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jueves, 16 de julio de 2015

HMC UD 10. El imperialismo. La expansión imperialista y el reparto colonial.

HMC UD 10.  EL IMPERIALISMO.
INTRODUCCIÓN.

1. EL IMPERIALISMO.
1.1. LAS CAUSAS.
El auge demográfico.
El desarrollo económico.
El prestigio político.
El poder militar.
Los avances científicos y geográficos.
1.2. LA IDEOLOGÍA IMPERIALISTA.
El imperialismo liberal.
El imperialismo nacionalista.
El imperialismo socialista.
1.3. FASES DEL IMPERIALISMO.
El imperio indirecto (1815-1880).
El imperio directo (1880-1914).
1.4. ADMINISTRACIÓN DEL TERRITORIO.
Colonias y protectorados.   
Colonias de explotación y de poblamiento.
La explotación económica de las colonias.
Consecuencias sociales y culturales en las colonias.

2. LA EXPANSIÓN COLONIAL (1880-1914).
Dos fases: el reparto (1880-1890), la ocupación efectiva (1890-1914).
ÁFRICA.
El Congo (desde 1874).
Las primeras ocupaciones (1881-1884).
La conferencia de Berlín (1884-1885).
La carrera de ocupaciones.
ASIA.
La expansión de las potencias europeas.
El imperio del Japón.
Los países independientes de Asia.
La presión imperialista sobre China.
OCEANÍA.
La expansión de las potencias occidentales.

3. LOS GRANDES IMPERIOS COLONIALES DEL SIGLO XIX.
Los pequeños imperios tradicionales.
EL IMPERIO COLONIAL RUSO.
EL IMPERIO COLONIAL BRITÁNICO.
Colonias de poblamiento: Canadá, Australia, Nueva Zelanda, El Cabo.
Colonias de explotación: India, África.
Las rutas del imperio.
EL IMPERIO COLONIAL FRANCÉS.
Una colonia de poblamiento: Argelia.
Colonias de explotación: África, Indochina.

INTRODUCCIÓN.
El tema del colonialismo y de las relaciones internacionales en la segunda mitad del siglo XIX es fundamental para conocer la historia del mundo contemporáneo. Los fenómenos actuales de la descolonización, el neocolonialismo, la división del mundo en desarrollado y subdesarrollado, etc., se explican en gran parte por lo que ocurrió entonces.
Resumen.
El colonialismo es un proceso de colonización, con la conquista y establecimiento en un territorio, que queda dominado. Durante los siglos XVI y XVII los países europeos habían conseguido colonias en todos los continentes. Destacaba el control de toda América, con sus extensas colonias dedicadas al poblamiento y a la explotación de los recursos naturales y al comercio; en cambio, las pequeñas factorías establecidas en la costa de África de dedicaban al comercio (sobre todo de esclavos); en Asia había factorías para el comercio y algunas zonas dominadas más ampliamente (la inicial India británica, las Filipinas españolas, la Insulindia holandesa).
Pero a principios del siglo XIX finalizó el antiguo sistema colonial americano. Se habían independizado la mayoría de las colonias españolas y portuguesas, y la británica de América del Norte (excepto Canadá), creando los nuevos países iberoamericanos y de EE UU. Además, se procuró la abolición de la esclavitud y se suprimió el régimen económico denominado pacto colonial, según el cual las colonias eran meros territorios de explotación. Aunque desaparecieron los grandes imperios coloniales aún subsistían, empero, colonias en todos los continentes.
Entonces, sin embargo, la Revolución Industrial y el fin de las guerras napoleónicas, llevó a que las potencias europeas, desde 1815 mediante una colonización “de hecho” y desde 1880 con una “de derecho”, comenzaran nuevamente la expansión colonial, creándose los dos grandes imperios: británico y francés, y otros menores, en un verdadero imperialismo colonial, dirigido ahora a Asia, África y Oceanía.
Mientras tanto, la expansión demográfica, industrial y comercial de los Estados occidentales motivó una competencia internacional, en la que se sucedieron periodos de paz y breves conflictos, forjándose alianzas que se mantuvieron hasta 1914. Dada la multiplicidad de los conflictos bélicos, debemos escoger una limitación temporal y espacial. Obviaremos los ocurridos antes de 1871, porque están asociados a la construcción de los estados nacionales (p.e. guerra de Secesión en EE UU de 1861-1864, guerra francoprusiana de 1870). Nos limitaremos también a los que ocurrieron en Europa, porque los de América Latina corresponderían mejor al tema de la independencia de sus países y sus consecuencias, y porque los de Extremo Oriente corresponden al tema de su historia desde 1868.




