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viernes, 15 de abril de 2011

UD 44. El proceso de independencia de América Latina.

UD 44. EL PROCESO DE INDEPENDENCIA DE AMÉRICA LATINA.
INTRODUCCIÓN.

1. AMÉRICA ESPAÑOLA A PRINCIPIOS DEL SIGLO XIX. LOS FACTORES DE LA INDE­PENDENCIA.
1.1. LA SOCIEDAD.
Una sociedad dividida y enfrentada.
1.2. LA ADMINISTRACIÓN.
El malestar criollo.
1.3. LA ECONOMÍA.
Una economía dual. 
El problema comercial.
1.4. LA IDEOLOGÍA.
Los ideales de la Ilustra­ción.
Los objetivos de los americanos.
1.5. ACTITUD DE LAS POTENCIAS ANTE LA EMANCIPACIÓN.
EE UU.
Gran Bretaña.
Francia.
Las potencias absolutistas.
1.6. LOS CAUDILLOS MILITARES.
Los jefes independentistas.
Bolívar.
San Martín. 

2. LOS ANTECEDENTES.
Las primeras rebeliones.    
La propuesta de Aranda.

3. EL PROCESO DE INDEPENDENCIA (1808-1824).
3.1. LOS INICIOS (1808).
La crisis española de 1808.
La asunción del gobierno por los criollos.  
3.2. EL CONFLICTO.
PRIMERA FASE (1808-15).
Las juntas independentistas.
La represión.
SEGUNDA FASE (1816-24).
Las grandes campañas militares.
La aceptación española de la independencia.
Los últimos conflictos a lo largo del s. XIX.

4. CONSECUENCIAS DE LA INDEPENDENCIA.
La división política.
Una independencia criolla.
Las potencias extranje­ras.
El impacto en España.

5. LA INDEPENDENCIA DEL BRASIL.
La independencia.
El Imperio.

4. INDEPENDENCIA DE CUBA Y PÉRDIDA DE PUERTO RICO.
Las últimas colonias americanas.
Filipinas.
Primera guerra de independencia (1868-75).
Segunda guerra de independencia (1895-98).
La guerra con los EE UU (1898).
La entrega del imperio.

INTRODUCCIÓN.
En esta UD estudiaremos las dos fases de la independencia de América Latina, la primera (1808-1824), la más importante, y la última (1898), limitada a Cuba.
Resumen.
Durante el siglo XIX se produjo la indepen­dencia (o eman­ci­pa­ción) de Amé­rica Latina. La parte española, desde Méxi­co a Argentina, se independizó en dos fases: la primera (1808-1824), la más importante, en el reinado de Fer­nan­do VII y, la segunda fi­nalmen­te en 1898.
Este proceso hizo que Es­paña per­diera su rango de potencia mundial y surgie­ran en el conti­nente ame­rica­no jóvenes nacio­nes, cuyos pueblos se ex­pre­saban en cas­te­llano y conserva­ban la herencia española en sus princi­pales rasgos de carácter. Al mismo tiempo, Por­tu­gal tuvo que con­ce­der la inde­pen­dencia a Brasil.
Palmer y Godechot han incluido este proceso en las llama­das “Revoluciones Atlánticas” (1770-1850), que comenzaron con la independencia de EE UU (1783) y la Revolución Francesa (1789-1799), continuaron con las oleadas revolucionarias de 1820-1824 y 1829-1834 y ter­mi­naron con la tercera oleada revolucionaria de 1848 (la más extensa). Fue un pro­ceso de triunfo del nacio­nalismo y del libe­ra­lismo burgués, mientras se desha­cía el An­tiguo Ré­gimen.

