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sábado, 14 de junio de 2014

HM UD 05. La arqueología.

HM UD 05. LA ARQUEOLOGÍA.

Índice.
INTRODUCCIÓN A LAS FUENTES ARQUEOLÓGICAS.
La arqueología.
Historia de la arqueología.
Técnicas de la arqueología.
ARQUEOLOGÍA.
Historia.
Nuevas tendencias y grandes descubrimientos.
La nueva arqueología.
Métodos y técnicas.
Obtención de datos.
Descripción y análisis preliminares.
Establecimiento de la cronología.
Establecimiento de los contextos culturales.
Interpretación.
 APÉNDICE: ARQUEOLOGÍA EN EL MUNDO.
EL ORIENTE PRÓXIMO.
Mesopotamia.
Egipto.
Siria y Palestina.
Otras zonas del Oriente Próximo.
EUROPA.
Grecia.
Roma.
Otras zonas europeas.
ASIA.
Suroeste asiático.
China.
Otros países asiáticos.
AMÉRICA.
El periodo lítico.
El periodo arcaico.
El periodo de formación.
El periodo clásico.
El periodo posclásico o imperial.
ÁFRICA.


INTRODUCCIÓN.
La arqueología.
La arqueología es la ciencia del estudio de las civilizaciones antiguas a través de monumentos y objetos que han perdurado (no necesariamente son obras de arte).
Historia de la arqueología.
Los estímulos de la arqueología fueron la búsqueda utópica de la Grecia antigua y la pasión por el coleccionismo, junto con la búsqueda de la emoción estética (Miguel Ángel se extasió con el hallazgo del grupo del Laocoonte). Después de las excavaciones de Herculano (1738) y Pompeya (1748), que despertaron un gran interés científico, la arqueología asentó sus primeras bases técnicas gracias a Caylus y Winckelmann.
En el siglo XIX se descubrieron grandes yacimientos en Oriente Próximo (Korsabad, Nimrud, Nínive, Troya, Creta...) y los viajeros escribieron apasionantes libros de sus estancias en Nubia, Angkor, la selva maya... La diversidad de los descubrimientos conllevó una gradual especialización: la egiptología se desarrolló desde la publicación de Descripción de Egipto (1809) y el desciframiento de los jeroglíficos por Champollion (1822); la arqueología oriental, con la lectura del bajorrelieve de Behistún); la asiriología (el desciframiento de la escritura cuneiforme); la arqueología grecorromana, con los grandes Institutos de investigación (Escuela Francesa de Atenas en 1846, Instituto Alemán de Arqueología en 1871); etc. A finales del siglo XX nace en España el Instituto Interuniversitario del Próximo Oriente Antiguo (IPOA), integrado por las universidades de Barcelona, Autónoma de Barcelona, Salamanca y Murcia, de la que destacan sus excavaciones en 1996 en Mesopotamia (Tell Jamis y Tell Qara Quzaq).
En el siglo XX la arqueología se convirtió en una verdadera ciencia auxiliar de la Historia, con métodos y técnicas muy desarrollados. Se diferencian la arqueología terrestre y la subacuática (a menudo conocida como submarina).
La arqueología terrestre se basa en la detección, prospección y excavación controlada de los yacimientos. Se usa el método estratigráfico, con una anotación minuciosa de todos los hallazgos, que permita reconstruirlo todo en su posición, para poder datar y relacionar todos los objetos.
La arqueología subacuática se desarrolló desde 1950, gracias a la invención de la escafandra Cousteau-Gagnan, que permitió una mayor autonomía a los buceadores. Al respecto, Reinach ha calificado al Mediterráneo de «el museo de antigüedades más rico del mundo». Los hallazgos en las costas de Alejandría, Chipre, Grecia, Italia o España han sido extraordinarios.
Técnicas de la arqueología.
Se usan técnicas muy avanzadas: fotografía aérea y por satélite, estudio de anomalías topográficas, arqueomagnetismo, sonda fotográfica, datación por carbono 14 y otros medios, dendronología, palinología, etc.

ARQUEOLOGÍA.
Arqueología (del griego archaios, ‘viejo’ o ‘antiguo, y logos, ‘ciencia’), literalmente estudio de viejas o antiguas culturas humanas. La mayoría de los arqueólogos del pasado, que retrotrajeron el origen de su disciplina a los estudios de los anticuarios, definieron la arqueología como el “estudio sistemático de los restos materiales de la vida humana ya desaparecida”; otros arqueólogos enfatizaron los aspectos conductistas y definieron la arqueología como “la reconstrucción de la vida de los pueblos antiguos”. En algunos países, especialmente en Estados Unidos, la arqueología ha estado considerada siempre como una subdisciplina de la antropología; mientras que ésta se centraba en el estudio de las culturas humanas, la arqueología se dedicaba al estudio de las manifestaciones materiales de dichas culturas. De este modo, en tanto que las antiguas generaciones de arqueólogos estudiaban un antiguo útil de cerámica como un elemento cronológico que ayudaría a datar la cultura que era objeto de estudio, o simplemente como un objeto con un cierto valor estético, los antropólogos verían el mismo objeto como un instrumento que les serviría para comprender el pensamiento, los valores y la cultura de quien lo fabricó.
La investigación arqueológica ha estado vinculada fundamentalmente a la Edad de Piedra y a la antigüedad; sin embargo, durante las últimas décadas la metodología arqueológica se ha aplicado a etapas más recientes, como la Edad Media o el periodo industrial iniciado a finales del siglo XVIII y principios del XIX. En la actualidad, los arqueólogos dedican ocasionalmente su atención a materiales actuales, investigan residuos y vertederos urbanos, con lo que está naciendo la denominada arqueología industrial.
La moderna arqueología se interrelaciona con otras disciplinas científicas; así, los arqueólogos, para establecer la cronología, suelen utilizar métodos de datación desarrollados por otras ciencias: el sistema del carbono 14 (radiocarbono) fue desarrollado por los físicos nucleares, las técnicas de datación geológica se deben a los geólogos y las técnicas de estudio de los restos de fauna son obra de los paleontólogos. Además, para reconstruir antiguas formas de vida, los arqueólogos se sirven de procedimientos utilizados por la sociología, la demografía, la geografía, la economía o las ciencias políticas.
Historia de la arqueología.
La historia de la arqueología puede dividirse en seis grandes periodos. Durante el primero, que se inicia en el Renacimiento y acaba en el siglo XVIII, los anticuarios coleccionaban obras de arte y otros objetos, y se establecían postulados poco científicos sobre su significado, aunque se asumió que los antiguos útiles de piedra eran obra del hombre. Tres hechos acaecidos en torno a 1800 marcaron el inicio de una nueva etapa: John Frere descubrió una serie de hachas paleolíticas (pertenecientes al periodo achelense) en una cantera de Sufolk, en un depósito intacto que contenía huesos pertenecientes a animales de gran tamaño ya extinguidos, lo que le permitió atribuir a esos útiles una cronología muy antigua. En 1807 se fundó el Museo Nacional de Dinamarca y sus piezas fueron clasificadas por Christian Thomsen que estableció la clásica división de la prehistoria en tres periodos: Edad de Piedra. Edad de Bronce y Edad del Hierro. Más tarde, el erudito francés Jacques Boucher de Crèvecoeur de Perthes halló entre las décadas de 1840 y 1850 útiles antiguos de piedra, asociados con total certeza a restos de animales extinguidos, en los depósitos de grava del valle francés del Somme; su investigación condujo finalmente a la aceptación de la existencia de las culturas primitivas.
Todos estos estudios estaban basados en el trabajo de geó­logos de finales del siglo XVIII y principios del XIX, como Charles Lyell, que había liberado a los estudios geológicos de los límites de una cronología bíblica que confinaba a la historia en un periodo de 6000 años, iniciado con la creación divina en el 4004 aC. Casi de forma simultánea, el desciframiento de la inscripción jeroglífica en la piedra de Rosetta, logrado por el egiptólogo francés Jean François Champollion, y de la escritura cuneiforme persa en la trilingüe inscripión de Behistún por el profesor británico Henry C. Rawlinson, posibilitaron el estudio de las culturas bíblicas y las situaron sobre una base histórica sólida.
Hacia 1859 comenzó una nueva fase, cuando Charles Darwin y Alfred R. Wallace publicaron sus teorías sobre la evolución orgánica, con sus obvias implicaciones para la evolución cultural. Con el paso del tiempo, los estudios iniciados en Francia desembocarían en la clasificación del paleolítico efectuada por el investigador Gabriel Mortillet. Al mismo tiempo se llevaron a cabo excavaciones en el Oriente Próximo y en las regiones características del mundo clásico; la más famosa de éstas fue la excavación de Heinrich Schliemann en Troya, descubrimiento tras el que los arqueólogos estadounidenses iniciaron investigaciones en la Grecia continental, los franceses en Delfos y los británicos en Creta y Egipto. Como resultado de las investigaciones en Europa —trabajos en el norte de Italia y Suiza sobre asentamientos lacustres, excavaciones y análisis daneses en la zona del Báltico y los realizados por Augustus Pitt-Rivers de túmulos, poblados y fortalezas en Gran Bretaña— se desarrollaron importantes técnicas y métodos arqueológicos. Los arqueólogos comenzaron a trabajar en América, intentando unos determinar el origen de los constructores de túmulos, mientras que otros buscaban testimonios del paleolítico en el Nuevo Mundo.
Nuevas tendencias y grandes descubrimientos arqueológicos de la primera mitad del siglo XX.
Los primeros años del siglo XX vieron el nacimiento y el desarrollo de meticulosos estudios estratigráficos, además de métodos adecuados de excavación y trabajo de campo, los pioneros fueron Flinders Petrie en Egipto, Robert Koldewey en Babilonia y Pitt-Rivers en Gran Bretaña. Estas técnicas se llevaron al Nuevo Mundo desde Europa, en particular por el arqueólogo de origen alemán Max Uhle, que llevó a cabo excavaciones estratigráficas en yacimientos de grupos concheros californianos y en Perú, donde estableció la primera cronología regional.
Durante el periodo de entreguerras (1919-1939), se realizaron grandes proyectos en el Mediterráneo oriental y en el Oriente Próximo. Sir Leonard Woolley realizó excavaciones en Ur (Sumeria), sir Arthur Evans en Cnosos (Creta), James Breasted en Megido (Palestina), Howard Carter en Egipto y Claude Schaeffer en Ugarit (Fenicia); algunas de estas excavaciones sacaron a la luz impresionantes restos. Por lo que respecta a la arqueología en el mundo clásico (Grecia y Roma), la primera actuación destacada quizá sea la excavación del ágora de Atenas, realizada por un equipo estadounidense. Al mismo tiempo se produjeron desarrollos cruciales en la metodología para recuperar información sobre el pasado; así, se generalizó el uso de la fotografía aérea para descubrir y estudiar yacimientos, o la palinología para establecer la vegetación de la antigüedad.
Por último, poco después de acabada la II Guerra Mundial, la aparición del método de datación del radiocarbono (o carbono 14), desarrollado por el químico estadounidense Willard Libby supuso una auténtica revolución en el mundo de la arqueología puesto que, gracias al mismo, fue posible obtener fechas absolutas a partir de materias orgánicas y de este modo se pudo establecer un cuadro cronológico firme de la prehistoria.
La nueva arqueología.
