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viernes, 8 de mayo de 2015

CS 1 UD 18. Hispania y Baleares en la Edad Antigua. Las colonias y los municipios como elementos impulsores de la romanización.

CS 1 UD 18. HISPANIA Y BALEARES EN LA EDAD ANTIGUA. LAS COLONIAS Y MUNICIPIOS COMO ELEMENTOS IMPULSORES DE LA ROMANIZACIÓN.
INTRODUCCIÓN.
ESTADO DE LA CUESTIÓN.
ETAPAS DE LA ROMANIZACIÓN.
1. La República.
2. Julio César.
3. Augusto.
4. El Imperio.
LAS CIUDADES DE HISPANIA.
1. Los tipos de ciudades.
2. El régimen municipal.
LA ROMANIZACIÓN EN BALEARES.
BIBLIOGRAFÍA.

INTRODUCCIÓN.
Para entender qué es la romanización primero debemos saber qué es la romanidad. Sin duda no es el dominio político por Roma, sino el modo de vida urbano de la civilización latina [Rostovtzeff. 1960: 190-192.].
Roma era la gran civilización urbana de la Antigüedad y en la ciudad descansaba su vida política, social y económica. El campo, así, era el territorio dominado por la ciudad. Si entendemos [Roldán et al. 1989: 92.] que Roma es una ciudad-estado que conquistó el mundo mediterráneo y forjó su poder sobre la alianza con las clases altas de las ciudades-estado de los territorios conquistados a fin de asegurar el dominio sobre el campo, podemos explicarnos tanto la relativa estabilidad como la magnitud de su triunfo histórico. Por primera vez una civilización inequívocamente urbana -en lo cultural- construía un gran imperio. La romanización, como sostiene Mangas [Mangas. 1982: 203-208.], se puede definir así como la expansión de un modelo romano de vida y civilización, no en un aspecto, sino en un conjunto o totum: la urbanización y el modo de vida urbano, con su modelo de clases sociales y relaciones económicas, que se expresa en el uso de la lengua y la cultura latina, y en la vigencia del derecho y las instituciones romanas, etc. Por ello, no cabe hacer una equiparación acrítica de dominio romano y romanización: esta llegó mucho después de aquél, gracias a la paz más que a la guerra, y en muchos lugares jamás fue completa, e incluso se puede defender que hubo una “hispanización” de la romanidad en Hispania, pues es evidente una influencia ibérica sobre la civilización romana: instituciones como el rex, el servicio militar de siete años, el nacimiento del ejército profesional; en la ideología, la realeza por elección y, mediante la devotio ibérica y la clientela, la configuración del régimen imperial; en lo material, el vestuario y parte del armamento del ejército; en lo económico, la importación de vasos ibéricos en Italia; en lo religioso, nuevos dioses, etc. La romanización fue un proceso dialéctico, no un advenimiento.
Para estudiar este proceso, persisten numerosos problemas metodológicos y documentales, como la falta de publicación de muchos materiales epigráficos, de excavaciones metódicas que resuelvan la localización de ciudades, la escasez de fuentes anteriores a César -en contraste con las numerosas fuentes posteriores-, de esclarecimiento de si algunas ciudades eran fundaciones precesarianas, cesarianas, augústeas, etc.

ESTADO DE LA CUESTIÓN.
En la historiografía hay un consenso sobre el papel esencial de las ciudades en el proceso de romanización. Sánchez Albornoz [Balil. 1956: 39.] consideraba que los principales agentes de la romanización fueron los soldados romanos de guarnición, los mercenarios y aliados hispánicos, los soldurri, los rehenes, los legados, los comerciantes, los funcionarios. Los focos de romanización los constituían las guarniciones, con sus soldados y sus acompañantes civiles; los puertos y las vías comerciales; y, sobre todo, las ciudades, sedes de los funcionarios romanos o recaudadores de impuestos otras. Estos fueron los elementos de la romanización de Hispania, por medios guerreros o pacíficos. Maluquer [Maluquer. 1987: 325.], por su parte, sostiene que el proceso de romanización se basa en la concesión de la ciudadanía, la utilización de los indígenas en las tropas auxiliares y la extensión del derecho de ciudadanía mediante la clientela. Cuando el indígena tomaba el nombre del benefactor romano al que se vinculaba, probaba su nueva situación de privilegio jurídico y social.
Pero algunos autores ponían en duda la tesis de romanización = urbanización. Balil escribía todavía en 1956: «La actuación de las ciudades como elemento de romanización no aparece como de fácil valoración. Para tiempos del Imperio, e incluso para el periodo de las guerras civiles, aparece la fundación de ciudades, y ello creemos que procede del ideario político de los Gracos, como un sistema de romanizar el territorio circundante. Este sistema fue ejercitado intensamente en Oriente y África, y afectó también a Hispania. Pero es hecho es que en Hispania la concesión de rangos municipales y coloniales se realiza, desde el punto de vista de la romanización, en una fase tardía en un periodo en que muchas ciudades presentaban evidentísimas pruebas de romanización cultural. ¿No son claras muestras de ello lo poetas, de rudo acento para los romanos, que rodeaban a Metelo en Córdoba?» [Balil. 1956: 51.] Balil se basa en una interpretación de Rostovtzeff [Rostovtzeff. 1936: tomo I, cap I, p. 31 y ss.], quien habría escrito que la concesión de derechos coloniales o municipales para asentamiento de veteranos o emigrados itálicos, realizada por el Estado, requería previamente un avanzado grado de urbanización y la existencia de una clase social muy romanizada en lo cultural y que esto es aplicable a las fundaciones de Augusto y a Ampurias. Pero la lectura atenta de Rostovtzeff desmiente esta interpretación: lo que este autor sostiene es que la colonización fue de naturaleza distinta en las diferentes etapas de la historia romana. Es evidente que no podía ser idéntica la que se produjo en -200, sobre una población ibérica nada romanizada, que la de Augusto, con una población autóctona ya bastante romanizada.