1. AMÉRICA ESPAÑOLA A PRINCIPIOS DEL SIGLO XIX. LOS FACTORES DE LA INDEPENDENCIA.
1.1. LA SOCIEDAD.
La población en la América española, de 15 millones de ha­bitantes h. 1800, se había recu­perado de las graves pérdidas demográ­ficas de la conquista.
Una sociedad dividida y enfrentada.
Era una población de gran diversidad étnica y social:
- Unos 300.000 peninsula­res espa­ñoles (que domi­naban la cima del po­der político y gran parte del económico).
- Unos tres millones de criollos (blan­cos, ri­cos y cultos) que habían na­cido en América de des­cen­dientes de los españoles. Eran la cla­se dominante sustentaba su superiori­dad sobre el dominio econó­mico (tierras, industrias, comercio), social (sig­nos de presti­gio, educación, vestidos, lujo) y polí­tico (parti­cipa­ción en la administración colonial).
- Una gran masa social (16 millones) formada por mesti­zos (cuatro), in­dios (10), ne­gros y mula­tos, junto a grupos mixtos formados por todos los an­te­riores. Esta masa estaba dividida en castas que a menudo se des­precia­ban unas a otras, siendo los peor si­tuados los indios puros y los esclavos negros. La mayo­ría po­bre estaba des­con­ten­ta por la ex­plo­ta­ción a la que era some­tida por la pobla­ción blan­ca. A menudo se re­belaron no contra la Corona sino contra los criollos.
Esta división en castas y su enfrentamiento explica que la guerra se convirtiese en una guerra civil, en la que en ambos bandos lu­chaban a la vez pe­ninsulares, criollos, mestizos, in­dios y ne­gros. De hecho, en los primeros años los indios y al­gunas minorías raciales se pusie­ron mayormente de parte realis­ta, para no ser domi­nados por los criollos. Un caso especial fue México, en el que fueron los mestizos e indios quienes se rebelaron mientras que los criollos (grandes propietarios y alto cle­ro) defendieron al principio a la Corona.    Pero, en ge­ne­ral, en toda América hubo una creciente participación de los crio­llos en el ban­do independentista, lo que explica su triunfo final.
1.2. LA ADMINISTRACIÓN.
Los territorios estaban divididos en los virreinatos de Nueva España (México y Centroamérica), Perú (Perú, Chile, Boli­via), Nueva Granada (E­cuador, Colombia, Venezuela, Panamá) y Río de la Plata (Argentina, Uru­guay, Paraguay). Por debajo, una compleja estructura de Capitanías Generales, Audiencias, In­ten­dencias y Ayuntamientos con­tro­laba el territorio.
El malestar criollo.
En el s. XVIII la Corona había reasignado los principales cargos públicos a los peninsulares, por lo que la minoría crio­lla pro­tes­taba ante la impo­sibilidad de partici­par en la vida política de sus países. Además era dañina la regulación de la actividad económica en provecho de la metrópoli.
Por contra, temían que una revolución atacase sus privile­gios (fue disuasi­vo el ejemplo de la sangrienta rebelión de Haití) y muchos pre­ferían la pro­tección de la Corona española, con la que además tenían lazos sentimentales y culturales.
Las quejas las resumía en 1817 el independentista venezo­lano Manuel Palacio Fajardo: tiranía de las altas autoridades, injusta administración de justicia, monopolio económico, aisla­miento de las colonias, desdén de la metrópoli a los criollos y su apartamiento de los cargos de la administración y gobierno.
1.3. LA ECONOMÍA.
Una economía dual. 
Hacia 1800 la economía americana era dual:
- Una eco­nomía de subsistencia: agricultura indígena, ha­ciendas autosuficientes, artesanía y comercio local. De esta economía de ámbito local vivía la mayor parte de la población.
- Una economía comercial: estaban en proceso de rápido crecimiento los sectores de la agri­cultura (maíz, trigo, café, cacao, caña de azúcar), la ga­nadería (vacu­no, ovi­no), la mi­ne­ría (oro, plata), la in­dus­tria (textil, as­ti­lleros, me­talur­gia), el comercio (intrame­ri­cano y europeo). Eran las acti­vida­des más productivas y competían por su dominio los criollos y los peninsulares.
El problema comercial.
El mayor problema era la regulación del comercio, que es­taba regulado por España a favor de sus intereses y estrangula­ba el desarrollo económico de las colonias.
La completa libertad de comercio de los puertos de España con América fue decretada por Car­los III en 1778, con un fuerte aumento de los intercam­bios, de los que la industria textil de Cataluña fue la más be­neficiada. Pero España no podía abas­tecer de suficientes pro­duc­tos in­dustriales a las colonias por su débil y cara industria, por lo que el mo­nopolio comercial espa­ñol era una rémo­ra para el crecimiento americano y los criollos ansiaban comerciar libre­mente con los británicos y otros.
La ruptura del Pacto Colonial (monopolio comercial de Es­paña) y la consiguiente libe­ra­liza­ción comercial para los puer­tos america­nos (abiertos a los barcos de todos los países, aun­que sujetos a los impuestos de aduanas) llegó tarde, en 1797, precipitada sólo por la guerra con­tra Gran Bre­taña. Mientras que el comer­cio directo con España su­fría por el bloqueo britá­nico, en cam­bio creció el comercio con el resto de Europa y EE UU, de modo que las ex­por­ta­ciones e im­portaciones aumen­ta­ron prodi­gio­sa­men­te, demostran­do a los crio­llos las ven­ta­jas que tenía la li­ber­tad co­mercial. Las guerras napoleó­nicas dieron un nuevo impul­so al co­mercio ameri­cano. El temor a un retorno a la situación ante­rior cuando los Borbones reasu­mieran el poder fue un acica­te para la inde­pendencia. Que fue un moti­vo im­por­tante lo de­muestra que cuando Fer­nan­do VII con­cedió a Cuba en 1818 la li­bertad de co­mercio, los crio­llos de­jaron de desear la inde­pendencia.
1.4. LA IDEOLOGÍA.
Pueden diferenciarse dos bandos en la lucha independentis­ta: los absolutistas (realistas, defensores de la dominación espa­ñola) y los liberales (partidarios de la independencia).
Los ideales de la Ilustración.
Los dirigentes americanos tenían en sus mentes el ejemplo de la independencia de las colonias inglesas de Norteamérica y conocían las ideas de los revolucionarios franceses. En los textos de los filósofos ilustrados, sobre todo la Enciclopedia, las obras de Rousseau, las leyes de la Revolución francesa, leían que los pueblos debían gober­nar­se por sí mismos (ya en 1793-1794 Antonio Nariño publicó en Bogo­tá la traducción de la De­claración de los derechos del hombre y del ciudadano, 1789).
Fue esencial el influjo de la Declaración de Independencia de EE UU, cuyos principios son re­flejados, p.e. en la declara­ción de independencia de Venezuela (5-VII-1811, Caracas), que afirma *los imprescripti­bles dere­chos que tienen los pueblos para des­truir todo pacto, convenio, o asociación que no llena los fines para que fueron instituidos los gobiernos+ y el pleno poder de Venezuela *para darse la forma de gobierno que sea conforme a la voluntad general de sus pueblos+.
Los objetivos de los americanos.
Deseaban los criollos sobre todo dos dere­chos:
- Acceder a los cargos adminis­trativos.        
- Comerciar li­bre­men­te con todo el mundo.
Los pobres, por su parte, deseaban una revolución social en busca de:
- El reparto de tierras.
- La supresión de la es­clavitud.
Era una radical contradicción, puesto que los criollos no estaban dispuestos a conceder a los pobres sus objetivos, sino que sólo querían libertades y derechos para ellos mismos (su autor favorito era el conservador Voltaire).
La preten­sión de los criollos era mantenerse en la cúspide de la pirámide social ameri­cana, para lo que durante tres si­glos les había in­teresado el apoyo de la administración españo­la, pero en 1808 el desmorona­miento del gobierno español les obligó a afrontar ellos mismos el mantenimiento del orden so­cial, para lo que necesitaban el poder político. Esto explica que la lucha por la independencia la dirigieran fun­damen­tal­men­te los criollos.
1.5. ACTITUD DE LAS POTENCIAS ANTE LA EMANCIPACIÓN.
Las potencias europeas y EE UU aceptaban el principio gene­ral de que las colonias sólo se podían someter y mantener por la fuerza y que quienes no la tenían debían perder sus colo­nias. Su apoyo no fue decisivo en realidad, pero cabe distin­guir entre quienes apoyaron la independencia, EE UU y Gran Breta­ña, tanto por motivos ideo­lógicos (liberalismo) como económicos (libre comercio), y quienes apoyaban el statu quo, por motivos ideo­lógicos (absolutismo).
EE UU.
Su implicación en el proceso fue apoyo constante a la in­dependencia, no sólo por ideología, sino también porque aspira­ba a entrar en los mercados del sur, eliminar una potencia eu­ropea del continente y aprovecharse de las opor­tunidades para su propia ex­pan­sión: p.e. la compra de Florida en 1819, tras una amena­za de invasión, y más tarde la anexión de Texas y del nor­te del Méxi­co independiente.
La doctrina Monroe (1823) proclamó que EE UU consi­de­raba el con­ti­nente americano su ámbito de interés privilegia­do y que se arrogaba el derecho de intervenir contra cualquier potencia extranjera que pusiera en discusión su hege­monía.
En 1822 reco­noció a México y Colombia, y después reconoció a los demás Estados.
La in­terven­ción en Cuba comenzó ya en la primera guerra de in­de­pendencia (1868-1878), suministran­do dinero y armas. Finalmente, la guerra del 1998 supuso la independencia de Cuba y el dominio norteamericano sobre Puerto Rico, que continúa en la actualidad.
Gran Bretaña.
Sus intereses comerciales eran muy fuertes: durante la guerra napoleónica el comercio con las colonias es­pañolas era más importante que el que mantenía con Europa. Es­taba muy inte­resada en la independencia para así extender su libre comercio al mercado americano. Participó activamente con dinero, armas y bar­cos en el apo­yo a las revueltas, sobre todo en los casos de Co­lombia, Chile y Argentina.
Francia.
Aunque la opinión pública liberal estaba a favor de la inde­pendencia, los gobiernos conservadores que tuvo hasta 1830 favo­recieron (sólo diplomáticamente) la causa realista.
Las potencias absolutistas.
Por el contrario, los países de la Santa Alianza se pusie­ron de parte de España, pero su apoyo fue muy débil, pues no querían enemistarse con Gran Bretaña. Como ejemplos, a lo más que llegó Rusia fue a vender (VIII-1817) unos barcos podri­dos, que no pudie­ron transportar las tropas, y en el congreso de Aquisgrán (X-1818) se rechazó auxiliar a España.
1.6. LOS CAUDILLOS MILITARES.
No se puede entender el pro­ceso de la Independencia ame­ricana sin conocer la importancia de las personalidades de los princi­pales caudillos, militares y políticos a la vez, que ju­garon un papel decisivo, tanto por genio mi­li­tar como por la adhesión que lograron a sus ideales políticos.
Los jefes independentistas.
Los dos grandes héroes de la Independencia fueron los su­ramericanos Simón Bolí­var (en Nueva Granada) y José de San Mar­tín (en Argentina y Chile). Eran criollos, como lo fueron la mayoría de los generales independentistas.
Bolívar.
Simón Bolívar, titulado el “Libertador”, nació en Cara­cas, en una rica fami­lia crio­lla con antepasados vizcaínos y había estado en dos ocasiones en Espa­ña, donde recibió forma­ción mi­litar. Le educó un discí­pulo de Rousseau. Vuelto en 1807, ini­cial­mente Bolí­var no pensaba en la separa­ción de Espa­ña, sino en una autono­mía ga­rantizada por los in­gleses. Pero la guerra na­poleónica le empujó a defender la se­paración total. Al prin­cipio fue ayudante de Miranda y le sus­tituyó en la lucha desde 1812. Su ideal fue la forma­ción de una gran nación en el te­rri­torio del vi­rreinato de Nue­va Granada: sería la Gran Colom­bia, con Venezue­la, Colombia y Ecuador, que se podría unir a los demás Estados en una Federa­ción similar a los EE UU. Pe­ro su proyecto sufrió su divi­sión en numerosos Es­tados, debido a la dispersión geo­gráfi­ca y la hete­rogeneidad social de los paí­ses liberados. Pronosticó: *Sobre mi tumba florecerá una multitud de tiranos+.
San Martín.  
José de San Mar­tín era un militar criollo, nacido en Bue­nos Aires, educado de niño en España, donde ascendió a coronel y participó en la guerra napoleónica. Volvió a Ar­gentina en 1811, para luchar por su independencia y la defendió con acier­to en estos primeros años. Comprendien­do que sólo la ex­pan­sión de la inde­pendencia a todo el conti­nente podría ga­ran­tizar la de su país, promovió una expedición, que liberó Chile (1819) y más tarde ayudó en la de Perú.

