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miércoles, 28 de diciembre de 2011

UD 27. Nacimiento y expansión del Islam.

UD 27. NACIMIENTO Y EXPANSIÓN DEL ISLAM.

INTRODUCCIÓN.

1. LOS ORÍGENES.
LOS ANTECEDENTES.
MAHOMA.
LA DOCTRINA.
El Corán.
La sunna y los hadit.
Las creencias.
Los deberes.
La organización religiosa: el califa y los imanes.
Las sectas.

2. LA EXPANSIÓN BAJO LOS PRIMEROS CALIFAS (632-661).
Abu Bakr (632-634).
Omar (634-644).
LA ORGANIZACIÓN DE LAS PRIMERAS CONQUISTAS.
LAS LUCHAS ENTRE LOS OMEYAS Y LOS PARTIDARIOS DE ALÍ.
El omeya Otmán (644-656).
Alí (656-661).

3. EL CALIFATO OMEYA (661-750).
LOS OMEYAS.
LA ORGANIZACIÓN ECONÓMICA Y SOCIAL DE LOS OMEYAS.
La economía.
La administración.
La sociedad.

4. LA DINASTIA ABASIDA.
LOS ABASÍES.
EVOLUCIÓN ECONÓMICA Y SOCIAL.
La economía.
La administración.
La sociedad.
DECADENCIA ABASIDA.

5. EL FIN DEL IMPERIO ÁRABE.
Los buwayíes: la crisis de 945.
La fragmentación del cali­fato.
Los turcos selyúcidas (1055).
La crisis de 1258: la invasión mongola.
Los movimientos en el Magreb.

6. CONSECUENCIAS DE LA EXPANSIÓN DEL ISLAM.

7. LA CULTURA ÁRABE.
EL ARTE.
LA LITERATURA.
LA CIENCIA.
LA FILOSOFÍA.

INTRODUCCIÓN.
Esta UD tiene un enunciado muy ambiguo y es muy extensa en el tiempo, pues la expansión del Islam no se ha detenido aún. Se entiende, empero, el enunciado en su sentido historiográfico tradicional, de modo que el nacimiento comprende la época de Mahoma mientras que la expansión corresponde a los tres periodos siguientes, los de su apogeo, en los que hubo una gran unidad política, hasta el 900.
Un resumen.
El Islam es una civilización con origen en Arabia, en el sur del Próximo Oriente. La conquista de un gran imperio en los siglos VII y VIII cambió y extendió su civilización hasta España por el Oeste y la India por el Este.
Los rasgos principales de la civilización islámica son:
- La influencia de la religión, determinante en todos los aspectos de la sociedad.
- Una organización política y religiosa centrada en el Califa.
- Un sistema administrativo común en todos los países conquistados.
- Una economía de agricultura intensiva, artesanía y comercio.
- El auge urbanístico.
- Una brillante cultura, heredada de la cultura clásica y del Oriente, y transmitida a Occidente.
Hay tres periodos de apogeo, en los que hubo una gran unidad: Ortodoxo (632-661), Omeya (661-750) y Abasida (750-900, aunque la dinastía pervivió hasta 1258). Les siguen una serie de periodos definidos por los Estados regionales.
En Al-Andalus destacan el periodo omeya del emirato y el califato de Córdoba (750-1031); el periodo de los Taifas (1010-1080); el periodo almorávide-almohade (1080-1230) y el periodo nazarí en Granada (1230-1498).
En el resto del Islam podemos destacar los idrisíes y aglabíes del norte de África (789-909); los fatimíes de Egipto (969-1171); los turcos selyúcidas de Irán e Irak (siglos XI-XII); los mongoles de Irán y Asia Central (1206-1353); los timúridas de Asia Central (1370-1500); los turcos otomanos, que devolverán un gran periodo de esplendor del Islam, reunificando su parte central (siglos XVI-XVII); los mongoles de la India (1526-1707 más su continuación decadente hasta el siglo XIX) y los safavíes de Irán (1502-1736).

1. LOS ORIGENES.
LOS ANTECEDENTES.
Arabia es una región desértica, escasamente poblada, pobre en agricultura, con una economía nómada y pocas ciudades, que son centros comerciales y religiosos.
Hacia el siglo VII la organización social era tribal, con grupos de beduinos unidos por fuertes vínculos de sangre y un militarismo agresivo contra sus vecinos, y con una estructura bastante demo­crática de poder, basado en un jefe elegido y un consejo de notables.
Había una gran heterogeneidad religiosa. La religión principal era la beduina, muy primitiva y politeísta pero ya con un dios superior, Allah (‘dios’ en árabe, una lengua semita). La ciudad de La Meca consiguió unificar en su santuario los principales ídolos, junto al de la piedra divinizada de la Kaaba (se cree que es un meteorito negro, de unos 12 metros en su lado más largo), custodiada por la familia de los quraysíes, monopolizando así la riqueza de las peregrinaciones y del comercio en la parte occidental de Arabia. También había un incipiente monoteísmo, gracias a la difusión del cristianismo y del judaísmo.
MAHOMA.
En este ambiente de efervescencia religiosa, apareció Mahoma (571-632) como un hombre del pueblo, perteneciente al poderoso clan de los quraysíes de La Meca, con amplios conocimientos religiosos gracias al comercio con las zonas de las religiones cristiana y judía, que hacia el 613 proclamó su convicción de tener un papel trascendental: ser el mensajero de Allah de que los fieles debían seguir una religión de un dios único y omnipotente, enemigo de ídolos y de idólatras, con unas normas estrictas sobre la vida religiosa y cotidiana. Su propuesta le ganó la enemistad de los comerciantes de La Meca, sobre todo porque creían que ponía en peligro sus intereses económicos.
En el año 622 Mahoma y sus partidarios emprendieron la Hégira (la “huida” o mejor “la migración” en árabe) a la vecina Yatrib (actual Medina, la “ciudad” en árabe). Ese año se considera el principio de la Era Islámica y oficialmente el Año de la Hégira comienza el 16 de de julio, que es el primer día del año lunar, aunque hoy se cree que Mahoma no escapó ese día sino en septiembre.

