicos entre los confusos bandos de la nobleza, los burgueses y los campesinos. Para conseguir el apoyo francés entrega el Rosellón y la Cerdaña.
Su hijo Fernando II (1479-1516) será el primer rey común de las Coronas de Aragón y Castilla (como Fernando V).

PORTUGAL.
La consolidación del reino portugués.
Portugal tuvo un desarrollo autónomo, que desembocaría en un callejón sin salida cuando su desarrollo y comercio ultramarinos fueron monopolizados por la monarquía y la nobleza, en vez de por una burguesía urbana que se conformó con “nobiliarizarse” en un proceso muy semejante al castellano.
Dionis (1278-1325) es el rey de la expansión económica y comercial.
Alfonso IV (1325-1357) es el rey de una época de decadencia, sobre todo por el impacto de la Peste Negra (1348-1349).
Pedro I (1357-1367) intentó afirmar su poder frente a la nobleza.
Fernando I (1367-1383) fue un rey débil que además mantuvo tres estériles guerras con Castilla. A su muerte no dejó herederos masculinos directos lo que abrió una crisis sucesoria.

La dinastía Avis y la expansión marítima.
Juan I de Castilla intentó conquistar el reino, invocando los derechos sucesorios de su esposa Beatriz, hija de Fernando I de Potugal, y contando con el apoyo de la alta nobleza, pero un hijo bastardo de Pedro I, Juan I de Avis (1383-1433), contando con el apoyo inglés, le vence en Aljubarrota (1385) y consolida la independencia tras confiscar las propiedades de la alta nobleza, acusada de traición. La alianza con Inglaterra ayudará posteriormente a mantener la independencia.
La dinastía de Avis inicia la empresa descubridora atlántica, apoyada en la burguesía comercial de Lisboa y Oporto. Sus hitos son la conquista de Ceuta (1415) y Tánger, la colonización de las islas Madeira y Azores, la continua promoción del príncipe Enrique el Navegante de las expediciones por el litoral africano. Finalmente, Portugal consigue el virtual monopolio del comercio africano y de la ruta de las Indias Orientales, que hará su desigual fortuna en la Edad Moderna.



Mapa de las exploraciones portuguesas en África.

NAVARRA.
Navarra bajo dominio francés.
Tres casi sucesivas dinastías francesas aislan a Navarra de España, con los Champaña (1234-1309), los Evreux (1309-1425) y los Foix (1479-1512), que se relacionan dinásticamente con la corona francesa. Sólo rompe esta continuidad un periodo aragonés (1425-1479).

La guerra civil: Juan II y el príncipe de Viana.
El matrimonio de Blanca de Evreux con Juan II de Aragón pone otra vez una dinastía hispánica en el trono, dividiéndose el país en dos bandos: agramonteses (partidarios de Aragón) y beamonteses (partidarios de Francia).
La guerra civil en Navarra entre Juan y su hijo Carlos, príncipe de Viana, será un episodio más de la lucha entre ambos partidos. Carlos había heredado la corona en 1441, por testamento de su madre Blanca, pero con la cláusula de contar con el consentimiento paterno, que no recibió. La muerte de Carlos (1461) resolvió el conflicto hasta 1479, con la muerte de Juan, con lo que el reino pasa a la dinastía francesa de Foix, con Francisco Febo (1479-83) y Catalina (1483-1512).

La incorporación a la Corona de Castilla.
A la muerte de Catalina en 1512, Fernando el Católico invade Navarra y la incorpora (1513) a la corona de Castilla, basándose en sus derechos matrimoniales tras su boda con Germana de Foix, y en su propia ascendencia, pues era hijo de Juan II. El territorio mantuvo intacta su autonomía, pero la pequeña parte norpirenaica, la Baja Navarra, pasó a la familia Albret y luego a los Borbones, integrándose en Francia en 1589.

GRANADA.
La prosperidad del último reducto musulmán.
El reino “taifa” de Granada aparece en 1238 con la dinastía nazarí, que es sometida a vasallaje por Castilla. Su estatuto jurídico fue el de sultanato, pero fue llamado reino por los cristianos, para equipararlo a los propios reinos.
Al principio realiza una política de vasallaje con pago de tributos y ayuda militar a Castilla, a la que ayuda a conquistar el resto de Andalucía, pero durante la primera mitad del siglo XIV, luchará contra Castilla apoyada por los benimerines hasta que la derrota de Salado (1340) y la caída de las últimas plazas del Estrecho (Algeciras, Gibraltar) dejan al reino aislado. No obstante, Granada se mantendrá independiente hasta 1492, porque Castilla está demasiado debilitada por las luchas civiles como para reiniciar la Reconquista.