1. INTERPRETACIÓN DE LA EXPANSIÓN IMPERIALISTA.
1.1. LAS CAUSAS.
Las causas de la expansión fueron múltiples:
El auge demográfico.
Europa aumentó su población: en 1815 había 190 millones, que en 1870 ya eran 300 y en 1914 llegaron a 450. El aumento de población contribuye al imperialismo porque hay un excedente humano que puede emigrar (40 millones en este periodo 1815-1914). Por otra parte, más población significaba mayor necesidad de alimentos, que podían obtenerse en las colonias. Fue la principal causa legitimadora para el imperialismo alemán, italiano y japonés.
El desarrollo económico.
A medida que aumentaba la industrialización, en Europa aumenta también la necesidad de materias primas (algodón, lana, metales) y fuentes de energía (carbón y, más tarde, petróleo). Por otra parte, al aumentar la producción es necesario encontrar nuevos mercados para los productos industriales, que se buscan en las colonias. Estos mercados se cerraban hacia 1873 por la reaparición del proteccionismo económico (tras la fase anterior de librecambismo de 1860-1873).
La económica es la principal (pero no única) causa explicativa para el imperialismo británico, francés y alemán anterior a 1914 y es la que han seguido las teorías marxistas, con autores como Hobson (Imperialismo, 1902), Hilferding (El capital financiero, 1910), Luxemburgo (La acumulación de capital, 1913), Bujarin (La economía mundial y el imperialismo, 1915)y , sobre todo, Lenin (El imperialismo, fase superior del capitalismo, 1916), que explican el imperialismo sólo por motivos económicos, como una trasposición de la lucha de clases a la lucha entre países ricos y pobres, y como una expresión de la necesidad del capital de obtener nuevos mercados más rentables, anexionando territorios como medio de garantizar el dominio económico.
En la actualidad, empero, la historia económica indica que los objetivos económicos de las potencias coloniales no se cumplieron. Al contrario, los imperios implicaron graves costos económicos y desalentaron el crecimiento. Mucho más útil hubiera sido un desarrollo y dominio sólo comercial. Por contra, sí hubo grandes ventajas político-estratégicas (los imperios de Gran Bretaña y Francia fueron esenciales en la victoria de la primera en las guerras napoleónicas, y para las dos en las dos guerras mundiales contra Alemania).**
El prestigio político.
Surge una competencia entre los países europeos: si unos tienen colonias, otros también las quieren. La emulación en la época de los nacionalismos llevará a las naciones europeas a una carrera nacionalista. Un país sin colonias no tiene prestigio y por eso los políticos defienden el colonialismo. El político francés Léon Gambetta explica que para “seguir siendo una gran potencia, o convertirse en una, se debe colonizar”.
Además había una competición por extender la religión de cada país: católica, protestante u ortodoxa. Esto explica que en España la guerra de Marruecos de 1859-1860 fuese muy popular puesto que se creía que se conquistaría este país y se le cristianizaría.
El poder militar.
Hay cuestiones de estrategia militar (los puertos coloniales sirven de base de aprovisionamiento a los barcos de las metrópolis). Las ventajas que la industrialización da a los ejércitos y las armadas de los europeos (armas de repetición, artillería, barcos acorazados de vapor) les da una superioridad militar tan grande que con pocos efectivos pueden vencer a países muy poblados pero poco desarrollados, como China.
Los avances científicos y geográficos.
Las mejoras en el transporte (ferrocarril, barcos de vapor) permitieron movilizar ejércitos, colonos, mercancías...
Las mejoras en la medicina (vacunas, quinina) permitieron que los europeos pudieran vivir en zonas antes cerradas higiénicamente a su colonización, como el África Occidental.
El desarrollo del conocimiento científico de la Tierra durante el siglo XIX estimuló las expediciones geográficas, que pusieron grandes territorios desconocidos bajo la soberanía jurídica de Occidente.
1.2. LA IDEOLOGÍA IMPERIALISTA.
A finales del siglo XIX, entre 1890 y 1900 aproximadamente, el imperialismo, como ideología, fue aceptado masivamente, incluso por los liberales que antes se le habían opuesto y muchos socialistas, pero sobre todo por la derecha nacionalista. Las doctrinas de legitimación son muchas, pero se pueden reunir en tres: liberal, nacionalista y socialista.
El imperialismo liberal.
El imperialismo liberal es humanitario y filantrópico. Afirma el derecho de conquista como último medio de lucha contra el esclavismo, contra los abusos y para establecer el “buen gobierno”.
En Gran Bretaña es defendido por los radicales, los masones y muchos pensadores y políticos: Rhodes, Cromer, Livingstone, Milner, Curzon, Salisbury, Chamberlain, Kipling. Carlyle sostiene que Gran Bretaña es la “nación predestinada”, con una misión universal. Dilke (1868) sostiene la idea de la Greater Britain, en “un mundo cada día más inglés”. Seeley (1883) sistematica la Expansión of England. Kipling argumentará que el imperio es un obligatorio “deber del hombre blanco” y que hay una misión británica. Joseph Chamberlain explica que la raza británica es la más apta para la gobernación.
En este sentido, una justificación importante para la conquista británica en África fue procurar la definitiva abolición de la esclavitud, que antes se había fomentado y que aún subsistía en muchos países africanos de religión islámica. La prohibición del tráfico fue oficial en el Congreso de Viena de 1815 y se abolió en Gran Bretaña en 1833, Francia en 1848, etc., aunque no se suprimió en EE UU hasta 1863 y en algunos países latinoamericanos hasta más tarde, lo que explica que se mantuviese un tráfico ilegal a través del Atlántico. El control de la prohibición del tráfico negrero le correspondió sobre todo a Gran Bretaña, que estableció su control sobre las zonas costeras de exportación y pronto entró en conflicto con los Estados esclavistas del interior (Benin, Uganda, los ashanti, los zulúes...), lo que llevó a la conquista final del interior del continente, con una legitimación ideológica “positiva”.
Algunos liberales sostendrán que el imperialismo aporta beneficios no sólo a las colonias sino que también regeneran a los países colonizadores. Partidarios de esta tesis son los británicos Carlyle y Froude y los franceses Lyautey y Onésime Reclus (el hermano del gran geógrafo).
En Francia se defendía o justificaba el imperialismo por la supremacía de la civilización occidental, entre cuyos derechos y deberes figuraba civilizar a los pueblos atrasados. Esta “misión hacia las razas inferiores” (Jules Ferry) se combinó en la tradición francesa surgida de la Ilustración, con la noción de Derecho natural y de solidaridad de la especie humana.
El imperialismo socialista.
Muchos socialistas defendieron que el imperialismo era útil para los obreros de Occidente e incluso para los pueblos sometidos, así liberados del despotismo e introducidos en la senda del progreso. Tuvo partidarios socialistas en Gran Bretaña (Manifiesto Fabiano, 1900), Francia y, sobre todo, Alemania, donde Renner escribe: “la expansión del sistema económico europeo a través del mundo es históricamente necesaria, inevitable y culturalmente prometedora”.
El imperialismo nacionalista.
El imperialismo nacionalista tenía una argumentación racial, étnica, religiosa, cultural... Es el “pueblo superior” quien debe dominar. Se inspira en un darvinismo social, extendido a las relaciones entre los grupos humanos, que considera que el imperialismo, fuerza de la naturaleza, manifestación esencial de vida, es el triunfo benéfico del más fuerte y del mejor. Este etnocentrismo conduce a menospreciar las otras razas y civilizaciones, especialmente la del Islam. Se defienden los mitos de la “nación imperial”, la “grandeza romana”, la “misión sagrada”. Houston S. Chamberlain, británico pro-alemán, llegará a preconizar la superioridad germánica y su derecho a dominar el mundo.
Estas ideas se complementan a continuación con la necesidad de conseguir un espacio vital (Lebensraum) para los pueblos jóvenes de creciente expansión demográfica. Es la tesis legitimadora para los imperialismos alemán, italiano y japonés en el periodo de entreguerras, dentro del ascenso del fascismo.
1.3. FASES DEL IMPERIALISMO.
El imperialismo/colonialismo es un fenómeno histórico muy largo, que se remonta a la Antigüedad y perdura incluso hoy en día en forma de neocolonialismo. Pero si nos ceñimos al imperialismo del siglo XIX se pueden distinguir a grosso modo dos grandes fases:
El imperio indirecto (1815-1880).
Es un imperio “de hecho”, “pasivo” (informal Empire). Hay sólo una colonización de puntos de apoyo comercial y una influencia dominante.
Comienza hacia 1815 con el fin de las guerras napoleónicas y la nueva atención que las potencias europeas brindan a los otros continentes, y dura hasta 1880, después de que la guerra francoprusiana (1870), el nacionalismo, el proteccionismo comercial y otros acontecimientos incentivan una más directa competencia.
Se estableció entonces una dominación pacífica de la economía, de la cultura o de la vida política, sin ocupación material ni control directo, en contraste con el imperialismo de derecho, que iba acompañado de la conquista y transformación del estatuto internacional del país subordinado (colonia, protectorado, mandato).
Las dos formas no son cronológicamente incompatibles, pero el informal Empire se impuso como predominante durante toda la primera mitad del siglo XIX, en el que se asistió a un retroceso de los imperios coloniales.