La obra Estudio de la Arqueología (escrita en la década de 1940) del arqueólogo estadounidense Walter Taylor originó otra revolución, pero en este caso de diferente carácter; su autor expresaba el descontento que los antropólogos mostraban por la forma en que se desarrollaba la arqueología estadounidense, y proponía que la arqueología debería ir más allá de la mera clasificación y análisis de los objetos encontrados, para intentar conocer a la gente que los hizo; esta opinión arraigó en muchos jóvenes arqueólogos que intentaron investigar cómo y por qué se produjeron los cambios culturales, en vez de limitarse a describirlos y datarlos; éstos consideraban que la finalidad de la arqueología debía ser la formulación de las leyes del cambio cultural, lo que la convertiría además en una disciplina científica. En su opinión, la comprensión de los procesos de cambio cultural en una zona objeto de estudio arqueológico, proporcionaría unos principios básicos que podrían hacerse extensivos a otras áreas. El líder de este nuevo movimiento, Lewis R. Binford, trató este tema hacia 1960, dando inicio a la llamada “nueva arqueología”.
Sus características básicas son el uso explícito de la teoría evolucionista, la utilización de sofisticados conceptos culturales y ecológicos que en ocasiones requieren una aproximación interdisciplinar en el trabajo de campo y precisan de la informática para el análisis de los datos, y el uso de la teoría de sistemas. A pesar de que en las décadas de 1970 y 1980 ya se hizo evidente que la nueva arqueología había fracasado en su pretensión de convertir la arqueología en una ciencia generadora de leyes, no deben minimizarse las aportaciones que la década de los años sesenta hizo a esta disciplina, facilitando, en gran parte, la estructura de la arqueología actual.
En la década de 1970, arqueólogos europeos reconocieron que la cronología de la prehistoria establecida a partir del carbono 14 era incorrecta, debido a las imperfecciones del método. Se han propuesto otros sistemas cronológicos que han dado como resultado no sólo la datación de monumentos concretos sino además (según palabras del arqueólogo británico Colin Renfrew), “un nuevo enfoque del desarrollo cultural a lo largo de la prehistoria”. Anteriormente se consideraba que ciertos logros culturales, como el inicio de la metalurgia, habían sido irradiados desde un único punto de origen localizado en Oriente Próximo; en la actualidad se defiende la existencia de numerosos focos de irradiación cultural, dando lugar a la idea de que el hombre es mucho más innovador de lo que se creía en un principio.
Durante la década de 1980 y comienzos de la de 1990, los arqueólogos estadounidenses, australianos y neozelandeses han sido requeridos, de forma incesante, para que adapten sus estrategias de investigación a los deseos e intereses de los pueblos indígenas, que no sólo exigen la devolución de ciertos objetos y de restos humanos para volver a ser inhumados, sino también el respeto de sus valores culturales en las excavaciones que realizan. La adecuación de las estrategias científicas de investigación a la sensibilidad de las culturas tradicionales señala una nueva dirección en la actividad arqueológica y supone un desarrollo que apenas se contemplaba hace unas décadas, cuando se consideraba que la rígida objetividad científica dominaría en breve plazo la arqueología.
Métodos y técnicas.
El trabajo del arqueólogo puede dividirse en sucesivas fases: obtención de datos, descripción de los mismos, análisis preliminar e interpretación.
Obtención de datos.
El trabajo de campo está precedido por una exhaustiva revisión de la literatura científica existente; antes de iniciar la excavación se consultan textos antiguos, artículos modernos y estudios geológicos y medioambientales; luego se realiza un prospección arqueológica con el fin de localizar los yacimientos que van a proporcionar los datos, procedimiento que tradicionalmente se ha basado en los hallazgos casuales y en la investigación histórica. La fotografía aérea es, desde mediados del siglo XX, un método de reconocimiento adicional muy importante. A partir de la década de 1970 se han sumado un número notable de nuevas y sofisticadas técnicas, como el uso del radar para estudiar el subsuelo, de sensores de rayos infrarrojos, resistencias eléctricas, magnetómetros de protones y sensores remotos por satélites. Por lo que respecta a la arqueología submarina, la introducción de un nuevo sonar y de equipos sensores eléctricos ha permitido mejorar la detección de los restos de barcos hundidos. En el campo de la arqueología terrestre, el objetivo es localizar yacimientos intactos, con depósitos estratificados y sus correspondientes materiales. Desde un punto de vista ideal, la aparición de los materiales en un contexto estratigráfico claro permite establecer una cronología precisa y reconstruir (teniendo la suficiente información contextual), todo el sistema cultural en los distintos niveles históricos; cuanto mejor sea la investigación inicial, más fácil será la excavación y en general todo el trabajo de campo.
Esta labor preliminar conduce directamente a una intensa recogida de datos, llevada a cabo principalmente mediante una excavación realizada de forma sistemática. El objetivo de una excavación es doble: establecer una cronología y observar el contexto. El viejo y fiable sistema para establecer la cronología consistía en la excavación de yacimientos con estratigrafía clara, estableciendo los distintos niveles de ocupación que se hallan superpuestos. En la actualidad, se han desarrollado otros muchos sistemas para obtener una cronología relativa o absoluta. Gracias a técnicas interdisciplinares es posible conseguir tales datos en cualquier yacimiento, estratificado o no. La obtención del contexto de los distintos niveles de ocupación requiere unas cuidadosas técnicas de excavación, prestando particular atención a la localización de cada artefacto y ecofacto (restos de antiguos materiales orgánicos); toda esta actividad debe ser complementada con datos medioambientales obtenidos mediante el uso de técnicas interdisciplinares, a partir de estudios zoológicos, botánicos, geológicos, edafológicos y climáticos, con el objetivo de definir el ecosistema y el medio ambiente donde se va a realizar la excavación.
Descripción y análisis preliminares.
Los análisis de laboratorio y la descripción constituyen normalmente el paso siguiente a la recopilación de datos, aunque la realización simultánea de todos estos trabajos puede mejorar en gran medida la excavación. Los análisis preliminares durante la recopilación de datos pueden revelar huecos en la cronología y en el contexto e indicar dónde se deberían recoger más datos para completar las lagunas de información. No obstante, los análisis más importantes tienen lugar más tarde. Al igual que durante el proceso de recopilación de datos, su finalidad es doble: cronológica (por la que se establece las fechas absolutas o relativas) y contextual (por la que los datos son situados en su contexto cultural).
Establecimiento de la cronología.
Aunque el uso de técnicas interdisciplinares pueda determinar un marco cronométrico ajustado, la cronología debe estar determinada fundamentalmente por la secuencia de los objetos procedentes de los distintos niveles estratigráficos excavados. No obstante, la estratigrafía no es el único medio para determinar la cronología relativa. La datación de los objetos según la fecha de su estrato geológico, según su asociación a restos fósiles de animales o de polen, o por su relación con otros objetos datables, constituyen otros sistemas para establecer la cronología relativa. Desde luego, en ciertas ocasiones es posible obtener una cronología absoluta gracias al uso del carbono 14, de la dendrocronología (sistema de datación basado en las capas de los troncos de los árboles), la termoluminiscencia, o del arqueomagnetismo. En la actualidad se utilizan el espectrómetro de masas, el acelerador de partículas y otros métodos radiométricos para datar los objetos encontrados.
Establecimiento de los contextos culturales.
Una vez fijada la cronología se procede al estudio analítico del contexto cultural y medioambiental, un proceso más complicado, cuya finalidad es reconstruir los sistemas culturales y ecológicos. Cada artefacto es considerado, desde este punto de vista, no como un elemento cronológico sino más bien como resultado de la actividad humana en el tiempo en que fue fabricado. La ubicación física de un artefacto puede ser determinada por medios relativamente simples, como una excavación cuidadosa, pero determinar con exactitud qué actividad lo produjo y como esa actividad encaja en la antigua cultura de su hacedor es a veces problemático. La obtención de datos interdisciplinares puede revelar dónde y en qué parte del ecosistema se localizaron las materias primas del artefacto y, lo que es más importante, pueden establecer una relación entre la cultura y el medio ambiente. Restos de desechos (por ejemplo huesos y restos de plantas) proporcionan información sobre la forma de vida de quien los tiró, sobre los elementos del ecosistema, sobre la estacionalidad de los patrones de asentamiento o sobre las relaciones comerciales. Las formas de enterramiento y los ajuares de las tumbas aportan mucha información sobre el pasado, particularmente en aspectos como la concepción de la realeza, la jerarquía, el rango social o las prácticas religiosas; cada objeto refleja las actividades realizadas en el periodo en que los hombres ocuparon el yacimiento.
Interpretación.
Con toda esta información, el arqueólogo intenta sintetizar las cronologías regionales en una secuencia de culturas y ecosistemas de áreas más amplias o de regiones interrelacionadas. Esto conlleva idealmente la descripción dinámica de los procesos que pueden ser analizados para determinar las causas del cambio cultural, es decir, no sólo cómo suceden los cambios, sino también por qué se producen.
El registro arqueológico.
A continuación se presentan algunas de las conclusiones a que han llegado los arqueólogos al estudiar el pasado del hombre y se describen algunos de los yacimientos y objetos más importantes descubiertos en los dos últimos siglos.

BIBLIOGRAFÍA.
Internet.

Enciclopedia Encarta. La parte de fuentes arqueológicas es una amplia paráfrasis de esta referencia, divulgativamente muy eficaz.

Películas.
En busca del arca perdida (1981), de Steven Spielberg. [http://es.wikipedia.org/wiki/Raiders_of_the_Lost_Ark]

Documentales.
                           Vídeo de 8 minutos sobre la ciencia de la arqueología.     

Libros.
AA.VV. Dossier El Neolític. La primera revolució al Mediterrani. “L=Avenç”, 274 (XI-2002) 27-58.
Aldred, Cyril; et al. Los tiempos de las pirámides. De la Prehistoria a los hicsos (1560 aC). Col. Universo de las Formas. Aguilar. Madrid. 1978. 347 pp.
Aldred, C.; et al. El Egipto del crespúsculo. Col. Universo de las Formas. Aguilar. Madrid. 1980. 337 pp.



Aston, Mick; Taylor, Tim. Atlas de arqueología. Acento. Madrid. 1999. 208 pp. Excelentes textos e imágenes, con gran valor didáctico.
Barceló, Miquel (dir.). Arqueología medieval. En las afueras del “medievalismo”. Crítica. Barcelona. 1988. 285 pp.
Clark, Grahame. Arqueología y sociedad. Akal. Madrid. 1980. 247 pp.
Fagan, Brian M. La aventura de la arqueología. Plaza & Janés. Barcelona. 1985. 368 pp.
Flon, Christine. Gran Atlas de la Arqueología. Ebrisa. Madrid. 1986 (1985 francés). 424 pp.
Frankfort, Henry. Arte y arquitectura del Oriente Antiguo. Cátedra. Madrid. 1982. 464 pp.
Garelli, Paul. El Próximo Oriente Asiático desde los orígenes hasta las invasiones de los Pueblos del Mar. Nueva Clío 2. Labor. Barcelona. 1988 (1970). 344 pp.
Garelli, P.; Nikiprowetzky, V. El Próximo Oriente Asiático. Los imperios mesopotámicos. Israel. Nueva Clío 2 bis. Labor. Barcelona. 1981 (1974). 332 pp.
