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domingo, 17 de septiembre de 2017

Dosier: Los escraches por el derecho a la la vivienda en España y otras causas.

Dosier: Los escraches por el derecho a la la vivienda y otras causas.

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Ante el grave problema de los desahucios y la cerrazón del Gobierno a negociar una reforma que resuelva la situación, la respuesta de la Plataforma de Afectados por las Hipotecas (PAH) y de otros grupos sociales ha sido apelar a los escraches, una forma de presión popular directa, nacida en Argentina durante crisis anteriores, que afecta a los políticos en su entorno privado, sean sus domicilios, sus lugares de trabajo (incluido el Parlamento) o en sus viajes. El escrache ha sido mayormente aceptado por la mayoría de la sociedad  pero es cierto que vulnera en ocasiones el derecho a la privacidad de los políticos, de sus familiares y de sus vecinos, y debe ser rechazado con carácter general si no se ciñe a límites estrictos.
La protesta legal y proporcionada de los ciudadanos en este caso de los desahucios (y en multitud de otros supuestos) es necesaria e incluso deseable porque muestra el compromiso con la justicia social y con los derechos de los desfavorecidos, pero sobrepasar los niveles legales e incurrir, aunque sea ocasionalmente, en prácticas antidemocráticas sólo puede traer consecuencia negativas a largo plazo, dando una excusa a los políticos conservadores o que no atienden los problemas ciudadanos para desestimar las imprescindibles reformas.
Y poniéndonos en lo peor, un escrache ilegítimo puede dar un barniz de legitimidad a que esa misma presión se ejerza mañana sobre otros colectivos. ¿O es que nadie recuerda la presión de los grupos de ultraderecha sobre el anterior Gobierno del PSOE, al que acusaban de connivencia con ETA? ¿O la presión que se ejerce en muchos países sobre los médicos que practican abortos o sobre los gitanos y otros colectivos a los que se acusa de delincuentes?
En suma, no debemos caer en la trampa retórica de confundir a los escrachadores con los fanáticos nazis, como desearían algunos interesados en que todo se quede igual, pero tampoco debemos caer en la trampa de legitimar la violencia física o psicológica en las protestas, porque el fin no justifica los medios.
El editorial En las casas, no [“El País” (10-IV-2013)] presenta una razonable visión sobre el problema:
‹‹Los escraches amenazan con instalarse en España como un instrumento político más: es hora de decir que ese método es inaceptable. La protesta en ningún caso debe llevarse al ámbito privado, porque los electores no eligen a los familiares ni a los vecinos de los políticos y no se puede implicar a terceros en formas de presión que conlleven gritos, abucheos, escarnios o un afán de señalamiento público. No se trata, naturalmente, de cercenar la libertad de expresión de los ciudadanos en el espacio público. Los ciudadanos tienen todo el derecho a presionar al Gobierno y a los diputados para que se pronuncien de determinado modo o cambien una intención de voto. En espacios públicos, sin violencia y cumpliendo la normativa que rige para estos efectos.
El desprestigio de la clase política alcanza cotas inquietantes para la propia democracia, pero eso no justifica degradar la convivencia hasta el punto de destruir todo respeto a las personas. La Constitución y las leyes garantizan los derechos de reunión y manifestación, lo mismo que el de huelga, y precisamente los reventadores suelen ser uno de los riesgos de esos actos de protesta; no pretendamos ahora reventarlo todo a base de actos de repudio que hoy se dirigen contra los políticos en sus casas, como se ha hecho antes contra clínicas abortistas y mañana, quizá, contra profesores que suspenden a los alumnos. Lo mismo que un conflicto laboral se desarrolla en la empresa o en forma de manifestaciones, y no se lleva a la casa del empresario.
Es verdad que la defensa de los afectados por los desahucios es una causa popular, que goza de gran apoyo ciudadano. Las ejecuciones hipotecarias han crecido enormemente en este país y lanzar a la calle a moradores de viviendas, sin ayuda social, provoca rechazo público. Pero no conviene olvidar lo ocurrido en Cuba con las llamadas “acciones de repudio”, o en Argentina, donde los escraches —palabra utilizada en la jerga de los bajos fondos bonaerenses— comenzaron señalando a los militares de la dictadura y se extendieron a políticos o periodistas. España no es una dictadura ni una democracia de baja intensidad; está necesitada de fuertes e importantes reformas. Banalizar el acoso colectivo no ayudará en esta urgente tarea.
El Gobierno y el PP tampoco pueden dejarse llevar por los nervios, aunque se hayan producido situaciones indeseables. No hay que tratar de criminalizar los escraches como si fueran formas de kale borroka. El problema no se resuelve solo lanzando a la fiscalía y a la policía contra los escrachadores, sino abriendo cauces entre representantes y representados para que las aspiraciones de estos puedan ser defendidas en los lugares de trabajo de los políticos. No se pueden aceptar derivas autoritarias: pedir a los diputados que rompan la disciplina de voto no es ningún crimen, ni tiene sentido pretender la equiparación de esa disciplina a la militar. Cuidado que en aras de la defensa de la libertad del diputado se cercene la libertad de expresión de la ciudadanía.
La facilidad con que el Parlamento rechaza las iniciativas legislativas populares, sin explicaciones, es otro elemento de tensión. El diputado no tiene que cambiar su voto por miedo a los escrachadores ni por temor al acoso que puedan sufrir sus familias, sino, en el caso de que sea así, porque ha escuchado previamente los argumentos de los ciudadanos. A escucharles, precisamente, debe dedicar gran parte de su tiempo. Una de las razones para justificar tantos escaños vacíos es que sus titulares inviertan tiempo en atender a sus representados. Y los ciudadanos, si no les hacen caso, tienen todo el derecho a protestar: pacíficamente, ante los lugares de trabajo de los políticos. No en sus casas ni delante de sus hijos.››