ETAPAS DE LA ROMANIZACIÓN.
La evolución jurídica de las ciudades hispánicas y de sus habitantes explica a grosso modo la evolución de la romanización, pues vivir en una ciudad y ser ciudadano romano era un triunfo social, el signo público de pertenecer a una clase social jurídicamente superior, y la mayoría de los habitantes del Imperio pugnaban por alcanzar esta condición.

1.     La República.
La República senatorial no concedió de buen grado la ciudadanía. Es conocida su política reacia a extenderla, porque limitaba su propio poder, incluso en la misma Italia (lo que provocó las guerras itálicas del siglo I aC) y aun más a los provinciales, con pocas excepciones. Las provincias eran expoliadas sin complejos por los altos funcionarios de la clase senatorial, que no estaban interesados en la equiparación jurídica de los pueblos sometidos. Por tanto, hasta Julio César y Augusto se da una primera etapa en la que la romanización económica y un poco la cultural avanza en las regiones mediterráneas, pero la jurídico-administrativa está muy atrasada. Hubo que esperar a los generales revolucionarios del s iglo I aC para que estos aplicasen un nuevo programa político: transferencia del poder a las asambleas, redistribución de tierras y extensión de la ciudadanía, todo lo cual debía tener un efecto inmediato en la romanización de las provincias [Rostovtzeff. 1960: 130.].
En Hispania, una de las primeras fundaciones romanas es Itálica [Rodríguez Neila, 1988: 126.], fundada por Escipión en 206 aC, la primera privilegiada con el derecho de oppidum civium romanorum. Según Morris [1974: 83], Itálica es un ejemplo del estatus dudoso de muchas ciudades hispánicas, pues Scullard la considera colonia, mientras que Salmon la toma como municipium, que pidió el rango de colonia a Adriano como «puro esnobismo por parte de su ciudad natal».


La ciudad romana de Barcino (Barcelona). Se observa la típica división estructural en dos calles principales, una en dirección norte-sur (cardo) y otra este-oeste (decumano), que se cruzan en el foro (el centro ceremonial).

En los dos siglos siguientes, hasta el Imperio, la política urbanizadora estuvo estrechamente ligada a la expansión y consolidación del dominio romano. La mayoría de los núcleos romanos se situaban sobre precedentes poblaciones indígenas, como es el caso en la Citerior de Ampurias, Tarraco, Gerunda, Barcino, Ilerda, Iluro (Mataró), Baetulo (Badalona), Ausa (Vic), Egara (Terrasa), etc. Se aprovechaban las mejores áreas agrícolas, en llanuras bien irrigadas. Los hallazgos arqueológicos demuestran la continuidad urbana, desmintiendo la interpretación de una ruptura poblacional, que los autores explicaban por la decisión de Marco Porcio Catón en 195 aC de expulsar a los habitantes urbanos indígenas, manu militari. A Catón, cónsul de la Citerior desde ese mismo 195, se le debe el sometimiento de una gran rebelión indígena y el primer impulso importante de la romanización. [Pericot. 1987: 330.]
Actualmente, sobre el abandono del hábitat prerromano, hay un consenso sobre que donde se pactaba hubo una continuidad generalizada, mientras que donde se mantuvieron duras guerras de conquista y una amenaza continua de rebeliones se decidió a menudo una política de concentración de la población, que se abandonaba en cuanto la paz se consolidaba o por la repetida experiencia de que trasladar las poblaciones no garantizaba a largo plazo la paz, sino al contrario. Tiberio Sempronio Graco, cónsul desde 180 aC, aseguró el dominio romano por 25 años (hasta la rebelión de 153 aC) gracias a sus éxitos militares, política moderada y los acuerdos de fidelidad con las tribus y ciudades. Los indígenas se convertían en socii, aliados de Roma. La fundación de Graccurris, junto al Ebro, es un símbolo de su política urbana. La guerra celtibérica, intensificada en 154-133, y la guerra lusitana de 155-136, debieron interrumpir el proceso, volcados todos los esfuerzos en la recluta y pago de las huestes, para reanudarse en el último tercio del siglo II aC, pese a ocasionales rebeliones (99-94). La fundación de Corduba (152 aC) sobre un núcleo indígena; la conquista de las Baleares por Quinto Cecilio Metelo (123-122) y la inmediata fundación de las ciudades de Palma y Pollentia; la fundación de Colenda (102 aC) por Mario para asentar a los celtíberos aliados de Roma, son una prueba de esta voluntad de romanizar mediante la urbanización del territorio, pero, según Maluquer fue una romanización únicamente económica: «El proceso que llamamos romanización en la época republicana no era más que la explotación de los recursos económicos de la Península». [Maluquer. 1987: 348.] La misma Numantia, tan odiada por los romanos, fue reedificada y repoblada con romanos y aliados que recibieron las tierras conquistadas. Se combinaba la dureza de la represión con la urbanización militar del territorio. A principios del s. -I, relativamente pacificado el interior de la Península y casi completamente la costa mediterránea, se produce la penetración lenta del latín y de las formas de organización urbana, mientras coexisten las religiones indígenas y romanas. La guerra sertoriana (83-72) fue un postrer intento de los iberos, celtíberos y lusitanos de mantener su identidad indígena, aunque en alianza con un partido romano. Ya no había una verdadera opción independista. En resumen, en Hispania hubo hasta aproximadamente el 50 aC muchos menos colonos que en el norte de Italia, pues en la colonización se privilegiaron las consideraciones político-militares (la defensa de Roma) antes que las económicas, pues la romanización de Italia era prioritaria antes que la de la lejana Hispania. Esto cambió con César y Augusto, que implantaron una decidida política de asentamiento colonial en Occidente (Galia, Hispania y Africa) [Rostovtzeff. 1936: tomo I, 71-72.], con una romanización masiva.