La crisis final.
Desde mediados del siglo XV las luchas civiles en Granada debilitan su poder militar, mientras los genoveses controlan su comercio exterior. En 1478 comienza el final, cuando los Reyes Católicos lanzan una guerra total, con grandes ejércitos y sitios artilleros, mientras la división interna entre Boabdil y sus parientes precipita la derrota en 1492. El pacto de tolerancia religiosa pronto fue vulnerado.

2. POBLACIÓN, SOCIEDAD Y ECONOMÍA. LOS CONFLICTOS SOCIALES.
La población.
La Península había alcanzado un máximo de población h. 1300, con unos 5,5 millones de habitantes, pero la crisis de producción de alimentos desde 1330 y, sobre todo, el impacto de la Peste Negra desde 1348, diezmó la población hasta por debajo de los 4 millones y no se recuperó hasta mediados del siglo XV y aun después sufrirá numerosas crisis de mortandades extraordinarias por hambres, epidemias y guerras.
El impacto demográfico fue muy diverso según las regiones. Granada, muy próspera y que recibe a los refugiados musulmanes, contará con más de 500.000 habitantes. Portugal cuenta con otros tantos. Castilla baja de 4,5 a un mínimo de 4 millones de habitantes hacia 1450, aunque se recuperará y hacia 1500 tiene unos 5 millones. El reino de Valencia aumenta su población. Cataluña es la que más sufre: baja de 550.000 en 1300 a sólo 260.000 en 1480.
Como vemos, la hegemonía castellana en el territorio peninsular era indiscutible, pues sextuplicaba o tal vez incluso septuplicaba hacia 1500 la población de las Coronas de Aragón o de Portugal, aunque su hegemonía se asentaba no sólo en su población y en su territorio sino también en su superior dinamismo político, económico y cultural.

Sociedad y economía en la Corona de Castilla.
La sociedad castellana muestra la conocida división medieval en clases sociales del feudalismo: una aristocracia de origen militar cuyo poder se basa en la propiedad de la tierra; una Iglesia que controla la ideología y la cultura; un campesinado ampliamente mayoritario pero sometido a las dos anteriores; una población urbana subdividida en capas: comerciantes, menestrales, oficiales, oficios...
Estas clases sociales de organizaban en estamentos, que participaban como tales en la administración de las ciudades y en la representación popular (las Cortes, que eran el Parlamento medieval).
Castilla había permanecido durante la Baja Edad Media al margen de la primera revolución comercial y urbana de Europa, apartada de las principales rutas mediterráneas y también del Mar del Norte, con pocas ciudades verdaderamente populosas. Sus  minorías comerciales y financieras eran a menudo de raíz judía y por lo tanto eran inestables al sufrir el odio de la mayoría cristiana, con el argumento de ser los más dedicados al arrendamiento de los impuestos y la usura. Además, los sectores de capitalismo más avanzado estaban muy dominados por la burguesía extranjera, especialmente la genovesa. Esta debilidad en la vertebración clasista al final de la Edad Media supuso un factor esencial para que Castilla no pudiera aprovechar plenamente la primera revolución capitalista del siglo XV.
En Castilla, en general (salvo excepciones regionales y locales) faltó la amplia clase media agraria que hubiera podido promover una burguesía urbana como sí la hubo en varias regiones del Norte de Europa. Donde existió una clase media de campesinos, como en la mitad superior de la Península, se dio el fenómeno de una burguesía comercial e industrial incipiente en las ciudades (sobre todo en Castilla la Vieja), mas los factores negativos que veremos frustraron ese proceso.
El campo era el principal sector económico castellano con enorme diferencia, pero la tensión entre agricultura y ganadería comenzaba a favorecer a ésta, por los mayores réditos de la lana para la nobleza que poseía los rebaños y las dehesas y para los mercaderes que la exportaban.
En el sur el latifundismo imposibilitó la aparición de aquella clase media campesina y ello tuvo consecuencias gravísimas a largo plazo. Claudio Sánchez Albornoz explicaba el origen de los enormes latifundios como resultado de la Reconquista [En torno al feudalismo1946], sin acertar a precisar que esta forma de propiedad ya había sido la dominante en tiempos de los romanos y visigodos, aunque nunca fue ni sería la única. Y es que el latifundio se prestaba muy bien al tipo de explotación que podía realizarse en las amplias y secas llanuras del Centro y del Sur de España. )Hasta qué punto fueron causas políticas o naturales las que indujeron el negativo proceso del latifundismo? Posiblemente sea efecto conjunto de los dos fenómenos. Del ritmo de la Reconquista devino en todo caso, como decíamos, la división de la Península en dos zonas, aproximadamente al Norte y al Sur, con numerosas excepciones. Al Norte con un predominio de la pequeña propiedad, al Sur con triunfo del latifundio, que se perpetuaría durante siglos.