Siguieron años de consolidación de su movimiento religioso, de luchas con judíos y paganos, de redacción de un cuerpo doctrinal homogéneo (el Corán), culminados en la primera peregrinación a La Meca en 629 y la inmediata conquista pacífica de esta ciudad.
Al morir Mahoma en 632 el Islam apenas dominaba el Hiyaz, en el oeste de Arabia, pero iniciaba una rápida expansión, que continuarán con inmenso éxito sus sucesores.


La Meca en una celebración multitudinaria. [http://www.islamyciencia.com/fotos-de-mezquitas-del-mundo/la-meca.html]

Mapa de la expansión inicial del Islam en Arabia y Próximo Oriente.

LA DOCTRINA.
El Corán.
El Islam tiene una doctrina contenida en el Corán (el ‘libro’ en árabe), codificado por el califa Otmán en 651-652), compuesto de 114 suras o azoras (‘capítulos’ en árabe), con un número variable de versículos. Según Mahoma y los musulmanes, los creyentes, fueron escritos por dictado de Dios a través del dictado del ángel Gabriel. Para muchos investigadores laicos es una genial recopilación de mandatos cristianos, judíos y paganos, fundidos por un hombre genial, Mahoma, que habría vivido un especial momento místico.
La importancia del Corán en la civilización islámica es enorme, pues todos los fieles comienzan su educación con su estudio, que les introduce en la lengua, la teología, la ciencia y la jurisprudencia, aunque sea de un modo parcial.
La sunna y los hadit.
Como el Corán no es ni pretende ser una respuesta completa a los problemas de la comunidad, se acudió a la sunna, la recopilación de dichos y actos de Mahoma (en un modo similar a los Evangelios), que a su vez fueron interpretados por los eruditos hasta consolidar una tradición interpretativa, el hadit o hadiz (‘narración’ en árabe).
Las creencias.
Se distinguen las creencias (iman) y los deberes (ibadat).
Los deberes se expresan en el dogma, que no está estructurado, pero son claros los mandatos de creer en único Dios, Allah, un dios omnipotente, creador del mundo y del hombre. También se cree en los ángeles y demonios, en los profetas y libros revelados, en el Juicio Final.
Allah es el mismo Dios del Antiguo y Nuevo Testamento, por lo que los musulmanes rezan el Padre Nuestro y explica que Abraham, Moisés, Jesucristo y Mahoma son profetas de una misma religión.
Se cree en la venida de Al-Mahdi, el profeta que restablecerá el bien en el mundo, y se espera un Juicio Final con resurrección de los muertos, y que se irá entonces a un paraíso o a un infierno, según se haya llevado una vida justa y fiel o una vida pecaminosa.
Los deberes.
Los deberes se expresan en el culto islámico, que es individual, con pocos actos colectivos (la oración en la mezquita principal y la peregrinación son también actos individuales aunque en masa), lo que le separa del cristianismo y del judaísmo. Hay cinco obligaciones principales (ibadat):
- La profesión de fe: “No hay más Dios que Allah y Mahoma es su profeta”, repetida en momentos solemnes.
- La oración, con un ritual de cinco veces al día, en la mezquita, en casa o al aire libre, mirando a La Meca.
- El ayuno, durante el día en el mes de Ramadán.
- La limosna, convertida en un impuesto. La tradición lo estableció en cerca del 21% de la renta.
- La peregrinación a La Meca es un deber, pero sólo se exige si se tienen medios económicos para pagar. Puede compensarse esta obligación con ayuno, limosna o sacrificio.
La guerra santa (yihad) es sólo una obligación ocasional, para la defensa de la comunidad y según algunas teorías más agresivas para la conversión de los infieles, que si la rehúsan deben pagar impuestos para financiarla.
La organización religiosa: el califa y los imanes.
La organización religiosa no está establecida legalmente. Pero en la práctica el califa es el máximo garante e intérprete de los textos, mientras que los imanes gobiernan las mez­quitas, con una absoluta autonomía. El califato fue una institución que pervivió hasta el 1924, cuando el último califa otomano fue depuesto oficialmente.
Las sectas.
En parte por esta falta de estructura han proliferado las sectas musulmanas, entre las que destacan la mayoritaria de los sunníes ortodoxos, y las sectas heterodoxas de los severos jarichíes (disidentes) y los shiíes (o chiitas, partidarios de Alí), subdivididas a su vez en sectas menores a veces muy extremistas.