2.     Julio César.
César fue el gran innovador, el verdadero teórico de la romanización de Occidente, donde planteó una activa política [Roldán. 1981: 628-631.] de colonización y concesión de la ciudadanía en las provincias. Era un medio de romanización de los territorios conquistados, así como una solución al conflicto social del asentamiento de los veteranos y de la empobrecidas clase media y campesina arruinada en las guerras civiles, y de ello resultará una intensificación del proceso de romanización, con el paulatino abandono del hábitat de tipo ibérico, el desarrollo económico y el aumento del nivel de vida. A César, buen conocedor de Hispania, sus campañas del 49 (Ilerda) y 44 aC (Munda) le reforzaron en su convicción de que aquella política era el mejor vehículo para debilitar el partido pompeyano -basado en las clientelas-. Su política administrativa de colonización, menoscabada por la falta de tiempo, se interrumpe apenas brevemente con su muerte en 43 aC. Según Balil «En conjunto todo parece indicar un proceso de romanización rápido, más especialmente en los grandes centros comerciales, y en el que por ahora no es posible establecer fases. Las guerras civiles estimulan este proceso con la concesión de derechos de ciudadanía colectivos, unas veces, individuales, otras» [Balil. 1956: 57.]. Según Rostovtzeff, la decisiva aportación a la romanización se produjo con los refugiados que emigraron fuera de Italia durante las guerras civiles, sea políticos perseguidos, comerciantes arruinados, o campesinos desposeídos de sus tierras por la concentración de las mejores tierras en manos de los senadores. [Rostovtzef. 1936: tomo I, 54.]
Julio César describe como, en una columna militar de aprovisionamiento que se dirigía de las Galias a Ilerda, había un numeroso grupo, unos 6.000 civiles, gentes de alta posición, hijos de senadores y caballeros, que, con sus familias y esclavos, se habían refugiado en la columna y pretendían establecerse en la Península (Bellum Civile, I).
Esta población itálica se organizaba en los núcleos indígenas en conventus civius romanorum, para defender sus intereses, que se convirtieron en activos círculos de influencia romanizadora [Maluquer. 1987: 349.]. Hispalis, Ucubi, Celsa, Tarraco, Dertosa, etc. son fundaciones cesarianas, aunque el estatuto colonial de Dertosa se considera de Claudio o Vespasiano.