La sociedad y la economía en la Corona de Aragón.
En la Corona de Aragón, sobre todo en Cataluña, surgió tempranamente una potente burguesía (ya en el siglo XII), basada en el auge mercantil y la audaz expansión político-militar en el ámbito del Mediterráneo que tuvo su cenit en 1250-1350.
La población crecía. Hacia 1340 la población parece que era de 500.000 en Cataluña, 200.000 en Aragón, 200.000 en Valencia y 50.000 en Mallorca, más la de los dominios italianos. Son máximos demográficos que tardarán en volver.
La economía alcanzó también su cenit en la primera mitad del siglo XIV, con los activos puertos de Barcelona, Palma y Valencia, importantes flotas mercantes (catalana y mallorquina), una industria textil poderosa y competitiva en Barcelona, Valencia y Palma, una banca naciente, una moneda estable, un gran comercio internacional con la Berbería (Norte de África), Italia y Oriente.
Los grandes logros en construcciones (y en general en el arte románico y gótico), son la prueba de la existencia de unas clases sociales, la aristocracia y la burguesía, con recursos y voluntad manifiestos, seguras de pertenecer a un ambicioso proyecto político, económico y social. Se desarrollaron populosas ciudades: Barcelona, uno de los más vigorosos centros del Mediterráneo, Valencia y Palma de Mallorca, al principio eslabones de la anterior pero que alcanzarían un desarrollo propio, llegando Valencia a ostentar la hegemonía urbana en la Corona de Aragón en el siglo XV.
Pero desde mediados del siglo XIV su debilidad demográfica ancestral (acrecentada por los estragos de la Peste Negra), la falta de fuentes de riqueza competitivas en el mercado internacional y las revueltas y guerras civiles dan la preeminencia en la Península al reino de Castilla sobre el de Aragón.
A fines del siglo XV parecía que la crisis económico-social se superaba: recuperación demográfica, paz interior, una administración relativamente honesta y eficaz, acuerdos sociales de largo alcance, reanudación del comercio mediterráneo oriental (la expedición de Juan de Sarriera a Alejandría en 1495 después de medio siglo de interrupción del tráfico), aumento de la producción y de la exportación textil.
Pero desde 1500 el área oriental de la Península sufrió crecientemente la depresión del área mediterránea, por la desviación de las grandes rutas de comercio hacia el Atlántico y por el surgimiento de la potencia otomana y berberisca que fomenta la piratería y disminuye el tráfico con Egipto y Siria. El patriciado urbano se hace rentista, invierte sus excedentes en propiedades rústicas que confieren rentabilidad, seguridad y prestigio. Los burgueses catalanes se dedicaron en este cambio de coyuntura a comprar rentas, cargos públicos, títulos y señoríos, de forma que el comercio era considerado una etapa transitoria hacia la nobleza, la renta y la propiedad. La compra de tierras era el primer signo evidente de una fortuna y las crisis económicas agudizaban ese proceso de deserción de los negocios. No existían grandes dinastías mercantiles que superaran las tres generaciones. Pero a la vez que las familias que habían constituido la gran clase social de la burguesía catalana se incorporaban a la nobleza surgían los gérmenes de un lejano futuro mucho más espléndido para Cataluña. Nos referimos a la clase media campesina que surgió desde la Sentencia de Guadalupe (1486), que declaró personalmente libres a los pagesos, con sujeción a pagar una renta a los dueños directos de las tierras. Esta reforma daría estabilidad a largo plazo a una base social que originaría unos siglos después de la burguesía comercial e industrial catalana.

LAS LUCHAS SOCIALES.
Aunque tienen lugar durante toda la Edad Media de un modo discontinuo, las más duras estallaron a partir de la crisis del siglo XIV y se prolongaron durante el siglo XV. El fenómeno se da en toda Europa: la “Jacquerie” en la Francia de la Guerra de los Cien Años, la sublevación de Wat Tyler (1381) en Inglaterra, los Ciompi en Florencia. El problema fundamental era la apropiación de las rentas por las clases privilegiadas mediante deudas, impuestos, etc.
Se desarrollaron en tres frentes:
- Burguesía contra nobleza.
- Campesinos contra nobleza.
- Pequeña burguesía contra la oligarquía municipal.
Muchas veces los intereses de la nobleza coincidieron con los de la oligarquía municipal, con lo que la lucha se polarizó entre ricos y pobres.
En Cataluña estos enfrentamientos se juntaron durante la segunda mitad del siglo XV, en la posiblemente primera “revolución social” de Europa, cuando se opusieron los intereses político-autoritarios de la monarquía (Juan II), los intereses político-económicos a favor del liberalismo comercial y la monarquía pactista que compartían la oligarquía feudal y urbana, y los intereses populares del campesinado y del pueblo urbano.