2. LOS ANTECEDENTES.
Las primeras rebeliones.
Los precedentes jalonan todo el siglo XVIII, aunque hasta la se­gun­da mi­tad no apare­cieron las pri­me­ras rebelio­nes im­por­tan­tes contra el dominio español:
- En Paraguay, Antequera en 1721-1725 dirigió a un gru­po de comu­ne­ros, hacenda­dos la mayoría, defendiendo ya la sobe­ra­nía popu­lar de los criollos contra los españoles. En realidad era un movimiento conservador que deseaba obligar a los indios gua­ra­nís de las misiones a trabajar en las encomiendas. La re­vuel­ta fue difícil­men­te repri­mida y revivió en 1730-1735.
- En Perú hubo una grave revuelta popular en 1740-41, para susti­tuir al rey por el inca Felipe.
- En Venezuela hay en 1749 una sublevación, dirigida por Juan Francisco León.
- En Quito una propuesta separatista de los criollos ­apa­reció en 1765.
- En Perú estalló la rebelión más impor­tante. El inca Tu­pac Amaru primero se pro­cla­mó descendien­te de los sobera­nos in­cas y se re­beló con­tra Car­los III con el apo­yo de las ma­sas de indios del alti­pla­no pe­ruano (el Cuzco). La rebelión (1780-1781) consi­guió algunos éxitos, pero finalmente fue dura­mente aplas­tada y él fue ejecu­ta­do. Sus hi­jos continua­ron hasta 1783.
- En Chile, criollos y peninsulares pidieron una cons­titu­ción en los años 1780.
- En Nueva Granada (Colombia primero, Vene­zuela poco des­pués) los comu­neros se rebelaron contra las auto­ridades (1781), pero sus fi­nes eran distintos y prefiguran el futuro: los crio­llos que­rían anular los nuevos impuestos y los indios querían una revo­lución social, lo que llevó a que los primeros desis­tieran y a que los jefes indios fueran ajusticiados.
- La gran rebelión de los negros de Minas Ge­rais sacu­dió el Bra­sil portugués en 1789.
- Ya en el s. XIX, Miranda fracasó en un pri­mer intento de rebelión en Venezuela (1806). Francisco de Miranda, “el Pre­cur­sor” era un general de Caracas, for­mado mili­tarmente en Es­paña, que consi­guió apoyo británico, pero que contó con poco apoyo de los criollos, que no deseaban sustituir el dominio español por el de otra potencia.
La propuesta de Aranda.
El conde de Aranda, un político ilustrado que ocupaba importantes cargos en el reinado de Carlos III, ante el agravamiento paula­tino de la situación, comprendió que a largo plazo el ejem­plo de la Independencia de EE UU reper­cutiría en la Amé­rica español y di­señó una propuesta de inde­pendencia or­denada: en una memo­ria secreta (1783) pro­puso que se formasen cua­tro Estados inde­pendien­tes en los cua­tro virrei­natos, con mo­narcas de la fami­lia Bor­bón uni­dos a España me­diante Pactos de Fami­lia; España sólo conser­va­ría Cu­ba, Puer­to Rico, Panamá y al­gunos puntos estraté­gicos, además de ventajas comerciales y milita­res.
Pero esta inteli­gente propuesta, muy similar a la poste­rior de los Domi­nios britá­nicos, no fue aceptada por la Corona (al poco Aranda fue sustituido por Godoy, válido del nuevo rey Carlos IV) y se per­dió una gran opor­tunidad de transición pacífica hacia una América menos frag­mentada que en la actualidad.

3. EL PROCESO DE INDEPENDENCIA.
En este proceso, al triunfo de los rebeldes con­flu­yeron ade­más de todos los factores anteriores el debilita­mien­to de Es­paña por la gue­rra napo­leóni­ca y la dis­tan­cia, que anu­ló los inten­tos de Espa­ña para sofo­car la rebe­lión.
Mapa del proceso de independencia de la América española.