3.     Augusto.
Con Augusto, que domina España desde 42 aC, y tras la guerra civil que acaba en 33 aC, se continúa en bloque [Roldán et al. 1989: 95-96.] la política cesariana, para asentar a los veteranos y también para extender la base de apoyo del partido imperial en las provincias y, a su vez, socavar el partido senatorial, que seguía oponiéndose a la ampliación de la población con derecho romano. Pero sus consideraciones eran más militares que sociales, concedió menos ciudadanías e impulsó más los núcleos indígenas peregrinos. En su mandato, el reclutamiento de indígenas hispánicos se extendió al propio ejército regular [Rostovtzeff. 1936: tomo I, 102.], lo que acrecentó el proceso de romanización, al volver los veteranos a Hispania. Para conocer un ejemplo de su política de romanización en Hispania nos referimos a las últimas guerras de pacificación, las de los astures y cántabros, en 29-25 y 22-19. Según Floro, Augusto obligó a los astures a abandonar sus primitivos castros y viviendas situadas en las montañas y bajar a vivir al llano: «Hic finis Augusto bellicorum certaminum fuit, idem rebellandi finis Hispaniae. Certa mox fides et aeterna pax, cum ipsorum ingenio in pacis artes promptiore, tum consilio Caesaris, qui fiduciam montium times in quos se recipiebant, castra sua, quia in plano erant, habitare et incolere iussit; ibi gentis esse concilium, illud observare caput» [Floro, II, 33, 59-60.]., y Pericot [Pericot. 1987: 363.] y otros autores aceptan esta versión, pero, de acuerdo a Pastor los hallazgos arqueológicos confirman que esta política fue revocada al poco tiempo, pues hay una continuidad de poblamiento en los núcleos de las montañas de Asturias. «Es probable que, tras la sumisión de los cántabros y astures, se construyeran en territorio astur algunas ciudades de nueva creación, pero debieron ser muy escasas y de poca importancia y desaparecer rápidamente, probablemente en la misma época romana (…) La mayor parte de las ciudades que se conocen (...) las crearon aprovechando el primitivo castro indígena, en torno al cual se fueron aglomerando diversas gentes, dedicadas a algunas actividades particulares, preferentemente comerciales, hasta formar un núcleo de población más numeroso» [Pastor. 1976: 416 y ss.].
Los otros núcleos subsistirían, porque, una vez pacificados, no creaban grandes problemas a la administración romana y además «es difícil suponer un abandono a gran escala y forzoso de los indígenas que habitaban en las montañas y su inmediato establecimiento en las zonas llanas, pues ello habría provocado al Estado romano alteraciones más serias que las que iban a evitarse en el futuro» [Pastor. 1976: 418.].
Pronto se romanizaron los astures, como se manifiesta en las técnicas constructivas (como el uso de las tegulae romanas) y la tipología edilicia (termas e insulae de Lancia). Augusto fundó, en el norte, las colonias de Astúrica, Braccara, y las ciudades de Julióbriga (Retortillo) y Portus Victoriae. Desde 18 aC se reorganiza la vida administrativa de Hispania, con la fundación de colonias. Los veteranos de las últimas guerras hispánicas fueron establecidos en colonias, como la de Emérita Augusta (Mérida, en 26 o 25 aC), Barcino, Astigi, Tucci, Caesaragusta... Se construyen grandes obras públicas, como los acueductos de Segovia y Tarraco, la Vía Augusta, además de mejorarse otras vías de comunicación, lo que repercute en la urbanización.

4.     El Imperio.
En el primer siglo del Imperio, desde Tiberio (14-37) a Vespasiano (69-79), la romanización progresa y según Balil «Los datos de la época imperial son quizá la mejor prueba de la intensidad de la romanización. Temprana desaparición de la onomástica y divinidades indígenas, arcaísmo del latín epigráfico (...)» [Balil. 1956: 57.]. Ya no es sólo económica, sino que supone un real cambio de mentalidad y costumbres [Maluquer. 1987: 367.], pero todavía la mayor parte de Hispania sigue bajo su anterior administración indígena. Claudio [Roldán et al. 1989: 147-149.] fue muy generoso en la concesión de la ciudadanía a los individuos y su política de romanización mediante la urbanización fue intensificada por Vespasiano, que se interesa por España, reorganizándola, tal vez para atraerse un partido a su familia y debilitar a los itálicos [Rostovtzeff. 1936: tomo I, 181-182]. Vespasiano lo haría para evitar las continuas sublevaciones de soldados itálicos. Concede en 73 o 74 el Ius Latii minus, un primer paso para la concesión general de la ciudadanía romana, que unificaba jurídicamente Hispania y convertía a los cargos municipales en plenos ciudadanos romanos [Jacques. 1990: 45.]. En su mandato se inicia el núcleo de Legio (León), con un castrum, sede desde el 79 d.C. de la Legio VII Gemina, que dio origen a la ciudad gracias a sus cannabae [García Bellido. 1985: 223.]. Con Domiciano sigue el proceso, con dos Leyes municipales, la Lex Malacitana y la Lex Salpensana, con una expansión de las religiones romanas y el soterrado inicio del cristianismo, mientras hay un apogeo de la latinización de las clases cultas, que ya sólo conocen el latín (Séneca es el máximo ejemplo, pero también destacan Marcial, Lucano y Pomponio Mela). Aunque la romanización es intensa, persiste la organización y el espíritu indígenas, sobre todo en el noroeste.