La burguesía contra la nobleza.
El enfrentamiento, con numerosos casos locales de conflictos jurídicos, en los que la nobleza utiliza la violencia, se resolvió a favor de la nobleza en Castilla, debido a la poca fuerza de la burguesía, mientras que en Cataluña lo hacía a favor de la burguesía de Barcelona, cuyo patriciado se alió con la alta nobleza en contra de la pequeña burguesía.
Los campesinos contra la nobleza: Cataluña, Mallorca y Galicia.
Surgió después de la Peste Negra (1348), cuando los señores perdieron rentas al bajar los precios y quedar despobladas muchas tierras, por lo que exigieron un aumento de los derechos señoriales y jurisdiccionales. Hubo tres grandes conflictos:
- El movimiento remensa de Cataluña. Los campesinos de la remensa eran 1/4 de la población. Después de 1348, al quedar despobladas muchas tierras, consiguieron mejores arrendamientos por parte de la nobleza que quería evitar su marcha, por lo que algunos payeses se enriquecieron. Pero desde 1380 los señores aumentaron sus exigencias, los malos usos, y los campesinos reaccionaron, los ricos defendiendo su libertad, y los pobres ocupando las tierras y atacando al sistema feudal. Desde 1447 el conflicto fue abierto y coincidió con la lucha política entre Juan II y la Generalitat (burguesía) de Barcelona, que apoyaba al príncipe de Viana. El Sindicat de los payeses y la pequeña y mediana nobleza apoyaron al rey, mientras la alta nobleza apoyó a la burguesía, en la guerra de 1462-1472. El enfrentamiento remensas-señores duró hasta que Fernando el Católico dictó la Sentencia arbitral de Guadalupe (1486), que medió entre ambos intereses, aboliendo los malos usos a cambio de una compensación económica. Desde entonces se desarrolló una estable clase social media de propietarios y arrendadores agrarios.
- La revuelta foránea de Mallorca. El conflicto (1450-1452) se produjo entre los municipios del campo (foráneos) y la ciudad de Palma, que administraba toda la isla. Los intereses de los campesinos se unieron a los de los menestrales (artesanos) de Palma, contra la nobleza. Alfonso V sometió el movimiento e impuso una dura multa que arruinó a los campesinos.
- El movimiento irmandiño de Galicia. En el siglo XV hubo varios levantamientos de campesinos y burgueses contra la alta y pequeña nobleza. Destacan en la primera mitad del siglo los de 1431-1432 y, sobre todo en 1467-1469, cuando sus enemigos debieron huir, pero el movimiento se radicalizó y dividió, y por ello la nobleza consiguió finalmente aplastar a los campesinos más radicales.

La pequeña burguesía contra la oligarquía municipal: los partidos de Busca y Biga en Barcelona.
El foco más representativo del conflicto es Barcelona, donde desde el siglo XIII se habían formado dos grupos, que en el siglo XV evolucionaron a partidos, la Busca (Sindicat dels Tres Estaments: pequeña burguesía, menestrales, oficiales) y la Biga (oligarquía municipal: alta burguesía, nobleza, judíos, clérigos). La Busca era democratizadora de la administración y proteccionista de la industria textil; la Biga era conservadora y defendía las rentas y el libre comercio. El conflicto se sumó a la guerra civil de 1462-1472, en que la Biga se enfrentó al rey y arrastró a una parte de la Busca, que al final sólo logró un cierto proteccionismo textil.

3. LA DIVERSIDAD CULTURAL.
Si la cultura en la Alta Edad Media había sido predominantemente rural (centrada en los monasterios) y relativamente homogénea (latín, románico con particularidades locales), desde el siglo XIII la cultura es urbana (centrada en las ciudades y, sobre todo, en sus cortes y universidades) y bastante diversificada (lenguas romances, gótico con muchas particularidades locales).

Las lenguas romances.
Se desarrolló la cultura, con la consolidación desde el siglo XIII de las lenguas romances (castellano, catalán, portugués) en detrimento del latín, reducido al ámbito eclesiástico y universitario.

Una sociedad multicultural: cristiandad, islam y judaísmo.
La diversidad cultural había sido muy beneficiosa en la Edad Media desde el punto de vista económico y cultural. Numerosos intelectuales desarrollaron una cultura plural, notablemente avanzada para su tiempo. Pero la relativa tolerancia que se disfrutó en los primeros siglos fue sustituida por una creciente agresividad desde el siglo XI, que alcanzó su cima después de la crisis del siglo XIV. En la Baja Edad Media mientras los judíos estaban en su apogeo cultural los musulmanes entraron en una profunda decadencia cultural.
Las aljamas musulmanas en Castilla estaban concentradas en el valle del Guadalquivir y Murcia. En la Corona de Aragón la población musulmana era mucho más rural, en el valle del Ebro y en las huertas valencianas.
Las principales juderías estaban en las ciudades comerciales e industriales castellanas: Toledo, Cuenca, Guadalajara, Alcalá, Ciudad Real, Sevilla, Córdoba, Cádiz, Segovia, Avila, Astorga, Salamanca, Zamora, Toro, Valladolid, Burgos, Medina del Campo. En Navarra destacaba Tudela. En la Corona de Aragón descollaban Zaragoza, Tarazona, Calatayud, Huesca, Jaca, Valencia, Gandía, Alcoy, Palma de Mallorca. En el reino nazarí la de Granada.
Otro grupo étnico aparece en esta época, los gitanos, que procedentes de la zona del Indo (aproximadamente el actual Pakistán) en una larga emigración comenzada en el siglo X, llegan a España desde 1415 en pequeños grupos, hasta llegar a constituir desde el siglo XVI una minoría muy importante.