Gordon Childe, Vincent. Nacimiento de las civilizaciones orientales. Península. Barcelona. 1968. 304 pp.
Gordon Childe, Vincent. Introducción a la arqueología. Ariel. Barcelona. 1972 (1956 inglés). 181 pp.
Hole, Frank; Heizer, Robert F. Introducción a la arqueología prehistórica. FCE. Madrid. 1977 (1965 inglés). 319 pp.
Krader, Lawrence. La formación del EstadoLabor. Barcelona. 1972. 182 pp.
Moberg, Carl-Axel. Introducción a la arqueología. Cátedra. Madrid. 1987 (1968 sueco). 239 pp.
Parrot, André; et al. Los fenicios. Col. Universo de las Formas. Aguilar. Madrid. 1975. 310 pp.
Parrot, André; et al. Sumer. Col. Universo de las Formas. Aguilar. Madrid. 1981. 370 pp.
Redman, CH. L. Los orígenes de la civilización. Desde los primeros agricultores hasta la sociedad urbana del Próximo Oriente. Crítica. Barcelona. 1990. 445 pp.

Renfrew, Colin. Arqueología y lenguaje. La cuestión de los orígenes indoeuropeos. Crítica. Barcelona. 1990 (1987 inglés). 268 pp.
Roux, Georges. Mesopotamia. Historia política, económica y cultural. Akal. Madrid. 1987. 495 pp.
Service, Elman R. Los orígenes del Estado y de la civilización. Alianza. Madrid. 1984 (1975). 386 pp.
Soden, Wolfram von. Introducción al orientalismo antiguo. Ausa. Barcelona. 1987. 321 pp.
Trigger, Bruce G. La revolución arqueológica. El pensamiento de Gordon Childe. Fontamara. 1982 (1980 inglés). 215 pp.
Watson, Patty Jo; Leblanc, Steven A.; Redman, Charles L. El método científico en arqueología. Alianza. Madrid. 1974 (1971 inglés). 195 pp.

Artículos. Orden cronológico.
Malville, J. Mckim; Werndorf, Fred; Mazhar, Ali A.; Schild, Romauld. Megaliths and Neolithic astronomy in southern Egypt. “Nature” (IV-1998) 393 y 488-492. 
Gore, Rick. Una historia forjada por el desastre“National Geographic”, v. 7, nº 1 (VII-2000) 32-71. La teoría del Mar Negro en p. 71.
Piquer, Isabel. Descubren en el Mar Negro los restos de una ciudad del 5000 antes de Cristo. “El País” (14-IX-2000) 38. Ballard descubre para “National Geographic” restos submarinos.
AA.VV. Dossier El Neolític. La primera revolució al Mediterrani. “L’Avenç”, 274 (XI-2002) 27-58.
Lange, Karen E. Cuentos de pantanos“National Geographic” Vol. 21, nº 4 (X-2007) 44-57. Los restos de cadáveres enterrados en pantanos en el norte de Europa: el Hombre de Tollund...
Antón, Jacinto. Franck Goddio / Buscador de restos arqueológicos escondidos. “El País” (15-IV-2008) 48.
Francescutti, Pablo. Arqueólogos ‘high-tech’. “El País” Semanal 1.851 (18-III-2012) 68-72. Una revolución se está efectuando gracias a la aplicación de nuevas técnicas de radar, Google Earth, GPS, informática, etc.
Rodríguez, Jesús. Erbil, la ciudad donde todo empezó. “El País” Semanal 1.856 (22-IV-2012) 34-44.
Carrión, Jorge. La memoria de los árboles. "El País" Semanal 2.059 (13-III-2016). La ciencia de la dendrocronología, una contabilidad exacta del tiempo climático durante miles de años.

APÉNDICE: ARQUEOLOGÍA EN EL MUNDO.
EL ORIENTE PRÓXIMO.
Mesopotamia.
Egipto.
Siria y Palestina.
Otras zonas del Oriente Próximo.
EUROPA.
Grecia.
Roma.
Otras zonas europeas.
ASIA.
Suroeste asiático.
China.
Otros países asiáticos.
AMÉRICA.
El periodo lítico.
El periodo arcaico.
El periodo de formación.
El periodo clásico.
El periodo posclásico o imperial.
ÁFRICA.
ARQUEOLOGÍA EN EL MUNDO.
EL ORIENTE PRÓXIMO.
Ya desde los comienzos de la investigación arqueológica realizada de una forma sistemática, el Oriente Próximo —de Mesopotamia a Egipto, desde los tiempos más antiguos hasta la época islámica— ha constituido una de las principales zonas de investigación y quizás sea la región donde se han producido los descubrimientos más espectaculares.
Mesopotamia.
La investigación arqueológica en Mesopotamia comenzó con los trabajos que realizó C. James Rich en Babilonia y Nínive. Guiado por sus informes, el cónsul francés Paul Émile Botta inició las excavaciones en las ruinas de Nínive y en Jorsabad (Irak) entre los años 1843 y 1845. Dos años más tarde, el viajero británico Austin H. Layard siguió los mismos pasos en Nínive y en Nimrud (la antigua Calach). Ambos fueron apoyados por sus respectivos gobiernos. Henry Rawlinson, Edward Hincks y otros eruditos, apoyándose en el desciframiento de la escritura cuneiforme persa por el primero de ellos, tradujeron la escritura cuneiforme asirio-babilónica, con lo que pudieron leerse los textos grabados en piedra y en cientos de tablillas de arcilla halladas en Nínive, y reconstruir la historia de los distintos reinos. Los grandes palacios, con numerosísimos relieves esculpidos, demostraban el poder de los reyes asirios, sólo conocido antes por referencias bíblicas y de textos griegos. Las excavaciones en los palacios asirios han continuado de forma esporádica hasta el presente.
Doce campañas de excavaciones arqueológicas británicas entre 1949 y 1963 en Nimrud han sacado a la luz cientos de placas de marfil bellamente grabadas (decoración de mobiliario), botín de los ejércitos asirios. Un equipo alemán excavó (1903-1913) las ruinas de Assur, capital del Imperio asirio; con gran habilidad fueron desenterrados los vestigios de templos y palacios construidos con adobes y fechados desde el III milenio aC hasta el siglo III dC. Esas estructuras mostraron la cultura de la antigua Asiria y su dependencia de Babilonia; además, las numerosas inscripciones proporcionaron una importante información histórica. Un poco más al sur, otra misión arqueológica alemana, dirigida por Robert Koldewey, trabajó (1899-1914) en Babilonia y desveló la planta de la ciudad en su apogeo, es decir, durante el reinado de Nabucodonosor II; la Puerta de Ishtar, recubierta de azulejos con motivos animalísticos en relieve, el templo de Marduk, el palacio real, la muralla de la ciudad y un puente que en su día cruzaba el Éufrates fueron los principales hallazgos.
En 1877, el cónsul francés Ernest de Sarzac descubrió en la ciudad de Lagash (la actual Tell al-Hiba, en Irak) una serie de magníficas estatuas del gobernante sumerio Gudea (c. 2144 aC-2124 aC), lo que proporcionó importantes pistas sobre el elevado nivel cultural que allí floreció hacia el 2130 aC y aumentó el interés por Sumer y su civilización. Una expedición estadounidense inició su trabajo en Nippur (Irak) en 1887 y encontró miles de tablillas en escritura cuneiforme, con notables composiciones literarias en sumerio. La labor de Leonard Woolley en Ur, entre 1922 y 1934, permitió descubrir las tumbas de los reyes sumerios (c. 2500 aC) con espléndidos ajuares y unas casas bien construidas (c. 1800 aC). El arqueólogo francés André Parrot excavó en Mari (ahora Tell Hariri), en el Éufrates medio, un gran palacio datado hacia el 1800 aC que además de una serie de edificios, trajo a la luz diversas esculturas del III milenio aC. Los hallazgos alemanes en Uruk (ahora Warka, Irak) desde 1928, han demostrado la gran capacidad técnica de arquitectos y artesanos del IV milenio aC. También han permitido la obtención de los textos escritos conocidos más antiguos. El trabajo ininterrumpido desde la II Guerra Mundial ha ampliado el conocimiento de todos los periodos, especialmente de los más antiguos (c. 6000-3000 aC), correspondientes a los primeros asentamientos en Babilonia.
La investigación sobre los vestigios de los imperios parto y sasánida (c. 250 aC-650 dC) ha descubierto edificios palaciegos y templos en Hatra, Ctesifonte y Kish (todas ellas en Irak). Se han excavado, o al menos prospectado, yacimientos islámicos como Samarra y Wasit; también se han restaurado los restos arquitectónicos que permanecen en pie.
Egipto.
El conocimiento contemporáneo del antiguo Egipto comenzó cuando Napoleón I Bonaparte llevó consigo científicos para estudiar el país durante la campaña de 1798. El descubrimiento de la piedra de Rosetta (un bloque de basalto, ahora en el Museo Británico), que presentaba una inscripción en escritura jeroglífica, demótica y griega, permitió a Jean François Champollion descifrar en 1822 los jeroglíficos egipcios y a partir de ese momento se pudieron leer las inscripciones de los monumentos. Karl R. Lepsius y otros investigadores comenzaron a estudiar los monumentos que aún permanecían en pie, trabajos que continúan siendo valiosos hoy día porque muchos de estos monumentos han sufrido daños o han sido destruidos. Al mismo tiempo, la expoliación a gran escala de objetos para colecciones particulares o públicas ha originado la pérdida de mucha información. En 1858 se fundó el Museo Nacional de Egipto en El Cairo y se fue controlando progresivamente el saqueo de los yacimientos. Finalmente, en 1880, Flinders Petrie comenzó las excavaciones sistemáticas e interpretó sus hallazgos de forma más metódica.
La investigación en el sur del país, desde la década de 1960, ha localizado yacimientos donde las poblaciones del paleolítico superior cultivaron cebada, fueron los primeros intentos de aprovechar los ricos suelos de la cuenca del río Nilo. Más tarde, las culturas neolíticas iniciaron la auténtica agricultura, la producción de cerámica y de tejidos, que culminó en la cultura tasiense, que en su fase final se mezcla con el inicio de la metalurgia de la cultura badariense, momento en que se utilizó por primera vez el cobre. También aparece en Egipto una cerámica de superficie pulida de color rojo con su borde superior en negro. El hallazgo de 3.000 tumbas en Nagada (1894-1895) realizado por Petrie permitió conocer el periodo inmediatamente anterior al inicio de la etapa histórica egipcia (c. 3400 aC); estudios posteriores han diferenciado la cultura del sur de Egipto de la del norte, donde las influencias asiáticas occidentales fomentaron el progreso de la cerámica (pintada con representaciones de figuras humanas y de barcas) y de la metalurgia.