Trajano es el mejor ejemplo de cuanto había progresado la romanización: es el primer emperador de fuera de Italia y un representante de la aristocracia municipal de provincias. Pero, hay dudas sobre si continuó el proceso de concesión de ciudadanías, tal vez por su compromiso con el Senado, pero con los siguientes Antoninos, que representan a esa misma aristocracia provincial, el proceso se hace imparable: casi todas las ciudades y regiones importantes del Imperio acceden a la ciudadanía, y, desde luego, todos los ciudadanos notables. Entre los que opinan que se paró la concesión de ciudadanía y la urbanización están Aymard y Auboyer [1960: 374] y entre los que sostienen que continuó está Roldán [1989: 199], pero reconociendo que se controló y redujo la autonomía municipal.
La vida municipal, uniforme en todo el Imperio, se convirtió en un poderoso elemento de unidad [Aymard; Auboyer. 1960: 378.]. Bejarano [Bejarano. 1975: 84 y 86.] considera que el definitivo cambio de la tradición respecto a la concesión de la ciudadanía, se debe fechar en el mandato de Adriano, cuando se establece el nuevo concepto de la ciudadanía romana concebida como una recompensa para premiar merecimientos y buenas cualidades, y el derecho provincial es elevado a la categoría de derecho de Roma e Italia. En su viaje a Hispania del 121-122 se convirtió en restitutor Hispaniae por su política de fomento de la Península, pero, por contra, se distinguen desde Adriano los honestiores (distinguidos) de los humiliores (gentes modestas). El cenit de la urbanización de las provincias se logra con Antonino Pío [Petit. 1969: 75.] pero al fin de su mandato se vislumbran los primeros signos preocupantes. Con Marco Aurelio y Septimio Severo disminuye la autonomía municipal -y la pérdida de democracia, que ocasionará la corrupción y el abuso de los funcionarios-. Marco Aurelio [Pirenne. 1987: 345.] decretó que los comicios no eligiesen a los duunviros, que se irán convirtiendo en representantes de una oligarquía curial [Vigil. 1973: 379.], los decuriones, que se autopromocionan; se nombraron curadores imperiales para controlar casi todas las ciudades, y su poder llegará a ser casi total en el siglo IV.
Incluso se tiene que crear el defensor civitatis [Jacques. 1990: 179-183.] para proteger a los ciudadanos de los abusos de los funcionarios. Una pérdida más intensa cuando Caracalla, en la Constitutio Antoniana del 212, concede a todos los habitantes del Imperio la ciudadanía romana, como una concesión personal, para acabar con los graves problemas jurídicos que conllevaba la multiplicidad de derechos en el Imperio. Su alcance práctico será pequeño [Rémondon. 1967: 23.], pero enorme su significado teórico: es la proclamación y garantía por el emperador de la plena igualdad de todos los hombres libres del Imperio. En Hispania, que ya tenía el ius latii desde el 74 el efecto fue que se unificarán las instituciones municipales con todo el Imperio y la definitiva pérdida de la democracia municipal: ya no habrá participación ciudadana libre. Pese a ello (o precisamente por ello), persistirá el indigenismo en las zonas más apartadas. Es también un duro golpe las destructivas invasiones (172-176) de los mauros (moros), que destruyen Malaca, Italica y Singilia Barba.
La decadencia municipal [Sayas. 1982: 61-64.] se agrava durante la larga crisis tardorromana de los siglos III-V, con guerras civiles, decadencia económica, hambres, epidemias... A la terrible peste de 252, le sigue una invasión de francos y alamanes, que destruyen Tarraco y otras muchas ciudades en una serie de ataques en 258-268. La gran rebelión de los campesinos (bagaudae) del 276 es un signo del malestar interno. En el s. IV la ruina de los provinciales es evidente; los curiales son responsabilizados del pago de los impuestos y se les prohibe la renuncia para que no huyan de los municipios cuando ya no pueden pagar impuestos. La organización agraria se hace más fuerte con la aparición de los villicia, la encomendación y el colonato, que liga los siervos a la tierra. Las ciudades decaen frente al campo, mientras el cristianismo, una religión urbana al fin y al cabo, suplanta a la romanidad como ideología integradora, e incluso, desde Honorio, el obispo y el clero participan en la elección de los funcionarios.