2. LA EXPANSIÓN BAJO LOS PRIMEROS CALIFAS (632-661).
A la muerte de Mahoma le sucedieron califas de su propia tribu quraysí.
Abu Bakr (632-634).
Abu Bakr (632-634), el primer partidario de Mahoma, su hombre de confianza y suegro, fue proclamado por los árabes sedentarios, venció la revuelta de los beduinos y sometió casi toda Arabia en un año y poco después comenzó a atacar a los vecinos imperios bizantino y persa.
Omar (634-644).
Omar (634-644), hombre de confianza y de Abu Bakr y también suegro de Mahoma, fue el protagonista, junto a su general Walid, de la gran expansión islámica, con la conquista de Siria, Palestina, Persia y Egipto, junto a una masiva emigración de las tribus árabes que alimentaba las crecientes ansias de conquista. Ejércitos de jinetes fanáticos muy bien armados, entrenados y mandados, vencieron a los ejércitos más numerosos de los vecinos Estados, de los decadentes sasánidas y bizantinos, sumidos en guerras civiles y revueltas sociales y religiosas.
Fueron los jalones en la creación de un imperio islámico las victorias sobre los bizantinos en la batalla de Yarmuk (636) y la conquista de las ciudades de Damasco (636), Jerusalén (636) y Alejandría (641), mientras que se venció a los persas sasánidas en las batallas de Qadisiya (637), Nihawand (642) y Yalul y se tomaba su capital Ctesifonte (636).

Mapa de la expansión del Islam.

La ocupación fue facilitada por las disensiones religiosas y sociales en la zona del Próximo Oriente, puesto que grandes masas de campesinos sufrían su condición de servidumbre o esclavitud, con pesados impuestos y trabajos forzosos. Además, las sectas heréticas del cristianismo, como los monofisitas de Egipto y Siria, acogieron con esperanza la mayor tolerancia de los musulmanes.
En este proceso, las tribus árabes emigraron en masa hacia el norte, tomando las tierras y un inmenso botín, de modo que gran parte de Arabia quedó despoblada.

LA ORGANIZACIÓN DE LAS PRIMERAS CONQUISTAS.
Los vencidos no eran obligados a la conversión si eran fieles de las religiones “de las gentes de la Escritura”, o sea los cristianos y judíos, aunque pagaban impuestos especiales como protegidos. Los paganos, en cambio, eran convertidos a la fuerza. De hecho la tolerancia religiosa fue la norma porque al Estado no le interesaba perder la enorme fuente de ingresos que suponía el impuesto especial sobre los protegidos, la “yizya”.
Las tierras conquistadas se dividieron en dos partes:
- Las que continuaron en manos de sus propietarios, que debían pagar una renta (jaray) al conquistador, y que fue la norma en la mayor parte de los territorios.
- Las que pasaron al patrimonio del Estado por confiscación tras una victoria sin condiciones o la muerte del propietario, y que se mantuvieron en este o fueron concedidas en arrendamiento.
Las ciudades de antigua o nueva creación fueron ocupadas por los árabes, que cambiaron su estructura urbana y desde ellas controlaron el poder militar, la propiedad de la tierra, el comercio y la administración fiscal y judicial. Se adaptaron las instituciones y la burocracia locales.
Fue un cambio trascendental: la sociedad árabe tradicional era nómada, pero se transformó definitivamente en urbana, aunque manteniendo ciertos rasgos ideológicos propios de los nómadas.
Este modelo de organización, bastante eficaz, persistió en lo fundamental en el siglo siguiente.

LAS LUCHAS ENTRE OMEYAS Y LOS PARTIDARIOS DE ALÍ.
El omeya Otmán (644-656).
A la muerte de Omar (asesinado por un esclavo cristiano), fue elegido califa el omeya Otmán (644-656), yerno de Mahoma. Protegió a los miembros de su clan en La Meca y les  otorgó los mejores cargos de la administración central y provincial. Ello provocó la aparición de una oposición entre los postergados en el botín, que tomó como líder a Alí, primo y yerno de Mahoma por su matrimonio con su hija Fátima. Hay entonces tres problemas:
- La diferenciación religiosa entre la ortodoxia del califa omeya y la heterodoxia de Alí, que impugna el derecho de votación y reivindica el derecho de herencia para ocupar el cargo de califa.
- El enfrentamiento entre los clanes de omeyas (emparentados con la aristocracia siria) y abasíes (emparentados con la nobleza persa) por el dominio y explotación del imperio, como mucho antes, en el siglo VI,  ya lo habían hecho por el dominio de La Meca.
- El resurgimiento de la ancestral rivalidad entre las tribus árabes del Norte, los quraysíes, y del Sur, los yemeníes.
Alí (656-661).
El asesinato de Otmán permitió la entronización de Alí (656-661), apoyado por los viejos partidarios de Mahoma, pero el nuevo califa fue acusado del crimen y el omeya Mwawiya (gobernador de Siria) enseguida se rebeló con el apoyo de quraysíes y medinenses. El acuerdo entre los dos bandos no fue aceptado por gran parte de los seguidores de Alí, que formaron la secta de los jarichíes, y tras varias alternativas, Alí fue asesinado por un jarichí en 661 y le sucedió Mwawiya (661-680), verdadero iniciador de la dinastía Omeya (661-750), mientras que los partidarios (shiíes) de Alí formaron una secta que ha sobrevivido mayoritariamente en Irán e Irak, aunque se extiende por muchos más países.