La Iglesia y su papel cultural.
La Iglesia cristiana mantuvo su papel hegemónico en la cultura, a través de las escuelas de las parroquias y catedrales, las cátedras de teología y filosofía en las universidades, los studia monásticos (sobre todo los cistercienses) y los encargos de obras de arte religioso.

Las Universidades.
Las Universidades se multiplicaron y engrandecieron. En Castilla destacaron Palencia (1212, pero duró poco), sobre todo Salamanca (1218), seguida por Sevilla y por Alcalá de Henares desde principios del siglo XVI. En la Corona de Aragón las de Lérida (1300), Huesca, Barcelona... En Portugal la universidad de Coimbra (1290) fue trasladada a Lisboa en 1308.
Los estudios más concurridos eran los de Teología, Filosofía, Derecho y Medicina.
El Humanismo se convirtió en la ideología cultural de la élite, con Antonio de Nebrija y una gran generación de literatos, historiadores y filólogos, que emprendieron la edición de las Sagradas Escrituras.

El arte gótico y el mudéjar.
El arte gótico se caracterizó por una arquitectura urbana de iglesias y palacios construidos con bóvedas de crucería, arcos apuntados y amplias vidrieras, en busca de la altura y la luz, y una pintura y escultura que avanzaron hacia al naturalismo y un mayor interés por el hombre.
El mudéjar-gótico se formó en este periodo juntando el gótico con influencias del arte islámico. Ambos estilos se difundieron por toda la Península, mientras aparecían a finales del reinado de los Reyes Católicos las primeras manifestaciones del Renacimiento, gracias al mecenazgo de la Iglesia y los reyes (hospitales, iglesias) y los nobles (palacios).

FUENTES.
Documentales.
Serie Memoria de España. RTVE. [www.rtve.es/alacarta/videos/memoria-de-espana/]: La época de las tragedias. El siglo XIV y el XIV hasta 1479.