LAS CIUDADES.
El número de ciudades (civitates) y comunidades rurales (gentes) que existían en Hispania en el siglo I lo conocemos por Plinio, según el cual en la Bética había 175 ciudades (120 estipendarias), en la Tarraconense 203 comunidades, de ellas 179 ciudades (135 estipendarias) y 104 comunidades. En la Lusitania había 46 ciudades (sólo 8 de derecho romano) y 35 comunidades.
En cuanto a la organización del territorio, Pericot [Pericot. 1987: 382-387.] sostiene que los romanos, a medida que conquistaban el territorio, prescindieron de la división indígena y que impusieron una organización territorial nueva y compleja, adaptable a la realidad. Esto, a la larga, descompuso el sistema indígena de gentes y tribus, favoreciendo la urbanización y la romanización.
La ciudad mallorquina de Pollentia, según las últimas investigaciones arqueológicas de Margarita Orfila (1999), posiblemente fue fundada h. 70 aC, ya que los restos más antiguos del foro corresponden a esta fecha.

Los tipos de ciudades.
Los tipos de ciudad eran numerosos: coloniae civius romanorum; oppidae (municipia) civius romanorum; oppida latina; oppida libera; foederata; stipendaria; stipendaria gentes.
Las colonias estaban formadas por ciudadanos romanos, casi siempre veteranos licenciados del ejército y emigrados italianos. Tenían la misma organización que la capital, Roma, con sus duunviros, comicios y curia. Nuevas aportaciones de colonos podían crear una nueva ciudad dentro de la antigua (es el caso de Valencia). Por concesión del Senado y, en el Imperio, del emperador se podía convertir en colonia a una ciudad de otro carácter (Adriano lo hizo con Itálica). Algunos campamentos militares (castrum) se convirtieron en colonias, como León, derivada del campamento de la Legio VII Gemina. En su fundación se realizaban una serie de ritos y solía distribuirse su territorio laborable en tres partes, una de las cuales se repartía entre los colonos. La estructura urbana, generalmente, era regular, con un recinto cuadrado o rectangular protegido por una muralla. La ciudad se articulaba a partir de dos calles principales, el decumanus (este-oeste) y el cardo (norte-sur), al final de las cuales se abrían puertas de acceso a la ciudad. El centro político y religioso de la vida urbana era el foro.
Las trece colonias de la Citerior eran: Valentia (la más antigua, fundada por Décimo Junio Bruto), Julia Victrix Nova Carthago (Cartagena), J.V. Triumphalis Tarraco (Tarragona), J.V. Celsa (Velilla del Ebro), J. Gemella Acci (Guadix), J. Augusta Ilici (Elche), J. Augusta Paterna Faventia Barcino (Barcelona), J. Augusta Dertosa (Tortosa), Inmunis Caesaragusta (Zaragoza), Libisosa Forum Augustum (Lezuza), Salaria (Úbeda la Vieja), Flavióbriga (¿Castro Urdiales o Bilbao?), Clunia (Coruña del Conde). Algunos autores agregan Graccurris. Las ocho de la Bética son: Inmunis Augusta Gemella Tucci (Martos), Inmunis Itucci Virtus Julia (Baena), Inmunis Claritas Julia Ucubi (Espejo), Patricia Corduba (Córdoba), J. Romula Hispalis (Sevilla), Augusta Firma Astigi (Écija), Inmunis J. Genetiva Urbanorum (Osuna) y Hasta Regia (cerca de Jerez). Además, había una colonia de derecho latino, Carteia, la primera ciudad latina extraitaliana, en el 171 aC, según Livio por 4.000 hijos de soldados romanos y mujeres hispanas. Y la Colonia Aelia Augusta Itálica, por concesión de Adriano al antiguo Vicus Italicensis de Escipión.
Dudosa es la colonia Julia Traducta. Lusitania tenía cinco colonias: Augusta Emérita (Mérida), Augusta Metellinum (Medellín, antigua Metellina Caecilia), Norba Caesarina (Cáceres), Scallabis (Santarem) y Pax Julia (Beja).
Las ciudades de ciudadanos romanos (oppidae (municipia) civius romanorum) eran variantes de las colonias y estaban pobladas por habitantes originariamente no romanos que habían recibido los derechos de estos. Destacan, en la Citerior: Emporiae, Rhode, Sagunto, Ilerda, Osca, Calagurris; en la Bética: Gades, Asido (Medina Sidonia), Ulia Fidentia; en la Lusitania, Olisipo Felicitas Julia (Lisboa).
Las ciudades latinas (oppida latina) habían recibido el ius latii, lo que les daba independencia administrativa. Vespasiano extendió este derecho a toda Hispania. Las ciudades latinas tenían el ius commercium con los romanos, pero sólo excepcionalmente el ius connubium. Disfrutaban del derecho latino al comienzo del Imperio, ciudades como: Lucentum (Alicante), Cascantum (Cascante), Salpensa, Ebora Liberalitas, Myrtilis (Mértola) y Urbs Imperatoria Salacia (Alcácer do Sal). En el s. II su número creció a más del centenar.
Las ciudades inmunes (oppida libera) eran completamente indígenas, como los siguientes tipos de ciudades. Estaban completamente libres de cargas y tenían su propio derecho municipal y judicial, aunque habían de prestar auxilio a los magistrados romanos. Su condición derivaba no de un pacto, sino de una ley o senadoconsulto romano. Había seis en Hispania: Astigi, Singili, Ostippo...
Las ciudades federadas (oppida foederata) se habían unido a Roma por un pacto. Eran autónomas, podían acuñar moneda y sus ciudadanos estaban exentos de servir en las legiones pero debían auxiliar militarmente a Roma. Destacan la ciudad de los Tarracenses (en un lugar desconocido de la Tarraconense), Bocchori (en Mallorca), Ebusus (Ibiza), Epora (Montoro), Malaca (Málaga, que pasó luego a ser municipio de derecho latino).
Las ciudades estipendarias (oppida stipendaria) entraban en el dominio romano por conquista o rendición (deditio), y estaban sometidas a los gobernadores y obligadas al pago de fuertes impuestos, ordinarios y extraordinarios, e incluso aduana, pues podían acuñar moneda. Eran la gran mayoría de las ciudades hispánicas.
Las comunidades rurales (stipendaria gentes) del noroeste de Hispania no eran verdaderas ciudades, sino simples organizaciones rurales que con Vespasiano y la concesión de la ciudadanía latina fueron paulatinamente tomando carácter ciudadano. Las ciudades castrenses (cannabae) eran un tipo especial, por cuanto se administraban por las autoridades militares. Los territoria dependientes de las ciudades a veces tienen un procurador y al evolucionar el régimen municipal tendían a independizarse. Los distritos mineros tenían un procurador imperial al frente de la administración municipal.