Gran Bretaña, con su economía floreciente, tenía entonces tal potencia que apenas tenía competencia alguna. La sola apertura de un mercado era suficiente motivo para su conquista y dominación. Por la persuasión y la negociación, por la amenaza o por la guerra, los británicos impusieron numerosos tratados de comercio que les entregaban nuevos mercados (Turquía, 1837; China, 1844; Marruecos, 1856; etc.). Una serie de fortalezas e islas, cuidadosamente escogidas, servían de escalas de navegación, de puestos de defensa, de depósitos, de plazas comerciales: Gibraltar, Malta, Adén, Hong Kong, Singapur. Es el primer gran ejemplo de imperialismo económico (o de “economía dominante”), del que EE UU será el otro gran ejemplo, con la política de “puerta abierta” en China, del “gran garrote” en Latinoamérica.
Francia, por su lado, aunque en menor grado, se esforzó en obtener ventajas de sus disponibilidades en capitales, para controlar numerosas empresas extranjeras (ferrocarriles, canales, banca).
Este imperialismo financiero y comercial terminaría de establecerse con el predominio de la libra y después del dólar, sólo inquietados a distancia por el franco y el marco. En este sentido, el imperialismo se confunde con el neocolonialismo y se extendería a los países iberoamericanos recién independizados y a los países europeos periféricos (como España, tan dependiente del capital británico y francés durante el siglo XIX).
Durante el periodo 1815-1880 el imperialismo, que consistía en una rivalidad anglo-francesa fundamentalmente, se ejerció de este modo “pasivo”, sobre todo en África, el Mar Rojo y el océano Índico. El imperio indirecto se ejercía por el control de la producción (Iberoamérica), de los intercambios comerciales (Extremo Oriente) y la difusión de la cultura (Oriente Medio).
La extensión de las misiones religiosas durante el siglo XIX fue utilizada también por los países imperialistas, como sucedió en la rivalidad entre misiones francesas e italianas en Oriente Medio y África Oriental, y la rivalidad entre católicos y protestantes en África Occidental.
El imperio directo (1880-1914).
Es un imperio “de derecho”, “activo”. Hay una colonización en profundidad, para la explotación de todos los recursos. En algunos lugares muy importantes para los imperios ya había comenzado antes (los británicos en la India), pero sólo es predominante en esta segunda fase, que se debió a la competencia entre todas las potencias coloniales a partir de 1880 y que acabó de hecho hacia 1900 (por no haber más territorios disponibles) aunque la competencia duró hasta 1914, explicando en parte el conflicto de la I Guerra Mundial.
Tomó formas diferentes según los países.
Gran Bretaña, que durante mucho tiempo había preferido el comercio a la conquista, siguió con reticencias (Gladstone y los liberales) este sistema bajo el impulso de Disraeli (1868-1880) y los conservadores, aunque esforzados en limitar en sus nuevas posesiones los compromisos militares, aplicando muy a menudo la indirect rule (el protectorado).
Bajo el gobierno Disraeli se compró la mayoría de las acciones del canal de Suez (1875), anexionó Chipre (1878), y amplió sus dominios en la India (que convirtió en imperio en 1876) y África del Sur. Era el antecedente directo de la inminente carrera imperialista de los años 1880.
La Francia republicana reemprendió con vigor, a partir de 1880, una política de expansión, apoyada al principio por los nacionalistas republicanos (Jules Ferry) y desde 1885 por los medios financieros, concluyendo con la adquisición de amplias posesiones. La administración directa, la política de asimilación y la debilidad de la explotación de los recursos caracterizaron su concepción “jacobina” de la colonización.
La Conferencia de Berlín (XI-1884 a II-1885) abrió grandes perspectivas para la expansión europea en África y brindó un modelo diplomático para resolver jurídicamente mediante la ocupación efectiva el reparto de los demás territorios libres.
Entonces se desarrollaron los imperialismos alemán y italiano, recién alcanzada su unidad nacional, y aparecieron el estadounidense, una vez terminada su expansión hacia el Oeste, el japonés, tras el éxito de la revolución Meiji, el ruso, que se expandió hacia Asia Central, y resurgieron el español y el portugués. Casi todos los sectores de la sociedad (político, económico y cultural) participaron durante estos decenios de una ideología de expansión imperial, que obedecía a una mezcla de motivos económicos (predominantes en Gran Bretaña) e ideológicos (dominantes en España).
Se formaron los grandes imperios que terminarían en la I Guerra Mundial enfrentados a Alemania para dividirse su pequeño imperio. Pareció que sería un reparto permanente, pero ya en el periodo de entreguerras entró en crisis y después de 1945 se disolvió con rapidez en un par de decenios, aunque haya todavía algunos territorios colonizados. En realidad, estaba resurgiendo el estilo del informal Empire.
1.4. ADMINISTRACIÓN DEL TERRITORIO.
Las formas de control son muy variadas.
Colonias y protectorados.   
Es posible distinguir una diferenciación de tipo jurídico, fundamentalmente entre colonias y protectorados.           
Las colonias son territorios anexionados (sin soberanía territorial), no organizados políticamente de modo autónomo, que pasan al dominio de la metrópoli, la cual introduce en la colonia una organización política y económica. Por lo general están poco poblados.
Los protectorados son territorios con soberanía territorial propia, aunque la metrópoli, mediante un acuerdo con las autoridades soberanas del país, las domina económica y militarmente y controla su política exterior. Generalmente están bastante poblados (fue el caso de Nigeria), pero hay muchas excepciones (fue el caso de Kuwait).
Formas jurídicas menos usuales son el dominio, la concesión y el mandato. El dominio es una forma típicamente británica, en la que los países -de colonización- se someten a la soberanía de la Corona británica, y cuentan con una amplia autonomía interna, configurando la Commonwealth (son los casos de Canadá, Unión Sudafricana, Australia y Nueva Zelanda). La concesión es el acuerdo entre un país imperialista y uno dominado, por el que aquél posee en este una factoría comercial, generalmente con derechos de extraterritorialidad de los nacionales y control de aduanas, p.e. las potencias europeas en China, como Hong Kong antes de convertirse en colonia). El mandato es una forma especial de protectorado: el control es encomendado por una autoridad internacional (no por admisión de las autoridades soberanas del país) y por un tiempo definido o indefinido, pero no definitivo (p.e. hasta que el país se pueda regir por sí mismo, como en los casos de Siria y Palestina en las entreguerras).
Colonias de explotación y de poblamiento.
El papel de los europeos en las colonias podía ser: de explotación y de poblamiento.
Las colonias de explotación suelen ser las situadas en climas cálidos, poco propicios para el hombre europeo, o las muy pobladas. A ellas sólo van funcionarios, militares, comerciantes, por algún tiempo, no de modo definitivo. Es el caso de la India, Sudeste asiático y del África Ecuatorial.
Las colonias de poblamiento son territorios de climas templados, poco poblados, adonde acuden colonos europeos para cultivar la tierra y establecerse de una manera definitiva. Es el caso de Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica, Argelia, Siberia. Este último tipo de colonias es muy interesante para las metrópolis, que tratan de mantenerlas, tomando actitudes diversas. Así, Francia intenta en Argelia y otras colonias la asimilación, convertir en franceses a los indígenas. Gran Bretaña establece un sistema especial; cuando considera que una colonia de poblamiento ha alcanzado un alto grado de nivel económico y cultural, le concede el título de Dominio y le otorga la autonomía política, pero sigue manteniendo unos fuertes lazos económicos y culturales. Así lo hace con Canadá en 1867 y, posteriormente, con Australia, Nueva Zelanda y la Unión Sudafricana. Rusia se anexionó el Asia Central y explotó a fondo la inmensa Siberia.
La explotación económica de las colonias.
En el aspecto económico, los conquistadores se apoderaban de las tierras de cultivo, sobre todo cuando estaban escasamente pobladas, usando mano de obra indígena. Se desarrollaron plantaciones en los países tropicales y grandes explotaciones agrícolas y ganaderas en los países de poblamiento. Las minas eran monopolizadas por los capitales coloniales. Los excedentes de producción agrícola (té, azúcar, cacao, café, algodón, lana, yute...) y minera (oro, plata, cobre...) se transportaban a las metrópolis. Las colonias eran una muy rentable oportunidad de invertir capitales y de exportar productos industriales, porque la industrialización europea no tenía rival. Este fue el caso de la India, que perdió su industria textil e importó masivamente tejidos ingleses de algodón, vendiendo la materia prima a cambio.
En suma, en las colonias hubo una integración económica en el sistema mundial.
Consecuencias sociales y culturales en las colonias.
En el aspecto social y cultural, hubo una distinción:
- Las colonias de explotación: segregación racial y cultural, aculturación de la población indígena, imponiendo en muchos casos la lengua y la religión de la metrópoli.
- Las colonias de poblamiento: la inmigración europea suponía trasladar totalmente a las colonias la raza, lengua, religión, cultura, modos de vida... de la metrópoli.
En suma, hubo una desintegración de las sociedades indígenas y un proceso de aculturación.