3. EL CALIFATO OMEYA (661-750).
LOS OMEYAS.
Muawiya instaló el califato omeya en Damasco y potenció la centralización religiosa y administrativa en el califa, con gobernadores provinciales. Se apoyó en la burocracia sirio-bizantina y en los beduinos. Introdujo la sucesión califal por línea directa al nombrar sucesor a su hijo (el nombramiento en vida se convirtió en la costumbre musulmana de sucesión) con el consenso de los notables, un compromiso entre el carácter hereditario y el democrático del poder. Extendió el imperio por el Norte de África, hasta la India y las puertas de Constantinopla, la capital bizantina, que sufrió tres asedios. Muawiya luchó contra la opo­sición abasí y shií, que contaba con un nieto del profeta, Husein, muerto en la batalla de Kerbala en 680), que planteaba la reivindicación de la igualdad de todos los musulmanes, tanto los de origen árabe como los conversos, sobre todo los persas.
Destaca en la dinastía omeya el califa Abd-al-Malik (685-705), quien creó un ejército profesional, arabizó la administración con nombramientos de árabes e imponiendo el árabe como lengua oficial, y estableció una reforma monetaria con el dinar de plata como moneda predominante.
La expansión continuó por España (711) y Asia. Pero había graves problemas: el imperio era demasiado extenso y había un continuo descontento de abasíes, shiíes y jarichíes.
Una coalición revolucionaria de todos estos grupos, originada en Irak y Persia estalló en 747-750 y derrocó al califa omeya Marwan y acabó con la mayor parte de la familia omeya, salvo uno que se refugió en España, Abd-al-Rahman, formando un emirato omeya independiente.

LA ORGANIZACIÓN ECONÓMICA Y SOCIAL DE LOS OMEYAS.
La economía.
La economía se basaba en la agricultura, con auge de la irrigación y de nuevos cultivos. El comercio prosperó desde la India hasta España, con una moneda única y fiable, el dinar de plata, complementada con el dírhem de oro.
La administración.
La administración se arabizó en sus componentes, pues la cúspide del poder era la aristocracia árabe, muy lentamente debido a la inmensa extensión de los territorios ocupados y a la falta de personal preparado. La mayoría de las instituciones fueron adaptaciones de la administración bizantina y sasánida, aunque guardando respeto por la práctica árabe de los consejos de notables. Muchos funcionarios eran dimmi, fieles de las religiones protegidas.
La sociedad.
La estratificación social ponía a los árabes en la cúspide del poder, una aristocracia al servicio del califa.
Las conversiones de los que querían evitar el impuesto especial aumentó mucho la población musulmana, pero sin violencias, con la formación del amplio grupo de los mawlas (muladíes o conversos), que pronto quisieron ser asimilados social y políticamente a los árabes.
Los protegidos (dimmi) no musulmanes eran respetados en su religión, pero pagaban impuestos cada vez más gravosos, por lo que muchos optaron por convertirse al Islam. Por ejemplo, en Egipto predominó la religión copta hasta mediados del siglo XI.
Los esclavos eran la capa inferior, pero la manumisión era muy frecuente cuando se convertían y se transformaban en mawlas, como los libertos clientes de Roma.
La condición de la mujer era de estrecha sumisión al hombre. La mayoría de las mujeres realizaban tareas agrícolas y domésticas o estaban recluidas en el gineceo. Estaba permitida la poligamia, pero era poco frecuente en las clases populares.

4. LA DINASTIA ABASIDA.
LOS ABASÍES.
Los abasíes procedían de Abbas, tío de Mahoma. Su primer califa fue Abu-l-Abbas (749-754), que se rebeló en Persia en 747. Respaldados por su parentesco con el profeta, ex­plotaron el descontento de la población respecto a los omeyas para tomar el poder en 750, con el apoyo de los shiíes y de los demás revoltosos, en especial los de Persia. No fue una revuelta étnica sino social contra la aristocracia árabe, basada en el descontento económico y social de las poblaciones no privilegiadas (mercaderes, artesanos), en medio de una situación de crisis al ser interrumpida la expansión y pasar a ser superflua la clase guerrera árabe que representaba la dinastía omeya.
La dinastía apartó, desde el principio, a sus aliados shiíes y persas más radicales, cuyo líder Abu Muslim fue ejecutado, pero integró a los persas más moderados y así orientalizó la administración con elementos persas.
El segundo califa, Al-Mansur (754-775), hermano del anterior, es el más importante de la dinastía. Trasladó la capital, situada provisionalmente en Anbar, a Bagdad, cerca de la antigua Ctesifonte, y así el centro del imperio pasó de Siria a Irak, y centralizó la adminis­tración con la institución de los visires y una burocracia asalariada, reclutada sobre todo entre los nuevos musulmanes, los mawlas. Se adaptaron algunas costumbres organizativas de los sasánidas y el imperio dejó de regirse según las normas de las tribus del desierto y el consenso entre los jefes de las tribus.
El Estado se teocratizó, siendo la religión el factor aglutinante sobre las etnias, mientras el califa se convertía en un delegado divino, apoyado en su ejército y en los jefes religiosos y jurisconsultos. Al dar un carácter religioso al régimen los califas pretendían asegurar la unidad entre los diferentes elementos étnicos y sociales.
El poderío abasida llegó a su cima bajo el dominio de Harun-al-Rasid (786-809) y Al-Mamun (813-833), alcanzando la corte un refinamiento legendario. Bagdad era la más importante capital política y económica del mundo, así como del arte, la cultura y el pensamiento.