3.1. LOS INICIOS (1808).
La crisis española de 1808. 
Desde 1808 España se encontraba invadida por el ejér­cito de Napoleón. Las au­toridades de las provin­cias america­nas no acep­taron como rey a José I, re­chaza­ron a los emisarios envia­dos por el em­perador fran­cés y se decla­raron lea­les al rey Fer­nando VII.
La asunción del gobierno por los criollos.
La primera ocasión fue temprana. En 1807 los británicos, dirigidos por Beresford y más tarde Popham atacaron Bue­nos Ai­res, pero fra­casaron ante la resistencia de los criollos, diri­gidos por Liniers. No querían sustituir el dominio de España por el de otra potencia. En 1808 los pla­tenses eligieron virrey a Liniers y rechaza­ron otra vez a los británi­cos en Mon­tevideo, demostrando que podían de­fen­derse solos y elegir a sus propios gobernantes.
Cuando unos meses después co­menzó la guerra en España y se re­chazaron las propuestas de sumisión de Napoleón, las clases dirigentes americanas se enfrentaron a una gran crisis. Compro­baron el vacío de poder en España con el rey Fernando VII pri­sionero de los franceses y el rey José I apoyado por los afran­cesados, mientras que la Junta Su­pre­ma, y luego la Regencia, no se preocupaban de los asuntos de América o no logra­ban un con­trol efecti­vo so­bre toda la admi­nis­tración ame­ri­cana. Esta que­dó a par­tir de 1808 en manos de los peninsu­lares en Méxi­co y Perú, donde continuaron mandando los virreyes, y, en el resto del territorio los crio­llos.
3.2. EL CONFLICTO.
PRIMERA FASE DEL CONFLICTO (1810-1815).
Las juntas independentistas.
La caída de Sevilla ante los franceses (II-1810) y la sus­titución de la Junta Central por la Regencia precipitaron la cri­sis. El siguiente paso fue nombrar Juntas propias a par­tir de abril-mayo de 1810: Ca­racas, Bogotá, Buenos Aires, San­tiago de Chile, con miembros elegidos por los cabildos. Al principio no hicieron de­cla­ra­cio­nes de inde­pen­den­cia sino de autono­mía, con fide­lidad al rey, e incluso llega­ron a elegirse diputa­dos a las Cor­tes de Cá­diz, pero a continuación se negaron a someterse a la Regencia. La conti­nuación de las hostilidades en España y el mismo proceso político au­tonómi­co llevaron desde 1811 al sepa­ratis­mo decla­ra­do en Colombia (1810), Vene­zuela (1811), Pa­ra­guay (1811), Quito (1812), Bue­nos Aires (1816)...
La rebelión triunfó con relativa facilidad sólo en Buenos Aires y su área del virreinato del Río de la Plata. Pero los rebeldes se dividieron pronto en unitarios y federales. Los uni­ta­rios pretendían mantener la unidad con un gobierno centra­lista (eran proclives a una solución monárquica independiente con un Borbón, pero fracasaron en 1814 en convencer a Fernando VII) y los federales querían una casi total autonomía de las pro­vincias (eran republicanos). Entre los federalistas desta­ca el uruguayo José Artigas, que en 1813 ideologizó el indepen­den­tis­mo sobre una base rural y de reforma social y con­siguió ocu­par la realista Montevideo (1814); en 1815 se formó una Liga Fede­ral y Artigas fue procla­mado “Pro­tector de los Pueblos Li­bres”. Pero los uni­ta­rios, con los bur­gueses de Bue­nos Aires y Mon­te­video, se le opusieron y le ven­cieron. Poco después los luso-brasileños to­maron la Banda Oriental (Uruguay) y los para­guayos rechazaron en 1814 y años siguientes el ataque tanto de los unitarios como de los españoles del Alto Perú (Bolivia). Por fin, los federalistas triunfaron y se proclamó la indepen­dencia (9 julio 1816). En este proceso, así, resultaron tres paí­ses: Ar­gen­ti­na, Uru­guay y Para­guay.
La represión.
México era el vi­rrei­na­to más poblado con seis millones de ha­bitantes, con una capi­tal de 150.000 habitantes, y el más rico por su oro y pla­ta. El virrey pudo impedir la formación de una Jun­ta, pero la lucha inde­pen­dentista comenzó con una re­vuelta so­cial de los campe­sinos indios y mesti­zos, diri­gidos sucesiva­mente por los sacer­dotes Hidalgo (1810-1811) y More­los (1813-1815) que ata­caban a los espa­ñoles como afran­ce­sados e impíos. Hidalgo lanzó el “Grito de Dolores” (IX-1810), abolió la escla­vi­tud y prome­tió tierras a los indios. Llegó a tomar Guanajua­to, pero el temor al desor­den ex­plica que los criollos se pu­sie­ran masi­va­mente de par­te de la Co­rona y sofo­ca­ran la rebe­lión, que conti­nuó tras la ejecución de Hidalgo en 1811. Morelos, mejor jefe militar, continuó la lucha, con el mismo programa social y pro­clama la independencia en 1813. Vencido por Agustín Iturbi­de, fue ejecutado en 1815. Sólo continuó un núcleo de resisten­cia, di­rigido por Guerrero.
Perú, con el virrey Abascal (hasta su sustitución por Pe­zuela en 1816), se man­tuvo fiel a España y con un fuerte ejér­cito y el apoyo criollo (ante la amenaza de una revuelta social) fue el baluar­te de la defensa espa­ñola en América del Sur, des­de donde se contraa­tacó con éxito en Chile, Ecuador y Colom­bia. En Chile los rebeldes estaban divididos en dos tendencias, la moderada de O'Higgins y la radical de Carre­ras, lo que favo­re­ció la vic­toria de Abascal en 1814.
La lucha por la independencia en el virreinato de Nue­va Gra­nada fue difícil porque había una nutrida pre­sen­cia de pe­ninsulares, muchos criollos y mes­tizos eran favorables a la Coro­na y por la división interna entre los independen­tistas de Cara­cas, Bogotá y Quito. En Venezuela Mi­randa lo vol­vió a in­tentar en 1810-1812, pero tras ocupar parte de la costa se en­contró con la resistencia del realista Monteverde y de los criollos y mestizos del interior (acaudillados por Bobes) y finalmente per­dió el apoyo criollo de­bi­do a la rebe­lión social de los escla­vos, por lo que fue dete­nido y en­trega­do a los es­pañoles (mu­rió pre­so en Cá­diz). En los años siguien­tes, sobre todo en Ve­nezue­la, se su­ce­die­ron vic­to­rias y de­rro­tas de los indepen­den­tistas, dirigi­dos por Bolívar, hasta que éste en el verano de 1815 tuvo que exi­liarse por segunda vez. Sólo quedó un núcleo de resistencia en el delta del Orino­co.
Al terminar la guerra napoleónica y regre­sar Fernan­do VII a España se pudo enviar en 1815 como refuerzo militar a los te­rri­to­rios americanos una expedición de 10.000 hombres mandada por Morillo con el fin de sofocar los intentos independentistas en Nueva Granada. Gran Bre­taña (aliada de España contra Napo­león) y EE UU luchaban en­tre sí en 1812-1815 y no podían ayu­dar a los rebel­des. El triunfo rea­lis­ta, con Morillo desde el Cari­be y Abascal desde Perú, fue inme­diato y a finales de 1815 sólo quedaban Argenti­na y Pa­raguay con una pre­caria y ame­nazada in­dependencia (Uru­guay es­taba so­metida a Bra­sil desde 1816-1817).
SEGUNDA FASE: GRANDES CAMPAÑAS MILITARES (1816-1824).
Pero la presión independentista era muy fuerte, los pro­blemas internos de España eran muy graves (falta de una Hacien­da fuer­te para pagar un ejército y una flota suficientes) y el renova­do (desde 1816) apoyo de Gran Bretaña y EE UU a los inde­pendentistas era in­ten­so, por lo que la rebelión se agudizó nuevamente. Esta vez fue decisivo el genio militar de los cau­dillos Bolívar y San Martín.
Las grandes campañas militares.
En Chile una expedición atravesó los Andes (I-1817), diri­gida por el ar­gentino San Mar­tín, y de­rrotó sucesiva­mente a los rea­lis­tas en las batallas de Chacabuco (II-1817) y Maipú (IV- 1818). Hacia 1819 la independencia chilena estaba asen­tada, aunque subsis­tieron guarniciones espa­ño­las hasta 1825 en la isla de Chiloé.
En Nueva Granada, Bolívar, en su tercera rebelión, volvió a desembarcar (V-1816) en la Guayana venezolana, y aun­que se sucedieron las de­rrotas y las victorias, consiguió libe­rar Co­lombia con la vic­toria de Boya­cá (1819). La guerra prosi­guió estancada dos años más por­que los españoles dominaban la costa.
En 1819 estaba preparada una nueva expedición españo­la a Nueva Granada, pero el pronunciamiento de Riego en Cádiz (1-I-1820) impidió su marcha y las tropas españolas en América que­daron nuevamente aisladas, mientras que los criollos realistas de Nueva Granada y México, ate­morizados por el ascenso al poder en Ma­drid de los liberales, se pasaron de golpe al bando inde­penden­tista. El debilitamiento del poder militar español fue inmedia­to.
En México el virrey y los altos funcionarios reeditaron en el Plan de la Profesa el viejo pro­yecto de Aranda de establecer una monarquía borbónica y, con esta base, los milita­res crio­llos mexicanos, dirigidos por el general Iturbide, pac­taron el Plan de Iguala (II-1821) con el alto clero, los penin­sula­res y con el rebelde Guerrero, con tres garantías: indepen­den­cia de México con una monarquía constitu­cional ofrecida a Fer­nando VII o un fa­mi­liar suyo, mantenimien­to de la religión ca­tólica e igualitarismo social. El virrey O'Do­no­ju aceptó el Plan en el Tratado de Córdoba (24-VIII-1821) y se pro­clamó la indepen­den­cia de Mé­xi­co sin lu­cha (28-IX-1821), pero el rey no aceptó el com­pro­miso y el re­gente Iturbide se proclamó em­pera­dor (24-II-1822), pero unas revuel­tas re­publicanas llevaron a su posterior derroca­miento y fusilamiento (1824). México se proclamó Re­pública Fe­deral (1824).
Mientras tanto, en su dependiente Capitanía General de Guatemala (que se mantuvo pacífica en manos de España estos años) las llamadas Provincias Unidas de Cen­troamérica se inde­pendi­zaron de México en 1823, presididas temporalmente por Arce. Más tarde se dividirían, dando paso a Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica.
Por su parte, Bolívar liberó Ve­nezue­la con la victoria de Ca­ra­bobo (24-VI-1821), con lo que cortaba la posi­bilidad de en­viar re­fuerzos por tierra al Perú, mientras que la escuadra independentista del británico Cochrane bloqueaba la costa del Pacífi­co. San Martín desde el sur invadió a con­tinuación el úl­timo bas­tión espa­ñol, el Perú (donde la oli­gar­quía era realista). San Martín ocupó Lima y declaró la independencia (julio 1821) y los españoles se replegaron al interior. Por el norte, Sucre liberó Ecua­dor en la batalla de Pi­chin­cha (1822). Poco después, en la entrevista de Guayaquil (1822), Bolívar y San Martín acuerdan el apoyo del primero a la independencia de Perú a cambio de su inclusión en la Gran Colombia y la retirada de San Martín. Ya en 1823, las tropas de Su­cre y Bolí­var irrum­pie­ron en el Perú y tras va­rias alterna­ti­vas, ven­cie­ron en las bata­llas de Ju­nín (7-VIII-1824) y Aya­cucho (9-XII-1824), una reso­nante vic­toria por­que fue la últi­ma batalla en Perú y la Améri­ca con­ti­nental, pues el virrey De la Serna aceptó la inde­pen­den­cia a cam­bio de la inte­gridad de los partidarios realis­tas. Bo­li­via, don­de también los crio­llos eran realista­s, fue libe­rada a prin­ci­pios de 1825.
Las últimas guarniciones españo­las se rin­dieron en 1825-1826 en El Callao (Perú, 23-I-1826), Chiloé (Chile), Puerto Ca­bello (Vene­zuela) y Veracruz (Méxi­co).
Se intentó todavía una débil reconquista. El Consejo de Estado español aprobó (25-IV-1828) un expediente sobre “pacificación de nues­tras Américas”, recomendando que se invadiese México. Así, una expedición contra este país, mandada por el brigadier Barra­das, salió de Cuba (5-VIII-1829) y desembarcó en Tampico, pero fraca­só y tuvo que capitular­ (11-IX).
Por su parte, Uruguay cayó en manos de Brasil en 1816-17, pero consiguió su independencia más tarde, en 1828, tras la bata­lla de Itu­zaingó (1827).
En cambio, Santo Domingo, recuperada por España en 1815 (en el Congreso de Viena), se independizó en 1821 como Repúbli­ca Domini­ca­na y fue conquis­tada por Haití en 1822-1844.
La aceptación española de la independencia.
Sólo quedaron en América en manos españolas Cuba y Puerto Rico. A partir del triunfo liberal de 1833 España comenzó a re­conocer la in­de­pen­dencia de los nuevos Esta­dos (México 1836, Uruguay 1841, Chile 1844, Ecuador 1849, etc.) y se reanu­da­ron el co­mer­cio y la emi­gra­ción.
Los últimos conflictos a lo largo del s. XIX.
Aún se sucedieron varios enfrentamientos milita­res entre Espa­ña y los Estados americanos, como la intervención en México (1861-1862) para exigir el pago de la deuda, la ocupación de las islas Chinchas en Perú (1864) seguida de la indecisa gue­rra del Pa­cífico contra Perú, Chile, Bolivia y Ecuador (1865-1871), en la que se bombardearon Valparaíso y El Callao (1866).
En 1861-65 España recuperó Santo Domingo con el con­senso de la pobla­ción criolla, pero la rebe­lión libe­ral de 1863 ter­mi­nó pron­to con esta fugaz unión.