Según la tradición, el rey Menes unificó el Alto y el Bajo Egipto al comienzo del periodo dinástico (c. 3100 aC). Una serie de paletas de pizarra de cosméticos de esa época representan escenas grabadas de batallas y de caza; la más importante es la denominada paleta del rey Narmer (c. 3100 aC, quizá otro nombre que recibió el rey Menes). Grabados similares en cabezas de mazas y en asas, de piedra o marfil, revelan contactos con otras culturas del Oriente Próximo; los textos jeroglíficos conocidos más antiguos proceden de esta época. La historia más lejana del norte de Egipto era virtualmente desconocida hasta que recientes excavaciones han revelado testimonios de los periodos predinástico y dinástico. Con la aparición de poderosas familias de gobernantes, surgen las primeras tumbas egipcias con ricos ajuares. Las necrópolis de Nagada, Abidos y Saqqara suministran testimonios considerables sobre la historia y cultura de esta época. Las grandes pirámides escalonadas (mastabas) de Saqqara son los antecesores de las grandes pirámides posteriores, como la de Keops en Gizeh, que se construyen en bloques uniformes. A pesar de haber sido saqueadas a lo largo del tiempo, las pirámides hablan de la habilidad de los canteros y de la maestría de los ingenieros para desplazar esos bloques en época tan remota. El mobiliario funerario de madera con planchas de oro de la reina Heteferes (c. 2600 aC), enterrada de nuevo tras haber sido saqueada su tumba, fue brillantemente restaurado a partir de una masa de fragmentos por George A. Reisner, de la Universidad de Harvard, entre 1924 y 1927. El rey Mikerinos es conocido por su bella estatua, hallada por Reisner, que en la actualidad se conserva en el Museo de Bellas Artes de Boston.
Hasta hace poco, la arqueología egipcia se centraba en las tumbas y en los templos, puesto que los antiguos poblados continúan habitados. Por lo general, se hallan situados en las tierras húmedas del valle del Nilo, donde los materiales perecederos no se conservan; los enterramientos se realizaron en el desierto, cuyo ambiente seco ha conservado los restos y materiales orgánicos. Los útiles de madera usados en las actividades domésticas y depositados en las tumbas, las pinturas y grabados murales y los objetos enterrados con el cadáver nos han proporcionado una visión más completa de la vida en el antiguo Egipto que en cualquier otra civilización. La tumba de Tutankhamón (reinó en 1334 aC-1325 aC) destacó por la riqueza del ajuar hallado; la mayor parte de éste se exhibe en el Museo Nacional Egipcio en El Cairo. Cientos de tumbas desde la I Dinastía han mostrado las formas de vida de los distintos grupos sociales.
Próximo a los sepulcros reales del Valle de los Reyes se encuentra un poblado completo donde vivieron generaciones de constructores de tumbas y artesanos. Ha sido excavado de forma científica y sus casas complementan el material hallado en las tumbas, se han encontrado numerosas notas garabateadas en trozos de cerámica o lascas de piedra que identifican a algunos de los obreros y sus casas, proporcionándonos datos sobre su trabajo, alimentación y creencias.
Las creencias religiosas monoteístas de Ajnatón (Amenofis IV), le hicieron fijar una nueva capital en Ajtatón (ahora Tell el-Amarna). El hallazgo casual en 1887 de unas 400 tablillas de arcilla con escritura cuneiforme llamaron la atención sobre el lugar; estas tablillas constituían la correspondencia mantenida entre los principales estados del Oriente Próximo desde el 1375 hasta el 1330 aC. La excavación de la ciudad ha sacado a la luz casas de obreros, además de ricas villas. El arte de este periodo está caracterizado por un naturalismo inusual en el Egipto faraónico, como ilustra el exquisito busto de Nefertiti, la reina principal de Ajnatón IV.
Los estudios de los grandes templos de Karnak y Luxor han desvelado las distintas fases de construcción de los mismos, y con frecuencia han conducido a la recuperación de bloques esculpidos reutilizados, lo que supone un autentico enigma para los actuales estudiosos, especialmente en la zona del delta del Nilo. Ramsés II y sus sucesores vivieron en Pi-Rameses (Avaris), situada en el Delta. Al principio, los arqueólogos buscaron la ciudad en Pelusio y más tarde en Tanis, donde la abundancia de bloques de piedra labrados con el nombre de Ramsés sugería que la ciudad había estado allí. Esos bloques fueron transportados a Tanis en el periodo que abarca desde la XI Dinastía hasta el siglo VIII aC, periodo en el que esta ciudad fue la capital de Egipto. La moderna investigación sugiere que las piedras de Ramsés II proceden de Qantir, 29 kilómetros al sur de Tanis, donde Ramses tuvo con certeza un palacio; de hecho Qantir ha sido identificado con Pi-Rameses.
Los arqueólogos han detectado contactos comerciales entre el mar Egeo y Egipto desde el siglo XV hasta el XIII aC. La asociación de cerámica micénica con tumbas de reyes egipcios conocidos es vital para el estudio de los inicios de la arqueología griega, aunque no del todo satisfactoria. Comerciantes, mercenarios e incluso viajeros griegos estuvieron en Egipto desde el siglo VII aC, y dejaron testimonios de su presencia. Al conquistar Alejandro Magno Egipto, la lengua griega comenzó a sustituir a la egipcia. Se han encontrado miles de papiros en las ciudades en torno al lago Fayum, cerca de El Cairo, abandonadas cuando el sistema de regadíos dejó de funcionar; en otros yacimientos se han encontrado miles más. Estos papiros recogen todos los aspectos de la vida con sorprendente detalle y además constituyen las copias más antiguas de muchos libros griegos y del Nuevo Testamento.
Siria y Palestina.
Los descubrimientos en Siria y Palestina son de particular importancia para el estudio de los inicios de la vida sedentaria. Se han encontrado cuevas mesolíticas y yacimientos en terrazas pertenecientes a la cultura natufiense (c. 10.800-8500 aC) en Monte Carmelo, excavados por la arqueóloga británica Dorothy Garrod entre los años 1929 y 1934 y también en el desierto de Judea, los restos de casas en el valle del Alto Jordán y de estructuras en Jericó son otros ejemplos de grupos natufienses. Durante la transición del mesolítico al neolítico surgieron varias comunidades agrícolas, como la de Mureybat en el Éufrates medio, yacimiento excavado a mediados de la década de 1960 y en los primeros años de la de 1970. En algunos yacimientos neolíticos donde no se fabricaba aún cerámica utilitaria, se enterraron bajo el suelo de las casas mascarillas de barro, modeladas con delicadeza sobre los cráneos de los difuntos. Una vez que el uso de la cerámica se extendió en el neolítico (c. 6000-4000 aC), llegaron una serie de estímulos culturales procedentes del norte, situación que continuó en los inicios del calcolítico, representado en Palestina por los yacimientos de Gasul en el valle del Jordán y otros próximos a Beersheba. Se han descubierto ciudades con cierta planificación, fechadas en el bronce antiguo (c. 3200-2200 aC) en Biblos, Tell el-Farah y Jericó, en Palestina. Todas estas ciudades estaban amuralladas, con torres cuadradas o semicirculares muy juntas; el magnífico palacio de adobe de Ebla (en Siria central) data de finales de este periodo. Los archivos reales, con sus documentos escritos en una lengua semítica y cuneiforme sumerio, sobre tablillas de arcilla, iluminan brillantemente la historia de Siria entre 2500 y 2200 aC aproximadamente. Los sellos cilíndricos y diversos objetos tallados en piedra, concha o madera, atestiguan el alto nivel de la producción artística en Ebla.
Tras una etapa de declive, asociada por muchos investigadores a los movimientos de los amorritas, las ciudades de la zona volvieron a florecer desde el 1900 hasta el 1200 ac. Las excavaciones francesas en Ugarit (en la costa siria), realizadas desde 1929, han aportado un buen ejemplo de una gran ciudad cananea. Aquí, las cerámicas chipriota, cretense y griega demuestran la existencia de un comercio marítimo hacia el oeste, y han aparecido otros objetos que indican relaciones con Egipto y Babilonia. Los escribas utilizaron papiros en jeroglíficos egipcios, babilonio (un dialecto del acadio), y lo hicieron en cuneiforme hurrita sobre tablillas de arcilla. Para escribir en su propia lengua (semítica), el ugarítico, usaban (c. 1400 aC) una escritura alfabética de 30 signos que está considerada como el primer alfabeto, en el que se escribieron documentos de toda clase, también mitos sobre sus dioses que nos dan una imagen única de la religión cananea.
Los edificios incendiados y arrasados testimonian la violenta destrucción de Ugarit y otras ciudades del bronce final, a principios del siglo XII aC, llevada a cabo por los invasores conocidos en los documentos egipcios con el nombre de los “pueblos del mar”, entre los que se encontraban los filisteos y otros pueblos. La Edad del Hierro ha sido estudiada de forma mucho más intensiva en Palestina que en Siria; en el río Orontes, una expedición danesa descubrió entre los años 1931 y 1938 una ciudadela cuyos edificios habían sido destruidos por tropas asirias en el 720 aC, así como piedras y marfiles con grabados. Más al norte, las excavaciones dirigidas por el Museo Británico en Karkemish, en la frontera sirio-turca, desenterraron estelas de piedra y una estatua de estilo neohitita probablemente esculpida en el siglo IX aC.
Todavía permanecen en pie algunos edificios monumentales de los periodos helenístico y romano en Siria y Palestina, que han llamado durante mucho tiempo la atención de los investigadores. En Petra (Jordania), capital de los nabateos, las tumbas excavadas en la roca muestran una mezcla de motivos orientales y griegos; otros ejemplos de esta fusión de estilos pueden ser observados en Palmira, ciudad comercial situada en Siria, donde se han llevado a cabo extensas excavaciones y en donde es evidente la planificación urbana siguiendo criterios romanos, como en muchas otras ciudades de la región. Los edificios datados en el Bajo Imperio, las iglesias bizantinas, las sinagogas y los posteriores edificios islámicos, a veces están adornados con mosaicos en sus suelos. La Gran Mezquita de Damasco esta erigida en el lugar de un antiguo templo romano, que luego fue una catedral cristiana; su patio está decorado con exquisitos mosaicos que representan jardines y edificios al lado de un río. Los primeros gobernantes musulmanes aprovecharon la destreza de los artesanos locales, como demuestran los mosaicos y el trabajo en piedra de la villa Omeya (c. 740 dC) de Khibert al-Mafjar, cerca de Jericó; otras villas y fortalezas en el desierto sirio son ejemplos de los conocimientos existentes en los inicios de la arquitectura islámica.
Varias instituciones gubernamentales de Siria, Líbano, Jordania e Israel patrocinan excavaciones realizadas con personal propio o por cualificadas misiones arqueológicas extranjeras; las excavaciones están proporcionando continuamente nuevos hallazgos.
Otras zonas del Oriente Próximo.
Turquía fue escenario de una de las más famosas excavaciones en los comienzos de la arqueología, cuando Heinrich Schliemann trabajó en Troya. La joyería de oro encontrada por aquél y las placas de oro halladas en tumbas de Alaca Höyük prueban la gran habilidad de los anatolios de la edad del bronce antiguo. Las observaciones realizadas por viajeros condujeron al descubrimiento de Hatusa (ahora Bogazköy, al este de Ankara), capital del Imperio hitita (c. 1800-1200 aC). Arqueólogos alemanes comenzaron a excavar allí en 1906 y los trabajos continúan aún. En el interior de la ciudad, fuertemente amurallada, hay complejos palaciegos y templos, en algunos de los cuales han aparecido cientos de tablillas de arcilla con textos escritos en lengua hitita.