EVOLUCIÓN ECONÓMICA Y SOCIAL.
La economía.
Al principio el éxito económico fue extraordinario. La nueva clase dominante, de origen agrícola, artesanal y comerciante, fomentó la economía productiva, y la monetización del inmenso botín de metales preciosos activó el comercio.
En la agricultura se hicieron grandes trabajos de irrigación, desecación de pantanos, extensión y diversificación de los cultivos, e introducción de nuevas técnicas.
En la minería se explotaron muchos recursos minerales, como oro, plata, hierro y co­bre, desencadenando un auge de la metalurgia.
Se extendió la industria textil, en especial de la lana y el lino, pero también se difundieron el algodón y la seda, para la fabricación de tejidos y tapices, así como la artesanía de muebles, papel, armas y objetos de lujo. Gran parte de la industria más selecta permaneció en manos del Estado, en talleres en los que se empleaban esclavos.
Las relaciones comerciales se multiplicaron enormemente en esta época, desde la India hasta España, de Rusia a Arabia y África, siendo los judíos unos destacados intermediarios con Europa. Los mercaderes musulmanes unieron Occidente y Oriente a través de las rutas tradicionales de la Seda a través de Asia Central y del Índico. Los productos eran muy variados: especias, esclavos, tejidos, tapices, cerámica, perfumes y otros objetos de lujo.
Hubo en el siglo IX un auge de las finanzas, con bancos a menudo originados en las actividades de los cambistas. Su actividad de cambio de moneda se apoyaba en un sistema bimetálico estable, con dos monedas: el dírhem de oro (de origen persa) y el dinar de plata (de origen bizantino). Se conocían las letras de cambio y los cheques. La mayoría de los banqueros eran judíos y cristianos, porque el Islam prohibía la usura.
La administración.
La administración se orientalizó con funcionarios persas, aumentando progresivamente el poder de los visires, que crearon verdaderas dinastías, como los bar­makíes, derribados en 803.
La administración se centralizó en Bagdad. En el centro del imperio el poder se fortaleció con la doctrina del mutasilismo, que considera que el Corán debe ser interpretado por la razón, encarnada en el Estado, que es el ordenador del bien.
Las provincias se gobernaban con los emires (gobernadores) y amiles (intendentes de finanzas), cada uno con una fuerza armada.
Los jueces eran los qadis, nombrados por el califa. Eran asistidos por un adil (notario). Los qadis aumentaron sus prerrogativas, hasta convertirse en los principales funcionarios de los municipios.
El ejército se abrió a los mawlas y la milicia árabe fue sustituida progresivamente por mercenarios. La guardia califal primero la integraron persas del Jurasán y desde el siglo IX esclavos (la mayoría eslavos, de ahí el nombre) o mamelucos en su mayoría turcos.
La sociedad.
Las clases sociales fluctuaron bajo los abasíes.
La condición social de árabe se extendió desde su raíz étnica a todos los que hablaban la lengua árabe, esfumándose la diferenciación étnica con la arabización.
Una nueva clase, formada por ricos y eruditos, sustituyó a la clase de la aristocracia guerrera en la dirección del imperio, integrada ahora por ricos terratenientes y comerciantes y funcionarios enriquecidos en sus cargos.
A largo plazo, sin embargo, la población agrícola y ganadera perdió bienestar al ad­quirir los comerciantes muchas propiedades que explotaban con esclavos y arrendatarios, sin invertir en la mejora de las propiedades. El proceso de concentración de la propiedad provocó continuas sublevaciones campesinas, el abandono del campo hacia la ciudad, la proletarización y la aparición del bandolerismo en el siglo IX.


LA DECADENCIA ABASIDA.
Los primeros problemas aparecieron muy pronto: los shiíes se levantaban en todas partes, crecía el grave descontento social de los humildes y los conversos en revueltas que tomaban formas de movimientos religiosos, terminaba la expansión territorial lo que disminu­yó los ingresos del Estado y su capacidad de recompensar con tierras, y, finalmente, los go­bernadores y la aristocracia provinciales buscaban la independencia apoyados por las poblaciones locales. La primera escisión fue muy temprana: en 756 se independizó un omeya en Córdoba.
La sucesión originaba guerras civiles en el seno de la familia califal, la primera en 809-813, entre Al-Amin y el victorioso Al-Mamun, apoyados respectivamente por iraquíes e iraníes. Desde entonces creció el poder del ejército. Los gobernantes abasidas mantuvieron su poder centralizado hasta la muerte de Al-Mustasim en 842, iniciándose entonces un im­parable proceso de decadencia. Desde 836 a 892 la capital se instaló en Samarra.
En la periferia el separatismo desgajaba continuamente territorios desde España hasta Persia.
En todas estas rebeliones había elementos de disidencia religiosa, especialmente de los shiíes, que se dividieron en dos grandes tendencias: los imaníes moderados y los ismailíes, más radicales. Un ismailí, Qarmat, fundó un califato en Mesopotamia que con altibajos sobrevivió varios siglos en Arabia. Otro ismailí fundó en el Norte de África la dinastía fatimí (909), que llegaría a conquistar Sicilia (935), Egipto (969) y Siria, establecien­do su capital en El Cairo y procurando un gran auge a Egipto.
Las revueltas sociales, iniciadas con la de Babak en Azerbayan (816-838), se hicieron más frecuentes desde 861, siendo la más importante la de los esclavos negros de Mesopo­tamia, los zany (869-883), contra sus amos terratenientes que les explotaban para desecar las lagunas. Los rebeldes se convirtieron al jarichismo, una doctrina que defendía que el califato debía ser del mejor musulmán, aunque fuera de origen esclavo, y consideraba infieles a los demás musulmanes; y contaron con el apoyo de las tropas negras del califa, los campesinos y algunos beduinos.
La secta de los ismaelitas se extendió entre el proletariado urbano y los artesanos, defendiendo la comunidad de bienes. Dos ramas ismaelitas triunfaron: los fatimíes en el Norte de África (desde 901) y los qarmatas en el este de Arabia (894).
En suma, las provincias se rebelaron desde mediados del siglo VIII: España desde 756  con los omeyas, Marruecos en 788 con los ichíes, Tunicia en 800 con los fatimíes, Egipto con los tulumíes en 868-905. Partes de Persia se desgajaron en el siglo IX: Tahir o tahires (820), los saffaríes (867), los samaníes (874) o los jarichíes. Arabia estaba completamente perdida debido a la revuelta de los zaydíes en Yemen y los qarmatas en el este.
La reforma del ejército para parar este proceso fue a la postre nefasta pues puso en manos de un ejército de origen esclavo la seguridad y el poder califal, que pasó de facto a manos del jefe mameluco de la guardia (908). El lujo de la corte y el costoso mantenimiento de la burocracia y del ejército mercenario obligó a los califas a arrendar las propiedades del Estado a los gobernadores de distrito, a cambio de un impuesto al Estado y de mantener a las tropas y los funcionarios locales, encargándose de dominar las revueltas sociales.