2. LA EXPANSIÓN COLONIAL (1880-1914).
Dos fases: el reparto (1880-1890), la ocupación efectiva (1890-1914).
Este proceso a nivel mundial se suele dividir a grosso modo en dos fases: el reparto (1880-1890) y la ocupación efectiva (1890-1914), pero es poco didáctico presentar así el tema, pues el reparto y la ocupación se mezclan en el tiempo, incluso comienzan antes de 1880 y se prolongan después, y en cada continente tiene una periodización distinta. Es más clarificador hacer una división en tres grandes espacios (África, Asia y Oceanía) y explicar el transcurso del imperialismo en cada uno.
Desde 1870 las fronteras en Europa quedan bien definidas, con dos nuevas potencias, Alemania e Italia, rivalizando con las antiguas de Gran Bretaña, Francia, Austria-Hungría, Rusia.
La industrialización y la búsqueda de mercados, el auge demográfico y las consideraciones políticas y religiosas, explican que la presión para crear imperios crezca, hasta que en el decenio de 1880 desemboca en una rápida carrera por extenderse en los territorios “vacíos” de África, Asia y Oceanía. Una vez ha comenzado uno, los otros le siguen para no quedarse en desventaja. Incluso son ocupados los territorios no rentables, como un modo de que no lo hagan los demás.
ÁFRICA.