Más antigua que Troya es Çatal Hüyük, excavada entre 1961 y 1965. En este lugar, una comunidad agrícola y ganadera se creó durante el mesolítico y neolítico un poblado formado por pequeñas casas, muy estrechamente unidas, a las que se accedía por el techo; algunos pequeños santuarios estaban adornados con relieves que representan a la diosa madre, figuras animalísticas y pinturas murales de escenas de cacería. Todos estos descubrimientos, favorecidos por nuevas técnicas para recuperar restos de plantas, han iniciado una nueva fase en el conocimiento de los primeros asentamientos humanos en Anatolia.
Arabia es, desde el punto de vista arqueológico, la zona peor conocida de la región. Se han recogido útiles de piedra del paleolítico en diversos lugares, pero apenas han sido hallados materiales que antecedan a la cerámica del tipo ubaid mesopotámico (c. 4000 aC). Hay un intervalo de unos 3000 años antes de la siguiente etapa documentada, en la que las ciudades del suroeste se enriquecieron gracias al comercio de incienso. Las excavaciones en Adén y Yemen han desvelado templos construidos en piedra, inscripciones propias del sur de Arabia y objetos de metal que indican la existencia de relaciones comerciales con Roma y la India.
EUROPA.
La secuencia de los periodos neolítico, calcolítico (edad del cobre), edad del bronce y edad del hierro, describe la evolución de la civilización europea sobre la base del material más empleado en la fabricación de útiles; esta evolución se produjo con un ritmo más rápido y bajo circunstancias diferentes en la zona del mar Egeo y la Grecia continental. La historia de esta zona aporta fechas correlativas para el resto de Europa, donde la edad del bronce duró desde el 2000 hasta el 700 aC aproximadamente.
Por lo general, la práctica de la arqueología en Europa ha crecido de forma evidente en la última generación. Cientos de investigadores de países de todo el mundo trabajan en disciplinas que hoy son fundamentales para la arqueología.
Grecia.
La arqueología de Grecia comprende el estudio de la edad del bronce centrada en la denominada civilización del Egeo, que protagonizaron las culturas minoica y micénica, al final de la cual se desarrolló en Grecia la edad del hierro. El estudio de la arqueología griega durante la edad del hierro está dividido en cinco periodos: protogeométrico (c. 1050-900 aC); geométrico (c. 900-700 aC); periodo arcaico (c. 700-500 aC), denominado así por el estilo artístico que se desarrolla; periodo clásico (c. 500-330 aC), etapa que vio destacables logros en arte, arquitectura y literatura, convirtiéndose en un punto de referencia clásico para muchas civilizaciones posteriores, y, por último, el periodo helenístico (c. 330-50 aC), en el que la cultura griega se difundió a lo largo de gran parte del Mediterráneo central y oriental, en una expansión iniciada por las campañas de Alejandro Magno y continuada por sus sucesores. Durante todos estos periodos, que abarcan unos 1000 años, la civilización griega desarrolló formas artísticas, arquitectónicas, literarias y políticas que han tenido un impacto muy duradero, especialmente en la cultura occidental.
El protogeométrico y el geométrico se desarrollan en Grecia continental y en la costa jonia de Asia Menor. A finales del geométrico y durante gran parte del periodo arcaico, las ciudades-estado griegas, incitadas por el crecimiento de las actividades comerciales y quizá por un notable crecimiento demográfico fundaron colonias en Sicilia, en el sur de Italia (que fue conocido en la antigüedad como Magna Grecia) y en la zona del mar Negro. Los arqueólogos han podido establecer la cronología de todo este periodo al relacionar las fechas de fundación de esas colonias en las fuentes literarias antiguas con los materiales hallados en las excavaciones, particularmente en Sicilia y en la Magna Grecia. Las cronologías del periodo clásico, y posteriores, tienen un respaldo mayor en las fuentes literarias ya que éstas son más numerosas. Mientras que el centro de la cultura griega arcaica y clásica se localiza en Grecia continental, principalmente en ciudades como Atenas, Esparta y Corinto, el periodo helenístico cuenta con sus centros más importantes hacia el este y el oeste, en ciudades como Éfeso (en la costa de Asia Menor), Alejandría (Egipto), Siracusa (Sicilia) y la propia Roma.
Recientes excavaciones en la isla de Creta han aportado un amplio testimonio material de los inicios de la edad del hierro que, en ausencia de documentos escritos, ha sido denominada en ocasiones como la ‘edad oscura’. Estas investigaciones, así como las realizadas en otros yacimientos prehistóricos y clásicos a lo largo del Mediterráneo han estado favorecidas por el desarrollo y aplicación de amplios estudios topográficos, de análisis palinológicos (estudio de restos de polen) y arqueozoológicos (estudio de los restos de animales).
Las excavaciones en Sicilia, particularmente en su costa oriental, y en Italia (desde el sur de Nápoles), han sacado a la luz cerámica y otros objetos que muestran claras relaciones con la Grecia continental desde finales de la Edad del Hierro en adelante; es especialmente abundante la cerámica de Corinto y Atenas, muy apreciadas en el comercio. La ciudad de Atenas en particular sobresale en el conocimiento que se tiene de la Grecia continental, puesto que sus ciudadanos han legado un copioso número de textos escritos en miles de inscripciones, libros y obras que han pervivido a lo largo de los años. Atenas ha sido también el centro de la investigación arqueológica desde hace siglo y medio, cuando fue nombrada capital de la moderna Grecia en 1834. El trabajo de los arqueólogos ha permitido conocer una cantidad ingente de objetos: esculturas, figurillas, cerámica, joyas, monedas y utensilios de la vida cotidiana, además de restos arquitectónicos que ilustran la civilización ateniense con gran detalle.
Se han efectuado investigaciones en otras poleis griegas, como Corinto y Esparta, dos de las más poderosas ciudades-estado del Peloponeso, y los grandes santuarios (o lugares sagrados) de Olimpia y Delfos, excavados desde finales del siglo XIX por misiones alemanas y francesas respectivamente.
Las excavaciones realizadas por arqueólogos griegos en el norte de Grecia, especialmente en las enormes necrópolis en las ciudades de Vergina y Pella, han aportado información novedosa sobre el nacimiento del reino de Macedonia, cuyos reyes Filipo y su hijo Alejandro expandieron la civilización helénica a lo largo del Mediterráneo oriental y el norte de la India.
Roma.
La arqueología de Roma ha sido dividida en diversas fases: la Edad de Hierro —que abarca casi el mismo lapso cronológico que en el mundo griego—, el periodo arcaico en el que Roma estuvo gobernada por una serie de reyes, la República y, por último, el Imperio. El periodo arcaico acabó a finales del siglo VI aC (según la tradición en el 509 aC) cuando la monarquía dio paso a la República. El final de la República y el inicio del Imperio se fechan, de forma convencional, en el 31 aC, con la victoria total de Octavio (el futuro emperador Augusto) sobre sus rivales y la acumulación del poder en manos de una sola persona.
Durante siglos las enormes ruinas de la Roma imperial y la inmensa cantidad de textos escritos centraron la atención de los arqueólogos sobre la historia tardía de Roma, pero las investigaciones llevadas a cabo en el siglo XX han sacado a la luz numerosos restos arqueológicos de la Edad de Hierro y de la época republicana. Las excavaciones en la colina Palatino (una de las siete colinas de Roma) han mostrado un modesto poblado de la edad del hierro caracterizado por una serie de casas simples, similares a cabañas. La arqueología también ha desvelado el proceso por el cual este poblado y los otros cercanos se unieron para formar una ciudad que, con el paso del tiempo, reemplazó el dominio etrusco sobre Italia central. Durante este periodo, equivalente al periodo arcaico griego, se desarrolló en Roma una arquitectura monumental y la fase inicial de un área urbana central planificada, en la que había un sofisticado sistema de drenaje.
Durante el periodo de la República, Roma sometió toda Italia y Sicilia, y gradualmente expandió su dominio durante la época helenística hacia el Mediterráneo oriental. La arqueología ha trazado el crecimiento de Roma siguiendo la construcción de monumentos en la ciudad, donde la mezcla de las formas locales con las adoptadas del mundo griego originó un estilo arquitectónico propio que hace su aparición en esta época. Una de las mayores contribuciones de Roma a la arquitectura fue el uso de un material similar al hormigón, que liberó a los arquitectos de las restricciones impuestas por el rectilíneo sistema adintelado, al permitirles construir estructuras abovedadas como la cúpula del Panteón.
Quizá el más importante y completo testimonio arqueológico de finales de la República y comienzos del Imperio procede de las ciudades sepultadas de Pompeya y Herculano, al sur de Nápoles; destruidas por la erupción del Vesubio entre el 24 y el 25 de agosto del 79 dC y enterradas por materiales volcánicos, estas ciudades fueron descubiertas en el siglo XVIII por medio de excavaciones que aún hoy continúan realizándose aunque de forma más meticulosa que hace 200 años. Ambas ciudades han ofrecido un testimonio de gran valor sobre todos los aspectos de la vida, no sólo en estas ciudades de provincia sino también de la misma capital. Las pinturas murales de Pompeya, de gran importancia para la historia del arte, han servido a los arqueólogos para establecer la clasificación y cronología de la pintura romana de finales de la República y comienzos del Imperio.
El emperador Augusto y sus sucesores continuaron extendiendo las fronteras del Imperio romano que, con el paso del tiempo, abarcaría casi todo el territorio comprendido desde las islas Británicas hasta el mar Caspio. Las legiones romanas construyeron nuevas ciudades en todos los rincones del Imperio. La investigación arqueológica de muchas de ellas ha revelado una sorprendente uniformidad en su planificación, a pesar de las variaciones locales. Basada en un sistema ortogonal, la ciudad tipo romana presenta un centro oficial que comprende la basílica (edificio rectangular para el desarrollo de múltiples actividades), templos sobre un podio elevado, termas de gran tamaño, gimnasios, estadios, teatros, bibliotecas, mercados al aire libre y cubiertos, y, en muchos casos, sistemas de conducción de agua y de alcantarillado por medio de cloacas; junto a estas características generales existen fuertes elementos de carácter local. Las excavaciones en estas ciudades han aportado información sobre la vida y sociedad hasta los inicios de la edad media.
Otras zonas europeas.
El neolítico y el calcolítico son los periodos en que se introdujeron la agricultura y ganadería en Europa, que más tarde, se adaptaron al clima templado de la Europa transalpina. Como en Grecia e Italia, la Edad del Bronce constituyó en el resto de Europa la fase de formación de la que emergerían los patrones de posteriores y más diversificadas culturas. Debido a la ausencia de testimonios escritos, la identificación de pueblos y de culturas específicos continúa siendo objeto de investigación. Los nombres usados por los autores clásicos contemporáneos para referirse a determinados pueblos, a pesar de ser probablemente inexactos para las antiguas poblaciones europeas organizadas en tribus, son todavía útiles: celtas para los habitantes de Europa Occidental, pueblos germanos para los habitantes de Europa Central y escitas para las tribus de las estepas al sur de Rusia, entre los Cárpatos y el Cáucaso. Sus construcciones, incluidas las fortificaciones, eran de madera y por tanto muy efímeras. La pintura y la escultura eran ajenas al interés de estos pueblos, si bien su habilidad en manufacturas gozó de una impresionante calidad artística a finales del primer milenio.