5. EL FIN DEL IMPERIO ÁRABE.
Los buwayíes: la crisis de 945.
El fin del periodo abasida se puede fechar en 945, cuando los persas buwayíes (o buyíes, de la secta shií) se apoderaron de Bagdad y se convirtieron en visires permanentes, aunque respetando el papel representativo de la dinastía abasí (de la secta sunní), que se mantuvo simbólicamente en el poder hasta 1258, cuando los mongoles acabaron con el breve intento del califa de ser independiente.
La fragmentación del califato.
A principios del siglo XI había tres califatos:
- El califato omeya de Córdoba, proclamado en 929 y que desapareció en 1031, cuando se disgregó en los reinos de Taifas.
- El califato fatimí de Ifriqiya (Magreb), de la secta shií, proclamado en 910, rompiendo la unidad del califato, que más tarde tomaría Egipto (969) y Siria. Fundó la ciudad de El Cairo y se convirtió en el poder dominante en el Islam. Entró en decadencia en el siglo XI y fue suprimido por Saladino en 1171.
- El califato abasí de Bagdad, sólo nominalmente en el poder, pues el poder efectivo lo tenían los emires de la familia persa de los buwayíes y las provincias estaban en manos de las dinastías locales.
Era un panorama de crisis que remató la aparición de unos nuevos conversos al Islam, los turcos y los bereberes.
Los turcos selyúcidas (1055).
Los turcos selyucíes eran guerreros nómadas de Asia Central y sunníes ortodoxos, se presentaron como restauradores del califato abasida y constituyeron en poco tiempo un gran imperio desde Persia a Palestina y Anatolia, con los califas abasíes siempre como gobernantes nominales. Comenzaron por apoderarse de Jurasán y Persia; a continuación de Bagdad en 1055, echando a los buwayíes y controlando el califato; reanudaron la expansión contra Bizancio, venciendo en Manzikert (1071) a los bizantinos y ocupando gran parte de Anatolia; y tomaron Siria (1076) a los fatimíes.
El Estado se organizó dualmente, mediante la separación del poder religioso del califa abasí y del poder político del sultán turco.
Los turcos selyúcidas impusieron el sistema de la iqta, que repartió las tierras entre sus guerreros a cambio del servicio militar y el pago de un impuesto. Pero el sistema descompuso el gran imperio seljúcida, al convertir esos beneficios en hereditarios, en un pro­ceso similar al feudal en la Europa occidental.
A comienzos del siglo XII el imperio era sólo una vaga confederación de príncipes autónomos que basaban su poder en la fidelidad de sus respectivas tribus. Se formaron tres grandes conjuntos: Asia Menor, Persia y Siria. La parte occidental recibió el tremendo impacto de las Cruzadas, lo que desestructuró el Estado y facilitó el ascenso de un competidor en los ayúbidas de Egipto (1171), sobre todo con su fundador Saladino, a los que sucedieron pronto (1250) los mamelucos, también turcos.
La crisis de 1258: la invasión mongola.
El golpe definitivo llegó con la invasión mongola, iniciada en 1235 y que arrasó Bag­dad en 1258, asesinando al último califa, Al-Mustasim, y aboliendo el califato abasí, aunque un descendiente abasí se refugió entre los mamelucos de Egipto, donde la dinastía continuó como gobernante nominal hasta la conquista de los turcos otomanos en 1517, cuando tomaron los atributos del califato, quedándoselos hasta su fin en 1924.
Los movimientos en el Magreb.
Por su parte, los bereberes se sublevaron en el siglo X contra los fatimíes en el Ma­greb y formaron varios movimientos de reforma religiosa que se sucedieron a medida que los anteriores perdían austeridad: almorávides, almohades, benimerines.

6. CONSECUENCIAS DE LA EXPANSIÓN DEL ISLAM.
Según Pirenne (1927), la principal consecuencia para Occidente fue la ruptura de la unidad mediterránea. Europa se volvió hacia sí misma, volviéndose rural y militar. El enfren­tamiento del Occidente cristiano y del Oriente islámico (con el Norte de África) será una constante desde el siglo VII hasta hoy mismo.
También hubo efectos positivos: desde Asia hasta Europa se abrió una vasta red co­mercial y de intercambio cultural que favoreció a la larga la economía y la cultura.
En el mundo árabe, el Islam tuvo efectos contradictorios: por un lado aseguró varios siglos de gran prosperidad económica y cultural, de predominio político sobre el área mediterránea y de Próximo Oriente, pero por otro lado el continuismo esencial de la ideología islámica provocó una resistencia al cambio social, económico o científico, que finalmente aisló al mundo musulmán de los grandes avances de Occidente y favoreció que en los siglos XIX y XX Europa impusiese su dominio sobre casi todo el territorio del Islam.