El régimen municipal.
El territorio de la ciudad era extenso, abarcando las aldeas (vici) de la comarca. Sus habitantes tenían distintos derechos. Sólo los ciudadanos (cives o municipes), nacidos en la ciudad y con la plenitud de los derechos, formaban los comicios (tributa o curiata) para elegir a los magistrados, y sólo ellos podían acceder a la magistratura. Otras categorías eran los adoptados (allecti), domiciliados (incolae), transeúntes (adventores) y huéspedes unidos por el lazo de la hospitalidad (hospites). En el siglo II es sustituida la elección de magistrados en comicios, por la designación por la Curia entre los decuriones ricos. Eran elegidos dos duunviros, dos ediles y los cuestores. Se regula el sufragio para preferir a los casados con hijos a los que no los tienen, y los casados a los solteros. Los cargos eran anuales y debían transcurrir cinco años para poder ejercer de nuevo el duunvirato. Se les exigía fianza y debían entregar un donativo para espectáculos u obras públicas (Ley Municipal de Osuna). Los duunviros daban nombre al año, ejercían el mando militar, presidían los comicios, administraban justicia y otras funciones. Les acompañaban dos lictores con fasces. Los ediles cuidaban de la celebración de juegos públicos, de los mercados y abastos, calles, edificios públicos (termas, teatros...), caminos e higiene de la ciudad. Los cuestores se encargaban de la hacienda municipal. Los prefectos sustituían a los anteriores magistrados. El consejo municipal era la Curia (a veces Ordo o Senatus). En general, lo formaban cien miembros, los llamados decuriones o curiales. Su competencia era las fortificaciones y obras públicas, las concesiones de hospitalidad, las milicias; el nombramiento de los prefectos, los legados al emperador, el patrono (representante de la ciudad en Roma). En el municipio había corporaciones (collegia o corpora) de artesanos y comerciantes con fines religiosos o de diversión, que no coartaban la libertad de trabajo, como sí harían los gremios medievales. En Hispania son conocidas las de pescadores de Cartagena, broncistas de Itálica, albañiles de Tarragona, que eran también los bomberos.