La cultura de Hallstatt (denominación procedente de un yacimiento austriaco) es el nombre que se utiliza para referirse a la primera fase (c. 750-450 aC) de la Edad del Hierro en el centro y suroeste de Europa. La excavación de las tumbas en forma de túmulos han desvelado complejos enterramientos, con ricos ajuares formados por cuencos, joyas y armas de metal, además de productos de lujo importados de zonas tan alejadas como Grecia; incluso se han encontrado carros. Estos enterramientos sugieren la existencia de una estratificación social y los inicios de una economía mercantil europea relativamente sofisticada.
La fase siguiente, que se extiende por Europa Central y Noroccidental, se denomina La Tène (c. 450-58 aC) por el nombre de un yacimiento localizado en un lago suizo, donde se hallaron armas, útiles y joyas. En ocasiones, la decoración en los objetos de La Tène no es figurativa y presenta complejos motivos circulares, que en muchos casos proceden de prototipos mediterráneos. Todo ello, junto a las representaciones expresionistas de animales derivadas del arte escita, constituye un importante estilo por ser precursor del estilo ‘bárbaro’ que floreció durante las migraciones de los pueblos germánicos durante los primeros siglos de la era cristiana.
Por lo que respecta a España, su suelo ha sido generoso en aportaciones a la ciencia arqueológica, permitiendo conocer sus más remotos orígenes. El paleolítico inferior (con sus restos culturales y humanos asociados) está bien representado en los yacimientos del Aculadero (Puerto de Santa María, Cádiz), Orce (Granada) y especialmente en el de Atapuerca (Burgos), donde los nuevos hallazgos realizados en la década de 1990 anuncian una revolución de los conocimientos existentes sobre la prehistoria europea. Destacados son igualmente los restos arqueológicos del paleolítico medio (cueva de Moria, Cantabria) y superior, en cuya transición hacia el neolítico se sitúan las muestras artísticas de los ciclos de pintura levantina y macroesquemática, así como de la denominada cerámica cardial.
Profusos son los estudios arqueológicos de la Edad de los Metales en España: desde la muy antigua cultura del cobre de Los Millares, hasta las brillantes muestras del bronce de El Argar y Las Motillas, y las del hierro, tales como la cultura de los castros o la baleárica cultura talayótica.
ASIA.
Mientras que en algunas regiones de Asia la investigación arqueológica se inició hace más de 100 años, otras regiones son desconocidas desde el punto de vista arqueológico. Por consiguiente, la calidad y cantidad de los datos arqueológicos en este continente varían cronológica y espacialmente.
Suroeste asiático.
El subcontinente indio pudo haber sido poblado por migraciones procedentes del norte, que cruzarían la meseta irania, o bien por otra corriente migratoria a través de la costa suroccidental desde África. Los restos humanos más antiguos (un fragmento de cráneo de un arcaico Homo sapiens) fueron hallados en el valle del río Narmada en la India central. Aunque el cráneo de Narmada no estaba asociado a restos materiales de ningún tipo, hay varios yacimientos arqueológicos que potencialmente lo fechan con una antigüedad superior a los 300.000 años. La India y el Sureste asiático manifiestan la presencia más oriental del achelense, fase cultural del paleolítico inferior que también aparece en África, Europa y Próximo Oriente. Los yacimientos achelenses se caracterizan por numerosos útiles de piedra como bifaces, choppers y perforadores, así como una amplia variedad de lascas usadas para cortar y raspar. Son raros los hallazgos de restos de fauna y de plantas, pero indudablemente esos grupos humanos eran cazadores-recolectores. En las regiones más al norte, los yacimientos donde no se han encontrado bifaces han sido atribuidos a la cultura soan, aunque poseen útiles similares. Existen diversos estadios pertenecientes al paleolítico medio y superior a lo largo del sur de Asia, pero se sabe poco de sus patrones culturales, ya que son escasos los lugares de habitación y los datos medioambientales. La información obtenida de diversos yacimientos sugiere que la tecnología paleolítica y la forma de vida cazador-recolectora persistieron en el sur de Asia hasta alrededor del 10.000 aC, e incluso en época más moderna.
Hace unos 25000 años, en pleno desarrollo de la tecnología lítica, se produjo la sustitución de los grandes útiles por instrumentos más pequeños y con formas geométricas, denominados microlitos, que se utilizaron para cortar, raspar, perforar, hendir y grabar. Los yacimientos en que se encuentran estos microlitos evidencian la explotación de todos los recursos naturales disponibles; este utillaje aparece en campamentos temporales o estacionales en los que, a causa de una más larga ocupación, se encuentran también diversos enterramientos. Las estructuras varían según las zonas: desde sencillas tiendas a cabañas de techo de paja recubierto con barro, realizadas en madera, en bambú o con ambos materiales a la vez. Se documenta hacia el 5000 aC la fabricación de cerámica y objetos de adorno personal, como pulseras y anillos en el valle del río Ganges. La asociación de útiles de hierro con grupos de cazadores-recolectores, como en Langhnaj, próximo a Ahmadabad (India) indican que éstos mantenían relaciones con otros grupos con un mayor desarrollo tecnológico y social; incluso algunos pueblos se habían dedicado a una incipiente agricultura. Hay indicios de que el arroz estaba siendo cultivado en Koldihwa, en el valle del río Ganges, antes del 5000 aC.
En Mehrgarh, cerca de Sibi (Pakistán), se identificaron restos de diversos cereales cultivados, como trigo y cebada, y de animales domesticados, especialmente ganado vacuno, pero también cabras y ovejas. Este antiguo poblado con estructuras construidas con adobe tiene una fecha anterior al 6500 aC. Sus pobladores también realizaron diversas actividades artesanales como la cestería, el trabajo de piedras semipreciosas, ornamentos en cobre y, a partir del 5000 aC, la producción de cerámica; las necrópolis fueron localizadas dentro del propio pueblo. Algunas de las tumbas descubiertas contienen objetos artísticos y restos de cabras domesticadas.
La Edad del Bronce antigua en el noroeste vio la aparición de diversos grupos agrícolas característicos: las culturas de Amri, Sothi y Kot Diji (que reciben su nombre de los respectivos yacimientos), todos ellos en Pakistán. Cada una tiene su propio estilo en la cerámica y son abundantes los objetos de piedra, hueso, concha y metal. Sus habitantes vivían en poblados de casas de adobe, y sólo unos pocos yacimientos son lo suficientemente grandes como para poder ser calificados como ciudades. Estas culturas mantuvieron ciertos contactos entre ellas, reflejados en el comercio de conchas marinas, objetos metálicos y piedras semipreciosas, síntomas de que existieron otros tipos de relaciones. Aunque estas culturas compartieron rasgos característicos con la civilización del valle del Indo, no existe consenso entre los investigadores para señalar en particular a una de ellas como la precursora directa. Con el paso del tiempo, algunas de estas culturas sobrevivieron y fueron contemporáneas de la civilización del valle del Indo.
La civilización del valle del Indo (2500-1700 aC), también conocida como cultura de Harappa, según el nombre de la antigua ciudad de Harappa, se extendió por todo el valle de este río. El yacimiento más importante de esta civilización es la ciudad de Mohenjo-Daro, al sur de la actual Larkana (Pakistán), excavada por el arqueólogo británico John Marshall en la década de 1920. Los centros urbanos se caracterizan por una gran similitud entre los objetos, como la cerámica roja y negra, joyas, utensilios metálicos, pesas de piedra y sellos con una escritura característica aún sin descifrar. Todos los asentamientos tienen edificios públicos y una planificación urbana, aunque aún no se han encontrado ejemplos definitivos de templos, palacios o cementerios reales. Los cambios ecológicos ocurridos después del 2000 aC forzaron el abandono de muchos asentamientos del valle del Indo, especialmente las ciudades, por lo que se produjo una corriente migratoria desde el este hacia el valle del río Ganges y desde el sur hacia la región de Gujarat. La última etapa de la cultura de Harappa se caracterizó por la aparición de pequeñas comunidades agrícolas. Se conocen algunos grandes poblados, todavía poco excavados. Continuó la producción de los objetos característicos de esta cultura y se detecta un aumento de las variaciones regionales, aunque los sellos y la escritura parecen más inusuales en esta época final y no se conocen ciudades del periodo tardío de esta cultura.
Los inicios del periodo histórico estuvieron caracterizados por el surgimiento de una organización estatal, el uso de instrumentos de hierro y al menos dos tipos nuevos de cerámica: la cerámica gris pintada (1100-300 aC) y la cerámica bruñida negra del norte (500-100 aC). Los productores del primer tipo vivían principalmente en poblados de casas de adobe y de ramaje recubierto de barro; en algunos yacimientos esta cultura era contemporánea de la fase final de la cultura de Harappa, por tanto enlaza el Bronce final con la fase inicial de la Edad del Hierro. Durante el periodo de la cerámica bruñida negra se constituye el Imperio maurya y los documentos escritos complementan los datos arqueológicos.
China.
Los restos de un Homo erectus hallado en la cueva de Zhoukoudian, cerca de Pekín, asociado a huesos de animales, útiles líticos usados para cortar, raer y hendir y huellas de hogares, han sido datados con una fecha que se remonta a casi medio millón de años. La mayor parte de los huesos encontrados en la cueva fueron posiblemente llevados allí por animales carnívoros, seguramente hienas. Los sencillos hogares en este lugar representan el testimonio más antiguo del uso del fuego por seres humanos, al margen de escasos y controvertidos casos en África. El hombre llegó al Lejano Oriente procedente de Asia central o del Sureste asiático, donde se han hallado ejemplares de Homo erectus primitivos de hace 1,8 millones de años. Poblaciones de este homínido quizá persistieran hasta unos 250.000 años en China, mucho más que en ninguna otra parte.
Es reducido el número de testimonios de grupos de cazadores y recolectores a finales del Pleistoceno en China; tan sólo en el norte se han encontrado algunos yacimientos, como el de Sjaraosso-gol, zona que, hace unos 30.000 años estaba ocupada por grupos que establecieron campamentos cercanos a recursos acuíferos al aire libre que vivían, probablemente, en sencillas chozas y empleaban útiles líticos para raer y cortar; se han conservado algunos restos de animales. Durante la época posglacial proliferaron los asentamientos a lo largo de ríos y lagos, especialmente en el sur, cuyos habitantes explotaron las plantas y animales que había alrededor de ríos y lagos; con el paso del tiempo acabarían por plantar semillas.
La primera etapa de producción de alimentos en China se fecha entre el 7000 y el 5500 aC en Pengtoushan, en el valle medio del Yangzi Jiang, donde los arqueólogos han identificado granos de arroz cultivado. Entre el 5000 y el 3000 aC surgió la cultura agrícola de Ma-xia-pang en la región del lago Tai-hu, en el valle bajo del Yangzi al este de Shangai; allí se localizan poblados de casas de madera en elevaciones del terreno o sobre túmulos artificiales cercanos a los recursos acuíferos. Los cultivos principales fueron el arroz y las calabazas, y se domesticaron el perro, el búfalo de agua y el cerdo, aunque continuó siendo importante la actividad recolectora y la caza. Además de los útiles líticos, los arqueó­logos han encontrado hachas, azuelas y azadones de hueso, una variedad de instrumentos de madera, bambú y de hueso de cornamentas, así como cerámica.