En un primer periodo, iniciado a mediados de los años 1870 y completado hacia 1885, se conquistaron casi todas las costas y comenzó la penetración hacia el interior a través de los ríos y con la construcción de ferrocarriles. Los hitos fundamentales son la conquista del Congo, las primeras ocupaciones, la conferencia de Berlín (1885), coetánea a la ocupación del resto de las costas.
En un segundo periodo, entre 1885 y 1914, se completó la ocupación del territorio interior, venciendo la resistencia de los pueblos indígenas. Por lo general, hubo un reparto pactado, pocas veces conflictivo, y se comenzó la explotación intensiva.
El Congo (desde 1874).
La exploración del río Congo por Stanley en 1871 despertó las apetencias coloniales de las potencias europeas. Leopoldo II de Bélgica pretendía conseguir colonias en África para su país, pero la opinión pública belga no le era favorable, así que reunió en Bruselas un Congreso de geógrafos y exploradores, a través del cual se creó un Comité de Estudios del Alto Congo (transformado luego en Asociación Internacional Africana o AIA, 1876), cuyo presidente era el rey. Se organizó una nueva expedición de Stanley para remontar el río Congo y tomar posesión del territorio, firmando acuerdos con los reyes indígenas en 1874-1877. Aunque Francia ya había ocupado una amplia zona de la desembocadura (al norte), la mayor parte de la cuenca del Congo se convirtió en un Estado independiente, bajo la soberanía de la AIA. En 1885 Leopoldo II logró que la Conferencia de Berlín le reconociera soberano del Congo, que a su muerte legó a Bélgica. La explotación del territorio fue durísima, resultando un verdadero genocidio al forzar a la población a trabajos forzados.
Las primeras ocupaciones (1881-1884).
Aparte del caso del Congo, las primeras ocupaciones comenzaron a inicios de los años 1880.
Francia las inició en 1881, con la toma de Tunicia en el norte, el puerto de Cotonou (en Benin, 1882) y el desembarco en Madagascar (1882, protectorado en 1885).
Gran Bretaña ocupó Egipto (1881), asegurándose así el control del canal de Suez que ya había comprado, y el del bajo Nilo.
Alemania, por su parte, se había introducido en 1883 en África del Sudoeste (sólo era una factoría comercial) y en 1884 en las costas de Togo, Camerún y Tanganika, preparando su posterior expansión hacia el interior.
La conferencia de Berlín (1884-1885).
Las disputas africanas se discutieron -aunque no quedaron zanjadas totalmente- en la Conferencia de Berlín (XI-1884 a II-1885), en la que participaron casi todos los Estados europeos, bajo la influencia de Bismarck.
Partiendo del concepto colonialista que entonces existía, se decidieron las condiciones jurídicas del reparto de África, teniendo en cuenta no la voluntad de los africanos ni el respeto a su división tribal, sino las necesidades económicas o estratégicas de las potencias europeas.
Se acordó un área de libre comercio en África Central, la libertad de navegación en el Níger y el Congo, y la soberanía personal de Leopoldo II de Bélgica sobre el Estado Libre del Congo. La decisión principal fue que la ocupación debía ser efectiva para ser reconocida internacionalmente. Entonces las potencias se arrojaron sobre África para ocuparla, acelerando un proceso ya anterior.
La carrera de ocupaciones.
El reparto africano siguió claras estrategias de crear imperios continuos:
Gran Bretaña ansiaba ampliar sus territorios africanos, creando un imperio continuo de norte a sur, con el plan “De El Cabo a El Cairo”. Cromer avanzó desde el norte, desde el Egipto hasta Sudán (1885, pero en rebeldía mahdista hasta 1898); Rhodes desde el sur (chocando sucesivamente con los bóers, portugueses y alemanes) conquistando Bechuanalandia (1885), Rhodesia (Zimbabwe, 1888) y Zambia (1891), mientras que en el centro, en 1884-1895 se toman el norte de Somalia, Kenia y Uganda. Su proyecto estratégico chocó con los de Portugal y Francia, y esta rivalidad estuvo a punto de originar guerras, pero de las amenazas Gran Bretaña salió ganadora en general, con los ultimátums para que se retirasen a Portugal (1889), solucionado con tratados (1890-1891), y Francia (el incidente en Fashoda en el Nilo en 1898, entre Kitchener y Marchand), arreglado con el tratado de 1899 (que solucionaba todas las disputas anglo-francesas por el reparto de África).
En cambio, no logró evitar que Alemania se apoderase de Tanganika en África Oriental, lo que rompía por la mitad la línea El Cabo-El Cairo. En el tratado de Heligoland (1890), se repartieron la zona (Kenia y Uganda para Gran Bretaña, Tanganika para Alemania).
Gran Bretaña también se consolidó en la costa atlántica con la conquista de Gambia, Sierra Leona, Costa de Oro (Ghana) y, sobre todo, de la rica Nigeria, cuya zona interior fue ocupada en 1895-1898, a fin de dominar mejor el tráfico del Níger e impedir la expansión francesa.
Francia intentó crear su imperio continuo de oeste a este, desde el Atlántico al mar Rojo, con el dominio del Sahara, venciendo la resistencia de varios Estados musulmanes del Sahel y del Sahara, desde el Senegal al Chad, lo que logró hacia 1900, aunque fracasó en tomar el valle del Nilo y no pudo tomar su parte de Marruecos hasta 1912. En el África Occidental se apoderó de Costa de Marfil y Benin; en África Central tomó el norte del río Congo, con los territorios de Gabón, Congo y Centroáfrica. En la costa del Índico conquistó totalmente la importante isla de Madagascar, así como el enclave de Yibuti en el mar Rojo.
Portugal también intentó crear su imperio continuo, de oeste a este, desde Angola a Mozambique. Sólo logró dominar amplios territorios en el interior, sin conectar las dos colonias entre sí.
Alemania llegó tarde, pues Bismarck no era partidario de tener colonias, pero la presión de las empresas comerciales de Hamburgo y Bremen primero impulsaron en 1883-1884 el establecimiento de factorías comerciales en la costa de Togo, Camerún, África Sudoccidental (Namibia, donde se venció una dura resistencia de los herero) y Tanganika (actuales Tanzania, Ruanda y Burundi), y después de 1890 (cuando cesó Bismarck) la conquista del interior, por presión de los mismos medios económicos y el impulso nacionalista del emperador Guillermo II.
Italia se anexionó Somalia y Eritrea, rodeando y atacando a Abisinia, pero, derrotada, tuvo que renunciar a la conquista (hasta 1936). Más tarde se apoderó de la Libia turca (1912).
Dos Estados independientes: Liberia y Abisinia.
Tras la ocupación de Marruecos (1912), sólo quedaron dos Estados africanos independientes:
Liberia, creada en 1834 para establecer a los esclavos norteamericanos liberados y convertida en república (1847), bajo un neocolonialismo de EE UU y Gran Bretaña.
Abisinia (Etiopía), un viejo imperio cristiano, consolidado por el emperador Menelik II y que sobrevivió a la constante amenaza italiana, al vencer a Italia en Adwa (1894). Más tarde, Abisina sería conquistada temporalmente (1936-1940) por la Italia fascista.
ASIA.
La expansión de las potencias europeas.
Se completó la anexión o dominio indirecto de los territorios del interior de las anteriores conquistas.
Gran Bretaña dominó más extensamente en el norte de la India, en Birmania (1885) y Malasia, convirtiendo en protectorados a varios sultanatos; consiguió establecerse con eficacia en las costas de la Península Arábiga, que en su mayor parte seguía en manos del decadente Imperio turco, mediante protectorados sobre Adén, Omán, Qatar, Bahrein, Kuwait...
Francia completó su conquista de Indochina con una guerra con China (1884-1885), ocupando el reino de Tonkín, que unió al resto de sus territorios en la Unión de Indochina (1887), a la que añadió Laos (1893, reconocido en 1896).
España amplió su dominio en las Filipinas en los años 1880, con la ocupación de las islas sureñas musulmanas de Joló, pero lo perdió todo en 1898, a manos de EE UU.
Holanda dominó mejor Indonesia, integrando como protectorados o anexionando varios reinos vasallos.
El imperio del Japón.
Japón, más al norte, surgió como potencia colonial. Comenzó ya en los años 1870 al anexionarse las pequeñas islas vecinas de Ryu-Kuy (1872), Bonin (1873) y Kuriles (1875).
Japón pronto pasó a atacar a otras potencias. Tomó a China las islas de Formosa y Pescadores a China (1895), y a Rusia el sur de la isla de Sajalin (1905), al tiempo que ocupó Corea (1905) y luego la anexionó (1910).
Los países independientes de Asia.
Además de China, sólo unos pocos países asiáticos mantuvieron su independencia en este periodo: Tailandia, Afganistán, Persia y Turquía.
Tailandia (entonces Siam) mantuvo su independencia en el juego de equilibrio entre Gran Bretaña (que tenía Birmania y Malasia) y Francia (que tenía Indochina), en el tratado franco-británico de 1896, pues la primera no quería que la segunda llegase a la frontera birmana. A cambio Siam perdió sus territorios periféricos (conquistados antes por los tai) en Laos y Malasia.
En el Oriente Medio la rivalidad y el equilibrio entre las potencias por controlar Afganistán, Persia (Irán) y Turquía y explica que estos países mantuvieran su independencia, como grandes Estados tapón, que protegían puntos vitales como los Dardanelos, el canal de Suez o la India. El imperio turco, empero, será desmembrado en la Gran Guerra, y reducido al territorio de la actual Turquía.
La presión imperialista sobre China.
China sufrió las derrotas en las guerras frente a Gran Bretaña (guerra del opio, 1840-1842), Gran Bretaña y Francia (1856-1858) y Francia (1884-1885), supusieron una especie de neocolonialismo: China debió abrirse al exterior y ceder Hong Kong a Gran Bretaña, apertura obligatoria de los puertos al comercio con los países occidentales, extraterritorialidad de las factorías y de los comerciantes extranjeros, control de las aduanas. Se perdieron el dominio de protectorado que se ejercía sobre Birmania, Vietnam y Corea. Además, también se perdieron ante Rusia amplios territorios en Asia central y el norte, aunque la soberanía china de estos era discutible.
A finales de siglo, China sufrió incluso más el imperialismo indirecto de las grandes potencias. Tras la nueva derrota ante Japón (1895), fracasó la rebelión de los bóxers (1900), otro intento fallido de oponerse al dominio extranjero y tuvo que pagar una enorme indemnización.
Las potencias occidentales no necesitaban conquistar China, pero sí había dos interesadas en ello: Rusia y Japón. Pero las otras potencias presionaron para que se contentasen con Corea y Manchuria. Rusos y japoneses dirimieron sus diferencias en la guerra de 1904-1905: al vencer, Japón podría imponerse a largo plazo en el norte de China.
China no fue repartida territorialmente porque era demasiado grande y poblada, había demostrado su violencia xenófoba en las revueltas y porque los intereses comerciales eran demasiado ventajosos como para permitir que una sola potencia dominara el país, así que hubo un entendimiento entre las potencias para una política de “puerta abierta” (propugnada por EE UU): apertura de factorías, extraterritorialidad de estas, comercio libre, control de las aduanas, etc., pero no reparto.
La crisis de la revolución de 1911 permitió que se declararan autónomas Mongolia (1911) y Tibet (1912), primer paso para su pérdida, definitiva en el primer caso.
OCEANÍA.
En un primer periodo, entre 1884 y 1890, las potencias establecieron protectorados en los principales archipiélagos, con factorías comerciales y estaciones de abastecimiento de carbón a los buques. Un acontecimiento decisivo fue el acuerdo anglo-alemán (1886) de reparto de zonas de influencia (Alemania en Micronesia, Gran Bretaña en el resto).
En el siguiente periodo, entre 1890 y 1900, Gran Bretaña, Francia, Alemania y EE UU consolidaron su posición en sus respectivas áreas, sobre todo gracias a que la pérdida del imperio colonial español en 1898 permitió renegociar las respectivas posiciones en el Tratado de 1899 (Gran Bretaña, Alemania y EE UU). Hacia 1900 no quedaban islas independientes.
La expansión de las potencias occidentales.
Gran Bretaña no tenía interés directo en expansionarse en el Pacífico, pero sí tenía ya Australia y Nueva Zelanda, que eran colonias de poblamiento, y en ellas se presionó para que se ocuparan numerosas islas: Samoa (en parte), Cook, Tonga, Fidji, para lo que se utilizó en general la forma de protectorados.
Francia, que ya tenía Nueva Caledonia (1853), ocupó las islas Marquesas y Tahití.
Alemania, tras ocupar parte de Nueva Guinea y Samoa, compró a España en 1899 las islas Marianas (menos Guam, perdida en 1898), y las islas Carolinas y Palau, forjando con estas y otras incorporaciones anteriores un poderoso imperio marítimo en el Pacífico.
EE UU conquistó en 1898 Filipinas y Guam (más Puerto Rico en el Caribe) y anexionó en 1899 las islas Hawai, más un rosario de pequeñas islas en la ruta a Asia.
Hubo situaciones de condominio o reparto:
- Samoa entre Alemania y Gran Bretaña.
- Nuevas Hebridas entre Francia y Gran Bretaña.
- Nueva Guinea entre Holanda, Alemania y Gran Bretaña.