Libros.
Álvarez Palenzuela, V.A.; Suárez Fernández, L. La consolidación de los reinos hispánicos (1213-1369). v. VI. en Montenegro Duque, Angel (coord.). Historia de España Gredos. Gredos. Madrid. 15 vols.
Bisson, Thomas N. Història de la Corona d’Aragó a l’Edat Mitjana. Crítica. Barcelona. 1988 (Oxford. 1986). 264 pp.
Dufourcq, Ch. E.; Gautier-Dalché, J. Historia Económica y Social de la España cristiana en la Edad Media. El Albir. Barcelona. 1983. 456 pp.
García de Cortázar, José Ángel. La época medieval. 426 pp. v. II. en Artola, M. (dir.). Historia de España Alianza. Alianza. Madrid. 1990.
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APÉNDICE:
La crisis de la Baja Edad Media.
Furió, Antoni. La primera gran depresión europea“El País” Negocios 1.366 (8-I-2012) 8-9. La crisis de la Baja Edad Media, en el siglo XIV, en una serie de siete artículos de historiadores económicos sobre las recesiones más importantes de la historia, coordinada por Enrique Llopis, catedrático de la Universidad Complutense de Madrid. Antoni Furió Diego es catedrático de Historia Medieval de la Universidad de Valencia. El artículo es un excelente y breve ejemplo de la historiografía actual y sirve como texto para el comentario en clase.
‹‹Guerras, epidemias, hambre... La Baja Edad Media vivió enormes convulsiones que causaron una profunda crisis en Europa y España. La sacudida al sistema feudal abrió las puertas de la modernidad al Viejo Continente.
(…) El de Mallorca no es un caso aislado ni en la España ni en la Europa de la baja Edad Media. Hacia finales del siglo XIV el pago de los intereses de la deuda pública representaba entre la mitad y las tres cuartas partes del gasto municipal en las grandes ciudades italianas, francesas, alemanas, flamencas y holandesas. En la Corona de Aragón, donde la emisión de censales se había generalizado desde mediados del trescientos como el principal recurso financiero de las Haciendas locales, la deuda pública había adquirido ya niveles colosales antes de finalizar la centuria. En Barcelona, pasó de representar el 42% en 1358 al 61% en 1403; en Tarragona, del 54 % en 1393 al 72% en 1399; en Valencia, del 39 % en 1365 al 50 % en 1402; y en Mallorca, quizá el caso más espectacular, ascendía al 81% en 1378. Y como la deuda se financiaba con los ingresos fiscales —o tal vez fuera más exacto decir que se crearon nuevos impuestos y se incrementó la presión fiscal con el fin de financiar la deuda—, buena parte del esfuerzo fiscal de la población se desviaba en beneficio de los acreedores, de ciudadanos y mercaderes que invertían en la deuda pública —menos lucrativa, pero más segura— para diversificar sus riesgos, mucho antes de que tomasen el relevo la nobleza y las instituciones eclesiásticas, con un espíritu ya claramente rentista.
La imparable escalada de la deuda, uno de los mejores barómetros y a la vez una más de las múltiples causas de la crisis del siglo XIV, tenía su origen en las continuas peticiones pecuniarias de la monarquía, motivadas a su vez por el incremento del gasto bélico, y, en menor medida, en el desarrollo del propio aparato administrativo de un Estado cada vez más centralizado. En toda Europa la guerra fue un fenómeno casi permanente a lo largo del siglo XIV, uno de los grandes azotes, junto con la peste y el hambre, de esta centuria de grandes calamidades.
En la península Ibérica las campañas militares se suceden una tras otra a lo largo del trescientos: las cruzadas castellano-aragonesas contra Granada; la batalla del Salado, en la que las fuerzas combinadas de Castilla y Portugal derrotaron a los benimerines; la conquista de Cerdeña y las guerras continuas con Génova por el control del Mediterráneo occidental; la reintegración de Mallorca a la Corona de Aragón; las revueltas nobiliarias castellanas y las guerras de la Unión aragonesa y valenciana; y, sobre todo, la guerra civil castellana, que a su vez derivó en una guerra abierta entre las coronas de Castilla y Aragón, una guerra larga, costosa y destructiva que se inserta también en el marco general europeo de la Guerra de los Cien Años.
Las guerras segaban vidas, arrasaban las cosechas, asolaban pueblos y ciudades, interrumpían el comercio, dificultaban el abastecimiento y frenaban el crecimiento, pero también exigían fuertes sumas de dinero para financiar tanto las campañas militares —y en particular el pago de las tropas— como la posterior reconstrucción. Y el dinero salía de las ciudades y de las comunidades rurales, sometidas a nuevas y mayores exacciones, que de ser inicialmente extraordinarias pasaron a convertirse en ordinarias. Al contrario que los antiguos tributos feudales, recaudados en el ámbito estricto del señorío, los nuevos impuestos eran generales y universales, no se limitaban solo a los vasallos del rey, sino que se extendían a todos los habitantes del reino, a todos los súbditos del monarca, y se justificaban por el bien común o la utilidad pública. Aunque se invirtiesen en gastos tan dudosos —desde la perspectiva de los contribuyentes, que así lo denunciaban— como más guerras o más mercedes a privados y partidarios del soberano.
La construcción de un verdadero sistema fiscal y financiero, con impuestos ordinarios, regulares, sobre el patrimonio o sobre la comercialización y el consumo (sisas, alcabalas), hizo posible, primero en Cataluña y la Corona de Aragón y más tarde en Castilla, la consolidación de la deuda pública, basada ya no en créditos a corto plazo (préstamos a interés) sino a largo plazo (censales, juros). O más bien cabría decir que fue la consolidación de la deuda pública, consignada sobre determinados impuestos (en su mayoría indirectos) la que exigió y desembocó en el establecimiento de un verdadero sistema fiscal, primero municipal y después estatal.
En cualquier caso, y esto es lo relevante, ciudades, reinos (cortes y diputaciones) y monarcas dispusieron de nuevos instrumentos financieros con los que atender nuevas y crecientes necesidades (aunque en algunos casos acabarían llevándoles a la quiebra); el patriciado urbano y más tarde la alta aristocracia y el clero se beneficiaban del festín fiscal, redistribuido en forma de intereses de la deuda; y las clases populares, rurales o urbanas, contribuyentes netos, veían cómo se añadían a los censos agrarios y las rentas señoriales tradicionales los nuevos impuestos con los que se financiaban las haciendas locales y reales y, en particular, la deuda pública.
El incremento de la presión fiscal y el reparto de su producto entre la nobleza (profesionales de la guerra y altos cargos del Estado) y los inversores en la deuda son solo una de las manifestaciones de los grandes cambios eco—nómicos y sociales (pero también políticos, culturales e incluso religiosos, con el gran Cisma de Occidente) que tuvieron lugar en el siglo XIV y que los historiadores suelen englobar, extremando los tintes negativos, bajo la denominación general de “crisis del siglo XIV”, “crisis del feudalismo” e incluso “gran depresión bajomedieval”. Las otras manifestaciones son más conocidas, y por eso les dedico menos espacio en esta apretada síntesis.