La llamada cultura Ho-mu-tu, localizada en una pantanosa región al sur de Shanghai, se desarrolló paralelamente a la anterior; este grupo construyó palafitos de madera y produjo cerámica cordada impresa, de la que se han hallado variedades regionales en los primeros poblados agrícolas a lo largo del este y sur de China. Hacia el 5000 aC un grupo similar en Taiwán se dedicó a la pesca y recolección de conchas marinas y al cultivo de cereales. Grupos agrícolas semejantes se expandieron por el sur y este de China hacia el 3000 ac; las excavaciones de enterramientos en esta zona muestran el nacimiento de sociedades jerarquizadas, fenómeno que continuó durante la Edad del Bronce al desarrollarse los primeros poderes políticos. El resto de los datos arqueológicos de estos grupos son insignificantes.
En el noroeste de China y posiblemente en una fecha tan temprana como el V milenio, se localizan los poblados agrícolas de la cultura de Yangshao, en torno al valle del río Huang He (o río Amarillo), que han sido también asociados a la cerámica cordada impresa. Los investigadores dudan sobre el grado de desarrollo de la agricultura en esta cultura. Los pobladores explotaron las plantas silvestres y la fauna de la zona en especial el cultivo del panizo común y la domesticación de perros y cerdos. El yacimiento de Banpocun en la provincia de Shaanxi, prototipo de asentamiento de esta cultura, estaba rodeado por un foso y poseía numerosas construcciones de habitación de zarzo, recubiertas de barro y parcialmente subterráneas. En el centro del poblado había una estructura grande y elaborada que acaso fuera la casa de un importante personaje o quizá un edificio público. Además de la agricultura, los pobladores criaron gusanos de seda, tejieron hilo, tallaron jade y en las últimas fases elaboraron una característica cerámica pintada. Dado que los objetos hallados en los distintos yacimientos son sorprendentemente similares, algunos investigadores piensan que surgieron grupos socioeconómicos de artesanos especializados.
Tras una serie de complejos cambios sociales, políticos y económicos que afectaron a los grupos de la cultura Yangshao, surgió la cultura de Long-Shan en el norte de China. Como en la cultura anterior existe una gran similitud entre los objetos hallados en los distintos poblados de la cultura de Long-Shan, especialmente en la bella cerámica negra. Los poblados aumentaron de tamaño, los rodearon de grandes murallas y estuvieron habitados durante más tiempo. Continuó el cultivo de cereales y se introdujo el arroz, procedente del sur. También hay testimonios de la fabricación de armas y de muertes violentas, lo que induce a pensar en la existencia cada vez más frecuente de conflictos sociales. Aparece por vez primera la escritura sobre huesos que servían de oráculos (normalmente escápulas) y que tienen grabados símbolos cuyo significado está relacionado con técnicas adivinatorias. La excelencia de los objetos de artesanía, la escritura, las murallas y la variada riqueza de ajuares funerarios sugieren la compleja estratificación social de la cultura de Long-Shan.
Los cambios internos que se produjeron en la cultura Long-Shan permitieron su evolución gradual hasta dar origen a la primera civilización china, que engloba las dinastías Xia y Shang. La mayor parte de la información sobre este periodo procede de los yacimientos cercanos a Zhengzhou, y durante la dinastía Shang aparecen los primeros documentos escritos, al igual que la arquitectura monumental, la especialización artesanal, las ciudades y una notable jerarquización social y política: Ao, capital de la dinastía Shang, tenía un recinto amurallado que aislaba a las residencias nobiliarias, mientras que los artesanos y los agricultores vivían en el exterior; estos artesanos fabricaron los objetos característicos de este periodo, entre los que destacan las manufacturas de bronce.
Cerca de Anyang se han excavado el centro administrativo y ceremonial de Xiaotun y la necrópolis real de Xibeigang; estos yacimientos de la dinastía Shang han proporcionado miles de huesos utilizados para la adivinación que ofrecen nueva información sobre esta cultura. Los espectaculares objetos de arte y otros signos de riqueza, además de los indicios de numerosos sacrificios humanos aparecidos en el cementerio real, muestran el poder político y económico de la nobleza. Todos los rasgos característicos de la civilización china estaban ya establecidos en el momento en que la dinastía Shang fue sustituida por la Zhou, a finales del primer milenio antes de Cristo.
Otros países asiáticos.
Los fragmentos de Homo erectus hallados en el Sureste asiático, especialmente en Java (Indonesia), han sido fechados en 1,8 millones de años. Los restos culturales del paleolítico se limitan a dispersos hallazgos de bifaces, choppers, raederas sobre lascas y cuchillos, que evidencian la actividad de grupos cazadores y recolectores. Parece que entre el 15000 y el 10000 aC. se explotaron intensivamente plantas silvestres como el arroz, la batata y el taro (planta de la zona cuyos tubérculos son comestibles) además de la caza. En la cueva del Espíritu (Tailandia, 7000-5700 aC) uno de estos grupos cazadores-recolectores fabricó azuelas de piedra, cerámica y una especie de cuchillo de pizarra, que ha sido asociado en periodos posteriores al cultivo del arroz, aunque no se han evidenciado testimonios directos del cultivo de cereales. Otros yacimientos en Tailandia que indican un probable cultivo del arroz son: Khok Phanom Di, en la costa (entre el 2000 y el 1400 aC aproximadamente), la cueva del valle de Banyan en el norte, con depósitos que pueden ser datados entre el 5500 aC, como fecha más antigua, y el 800 aC como fecha más reciente, y Non Nok Tha en el río Mekong (c. 3000-2000 aC), donde existen pruebas de la domesticación de ganado. La polémica rodea la aparición de la metalurgia en Tailandia. Se han encontrado sofisticadas hachas de bronce en el cementerio real de Non Nok Tha, fechado inicialmente en el 3700 aC pero cuya cronología se considera en la actualidad que abarca desde el 2000 hasta el 1000 aC aproximadamente. Algo parecido ocurre con los sofisticados bronces de la necrópolis de Ban Chiang, en el norte de Tailandia, que fueron fechados inicialmente en torno al 2100 aC fecha que también ha sido cuestionada. Recientes excavaciones en Non Pa Wai en el noreste de Tailandia han revelado amplias actividades de fundición de cobre que se han datado aproximadamente en el 2000 aC como fecha más antigua. Se han recuperado objetos de bronce similares a éstos en yacimientos vietnamitas, fechados en el segundo milenio antes de Cristo. Es evidente que hace falta descubrir muchos más restos para conocer el desarrollo cultural del Sureste asiático.
Japón estuvo habitado durante el Pleistoceno, y han aparecido en muchos yacimientos útiles líticos, similares a los de las culturas asiáticas de este periodo. A finales del Pleistoceno, grupos de cazadores y recolectores explotaron los recursos marinos y plantas silvestres, tendencia que persistió hasta la introducción en el sur del cultivo del arroz y de la cebada poco después del 1100 aC. El pueblo jomon, así son conocidos esos grupos, vivía en pequeños poblados de casas semienterradas asociadas a montículos concheros, donde se han encontrado restos de cerámica datados en el 14000 aC, los primeros conocidos en el mundo antiguo. En Honshu, también se ha hallado cerámica jomon muy sofisticada, en grandes grupos de casas bien construidas en madera, que se fecha aproximadamente poco después del 5000 aC. El periodo jomon pervivió hasta el 350 aC aproximadamente y fue seguido por el periodo yayoi, durante el cual se fue conformando la cultura tradicional japonesa.
AMÉRICA.
Los estudios arqueológicos en América han revelado cinco etapas, generalmente sucesivas aunque a veces se superponen, de la prehistoria de este continente: los periodos lítico, arcaico, de formación, clásico y posclásico.
El periodo lítico.
Esta primera etapa comenzó cuando grupos cazadores-recolectores, probablemente mongoloides, alcanzaron el continente americano cruzando el estrecho de Bering, antes tierra firme, que unía Asia y América durante el periodo glacial; los primeros seres humanos quizá llegaron hace unos 50.000 años. Las evidencias arqueológicas sugieren cuatro oleadas migratorias, aunque modernos estudios lingüísticos sobre tribus actuales consideran que fueron sólo tres.
Los arqueólogos han estado profundamente divididos sobre cuándo llegaron por primera vez esos primeros pobladores del continente americano. Algunos mantienen que no hay testimonios sólidos de una presencia humana anteriores a los 11.500 años, fecha de las puntas de lanza halladas en Clovis (Nuevo México); otros consideran que los hallazgos arqueológicos en lugares como Meadowcroft Rockshelter (Pennsylvania) o Monte Verde (Chile), fechados hace 16000 y 13000 años respectivamente, prueban una presencia anterior a la de Clovis, lo que permite establecer una fecha incluso más antigua para otros hallazgos de naturaleza más fragmentaria.
Los útiles de este periodo lítico, procedentes de hallazgos escasos y dispersos, muestran una progresión generalizada durante el transcurso de 20.000 años, desde los cantos de piedra y huesos trabajados por una sola cara, pasando por puntas bifaciales en forma de hoja hasta llegar a las puntas con estrías, como las utilizadas por los habitantes de Clovis, con las que cazaban mamuts y otros grandes animales hasta el final del pleistoceno; en algunas zonas, como la Tierra del Fuego, el periodo lítico perduró hasta tiempos históricos.
El periodo arcaico.
Al extinguirse la macrofauna pleistocénica, muchos grupos abandonaron la caza mayor y se dedicaron a la recolección; esta nueva situación ofreció muchas posibilidades de subsistencia que a veces condujeron a formas de vida dependientes de las diversas estaciones climatológicas. Quizá el modo de vida más característico de este periodo fue el adoptado en el este de Estados Unidos entre el 9000 y el 4000 aC, donde los grupos humanos, en ocasiones asentados a lo largo de los ríos, desarrollaron técnicas especiales para la caza mayor y menor con utilización de dardos, propulsados por una especie de arco. También aprovecharon los recursos acuáticos, usando frecuentemente redes con plomadas; recolectaron raíces que molturaban con piedras de moler y usaron diversas clases de raederas con filo en forma de uña para múltiples funciones.
Los grupos recolectores de los bosques boreales de Canadá y Alaska y los de la costa del océano Ártico hasta el estrecho de Bering mantuvieron cierta relación con los anteriores; también procedían de Asia y representaron un nuevo sistema de vida en la parte más septentrional de Norteamérica. Entre sus utensilios más significativos destacan diversas clases de microláminas en forma de lengua hechas con huesos de frutas, similares a las encontradas a menudo en Siberia, Mongolia y Japón. Practicaron la caza mayor con dardos y lanzas, capturaron animales pequeños con trampas y se dedicaron a la pesca en los lagos. El pueblo de tradición microlaminar del noroeste, que vivió fundamentalmente en tierras del interior, contrasta con el que habitó a lo largo de la costa, que pertenecía a la tradición microlítica; aunque con el paso del tiempo fabricó microlitos, puntas de flecha y otros objetos adaptados para la caza del caribú en las tierras interiores y para arponear animales acuáticos.
Durante este periodo, tanto en el norte como en el sur del continente muchos pueblos se adaptaron a la vida en las zonas costeras, donde se han encontrado grandes montículos formados por conchas, sin embargo existen muchas diferencias locales entre estos grupos. Los del noroeste del Pacífico trabajaron la pizarra y construyeron una especie de canoas, los grupos californianos se hicieron sedentarios y recolectaron moluscos, mientras que los pueblos que habitaron la costa atlántica de América del Norte decoraron dagas hechas en hueso y placas de pizarra y enterraron a sus muertos realizando ceremonias complejas en las que destaca el uso de pintura roja. En Mesoamérica algunos grupos comenzaron a construir botes con los que quizá alcanzaron las Antillas; otros grupos, como los peruanos, explotaron el interior de las regiones costeras (lomas) en una estación y el mar en otra.