7. LA CULTURA ÁRABE.
La cultura árabe se divulgó pronto entre países de lenguas y culturas muy distintas, que en parte han sobrevivido hasta hoy. El vehículo de esa expansión cultural fue la lengua árabe, en la que estaba redactada el libro sagrado, el Corán, y que era además la lengua de la administración y las clases privilegiadas, por lo que se difundió entre toda la sociedad de tie­rras conquistadas, incluso entre los que no eran musulmanes. La cultura islámica fue extraordinaria en muchos aspectos, desde la música a la técnica, pero destacaremos en especial a cuatro: arte, literatura, ciencia y filosofía.
EL ARTE.
El arte islámico aparece muy de repente, en un breve tiempo, los siglos VII-VIII, sin un proceso de maduración interna, y se extiende sobre el inmenso territorio del mundo islámico. En estos dos rasgos se parece al arte romano.
El factor básico que da coherencia al arte islámico es el religioso, y, por extensión, el político e intelectual. El mantenimiento de unas necesidades religiosas fijas provocó la con­secuente permanencia de unos esquemas artísticos que, aunque podían cambiar estilísticamente, adoptan unas soluciones básicas que jamás son modificadas sustancialmente.
En la arquitectura se basa en unos pocos tipos, especialmente la mezquita, seguida de la madrasa, el palacio y los edificios públicos, sobre todo los baños públicos o los mercados.
Las artes plásticas, tanto la escultura como la pintura, están subordinadas a la arquitectura, con una función básicamente decorativa, por lo que la decoración adquiere rango de arte en sí misma. La pintura, sin embargo, tiene en la miniatura una cierta trascendencia. Un papel muy importante tienen las artes menores: cerámica, tejidos, alfombras, tapices.
El arte islámico presenta una serie de periodos independientes por razones políticas, geográficas o artísticas. Destacan sobremanera los dos primeros, en los que quedaron fijados sus características fundamentales: el periodo omeya (661-750), de formación, muy influenciado por el arte bizantino y reducido a la zona de Siria con la mezquita de Damasco  y el templo de la cúpula de la Roca en Jerusalén; y el periodo abasida (750-900), con la confirmación de los rasgos fundamentales  en la mezquita de Samarra.

LA LITERATURA.
Destaca el carácter lírico, con predominio de la poesía sobre la prosa, hasta tiempos recientes, en los que ha aparecido una novelística de gran calidad con el egipcio Naguib Mahfuz.
La poesía antigua está inspirada por la vida nómada, la religión y la propaganda islámica, siendo el Corán el canon de la belleza poética, así como el amor por el desierto y la naturaleza, y el canto sensual al amor y la belleza.
En la prosa destacan los cuentos populares de Calila e Dimna y la recopilación de las narraciones de las Mil y una noches, de variado origen y que reúne una colectividad de autores a lo largo de siglos, y que es una preciosa fuente sobre la vida islámica medieval.
LA CIENCIA.
En la época abasida se tradujeron muchas obras antiguas al árabe, lo que aseguró la continuidad de la cultura y ciencia de la Antigüedad clásica y se formaron grandes bibliotecas en Bagdad, El Cairo, Córdoba (tuvo 80)... El papel llevado a Europa por los árabes desde China y los pergaminos fueron los mejores medios materiales para difundir estas tra­ducciones.
Los mercaderes, filósofos y médicos islámicos eran transmisores de la cultura hacia Occidente en los grandes campos científicos de las Matemáticas pues el algebra es una invención árabe, así como la escritura numérica que usamos, la Astronomía, la Física en especial la óptica, en la que destaca el mayor óptico medieval, Al-Haytam, la Química confundida entonces con la Alquimia, y la Medicina con numerosos médicos que cultivaron los conocimientos griegos y la experimentación, como Avicena, autor de grandes obras, consideradas canónicas durante la Edad Media. Entre las aportaciones técnicas destacan la brújula y el astrolabio, así como inventos para facilitar el regadío.
LA FILOSOFÍA.
Avicena y Averroes fueron los grandes filósofos (a la par de médicos) islámicos, y fueron famosos por estudiar la filosofía de Aristóteles y a su través difundirla en Occidente. Su filosofía es un compendio de la filosofía griega y de la teología islámica, y se basan en la separación de los principios de racionalidad y experimentación para el mundo natural y de fe para el mundo espiritual.


BIBLIOGRAFÍA.
Internet.
Películas.
Mahoma, el mensajero de Dios (1977). Libia. Dirección: Mustafá Akkad. Duración: 170 minutos. Intérpretes: Anthony Quinn, Irene Papas. Música: Maurice Jarre.

Libros.
AA.VV. ‘Cuadernos de Historia 16’. Nº 21. Así nació el Islam. Nº 25. Los Omeyas. Nº 29. Los Abbasíes. Nº 33. El Islam, siglos XI-XIII. Nº 41. La disgregación del Islam. 31 pp. cada uno.
Bausani, Alessandro. El Islam en su cultura. FCE. México. 1993 (1980). 260 pp.
Cahen, Claude. El Islam, desde los orígenes hasta el comienzo del Imperio Otomano. Historia Universal, nº 14. Siglo XXI. Madrid. 1972. 353 pp.
Grunebaum, Gustave E. Von. El Islam, desde la caída de Constantinopla hasta nuestros días. Historia Universal, nº 15. Siglo XXI. Madrid. 1975. 463 pp.
Holland, Tom. A la sombra de las espadas. Planeta. Barcelona. 2014. 606 pp. el historiador británico revisa los inicios del imperio islámico en Oriente Próximo.
Küng, Hans. El Islam. Historia, presente, futuro. Trotta. Madrid. 2006. 847 pp.
Pareja, Félix. M. La religiosidad musulmana. BAC. Madrid. 1975. 487 pp.
Pipes, Daniel. El Islam. Espasa-Calpe. Madrid. 1987 (1983 inglés). 508 pp.
Varela, María Isabel; Llaneza, Angeles. La Expansión del Islam. Anaya. Madrid. 1988­. 96 pp.
Watt, William Montgomery. Muhammad. Alianza. Madrid. 1970 (dos tomos, 1953 y 1956 en inglés). 211 pp.
Watt, W. M. Mahoma, profeta y hombre de Estado. Labor. Barcelona. 1967. 204 pp.