Josep Ramoneda, en El victimismo del PP [“El País” Cataluña (16-IV-2013)] lanza una puya contra los excesos verbales de Cospedal respecto a los escrachadores.
‹‹Las noticias judiciales sobre el alcalde de Badalona han coincidido con la ofensiva del PP contra los escraches. Sin duda la libertad de manifestación tiene un límite en la violencia y siempre hay espacio para la discusión sobre lo que se puede permitir y lo que no. Pero el PP se equivoca si quiere aparecer como víctima frente a las personas que han sido expulsadas de sus casas por desahucio. Por incómodo que sea que un puñado de personas grite a la puerta de tu casa, ¿qué es esto al lado de quedarte sin ella? Buscando para sí el papel de víctima, el PP solo gana en arrogancia y alejamiento de la ciudadanía. Y prueba de ello es la facilidad con la que llegan los excesos verbales. El PP está nervioso. Y se nota. Dolores de Cospedal, la jefa del partido por delegación de Rajoy, ha dicho algo que no se puede dejar pasar impunemente: que los escraches son “nazismo puro”. Es sencillamente una ofensa a la memoria de las víctimas del genocidio nazi. Cospedal debería saber —y seguro que lo sabe— que las personas señaladas por las turbas nazis se las iba a buscar a su casa, se las cargaba en un tren y se las mandaba a un campo de exterminio. ¿A esta tragedia compara la suerte de sus compañeros diputados?
Se entiende la desesperación del PP que se hunde en las encuestas y que ve cómo la conflictividad social aumenta sin ser capaz de hacer nada para mejorar la situación de los ciudadanos. Pero la gravedad de la circunstancia requiere mesura y comprensión. Y no admite la construcción de parapetos increíbles sobre los que ocultar la falta de coraje para explicar lo que realmente se está haciendo. Que el PP pretenda convertirse en víctima es la más ridícula de las defensas, sencillamente porque no es creíble. Y además es humillante para los perdedores de verdad.››

El escritor Javier Marías, implacable y pertinaz látigo del Gobierno del PP, se opone empero al escrache en el artículo Denigradores que se denigran [“El País” Semanal 1.909 (28-IV-2013)]. Es una dura crítica moral de esta presión a la que llamaría mejor vituperación o execración:

