Blogs de Antonio Boix

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miércoles, 9 de noviembre de 2016

Trump gana a Clinton.

Trump gana a Clinton.


Las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016 han sido reñidas, con un punto de suspense, y han dado una sorprendente victoria a Donald Trump y al partido republicano.
Un Trump poco inteligente y poco preparado, con nula experiencia pública, misógino, racista, mentiroso… Un dislate de candidato, pero que ha sabido aglutinar y contentar a una vasta coalición: los blancos rurales y sin estudios que odian a los más urbanos y más preparados; los hombres que desprecian el ascenso femenino; los negros y latinos que temen la inmigración que compite en los peores empleos; los racistas que temen y odian a los que son diferentes; los ricos opulentos que rechazan los impuestos; los americanos que se sienten lo mejor del mundo; las mujeres que se sienten inferiores a los hombres; y así mil grupos más; e incluyendo el apoyo exterior de Putin, Farage o Le Pen. Los suficientes para ganar.
Enfrente, Hillary Clinton, una candidata notable aunque poco carismática, la primera mujer con una expectativa creíble de vencer, muy preparada y experimentada, con un proyecto sensato aunque poco inspirador, pero que ha visto como los grupos sociales que debían apoyarla y que en principio eran más numerosos que los de su rival, se desvanecían en el día de las elecciones. Ha conseguido casi tres millones de votos más que Trump, pero mal repartidos, sobrando cientos de miles en las grandes urbes de Nueva Inglaterra, Indiana o California, pero faltando unas pocas decenas de miles en los estados del sur y el centro-oeste que finalmente han aportado la vitoria al republicano, sobre todo los disputados de Florida, Michigan, Ohio o Pensilvania.
El triunfo de Trump refleja la crisis existencial que sufren las democracias occidentales de los países desarrollados de Occidente, donde una minoría se beneficia de las nuevas oportunidades tecnológicas y de la especulación financiera  que ofrece la creciente globalización, mientras la mayoría se estanca o baja en su nivel de vida y sufre una desigualdad rampante. Lo que es bueno para el mundo en general es malo para importantes segmentos de la población, los "perdedores" de la globalización, que son conducidos a menudo por aprendices del flautista de Hamelin, que les atraen con soluciones demagógicas y populistas (racismo, antiinmigración, reducción del Estado de bienestar), que un análisis sosegado advierte condenadas al fracaso y que empeorarán la situación. Porque Trump representa los valores contrarios al progreso de la civilización y satisface los rencores de los insatisfechos o fracasados, ignorantes de que son los similares a Trump quienes les han humillado y oprimido
En cambio, la globalización eleva el nivel de vida medio en los países emergentes, aunque con graves desigualdades sociales, y les ofrece la oportunidad de ascender en el ranking de las potencias, lo que contribuye a acrecentar el temor en los países tradicionalmente dominantes a perder su posición, en un círculo de compleja solución, pues solo el desarrollo de los países pobres impedirá que continúen sus flujos migratorios a escala mundial que tanto atemorizan en Occidente.

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