BALEARES.
Sobre la romanización y la vida municipal de las Baleares tenemos algunas fuentes clásicas [recogidas en Coloma et al. 1990.]: Estrabón, Plinio el Viejo, Pomponio Mela, Diodoro, Anneo Floro, Osorio...
En 123-122 Quinto Celicio Metelo conquistó las Baleares (Mallorca y Menorca), para someter un foco de ataques piráticos y un nudo vital en la travesía marítima entre Italia e Hispania. Se sabe que asentó 3.000 colonos, que seguramente debían ser veteranos de las guerras hispánicas, en las colonias de Palma y Pollentia (Alcudia). Mela las denomina colonias, pero Plinio sólo oppida, lo que implica dudas sobre la fecha de su constitución en colonias. Los autores Arribas, Mattingly, Pena, Abascal y Espinosa, están muy divididos al respecto.
La romanización fue lenta pero no sufrió contratiempos hasta el siglo III. La económica llegó con el comercio marítimo, mientras que la étnica y cultural fue favorecida por varios factores: la previa aculturación, gracias al comercio púnico; los primeros colonos latinos; los numerosos desterrados que llegaron a las islas; el predominio indoeuropeo de la población prerromana, que según Veny era de origen celta, basándose en que la mayoría de los nombres de la epigrafía son celtas. [Veny. 1978: 104]. La razón es que la población talayótica balear vino hacia el siglo XII aC, cuando la invasión de los Pueblos del Mar recorrió el Mediterráneo; los numerosos baleares que sirvieron como mercenarios en el ejército cartaginés y luego en el romano, puesto que los especialistas honderos baleares eran muy apreciados en la vanguardia de las legiones como fuerza ligera; además, los veteranos a menudo compraban mujeres fuera de las islas, las cuales fueron otro poderoso factor de romanización. En el siglo V, cuando los bárbaros invadieron Hispania, muchos honestiores y judíos debieron huir a las islas, lo que permitió un breve revival final de la romanización, según la Carta enciclíca de Severo [Coloma, 1990: 83.].
Tenemos numerosas inscripciones epigráficas de cargos provinciales y municipales, cuyos nombres romanizados corroboran que el latín se había difundido casi por completo en época imperial y que las instituciones eran todas romanas. Las tribus eran la base de la organización social de las clases altas, con las importantes tribus Velina, Quirina (la de los emperadores Flavios) y Galeria, que monopolizaban los cargos. Diodoro cita que a principios del mandato de Augusto había unos 30.000 habitantes en Mallorca y Menorca. La agricultura era la actividad fundamental, con el trigo, un buen vino, el aceite (menos difundido) y los higos secos (los de Ebusus eran famosos). En la ganadería destacaban los mulos baleares y las liebres, una auténtica plaga. Las antiguas factorías de la púrpura (con las que se teñían las lanas ibicencas) y las salinas de Ebusus y la salazón de pescado eran una fuente notable de riqueza de exportación. En el comercio era un punto de paso en la ruta entre Italia y el sur de Hispania y el estrecho de Gibraltar, así como entre Tarraco y el sur de Galia para ir al norte de África. Administrativamente, las islas habían pertenecido siempre a la Citerior, pero a finales del siglo III, con la reforma administrativa de Diocleciano, que dividía la Citerior en Tarraconense y Cartaginense, las islas se integraron en la Cartaginense (Hübner) y un siglo después, a finales del siglo IV, se convirtieron en una provintia praesidialis, con autonomía respecto a las otras seis provincias de Hispania. ¿Por qué esta reforma, que equiparaba una pequeña zona a otras mucho mayores? Sólo podemos imaginar, pues nos faltan fuentes escritas, que se quería dividir el poder militar y naval para prevenir y limitar las rebeliones de los generales de provincias.
Distinguimos la romanización de Mallorca, Menorca e Ibiza.
Mallorca.
En Mallorca, las fuentes de Estrabón y Pomponio Mela nos dicen que Metelo fundó Palma (Victoria) y Pollentia (Poder), como colonias, con pleno derecho romano. Eran ciudades relativamente importantes en Hispania. Si se comparan con Roma o Alejandría (más de 1.000), Emérita (más de 100), Corduba (80) o Tarraco (más de 60 has) son pequeñas, pero sí resultan equiparables a Barcino (unas 15) o Valentia (menos de 10).
Pollentia era la mayor ciudad de las islas, estratégicamente situada en la ruta que desde Roma, pasando por el estrecho de Bonifacio, llegaba al sur de Hispania. Se fundó sobre un núcleo indígena, como demuestran las excavaciones en la zona de Sa Portella. Ocupaba unas 20 hectáreas, aunque su perímetro amurallado no debió exceder de las 15. Debió ser la sede de las autoridades romanas en la isla y contaba con teatro, termas, acueductos, etc. Fue destruida al menos en dos ocasiones (¿260?, 425) y cada vez repoblada de nuevo, pero con menor extensión e importancia, hasta que fue abandonada en época vándala, después del 455. Un gran descubrimiento arqueológico, aún no publicado, de cerámica, señala la presencia bizantina en Pollentia, en el siglo VI, en lo que es el primer resto conocido del dominio de Bizancio en las islas.
Palma era aproximadamente la mitad de importante que Pollentia y no se han conservado grandes edificios públicos. Se fundó también sobre un núcleo indígena, pero la fuerte urbanización impide las excavaciones que localicen este núcleo, en la parte baja, cerca del mar, o en la parte alta (lo que sería lo más razonable, pese a que los autores mallorquines no lo crean). En el siglo II debió ocupar unas 15 hectáreas, extendiéndose por una amplia zona urbana, sin protección amurallada (limitada a un pequeño castrum donde ahora está la Almudaina), pero el ataque franco hacia el 260-277 obligó a levantar unas murallas, que protegieron sólo la mitad del área urbana, unas 6,5 hectáreas, y derruyendo el resto (hay restos de villas y cerámica). Así, habría apenas unos 2.500 o 3.000 habitantes en el siglo III.
Ssegún Plinio había dos ciudades de origen indígena, con ciudadanía latina, Guium y Tucis, cuya localización es desconocida. Por toponimia, la primera se atribuye a Sineu y la segunda a Petra o Manacor, aunque lo más probable es que correspondan a núcleos en las zonas de Inca, Manacor o Santanyí, donde hay numerosos restos romanos de los que no conocemos la localización de su ciudad central entonces. Las dos eran ciudades latinas tal vez sólo desde el 74, por la concesión general del ius latii por Vespasiano.
Bocchor (Bocchorum o Bocchoris, como la llama Plinio), seguramente situada en el valle de Bóquer, era una pequeña ciudad indígena cuando la conquista, que pactó un foedus con Metelo y se convirtió en federada, con su senado y dos pretores. Perdió importancia, debido a la muy cercana y más potente Pollentia, por lo que buscó patronos en 10 aC y el 6 dC. La epigrafía de Bocchor ha sido muy citada en los estudios de las ciudad romana [Jacques. 1990: 28].
Plinio antes del 79) dice que ya no era una ciudad federada, lo que puede interpretarse de varias maneras: que se extinguió en el siglo I por despoblamiento, subsumida en Pollentia o tal vez perdida su autonomía municipial, o que se convirtió en ciudad latina. En todo caso, subsistió el asentamiento hasta el siglo III, según los restos cerámicos hallados.
Menorca.
En Menorca tenemos precisos datos sobre el derecho de las ciudades de Mago (Mahón) y Iamo (Ciudadela) en Menorca, castella al principio, y que desde el 74 ambas son Municipi Flavi, Magontani una, Iamontani la otra. El título de Flavi lo tomaron en honor de Vespasiano, en agradecimiento a la concesión del ius latii. Mago, con un gran puerto, tuvo una extraordinaria proporción de población judía, lo que testimonia su importancia comercial. La ciudad de Sanisera, en Sanitja (Menorca), de la que no conocemos su estatuto jurídico, debió desaparecer en el siglo III, arrasada por los francos.
Ibiza.
La importante ciudad púnica de Ebusus (Ibiza), fundada por Cartago en el siglo VII aC, pactó al final de la Segunda guerra púnica un foedus con Roma, seguramente antes del 205 aC y siguió acuñando moneda con alfabeto fenicio y comerciando con Baleares, Hispania y África.
Su máxima expansión urbana y comercial llegó justo antes de la conquista romana de las Baleares, cuando tenía factorías comerciales en las islas vecinas y monopolizaba su comercio. Con la conquista romana de sus mercados entró en una larga y lenta decadencia. Se convirtió en 74 en Municipium Flavium Ebusum, con ius latii, perdiendo de este modo su condición de ciudad federada. Su ruina desde el siglo III fue casi total y parece que fue arrasada por los vándalos en 425.

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