3. LOS IMPERIOS COLONIALES DEL SIGLO XIX.

En el siglo XIX subsistieron varios de los antiguos imperios coloniales: los de España y Portugal, ya muy reducidos; los también pequeños de Holanda y Dinamarca, y los grandes imperios de Francia y, sobre todo, Gran Bretaña y Rusia.
Los pequeños imperios tradicionales.
España dominaba todavía Cuba y Puerto Rico en América y Filipinas en Asia, que perdió en 1998. Sólo se consolidó en Río de Oro (Sahara Occidental, 1884) y Guinea Ecuatorial.
Portugal dominaba en África los territorios costeros de Guinea-Bissau, Angola y Mozambique, que amplió hacia el interior desde 1880, y las islas de Cabo Verde, Príncipe y Santo Tomé. En Asia controlaba los pequeños territorios de Goa, Damau y Diu (India); Timor (Insulindia) y Macao (China).
Holanda poseía en América varias islas del Caribe y la Guayana holandesa; en Asia controlaba la Insulindia (actual Indonesia), que amplió con la mitad de Nueva Guinea.
Dinamarca poseía algunas pequeñas factorías en la costa de Guinea en África y las pequeñas islas Vírgenes en el Caribe.
Rusia tenía un imperio también tradicional, pese a su enorme extensión: se había formado en su parte esencial de Siberia ya a finales del siglo XVI y se había extendido durante el siglo XVIII y la primera mitad del siglo XIX por el Cáucaso y Asia Central, aunque en esta zona aún subsistían varios Estados independientes de etnia turca. Era una colonización que tomaba dos formas jurídicas: la anexión (Siberia) y el protectorado (Asia Central). Había a la vez una colonización de poblamiento y de explotación. De poblamiento porque en las zonas más ricas se establecieron colonos rusos, que aculturaron las poblaciones sometidas y que servían para controlar el territorio. De explotación porque en amplias zonas sólo se explotaron las fuentes de riqueza (pieles, oro, diamantes).
Los nuevos imperios.
Destacan los nuevos imperios de Alemania, Italia, Bélgica, EE UU y Japón, todos ellos creados en el periodo del último cuarto del siglo XIX y que sufren variaciones en los primeros decenios del siglo XX, al perder Alemania el suyo y aumentarlos Italia y Japón.
Alemania fue la última en llegar y se apoderó en África de Togo, Camerún, África Sudoccidental y Tanganika, en Asia sólo logró concesiones en China (Tsingtao), y en Oceanía un amplio conjunto de archipiélagos en la Micronesia y parte de Nueva Guinea.
Italia completó un pequeño imperio, con Libia, Eritrea y Somalia.
Bélgica sucedió en la soberanía del Congo a su rey Leopoldo II y completó el dominio sobre la parte sur de la cuenca del Congo, con las ricas minas de Katanga.
EE UU sólo ocupó Puerto Rico en América y Filipinas en Asia, más un rosario de islas en el Pacífico. Pero su imperialismo era muy anterior: ya antes se había extendido a costa de México (1848) y obligado a abrir sus puertos a Japón (1843).
Japón se convirtió en un gran imperio colonial en Asia y el Pacífico, con la ocupación de Corea, parte de Manchuria, Formosa, varias islas del Pacífico.
EL GRAN IMPERIO COLONIAL BRITÁNICO.          
Fue el más extenso y poderoso, con 33 millones de km² en su máximo de 1918, tras las conquista de 2,5 millones de km² en la Gran Guerra. Partiendo de algunos territorios que ya poseía, Gran Bretaña acrecentó su imperio en la segunda mitad del siglo XIX, rivalizando con Francia, Portugal y Rusia. Entre 1880 y 1902 lo incrementó en 14 millones de km². Su poder se basaba en la flota armada y mercante (46% del tonelaje mundial en 1880) y su fuerza comercial y financiera.
Colonias de poblamiento: los Dominios de Canadá, Australia, Nueva Zelanda, El Cabo.
Las grandes colonias de poblamiento eran cuatro y se adoptó para ellas, progresivamente, la forma jurídica del Dominio.
Canadá en América del Norte. Canadá recibió una fuerte emigración británica, desarrolló su agricultura, ganadería, explotación forestal, minería, ferrocarriles, para la exportación de trigo, madera, pieles... Recibió el título de Dominio ya en 1867.
Australia, en Oceanía. Había sido una colonia penitenciaria desde finales del siglo XVIII. La explotación de la ganadería lanar y el descubrimiento de minas de oro a mediados del siglo XIX aumentaron la inmigración. Se convirtió en Dominio (1901).
Nueva Zelanda, en Oceanía. La colonización de Nueva Zelanda comenzó hacia 1840, dominando a la población maorí. Se basó en la explotación de la ganadería lanar. Se convirtió en Dominio (1907).
La Unión Sudafricana surgió a partir de la colonia holandesa de El Cabo, que pasó a dominio británico en 1815 y desde ella se entró al interior, rico en minas de oro y diamantes. La oposición de los zulúes negros y de los bóers (blancos de origen holandés que habían formado Estados independientes en el interior, en Transvaal y Orange) no impidió la conquista sucesiva de las repúblicas bóers, finalizada en la guerra de 1901-1903. Logró la condición de Dominio en 1909.
Colonias de explotación: India, África.
La India fue la principal colonia de explotación. Fue el núcleo de las colonias británicas en Asia, cuya protección explica tanto la expansión por su periferia, como la ocupación de puntos estratégicos en la ruta a la India. Desde la India los británicos realizaron expediciones de conquista a las zonas montañosas del norte y a la vecina Birmania.
La India, un enorme y poblado subcontinente, un gran mercado de los tejidos ingleses y suministrador de materias primas, fue conquistado progresivamente por la Compañía de la India, desde el siglo XVIII, yendo desde la costa hacia el interior por los valles fluviales, con una doble forma jurídica: anexión y protectorado. A mediados del siglo XIX, los británicos ya habían dominado todo el territorio y superaron la rebelión de 1856-1857. Entonces se proclamó la soberanía directa británica (1858) y, por fin, en 1876 la reina Victoria fue proclamada emperatriz de la India.
En Asia hubo otra colonia de explotación, particularmente intensa, en Malasia (caucho).
En África se establecieron otras colonias de explotación, además repartidas estratégicamente: Egipto, Sudán, Nigeria, Ghana, Kenia. Algunas incluso estuvieron a punto de ser colonias de poblamiento, como Kenia (por su clima benigno).
Las rutas del imperio.
Para mantener la cohesión y las comunicaciones de un imperio tan extendido, Gran Bretaña necesitaba dominar las principales rutas de comunicación marítima. En especial les interesaba las rutas de la India. Había dos: la larga atlántica-índica (que desde las costas europeas, bordeaba África, atravesaba el Índico y además permitía llegar a Australia y el Extremo Oriente); la más corta mediterránea-índica, favorecida cuando en 1869 se abrió el canal de Suez, que comunica el Mediterráneo con el Mar Rojo y el océano Índico.
Los británicos, para controlar estas rutas, ya se habían establecido (desde el siglo XVIII y sobre todo en la primera mitad del siglo XIX) en numerosos puntos de gran interés naval y comercial, y reforzaron su presencia en la segunda mitad del siglo XIX.
 Su dominio se extendía a todos los mares. Su control se puede seguir en las diversas líneas en que se subdividen las dos rutas anteriores:
Línea del Mediterráneo: Gibraltar (1704), Malta (1815), Chipre (1878), Egipto (1881).
Línea del Mar Rojo-Índico: Adén (1839), Socotora, Omán.
Línea de El Cabo-Índico: El Cabo, islas de Mauricio y Ceilán.
Líena del Sudeste Asiático: factorías comerciales en Singapur (Malasia, 1819) y Hong Kong (China, 1841).
Línea del Atlántico sur: islas de Santa Elena, Malvinas (1833).
Línea de la costa atlántica africana: Gambia, Sierra Leona, Ghana, Nigeria, El Cabo.
EL IMPERIO COLONIAL FRANCÉS.
Siempre había sido una potencia colonial, pero había sido expulsada por los británicos de sus grandes dominios en Canadá y de la mayor parte de la India. Hacia 1815 sólo le quedaban pequeños territorios en el Caribe, la Guayana, Senegal y factorías en la India.
Restableció la importancia de su imperio en el siglo XIX, en tres fases:
- Conquista de Argelia (1830-1857), iniciada por los Borbones y Luis de Orleans, y completada por Napoleón III.
- La ambiciosa política del Segundo Imperio (1853-1870), con las intervenciones en Indochina (conquista de Cochinchina, protectorado de Camboya) y México.
- La gran expansión durante la III República, a partir de de 1880 y defendida por Ferry, que ocupó Tunicia (1881), Madagascar (1882), el norte de Congo, Tonkín (1885).
Una colonia de poblamiento: Argelia.
Argelia fue invadida por los franceses en 1830, con el pretexto de eliminar la piratería, tras una larga lucha de guerrillas fue pacificada hacia 1857. Fue una colonia de poblamiento: en 1960 había un millón de franceses en el territorio, que ocupaban la mayor parte de los empleos importantes y de las empresas. Se expropiaron las mejores tierras de los indígenas y se entregaron a colonos franceses y de otros países (llegaron valencianos y mallorquines). La división de las tierras colectivas de los bereberes difundió el minifundismo, mientras las expropiaciones empujaban a los musulmanes hacia las ciudades. Cuando había insurrecciones las tierras de los rebeldes eran expropiadas, como pasó en la rebelión de la Gran Kabilia en 1871 con 500.000 habitantes.
Colonias de explotación: África, Indochina.
La gran expansión francesa se concentró en África del norte, donde se conquistaron Tunicia (protectorado, 1881), Marruecos (protectorado, 1912), sobre todo en el Sahara, desde Argelia al norte, Senegal al oeste, Costa de Marfil y Congo al sur, con el interior: Chad, Níger, Malí, Mauritania.
Madagascar fue ocupada desde 1895 por Liautey.
Indochina fue conquistada entre 1858 y 1907, por agregación de diversos países: Cochinchina, Camboya, Tonkín, Annam, Laos, parte de Tailandia. La forma jurídica normal fue el protectorado.
Islas del Caribe. El dominio de estas pequeñas islas, de gran riqueza agrícola, era muy anterior (s. XVII).