Los primeros historiadores que se ocuparon de ella y los propios contemporáneos destacaron sobre todo la conjunción de catástrofes y calamidades que se abatió sobre la centuria y, en primer lugar, el terrible impacto de la peste negra, que diezmó a la población europea. La epidemia, de efectos letales en su doble variedad bubónica y pulmonar, llegó a la costa mediterránea de la Península en el verano de 1348 y rápidamente se propagó por toda Europa occidental, a lomos de las ratas que infestaban las bodegas de los barcos y los cargamentos comerciales. No había remedio contra ella, y lo único que podían recomendar los médicos y las autoridades públicas y religiosas, además de rogativas y actos de expiación colectiva, era huir de las ciudades más atestadas y expuestas. Como hizo Boccaccio, que se retiró a una villa alejada de Florencia, donde compuso el Decamerón en el año de la peste.
Aunque todas las estimaciones demográficas anteriores a la era estadística no pasan de ser eso, estimaciones, se calcula que entre una tercera parte y la mitad de la población europea sucumbió a la epidemia, lo que representó un verdadero colapso demográfico y económico. Además, tan mortíferas como su primera irrupción fueron sus posteriores recurrencias —el segundo brote, en 1362, se cebó en la población infantil, sin defensas inmunológicas—, y el hecho de que la peste se instalase de manera permanente en la sociedad europea hasta más allá de los siglos medievales no dejó de ensombrecer las posibilidades de recuperación.
Mucho antes que la peste, habían hecho su aparición las carestías y las hambres. Un cronista catalán de la época bautizó el año de 1333 como “lo mal any primer”, el inicio de todos los males, cuando una mala cosecha disparó el precio de los cereales y extendió el hambre y la muerte por toda la Península. Solo en Barcelona murieron 10.000 de los 50.000 habitantes con que contaba la ciudad. Pero los efectos de la carestía se dejaron sentir también de forma severa en Castilla y Portugal.
En el norte de Europa la crisis había empezado una generación antes, con la gran hambruna de 1315-1317, provocada por el empeoramiento de las condiciones meteorológicas y la sucesión de malas cosechas, que golpeó a todo el continente, de Escocia a Italia y de Rusia a los Pirineos, pero que no afectó a la península Ibérica. Los testimonios de la época hablan de altos niveles de criminalidad, enfermedades, muertes masivas e incluso casos de canibalismo e infanticidio.
Frente a una visión catastrofista que situaba el origen de la crisis en la incidencia de factores exógenos como la peste y el enfriamiento climático (en el siglo XIV, en efecto, se inició lo que se conoce como la pequeña Edad del Hielo, que se prolongaría hasta mediados del XIX), la mayoría de los historiadores se ha decantado tradicionalmente por atribuir sus causas a factores de naturaleza endógena, como el desequilibrio entre población y recursos, los rendimientos decrecientes, la estructura de clases, la conflictividad social, la guerra permanente, la competencia entre los nuevos Estados emergentes o el aumento de la presión fiscal.
Para los historiadores neomaltusianos las causas de la crisis se encontrarían en las limitaciones internas del propio crecimiento —demográfico y económico en general— que había caracterizado a la economía europea en los tres siglos precedentes, del XI al XIII. La inflexión se habría producido ya en las últimas décadas del doscientos, cuando hicieron su aparición en algunas regiones —ciertamente no en la península Ibérica— los primeros síntomas de agotamiento, de haber llegado ya al final de la gran expansión medieval. Treinta o cuarenta años separan, en opinión de Bois, el final del crecimiento de la entrada en la depresión propiamente dicha. Y entre los factores que llevaron a ella señala en primer lugar la persistencia de la presión demográfica sobre una economía agotada e insegura, el alza de los precios y, en particular, la escalada del precio de la tierra.
Como en el caso de una burbuja, una verdadera fiebre especulativa se apoderó del mercado inmobiliario y presionó los precios al alza de manera irracional. Las tasas de interés, que durante la etapa de crecimiento habían descendido hasta un nivel medio del 5%, se elevaron hasta el 8% o el 10%. Todo ello se tradujo en graves desórdenes monetarios, particularmente en Francia, donde la moneda perdió el 50% de su valor, a la vez que las devaluaciones disparaban los precios y desencadenaban la especulación monetaria.
Este proceso constituyó el prolegómeno extremo (estancamiento técnico y productivo, aumento del gasto público improductivo, incremento de la deuda sobre activos sobrevalorados) que precedió y llevó finalmente a la depresión, con la caída de la producción y los precios agrarios y la contracción de la demanda, afectada ya por la crisis monetaria y el retroceso demográfico. Por su parte, la salida de la crisis —sobre la que no puedo extenderme aquí— solo vendría, a mediados ya del siglo XV, con un importante reajuste de las estructuras económicas, la reducción de los tipos de interés, la estabilización de la moneda y de los precios, el alza de los salarios y de los ingresos señoriales —gracias a la nueva fiscalidad centralizada— y la recuperación de la demanda.
Más allá de sus manifestaciones más virulentas y más allá también de las distintas interpretaciones con las que los historiadores la han intentado comprender, la gran depresión bajomedieval ha sido considerada también como una crisis sistémica, como una crisis del feudalismo (aunque no fuese la que terminase con él, como tampoco la crisis de 1929 terminó con el capitalismo). Otros, en cambio, se preguntan si no se trató más bien de una serie de dificultades a corto plazo o cuellos de botella de la producción, que podrían haberse superado de no haber irrumpido la peste.
En todo caso, la crisis se saldó con una profunda reorganización del sistema feudal, desde sus bases económicas (una mayor especialización e intensificación agrícola, mayores tasas de urbanización, el desarrollo de la manufactura, el incremento de la comercialización, la reducción de los costes de transporte) hasta sus estructuras políticas e institucionales (con el afianzamiento de las monarquías territoriales y la centralización del poder político y militar). Fue en este sentido, como la denomina Epstein, un proceso de “destrucción creativa”, desatado por un periodo de rápido y traumático colapso demográfico, que se tradujo en una mayor integración económica e institucional, en una mayor competencia entre mercados y entre Estados y que colocaría a la economía europea en una senda de mayor crecimiento. Lejos de ver en ella solo sus aspectos calamitosos, la crisis de la baja Edad Media fue ante todo un motor del cambio económico, el escenario de la reorganización que permitió convertir el crecimiento en desarrollo. Europa y la economía europea saldrían reforzadas de la prueba.››