4. CONSECUENCIAS DE LA INDEPENDENCIA.
La división política.
El proyecto de Bolívar de cuatro grandes federaciones ame­ricanas unidas por pactos mutuos, en el norte con México, en el sur con Río de la Plata, Perú y la Gran Colom­bia, terminó con un rotundo fracaso en los años 20 y 30. Boli­via se separó de Perú (1825, y tras la unión de 1837 definitivamente en 1839) y las dos se apartaron de la Gran Colombia en 1828. Hacia 1830 se separa­ron Ve­ne­zue­la, Co­lom­bia y Ecuador. En el Río de la Plata se sepa­ra­ron definitivamente Argen­ti­na, Pa­ra­guay y Uruguay. Las Pro­vincias unidas de Cen­troa­meri­cana (Gua­te­ma­la, Nica­ra­gua, Hondu­ras, El Salva­dor, Cos­ta Rica) se inde­pen­dizaron de México (1823) y des­pués la federación se deshizo en una guerra civil y estos cinco pequeños países se independi­zaron (1838-1839). Son ejemplos de que había mu­chos in­tereses loca­les con­tra­puestos.
En suma, con la frag­men­tación política se per­dió una gran oca­sión para un de­sa­rro­llo políti­co, social y económi­co más equi­libra­do. La debi­lidad política, eco­nómica y militar re­sul­tante ex­pli­ca, por ejemplo, que México sufriese una dis­gre­ga­ción te­rri­to­rial en América central (1830), Texas (1836), la guerra con EE UU (1846-1848), con pérdida de vastos terri­torios, así como la inter­ven­ción francesa en 1862-1865. Por otra parte la ar­tificia­lidad de las fronteras (basadas en las divisiones ad­ministrati­vas y judiciales de la administración española) ex­pli­ca en gran parte las guerras entre los nuevos países, como la guerra de la “Triple Alianza” de Pa­ra­guay contra Bra­sil, Ar­gen­tina y Uruguay (1865-1870); la “gue­rra del sali­tre” de Chile con­tra Perú y Bolivia (1879-1883) y las muchas disputas fronte­ri­zas que han sub­sisti­do en el s. XX, como la guerra del Chaco (1932-1935).
Una independencia criolla.
Para los países americanos la independencia tuvo efectos positivos en cuanto tuvieron libertad política y económica para defender sus propios intereses, pero fue una independencia al servicio de los intereses de los criollos, que formaban las clases privilegiadas: grandes propietarios, la burguesía de los comer­ciantes, funcionarios y militares, el alto clero. Los nue­vos Estados siguieron bajo el dominio so­cial de los crio­llos, que dominaban las tierras con el apoyo del ejército y la Igle­sia católica. Las dictaduras al servicio de los criollos fueron la tónica general. Era un liberalismo ficticio, que generó una gran inestabilidad interna, con numerosas guerras civiles entre los “caudillos”.
Por con­tra, se arruinaron los artesanos e industriales criollos, incapaces de competir con la industria británica y por la frag­mentación de los mer­cados americanos.
Los campesinos indios y mestizos vieron como su si­tuación económica em­peoraba, al perder la protección de la Corona, pese a que desaparecieron los privilegios jurídicos de casta.
Para los escla­vos la situación mejoró, pues fue abolida la es­clavitud, en la mayoría de los casos durante la misma guerra de independencia. Pero se mantuvo en Brasil hasta 1873 y en las colonias de Espa­ña has­ta 1880.
Las potencias extranjeras.
Las nuevas potencias dominantes en la América Latina fue­ron Gran Bretaña, con su poder marítimo, industrial, comer­cial y financiero, que controlaba las minas y ferrocarriles, y los EE UU que con la doctrina Monroe (1823) proclamó que se opon­dría a toda intervención europea en el continente.
El impacto en España.
Durante decenios España no tuvo relación con los nuevos Esta­dos, pero se impuso la realidad y poco a poco restableció la relación diplo­mática y económica con ellos. Si dura fue la pérdida de las colonias en el decenio de 1820, por la decaden­cia comercial y la disminución de los ingresos fisca­les, peor incluso fue la pér­di­da de 1898, pues provocó una crisis nacio­nal sin precedentes. El “regeneracionismo” fue una respuesta ideo­ló­gica positiva, pero no evitó que se entendiera como la gran crisis de la Restauración y que marcó el futuro a largo plazo de la monar­quía y del sistema político.