BIBLIOGRAFÍA.
Documentales.
Les guerres zulus: rius de sang. Primera parte de un documental sobre la evolución del poder zulú en Sudáfrica, a partir de la muerte del rey Shaka, creador del ejército zulú a principios del siglo XIX. El conflicto de 1879 llega a la batalla de Isandlwana. [http://es.wikipedia.org/wiki/Shaka] [http://es.wikipedia.org/wiki/Guerra_anglo-zulú]
Casaques vermelles, sang negra. Documental sobre las guerras entre británicos y zulúes en el siglo XIX. Reanuda el documental anterior sobre el conflicto de 1879 con el combate de Rorker’s Drift y los hechos posteriores, hasta el fin del rey Cettswayo en 1884.
Las guerras zulúes 1879. Documental. Duración: 51 minutos.


Exposiciones.
*<Colonia apócrifa>. León. MUSAC (21 junio 2014-6 enero 2015). 350 obras de 120 artistas, sobre el colonialismo español desde el siglo XV. Reseña de Morales, Clara. Conquistadores avergonzados. “El País” (23-VI-2014) 36.

Libros.
AA.VV. Los imperios frente a frente. Historia 16, nº 3. Madrid. En el siglo XIX.
Bertaux, Pierre. Africa desde la prehistoria hasta los Estados actuales. Historia Universal, nº 32. Siglo XXI. Madrid. 1972 (1966). 359 pp.
Burbank, Jane; Cooper, Frederick. Imperios. Una nueva vision de la Historia universal. Trad. de Juan Rabasseda y Teófilo de Lozoya. Crítica. Barcelona. 2011 (inglés 2010). 699 pp. Los autores son profesores de Historia en la Universidad de Nueva York y resumen la evolución de los principales Imperios de la Historia: chino, romano, holandés, español, francés, inglés, estadounidense, ruso… Tanta ambición conlleva numerosos errores en los datos concretos, que aparecen pequeños fallos casi en cada página, pero no son clamorosos. Aun así, en general sus análisis son correctos y coherentes con la mayor parte de la historiografía actual y se puede recomendar el libro para una historia general del imperialismo.
Coquery-Vidrovitch, C.; Moniot, H. Africa negra de 1800 a nuestros días. Nueva Clío 46. Labor. Barcelona. 1985. 416 pp.
Dalrymple, William. El último mogol. Belacqua. Barcelona. 2008 (2006 inglés). 616 pp. Biografía del último emperador mogol, protagonista del levantamiento cipayo en la India en 1857.
Duroselle, J.B. Europa, de 1815 a nuestros días. Vida política y relaciones internacionales. Col. Nueva Clío, nº 38. Labor. Barcelona. 1975.
Ferguson, Niall. El imperio británico. Cómo Gran Bretaña forjó el orden mundial. Debate. Barcelona. 2005. 493 pp.
Ferro, Marc (dir.). El libro negro del colonialismo. Siglos XVI al XXI: del exterminio al arrepentimientoLa Esfera de los Libros. Madrid. 2005 (2003 francés). 1051 pp.
Fieldhouse, D. K. Los imperios coloniales desde el siglo XVIII. H. Univ. n1 29. Siglo XXI. Madrid. 1984 (1965). 351 pp.
Fieldhouse, David K. Economía e Imperio. La expansión de Europa 1830-1914. Siglo XXI. Madrid. 1977 (1973). 565 pp
Guillen, Pierre. El imperio alemán (1871-1918). Vicens Vives. Barcelona. 1973. 349 pp.
Headrick, Daniel R. Los instrumentos del Imperio. Alianza. Madrid. 1989 (1981). 187 pp.
Hernández Sandoica, E. El colonialismo (1815-1873). Estructuras y cambios en los imperios coloniales. Síntesis. Madrid. 1992. 151 pp.
Ki-Zerbo, J. Historia del Africa Negra. Alianza. Madrid. 1980 (1972). 2 vs. 1.099 pp.
Lichtheim, George. El imperialismo. Alianza. Madrid. 1972. 197 pp.
Madridejos, Mateo. Colonialismo y neocolonialismoSalvat. Col. T.C. nº 63. Barcelona. 1975. 140 pp.
Martínez, J. U.; et al. El reparto de África. Cuadernos Historia 16, nº 39. Madrid. 1985. 31 pp.
Mauro, Frédéric. La expansión europea (1600-1870). Nueva Clío 27. Labor. Barcelona. 1968. 368 pp.
Morales Lezcano, V. El colonialismo hispano-francés en Marruecos (1898-1927). Siglo XXI. Madrid. 1976. 202 pp.
Miège, Jean Louis. Expansión europea y descolonización de 1870 a nuestros días. Nueva Clío 28. Labor. Barcelona. 1975. 364 pp.
Mommsen, Wolfgang J. La época del imperialismo. Europa 1885-1918. Historia Universal nº 28. Siglo XXI. Madrid. 1971 (1969). 360 pp.
Renouvin, Pierre. Historia de las relaciones internacionales. Akal. Madrid. 1985. 519 pp.
Renouvin, P. La crisis europea y la Primera Guerra Mundial. Akal. Madrid. 1990. 666 pp.
Rodríguez Braun, Carlos. La cuestión colonial y la economía clásica. Alianza. Madrid. 1989. 232 pp.
Smith, Tony. Los modelos de imperialismo. Estados Unidos, Gran Bretaña y el mundo tardíamente industrializado desde 1815. FCE. México. 1984 (1981 inglés). 283 pp.
Vidal Villa, J. M. Teorías del imperialismo. Anagrama. Barcelona. 1976. 352 pp.
Artículos.
O'Brien, Patrick K.; Prados de la Escosura, Leandro (eds.). The Cost and Benefits of European Imperialism from the Conquest of Ceuta, 1415, to the Treaty of Lusaka, 1974Twelth International Economic History Congress. Madrid. 1998. Número especial de “Revista de Historia Económica”, v. 16, nº 1.
Tortella, Gabriel. Los nuevos caminos de la historia económica. ““Claves de razón práctica”, 84 (julio-agosto 1998) 2-7. La economía de los imperios, 4-5.

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