PROGRAMACIÓN.
NACIMIENTO Y EXPANSIÓN DEL ISLAM.
UBICACIÓN Y SECUENCIACIÓN.
ESO, 2º ciclo.
Eje 2. Sociedades históricas y cambio en el tiempo. Bloque 4. Sociedades históricas. Núcleo 5. Sociedades del ámbito no europeo durante las Edades Media y Moderna.
- Sociedad y cultura islámica durante la Edad Media.
RELACIÓN CON TEMAS TRANSVERSALES.
Relación con los temas de la Educación para la Paz, Educación Moral y Cívica, Educación para la igualdad de sexos.
TEMPORALIZACIÓN.
Cuatro sesiones de una hora.
1ª y 2ª Exposición del profesor.
3ª Exposición del profesor, de refuerzo y repaso; esquemas y comentarios de textos.
4ª Comentarios de textos; debate y síntesis.
OBJETIVOS.
Conocer la civilización islámica en su primera época de formación y expansión.
Interesarse por otras civilizaciones.
Realizar esquemas, comentarios de textos, mapas históricos.
CONTENIDOS.
A) CONCEPTUALES.
La civilización islámica en su primera época de formación y expansión.
Los orígenes del Islam: Mahoma y la doctrina.
Los primeros califas.
Los omeyas.
Los abasidas.
La desintegración de la unidad islámica.
La sociedad y la economía.
La cultura y el arte.
B) PROCEDIMENTALES.
Tratamiento de la información: realización de esquemas del tema.
Explicación multicausal de los hechos históricos: en comentario de textos.
Indagación e investigación: recogida y análisis de datos en enciclopedias, manuales, monografías, artículos...
C) ACTITUDINALES.
Rigor crítico y curiosidad científica.
Tolerancia y solidaridad.
Valorar otras civilizaciones.
METODOLOGÍA.
Metodología expositiva y participativa activa.
MOTIVACIÓN.
Una lectura de un texto islámico: el Corán.
ACTIVIDADES.
A) CON EL GRAN GRUPO.
Exposición por el profesor del tema.
B) EN EQUIPOS DE TRABAJO.
Realización de una línea de tiempo sobre el proceso.
Realización de esquemas sobre los apartados.
Realización de un mapa sobre la expansión del Islam.
Glosario de los términos más importantes: califato, emirato, árabe, musulmán, muladí, qaid.
Comentarios de textos sobre la religión, sociedad y cultura islámicas, con temas como el Corán y la alimentación, la condición de la mujer, la poesía amorosa...
C) INDIVIDUALES.
Realización de apuntes esquemáticos sobre la UD.
Participación en las actividades grupales.
Búsqueda individual de datos en la bibliografía, en deberes fuera de clase.
Contestar cuestiones sobre la UD, que exijan buscar fuentes fuera de clase, con posible diálogo en grupo en la clase.
RECURSOS.
Presentación digital y mapas.
Libros de texto, manuales.
Fotocopias de textos para comentarios.
Cuadernos de apuntes, esquemas...
Documental. Atlas Culturales del Mundo. Historia visual de las civilizaciones. Ediciones del Prado. 50 minutos. v. 4. Las religiones del mundo (Budismo, cristianismo, etc. El Islam, 22 minutos).
EVALUACIÓN.
Evaluación continua.
Examen incluido en el de otras UD, con breves cuestiones y un comentario de texto.
RECUPERACIÓN.
Entrevista con los alumnos con inadecuado progreso.
Realización de actividades de refuerzo: esquemas, comentario de textos...

Examen de recuperación, junto a las otras UD.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Ante todo mi reconocimiento y gratitud por toda la información que proporciona en su blog y que a mí he está resultando de gran utilidad.
Me ha llamado la atención que en este tema se diga que el año del principio de la era Islámica, la Hégira, es el 623, cuando en todos los lugares se especifica que la fecha de la Hégira se corresponde al 622 del calendario cristiano. ¿Tiene alguna explicación para esto o simplemente se trata de un error?.

Un saludo

Antonio Boix Pons dijo...

Muchas gracias por ayudarme con su corrección. Sin duda fue un error mío de escritura o memoria cuando retocaba la entrada porque en mis apuntes figura el año 622, cuando Mahoma y sus partidarios emprendieron la Hégira (la “huida” o mejor “la migración” en árabe) a la vecina Yatrib (Medina). Ese año se considera oficialmente el Año de la Hégira (AH), el inicial de la Era Islámica, y comienza el 16 de de julio (el primer día del año lunar). Aunque hoy se duda sobre si Mahoma escapó ese día, a principios de junio o incluso en septiembre, no hay ninguna razón válida para suponer que lo hiciera en el 623, aunque es cierto que aparece esta fecha a menudo en la historiografía (ya que los eventos del segundo semestre del primer AH ocurrieron en 623 dC). Una fuente en Internet bastante fiable en general es [http://historiaybiografias.com/calendario_musu/] y otra discordante de la anterior y más amplia y exacta a mi juicio es [https://en.wikipedia.org/wiki/Hijra_(Islam)]
Atentamente, Antonio Boix.