En general, los pueblos del periodo arcaico del desierto suroccidental de Estados Unidos y de las tierras altas de México y Perú contrastan de forma muy notable con los grupos recolectores descritos anteriormente. Aunque también pueden ser considerados recolectores, su entorno medioambiental les ofrecía plantas potencialmente cultivables y sus actividades de carácter estacional, en las que explotaban diferentes ambientes, requerían sistemas de almacenamiento; algunos de estos grupos comenzaron a cultivar plantas. Con el paso del tiempo, estos primeros cultivos condujeron a la agricultura y con ello a la vida urbana y a la fabricación de cerámica, características propias del periodo de formación. No obstante, la vida urbana agrícola del periodo de formación nunca llegó a desarrollarse en muchas zonas, como las tierras bajas tropicales de California, el Gran Valle estadounidense, las pampas chilenas y argentinas o los bosques del norte de Canadá. En todas ellas perduró bastante tiempo el periodo arcaico.
El periodo de formación.
La fase Woodland, desarrollada en el este de Norteamérica, constituye uno de los primeros estadios del periodo de formación. Comenzó hacia el 500 aC y continuó hasta el siglo XI de nuestra era; estuvo caracterizada por sus rituales con tumbas en forma de túmulos y una cerámica tosca a veces decorada con impresiones cordadas. A la fase Woodland sucedió, especialmente en el sur y sureste de Estados Unidos, una segunda etapa caracterizada por templos en túmulos, una agricultura más avanzada, cerámica incisa y grandes poblados con empalizadas, similares a las del posterior periodo clásico.
Quizá la cultura más características de este periodo de formación sea la desarrollada por los hoy llamados indios pueblo, en el suroeste de Estados Unidos, y sus diversos predecesores, así como los denominados ‘hombres de las cavernas’ (poblaciones agrícolas que cultivaron y molieron maíz y judías y produjeron una hermosa cerámica blanca y negra, también policromada, con motivos geométricos). Este periodo de formación de los indios pueblo, iniciado a comienzos de la era cristiana, perdura hasta el presente.
Contemporáneos son los grupos del este de Estados Unidos que usaron una cerámica sin pintar y practicaron una agricultura de subsistencia. Aunque cultivaron las mismas plantas, su agricultura era menos intensiva y sus poblados no estaban construidos con piedras o tapias sino con troncos de madera sin descortezar.
El periodo de formación comenzó entre los pueblos que habitaron las Grandes Llanuras de Estados Unidos y Canadá más tardíamente, incluso ya iniciada la era cristiana. Estos pueblos fabricaron cerámica tosca y sin pintar y la mayoría no practicó la agricultura o lo hicieron de forma muy superficial, su economía se basaba en la caza de búfalos. Sólo a lo largo del río Missouri desarrollaron una vida urbana y agrícola justo antes del inicio de la época histórica.
Más al norte existieron otros grupos que parecen ser de este periodo de formación, aunque realmente no lo son; los inuits, por ejemplo, usaron la cerámica y junto a los aleutianos vivieron en poblados, pero en vez de la agricultura, desarrollaron una economía fundada en la caza de ballenas. Los pueblos de la costa noroeste también dependían de los recursos marinos para su subsistencia, emplearon barcos de navegación de altura. Vivieron en poblados de casas de tablones de madera, no desarrollaron la cerámica, pero son famosos por sus tótems y objetos tallados en madera; a pesar de no practicar la agricultura —el rasgo más característico del periodo de formación—, su nivel de vida era ciertamente más elevado que el de los pueblos del periodo arcaico.
El auténtico periodo de formación se inició principalmente en América Central y sus proximidades; su zona más destacada se extiende desde México hasta Perú. Los pueblos de esta área desarrollaron una vida urbana con casas estables y con características pirámides, una cerámica cuidadosamente pintada y figurillas de arcilla. Practicaron una agricultura de subsistencia cuyos alimentos básicos eran maíz, judías (frijoles) y diversas frutas; en México cultivaron amaranto, aguacates, habichuelas y otras diversas plantas; en América Central, en la zona septentrional de América del Sur y en las Antillas se cultivó tapioca como elemento adicional a esos productos básicos; en Perú se cultivó la patata (papa) y el cacahuete (maní) y se domesticaron la alpaca, la llama, las cobayas y el pato.
En el núcleo central de esta zona, todos estos progresos del periodo de formación desembocaron en la formación de culturas más complejas en la última etapa del periodo, pero fuera de él, en el sur en la Amazonia, el norte de Chile y Argentina, sus pobladores continuaron manteniendo el nivel de vida de este periodo de formación hasta épocas históricas.
El periodo clásico.
Sólo en el área mencionada anteriormente, después del periodo de formación surgieron culturas más complejas, con la creación de pueblos y auténticas ciudades que requerían una organización política muy jerarquizada y una división social del trabajo, aparecieron trabajadores especializados a tiempo completo, no solo en el sector textil (como en Perú), sino también en la metalurgia (Colombia y América Central) y en el trabajo de la piedra para la realización de sus obras arquitectónicas y escultóricas (Guatemala y México). Gran parte de todos estos avances tuvieron lugar inmediatamente antes del inicio de la era cristiana. Esta fase llegó hasta el 700 o 1100 dC pero en Centroamérica y el norte de Suramérica perduró hasta la conquista española.
El periodo posclásico o imperial.
Sólo en Mesoamérica (México y Guatemala) y en la zona central andina (Perú, norte de Bolivia y sur de Ecuador) el desarrollo nativo alcanzó este último periodo, caracterizado por el nacimiento de estados o imperios y de una autentica civilización. Los dos mejores ejemplos de este periodo son los aztecas de México y los incas de Perú, pero ambos tuvieron precedentes culturales en otros grupos vecinos. Los predecesores de los aztecas fueron los olmecas y los toltecas. Entre otros grupos contemporáneos en Mesoamérica, destacan los mixtecos y los mayas. En Perú, los imperios huari y chimú preceden el Imperio inca. Todos ellos muestran las características básicas del periodo posclásico: la existencia de estados organizados, ciudades, una especialización del trabajo, división en clases sociales, sistemas económicos y comerciales complejos, arquitectura monumental, sistema numérico y una agricultura intensiva. Eran civilizaciones urbanas cuyo apogeo cultural fue cortado bruscamente por la conquista española en el siglo XVI.
ÁFRICA.
Los arqueólogos se enfrentan en el África subsahariana con miles de lugares de ocupación conocidos que retrotraen a los inicios de la vida humana, además de multitud de problemas relativos a los orígenes del ser humano, a las migraciones y a la existencia de múltiples culturas. Además se encuentran con el problema de la ausencia de una de las fuentes básicas de datos arqueológicos: los habitantes de África realizaron sus construcciones con materiales perecederos, en especial madera y adobes. Excepto en Etiopía, Zimbabwe y África Oriental, los arqueólogos han de trabajar con una mínima parte de los testimonios disponibles con los que trabajan sus colegas del Oriente Próximo.
Los arqueólogos que investigan en África Oriental, entre los que han sobresalido los paleoantropólogos Louis Seymour Bazett Leakey, Mary Douglas Leakey y Richard Leakey han encontrado restos de los más antiguos ancestros conocidos del hombre. Entre los descubrimientos más notables destaca el hallazgo en Etiopía, en 1974, de los restos del esqueleto de un australopithecus afarensis femenino al que dieron el nombre de Lucy, datado en 3,18 millones de años, y que constituye el primer homínido conocido, así como el de un homo erectus joven de 1,6 millones de años, hallado en Kenia en 1984. Se han identificado cientos de asentamientos paleolíticos por toda África, aunque sólo unos pocos han sido estudiados con profundidad. Se ha utilizado el método de datación del potasio-argón en África Oriental para determinar la cronología de restos de homínidos y de útiles líticos hallados en la garganta de Olduvai (próxima al lago Victoria), en Tanzania, y en Hadar (Etiopía).
El descubrimiento y estudio detallado de una serie de yacimientos de la edad del hierro en el sur de África meridional durante este siglo, ha revolucionado el conocimiento de la historia y desarrollo del pueblo bantú. Los yacimientos de la edad del hierro, fechados entre los siglos XI y XIII, a lo largo del río Limpopo, en Bambandyanelo y Mapungabwe, han demostrado la existencia de relaciones comerciales con la costa oriental, en las que el marfil y el oro fueron las principales mercancías intercambiadas. El yacimiento de Broederstroom, al suroeste del Transvaal, aportó pruebas de las relaciones mantenidas entre los bantúes y el grupo de población conocido con el nombre de khosan desde el siglo IV hasta el VII. Se han llevado a cabo excavaciones en Lyndenberg, yacimiento fechado entre los siglos V al VIII donde se encontraron unas cabezas de terracota únicas, en Mzonjani (provincia de Natal) que ha proporcionado el yacimiento más meridional de África, de comienzos de la edad del hierro (siglo III), en el yacimiento del siglo VIII de Phalaborwa en el Transvaal Oriental que ha aportado numerosos objetos de hierro y cobre, y en el de Toutesewemogale, en Botswana, donde se ha localizado un gran poblado del siglo VII que demuestra la importancia que ya por entonces tenía el cuidado del ganado.
Sólo en pocos yacimientos del final de la edad del hierro en África han pervivido estructuras de piedra de edificios, monumentos o de estelas; el mejor ejemplo es el antiguo reino de Aksum. En otras partes de Etiopía, estructuras de piedras testimonian la evolución social acaecida durante 1.500 años. Otro área importante es el sur de Zimbabwe donde se han detectado restos de poblados y fortalezas construidas en piedra en las cimas de cerros; la Gran Zimbabwe, construida por los pueblos shona y rozwi (siglos XI-XVIII), con sus vastos muros ciclópeos, edificios interconectados y con sus torres cónicas, es el mejor ejemplo de construcción pétrea al sur de Sudán. Los constructores musulmanes de África Oriental también han dejado hermosos ejemplos de edificios en piedra, como es el caso de la ciudad de Gedi (siglos XI-XVI), en Kenia.
Los hallazgos arqueológicos en otras partes de África son más modestos. Se han descubierto los cimientos de edificios en yacimientos donde, se supone estaban las capitales de los imperios de Ghana y de Kanem-Bornu. Se han excavado varios de los numerosos círculos de piedras hallados en la zona de Senegambia y se han encontrado restos humanos y diversos objetos fechados en el siglo XIV. Los fragmentos de cerámica procedentes de distintos yacimientos han permitido a los investigadores especular sobre migraciones bantúes. Nigeria ha proporcionado gran información, en especial en el terreno artístico: la cultura Nok (c. 500 aC-300 dC) ha sido reconstruida parcialmente a partir de los descubrimientos en la meseta de Bauchi en el norte de Nigeria; las numerosas terracotas y estatuas de bronce y de piedra de estilo naturalista, junto con numerosos objetos hallados en Ifé, confirman el elevado grado cultural de los yorubas. Los bronces procedentes de Benín muestran un panorama notable del pasado del reino, desde el siglo XIV en adelante, y los descubrimientos en Igbo-Ukwu, realizados en 1959, revelan la existencia de un poderoso reino al sur de Nigeria a partir del siglo IX.