‹‹Siempre hay algo de despreciable y vil en la delación y el señalamiento, así sea indignante la conducta de los “expuestos”.›› Y se extiende: ‹‹Es cierto: los actuales gobernantes del PP no son sólo mediocres, ineptos, embusteros, destructores, injustos y desfachatados. Son también los más irritantes de las últimas décadas, (…) [pero] Teniendo la opinión que tengo de nuestros políticos, no puedo estar más en desacuerdo con esta práctica. Ya se han señalado los riesgos que implica: hoy se los presiona para que pongan remedio a la grave situación de los desahucios y a muchos les parece bien, por lo justo de la causa; pero mañana serán las asociaciones “provida” las que cercarán las casas de quienes quieran una ley del aborto en España y los llamarán asesinos y los instarán a votar una que los penalice, en todos los casos; al día siguiente se presentará una muchedumbre ante la vivienda de un periodista cuyas opiniones no le gustan y tratará de que las cambie por las suyas; al otro, una multitud de beatos execrará a los diputados y jueces que han legalizado el matrimonio homosexual, etc.  (…) En esas vituperaciones a domicilio no sólo se presiona, sino que se señala, es decir, se delata. Una masa individualiza a una persona y la somete a escarnio, no en su lugar de trabajo y en el ejercicio de sus funciones, sino en su casa, ante sus hijos y vecinos, que también se ven afectados sin tener arte ni parte. El espectáculo no es distinto del que ofrecería una turba llamando “pederasta” a quien tal vez lo fuera, y que aun así sólo habría de responder ante un tribunal por sus actos, no ante esa turba improvisada o más bien artificial y convocada; tampoco se diferencia del que dan esos “justicieros” o “virtuosos” que se apostan a la puerta de los juzgados para insultar a gusto a los detenidos famosos o acusados de crímenes llamativos. Siempre hay algo de repugnante y cobarde en la comandita de muchos contra uno, más aún si esos muchos se aprovechan de su número para envalentonarse y preservar su anonimato; siempre hay algo de despreciable y vil en la delación y el señalamiento, así sea indignante la conducta de los “expuestos”; siempre hay algo de rastrero en la intimidación y la vituperación masivas, independientemente del repudio que causen los intimidados y vituperados. (…)››

El control policial de los escraches, como mínimo a 300 metros.

Desde 2013 la reducción del número de escraches ha sido muy evidente, gracias a la normativa que impide las manifestaciones a menos de 300 metros de los políticos.

FUENTES.
Ramoneda, Josep. Sobre el respeto a los demás. “El País” (28-III-2013) 20. Sobre la airada y excesiva reacción del PP ante el escrache (la presión popular a los políticos).
Editorial. En las casas, no. “El País” (10-IV-2013) 26. Señala que es antidemocrático presionar a los políticos en sus domicilios.
Manetto, F.; Fernández, M. Cospedal advierte sobre los escraches: ‘La violencia genera violencia’. “El País” (16-IV-2013) 14. Cospedal tilda de nazis a los escrachadores.
Gil Calvo, Enrique. Escraches. “El País” (15-IV-2013) 13. Defiende el derecho al escrache si es proporcionado.
Ramoneda, Josep. El victimismo del PP. “El País” Cataluña (16-IV-2013) 2. Una puya contra los excesos verbales de Cospedal respecto a los escrachadores.
Grujielmo, Álex. Escrache de ida y vuelta. “El País” (16-IV-2013) 31-32.
Unzueta, Patxo. Escraches: un problema de democracia. “El País” (18-IV-2013) 33. Rechaza esta forma de protesta por antidemocrática.
Álvarez, Pilar; Reventós, Laia. ‘¡Volveremos a las calles!’. “El País” (19-IV-2013) 15. Los antidesahucios protestan.
Álvarez, Pilar. ‘Los escraches no tienen el mismo sentido después de la votación’. “El País” (20-IV-2013) 13. La PAH sopesa aparcar las protestas en casas y seguir la ‘desobediencia civil’.
Molina Foix, Vicente. El sueño de sus señorías. “El País” (21-IV-2013) 31-32. Analiza las grandes semejanzas del escrache con el outing que utilizaban los militantes gay hace pocos decenios.
Marías, Javier. Denigradores que se denigran. “El País” Semanal 1.909 (28-IV-2013) 106.
Pérez, Fernando J. La Audiencia de Madrid archiva la causa contra el escrache a la vicepresidenta. “El País” (5-II-2014) 12. Considera que la protesta ante la casa de Soraya Sáenz de Santamaría fue un medio de “participación democrática” y que no hubo coacciones.

Fabra, María. La legalidad de la ‘doctrina escrache’. “El País” (7-II-2014) 14.

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