La crisis de la Baja Edad Media en el Reino de Mallorca es un fiel ejemplo de la depresión económica y social que se extendió por Europa desde mediados del siglo XIV. Antoni Furió explica:
‹‹Tras varios intentos fallidos por superar la crisis de sus finanzas, la Hacienda del reino de Mallorca quebró finalmente en 1405. En los años anteriores se habían desplomado muchas bancas privadas en Barcelona, Valencia y la misma Mallorca, pero ahora no se trataba ya del hundimiento de entidades financieras particulares, sino de la bancarrota de todo un reino. La quiebra no solo obligó a consignar todos los ingresos fiscales de la isla al pago de los intereses de la deuda y a su amortización, sino que dejó en manos de los acreedores, en su inmensa mayoría barceloneses, la centralización del producto fiscal recaudado y la supervisión del pago de los intereses y de la gestión en general de la deuda pública.
No se trataba de una mera crisis coyuntural. Los problemas eran estructurales y venían de muy atrás. Treinta años antes, y solo veinte después de que Mallorca hubiese empezado a emitir deuda pública, las cuentas ya no cuadraban. Como apuntó en su día Álvaro Santamaría, de los 900.000 sueldos a que ascendían anualmente los ingresos teóricos globales, solo llegaban a recaudarse unos 660.000, mientras que el resto dejaba de percibirse por fraude fiscal o mala gestión. Para atender el desfase entre ingresos y gastos, la Hacienda mallorquina había contraído una deuda del orden de seis millones de sueldos, que obligaba al pago de intereses por un total aproximado de 600.000, es decir, la casi totalidad de los ingresos efectivos ordinarios.
En 1373, un administrador nombrado por la corona elaboró un plan de saneamiento de la Hacienda del reino que pasaba por reducir drásticamente el gasto público (adelgazando sensiblemente la nómina de salarios y gratificaciones pagados por la Administración; reduciendo el número de embajadas y misiones oficiales; limitando la inversión en obras públicas durante diez años a la conservación de las murallas, la conducción de aguas y el muelle; controlando el abastecimiento frumentario y prohibiendo la concesión de donativos graciosos con cargo a fondos públicos), fiscalizar con severidad las cuentas de la Administración pública (sometidas a auditorías, cuyos informes serían entregados a los nuevos gobernantes al inicio de su mandato anual) y amortizar la deuda en 10 años (reduciendo el tipo de interés del 10% al 8%, una moratoria de 10 años y un plan septenal de amortización). El plan no solo no funcionó, sino que la situación de las finanzas se agravó y, aunque hubo nuevos intentos por sanear la deuda (en 1392 se colocó ya a un catalán, en representación de los acreedores, al frente de las finanzas mallorquinas con el fin de asegurar el pago de los intereses), la Hacienda quebró finalmente en 1405.›› [Furió, Antoni. La primera gran depresión europea“El País” Negocios 1.366 (8-I-2012) 8-9, cit. 8.]