5. LA INDEPENDENCIA DEL BRASIL.
Por ser un caso único, estudiamos aparte el proceso de la independencia del Brasil.
La población h. 1800 era de más de 3 millones de habitantes, con una alta presencia de escla­vos negros (1.887.500, más de la mitad). La sociedad bra­sileña colonial, menos sensible al pre­juicio social que la es­pañola, presentaba una estratificación social semejan­te a esta. En lo alto de la escala estaba el por­tu­gués, que se reservaba el derecho a la administración. El lugar más bajo correspondía al esclavo negro, reducido a una vida misera­ble, pero que en diferentes ocasiones estalló en rebelio­nes, como la de Minas Gerais (1789).
El país tenía una economía rica y ex­pansiva, basada en la agri­cultura tropical (azúcar, café, ca­cao, tabaco, maderas pre­cio­sas...) y la explotación de las mi­nas de oro.
La independencia.
Brasil recibió al rey Juan VI, de la di­nas­tía portu­gue­sa Bra­ganza, duran­te su exilio (por la invasión napoleónica) desde 1808 a 1821. La Corte se instaló en Rio de Janeiro y se otorgó a Brasil el título de Imperio y luego el de Reino Unido de Por­tugal y Brasil. En ese tiempo se desarrolló la conciencia in­depen­den­tista de los crio­llos y Brasil se acos­tum­bró a ser un Esta­do, que no que­ría vol­ver a de­pen­der del dé­bil Portu­gal.
En 1817 se sofocó una rebelión republicana y en 1821 se anexionó Uruguay (hasta la rebelión de 1828).
Cuando el rey volvió a Por­tu­gal en 1822 dejan­do como re­gente a su primogéni­to, Pe­dro, los criollos se unieron a este en una re­vo­lu­ción y se declaró la inde­pen­dencia en el Grito de Ipiranga (7-IX-1822). Pe­dro I fue coro­na­do empe­rador. La gue­rra con la me­tró­po­li fue muy bre­ve y ter­minó en 1823 con el recono­cimiento de la independencia.
El Imperio.
El Imperio subsis­tió has­ta 1889. Pedro I heredó la corona portuguesa en 1826 y la dejó a su hija María (desposeída por su tío Miguel). La amenaza de un levantamiento liberal obligó a Pedro a abdicar (1831) en su hijo Pe­dro II, un re­formista cuyo po­der fue debilitándose con el tiempo al imponer desde arriba una políti­ca libe­ral (sin el apoyo de los liberales re­publica­nos): el sufragio uni­ver­sal (1881) y la abolición de la es­cla­vi­tud en 1888 le priva­ron del apoyo de los terrate­nientes con­ser­vadores. Los republicanos aprovecharon la crisis para dar un golpe de estado y proclamar la Repú­bli­ca.

6. INDEPENDENCIA DE CUBA Y PÉRDIDA DE PUERTO RICO.
Las últimas colonias americanas.
Las colonias que quedaban, Cuba y Puerto Rico se convir­tie­ron en fundamentales para la eco­nomía española, que tenía en ellas mercados protegi­dos para sus productos tex­tiles, mientras abaste­cían a la metrópoli de azúcar, café, taba­co y cueros. Las islas alcanzaron una prosperidad general muy alta. El nivel de vida era superior al español, aunque mal repartido. La moderni­zación fue intensa. Como ejem­plo, el primer ferrocarril español se hizo en Cuba, en 1838 (diez años antes que en la Península Ibérica) para transpor­tar la caña de azúcar.
En las islas del Caribe las tie­rras estaban en manos de una minoría de grandes planta­dores, que dominaban las planta­ciones de azúcar y otros cultivos tropicales. Los es­cla­vos afri­canos eran la base social de trabajo, sometidos a una ex­plotación durísima por lo que se re­belaron a menu­do (destaca la re­vuelta de 1843).
Políticamente había dos grandes y heterogéneos grupos:
- Un par­tido procolonia­lista y antiautonomista, formado por numerosos emi­gran­tes españoles (los peninsulares) que ha­bían he­cho su for­tuna como mili­tares, funcionarios, comer­cian­tes, industria­les y plantado­res. Los plantadores, en es­pe­cial, eran par­ti­darios de man­tener la depen­dencia de Espa­ña.
- Un partido autonomista, integrado por los criollos que pro­tes­ta­ban ante el exce­sivo centra­lismo del siste­ma ad­mi­nis­trati­vo espa­ñol. La mayoría de los criollos se contenta­da con lo­grar una amplia autono­mía que man­tuviera su situa­ción de pre­do­minio so­cial. Ante la re­sistencia española, irán deri­vando hacia el independentismo e incluso pen­saron en la ane­xión a EE UU (hasta 1857, cuando fue eviden­te que este país abo­li­ría la es­cla­vitud).
Los mu­latos y negros sólo querían la su­presión de la es­clavitud y ayudaron a unos y otros de acuerdo con las promesas que se les hicieran. Al final, se pusieron de parte de los in­dependentistas, que aceptaron la abolición.
Filipinas.
En cambio, en Filipinas (que aunque asiática se debe incluir por extensión en este tema) apenas hubo colonización y su importancia para España era menor, pues el dominio español era básica­mente co­mer­cial y se basaba más en intereses de pres­tigio que demográ­ficos (sólo hubo 6.000 españoles de media, la mayo­ría milita­res y misione­ros), económi­cos (la colonia era presupuestariamente defici­ta­ria) y de reli­gión (la Igle­sia pre­sionaba para de­fender el úni­co foco de ca­tolicismo en la lejana Asia Oriental). La lucha por la inde­pen­dencia se redujo a unos pocos conflictos con la mayoría ta­gala y la mino­ría mu­sulmana, como la sublevación de 1872, hasta la rebelión genera­lizada de 1896, que enlazó con la gue­rra de 1898. La re­presión española de los autonomistas fue dirigida con éxito sucesivamente por los gene­rales Polavieja y Fernando Primo de Rivera, y concluyó con el fu­silamiento de Ri­zal (30-XII-1896) y el someti­miento gene­ral de los rebel­des en Biac-Na-Bató (XII-1897), lo que im­pidió una so­lución pa­cífica y pau­la­tina. La rebeldía continuó, aletargada, dirigi­da por Mar­ce­lo del Pinar y Emilio Agui­naldo.
Primera guerra de independencia (1868-75).
En 1868 aún estaba vigente la esclavitud en Cuba (y Fili­pi­nas), que no podían elegir diputados, aunque en España se las consideraba parte de la nación española. La guerra de los “diez años” co­men­zó con el “grito de Ya­ra” (10-X-1868), en el que se rebela­ron algunos terratenientes (Céspedes, Agramonte) y muchos cam­pesinos, es­clavos e in­telec­tuales. La mayoría de los habi­tantes de las ciu­dades se mantu­vieron leales a España. El general Du­ce, desde 1870, intentó una pacificación con concesiones a los esclavos, que provocaron el rechazo de los plantadores y los peninsula­res, por lo que se limitó a dar libertad a los recién nacidos y los mayores de 60 años.
España sufrió mucho por la guerra (fue una de las grandes causas del fracaso del “sexenio democrático”) y tuvo que enviar un ejército de hasta 200.000 hombres, que tuvo 64.602 muertos (la mayoría por enfermedad). El 31-X-1873 fue apresado el vapor Virginius, que usaba el pabellón estadounidense y era propiedad de la junta cubana exiliada en Nueva york, y que llevaba a los principales líderes rebeldes y armamento. Pese a las presiones de EE UU fueron ejecutados, y estuvo a punto de estallar la gue­rra con EE UU. Poco después, la división entre los rebeldes fa­voreció a los españoles: en 1874 Céspedes murió en combate y Calixto García fue capturado.
La dura y larga guerra de Cuba ter­minó con el combate de Tasajeras y la captura del pre­sidente rebelde Estrada (19-X-1877) y, acto se­guido, con la pacifica­ción del general Martínez Campos en el Conve­nio de Zan­jón (12-II-1878), firmado por el jefe rebelde Vicente García. Se daban pequeñas con­ce­siones au­to­nómi­cas (simi­la­res a Puerto Ri­co), una amnistía y la eman­ci­pa­ción de los es­clavos que lu­cha­ron. Las concesiones fue­ron juz­gadas exce­sivas por los peninsulares e in­suficientes por los par­tida­rios de la indepen­dencia, que con Maceo lucharon en la “guerra chiquita” (1880).
Por su parte, un movimiento independentista en Puerto Rico (1870) fue fácil­mente domi­nado y en el reinado de Amadeo I se le con­cedió la autono­mía y se abolió la esclavitud en 1873. No habrá disturbios en lo sucesivo.
La esclavitud ha­bía sido un fac­tor funda­mental en la re­vuel­ta y su abolición comenzó gradualmente en 1879 para ser total en 1880 (en 1888 se liberó al último). La gue­rra y la abo­lición arruinaron a mu­chos plan­ta­dores, que tu­vie­ron que vender sus tie­rras a in­ver­sores nor­tea­merica­nos. En 1890 EE UU absorbe el 95% del azú­car cu­bano y el 87% de las expor­tacio­nes totales y en estos años aumenta sus ofertas de compra de la isla, hasta por 120 millones de dóla­res.
En el pe­riodo 1878-95 sur­gió una corriente antiauto­nomista (racista y reac­cionaria), que se apoyaba tanto en los españoles como en los criollos que temían un estallido social si España dejaba la colonia. En 1892 José Martí fundó el Partido Revolu­cionario Cubano (al mismo tiempo José Rizal fundaba la Liga Filipina). En España había una pequeña minoría que apoyaba una autonomía para la isla (Maura, Sagasta), mientras que la mayo­ría (Cánovas) defen­día la plena integración, al estilo de las islas Cana­rias.
Segunda guerra de independencia (1895-1898).
Nue­vamente la re­be­lión se concentró en el campo, empuja­do por la caída del pre­cio del azúcar. La inspira el escritor José Martí, que lanza el “grito de Baire” (24-II-1895), aunque pron­to murió en la lucha (19-V). Los jefes mi­litares rebeldes son Anto­nio Ma­ceo (que murió en com­bate 7-XII-1896) Máximo Gómez y Calixto García.
El gene­ral Martínez Cam­pos intentó la diplo­ma­cia al prin­cipio, sin éxito, por lo que le sustituyó en 1896 el general Wey­ler, que repri­mió du­ramente la rebe­lión, con columnas móvi­les, con­centra­ciones obliga­torias de la pobla­ción ci­vil (más de 300.000 concentrados, que sufrían grandes pa­de­cimien­tos y una elevada mortalidad, lo que causó duras críticas) y la cons­trucción de gran­des for­tifi­ca­ciones (trochas, alam­bradas). La victoria es­pañola era muy cos­tosa: la eco­nomía cubana, de­sorga­niza­da, estaba hun­dida. Ade­más, las ba­jas es­pa­ño­las, so­bre todo por enfer­me­dad, fueron terri­bles (tal vez 100.000 muer­tos, más muchos he­ri­dos y enfer­mos cróni­cos), exi­giendo constan­tes re­clu­ta­mien­tos (la guarni­ción llegó hasta 200.000 hombres, aun­que las en­ferme­dades deja­ban inútil a la gran mayoría).
Por su parte, la opi­nión pú­blica nortea­mericana, galvani­zada por la prensa sensa­cionalis­ta (la cadena Hearst), pe­día la intervención a favor de los insurrec­tos. En mayo de 1897 los EE UU reconocían a los rebeldes la condición de beligerantes y se insistió en las ofertas de compra (la última, en II-1898).
En España se rechazaban las propues­tas independentistas: la inmensa mayo­ría de los políticos, la pren­sa y la opinión públi­ca defendían la unión de Cuba a España *como un trozo más de la patria+ y se azuzaba contra los EE UU, desconociendo su poder económico y militar tanto como la propia debilidad. In­cluso el periódico republicano “El País” decía en su editorial *El problema cubano no tendrá solución mientras no enviemos un ejército a los Estados Unidos+ (24-II-1898). Había manifesta­ciones pidiendo la conquista de Nueva York...
Dema­siado tarde, el gobierno de Cánovas con­cedió la auto­nomía a Cuba (5-II-1897). Cánovas fue asesi­nado en el vera­no de 1887 y le sucedió Sagasta que amplió la autonomía (26-XI-1897) se­gún el mo­delo de Puer­to Ri­co, y ante la gravedad de la situa­ción militar y política, destituyó a Weyler (9-X-1897) y nom­bró al mo­derado ge­neral Blan­co, con la misión de pa­cifi­car a los últi­mos rebeldes. Sagasta proclamaba que defendería Cuba *hasta la úl­tima peseta+. En Cuba los rebeldes dominaban gran parte de las provincias del este, cerca de Santiago.
La guerra con los EE UU (1898).
La explosión fortuita del crucero Maine en el puerto de La Habana (15-II-1898) dio a los norteamericanos el pretexto para intervenir. España anunció un armisticio (9-IV), con un progra­ma para garantizar a Cuba poderes limitados de autogobierno. Pero poco después, el Congreso norteamericano declaró (19-IV) el derecho de Cuba a la independencia, exi­gió la reti­rada de las tropas españolas y concedió al presiden­te la auto­rización para actuar militarmente. Esto provocó que España de­clarara la guerra a EE UU el 24 de abril.
La guerra duró muy poco tiempo (25 abril-12 agosto 1898) y tuvo dos escenarios principales: las Antillas y Filipinas.
La guerra fue muy popular en España en un pri­mer momento, pero las derro­tas españolas fueron rá­pidas y deci­sivas debido a que su flota era muy anticuada y al mal armamento del ejército.
En Fili­pinas la flota española de Montojo fue­ destrui­da en Ca­vite (1-V) y los esta­douni­denses desembarcaron en Luzón y sitiaron Manila, que capituló (14-VIII). La resis­tencia mili­tar terrestre fue escasa, aunque prosiguió heroicamente (por ignorancia de la paz) en el reducto de Baler hasta el 2 de julio de 1899.
En las Anti­llas, la flota estadounidense, mandada por Sampson, bloqueó Cuba. El general Blanco intentó infructuosa­mente el acuerdo con el dirigente rebelde Máximo Gómez para oponerse a la invasión. La flota espa­ño­la, bajo el mando del almirante Cerve­ra, atravesó el Atlánti­co y fondeó en San­tiago de Cuba (19-V), donde la bloquearon. Enseguida las tropas esta­dou­ni­denses, al man­do del general Shaftner, desembarcaron en Daiquiri (21-VI), vencie­ron la dura resistencia hispana en El Caney y Lomas de San Juan (1-VII) y sitiaron Santiago, lo que obligó a sa­lir a la es­cuadra -obedeciendo órdenes supe­riores del general Blanco, *para salvar el honor+-, quedando totalmen­te destrui­da en quince minutos y los supervi­vientes he­chos pri­sioneros (3-VII). San­tiago capituló (16-VII) y los nortea­me­ri­canos de­sembarca­ron en Pue­rto Rico (25-VII). La derrota era completa.
España no tenía posibilidades de resistir y estaba profun­damente desmoralizada. Se temía incluso un ataque norteamericano a las Canarias. Urgía poner fin al desastre.
La entrega del imperio.
El gobierno español firma el protocolo de armisticio (fin de hostili­dades) el 12 de agos­to y, por fin, el Tratado de paz de París (10-XII-1898). España pierde Cuba, que se in­de­pendiza (aunque ba­jo la tutela temporal de EE UU), y entrega a EE UU los te­rrito­rios de Puerto Ri­co, la mayor parte de Fili­pinas y la isla de Guam (en las Ma­ria­nas).
Al poco (1899) España evacuaba La Habana y el go­bier­no Silvela vendía (II-1899) a Ale­ma­nia las lejanas islas Ma­ria­nas (menos Guam, ya cedida a EE UU), Caro­li­nas y Palau, pues no se podían mante­ner en el Pací­fico. En 1900 se firma el tra­tado de­fi­niti­vo en­tre España y EE UU de ce­sión de Filipinas y se le venden las últimas islas de estas (Sibutú y Cagayán de Jo­ló).
Sólo quedaban del otrora gran imperio colo­nial español unas pe­queñas y pobres pose­sio­nes africa­nas.

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Vicens Vives, J. Historia social y económica de España y América. Vicens-Vives. Barcelona. 1957. 5 vs.

PROGRAMACIÓN.
EL PROCESO DE INDEPENDENCIA DE AMÉRICA LATINA.
UBICACIÓN Y SECUENCIACIÓN.
En Bachillerato, 2º curso, Historia Contemporánea. Bloque 2. Ba­lance del siglo XIX hasta 1914. Apartado. El origen de los Es­tados contemporáneos.
Está incluido en ESO, 2º ciclo. Eje 2. So­cie­dades his­tóri­cas y cambio en el tiempo. Bloque 5. Cambio en el tiempo. Apar­tado 3. Cam­bio social y revo­lución en la época con­tem­porá­nea. La crisis del Antiguo Régimen y las revoluciones li­bera­les bur­guesas.
RELACIÓN CON TEMAS TRANSVERSALES.
Relación con el tema de la Educación para la Paz, en espe­cial la solución de los conflictos con alternativas pacíficas. Como siempre en temas de ciencias sociales, también se relacio­na con la Educación Moral y Cívica.
TEMPORALIZACIÓN.
Tres sesiones de una hora.
1ª Exposición del profesor (las primeras independencias).
2ª Exposición del profesor (las últimas independencias en 1898) y esquemas y comenta­rios de tex­tos.
3ª Comentarios de textos; debate y síntesis.
El examen final se hará junto al de otras UD.
OBJETIVOS.
Identificar a los líderes del movimiento independentista latinoamericano.
Conocer las causas últimas y cercanas de la independen­cia latinoamericana.
Conocer las consecuencias políticas y económico-sociales sobre los nuevos países latinoa­mericanos y Espa­ña.
Conocer la secuencia temporal de los hechos.
Valorar los aspectos positivos y negativos de la coloniza­ción.
Valorar la solución pacífica de los conflictos nacionales.
CONTENIDOS.
A) CONCEPTUALES.
- Latinoamérica en vísperas de la Independencia: la polí­tica, la socie­dad y la economía.
- Las causas últimas y cercanas del proceso de Independen­cia de las colonias. Entre las últimas: el malestar de los criollos, el predominio de los peninsulares, el sometimiento de mestizos, indios y negros, la difusión de las ideas ilustra­das, el ejemplo la independencia de EE UU... Entre las cercanas: la guerra de Independencia, la crisis del Antiguo Régimen, la cri­sis económica...
- La rebelión y la represión.
- La evolución del conflicto bélico.
- El nuevo orden político y social latinoamericano.
- La crisis del 98.
B) PROCEDIMENTALES.
Tratamiento de la información: realización de esquemas del tema.
Explicación multicau­sal de los hechos históricos: en co­mentario de textos.
Indagación e investigación: recogida y análisis de da­tos en enciclopedias, manuales, monografías, artículos...
C) ACTITUDINALES.
Rigor crítico y curiosidad científica.
Tolerancia y solidaridad.
Respeto y valoración de otras culturas.
Valorar la solución pacífica de los conflictos nacionales.
METODOLOGÍA.
Metodología expositiva y participativa activa.
MOTIVACIÓN.
Un documental sobre la presencia hispana en La­tinoamérica. Servirá de refuerzo de los conocimientos previos de los alumnos, que el profesor debería evaluar inicialmente con un breve diálogo.
ACTIVIDADES.
A) CON EL GRAN GRUPO.
Exposición por el profesor del tema.
B) EN EQUIPOS DE TRABAJO.
Realización de esquemas de las causas y consecuencias del proceso independentista.
Realización de una línea de tiempo sobre el proceso.
Comentarios de textos: declaraciones de independencia ame­ricana, discursos de Bolívar, artículos y discursos sobre la esclavitud y la guerra de Cu­ba, tratado de paz de París (1898).
Debate interno y síntesis de grupo en cues­tio­nes: sobre el derecho de autodeterminación de los pueblos; so­bre las dife­ren­cias entre España y Gran Bretaña respecto al co­lonia­lis­mo y la desco­loniza­ción; sobre la esclavitud en Cuba; sobre el dere­cho y las razones de EE UU para atacar a España “en defensa de Cu­ba”; sobre si la gue­rra puede ser justa…
C) INDIVIDUALES.
Realización de apuntes esquemáticos sobre la UD.
Participación en las actividades grupales.
Búsqueda individual de datos en la bibliografía, en debe­res fuera de clase.
Contestar cuestiones en cuaderno de trabajo, con diálogo previo en grupo.
RECURSOS.
Presentación digital (o transparencias, diapositivas y mapas).
Libros de texto, manuales, monografías.
Fotocopias de textos para comentarios.
Cuadernos de apuntes, esquemas...
Documental para la actividad de motivación.
EVALUACIÓN.
Evaluación continua de todas las actividades.
Examen incluido en el de otras UD (primera mitad del s. XIX), con breves cuestiones y un comentario de texto.
RECUPERACIÓN.
Entrevista con los alumnos con inadecuado progreso.
Realización de actividades de refuerzo: esquemas, comenta­rio de textos...
Examen de recuperación (junto a las otras UD).

 Antonio Boix Pons, en Palma de Mallorca (1998 y 2011).

1 comentario:

Anónimo dijo...

Excelente trabajo, gracias por ofrecer a los estudiantes de las diferentes partes del mundo información tan detallada y precisa y compartir sus valiosos conocimientos. Soy una estudiante de la Universidad Estatal a Distancia en Costa Rica, mis respetos a su honorable trayectoria.