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jueves, 10 de febrero de 2011

El conocimiento histórico. La ciencia de la Historia.

OP UD 20. EL CONOCIMIENTO HISTÓRICO. TIEMPO HISTÓRICO Y CATEGORÍAS TEMPORALES. EL HISTORIADOR Y LAS FUENTES. EXPLICACIÓN Y COMPRENSIÓN EN LA HISTORIA.
HME UD 01. LA CIENCIA DE LA HISTORIA.



INTRODUCCIÓN.

1. EL CONOCIMIENTO HISTÓRICO.
La Historia como ciencia.
Una metodología de síntesis.
La interpretación histórica.
Características del conocimiento científico.
Limitaciones científicas del conocimiento histórico.
Características especiales del conocimiento histórico.
Los niveles del conocimiento histórico.

2. TIEMPO HISTÓRICO Y CATEGORÍAS TEMPORALES.
2.1. EL TIEMPO HISTÓRICO.
La Historia como ciencia del tiempo.
TIEMPO, DURACIÓN Y SUCESIÓN.
El tiempo y el tiempo histórico.
La duración.
La sucesión.
CAMBIO Y CONTINUIDAD.
Los conceptos.
La teoría de Braudel de los tres tiempos.
El tiempo corto.
El tiempo medio.
El tiempo largo.
2.2. LA CRONOLOGÍA.
Unidades de tiempo.
Calendarios.
Edades.
Periodos.

3. EL HISTORIADOR Y LAS FUENTES.
3.1. CONCEPTO GENERAL DE FUENTES.
3.2. CLASIFICACIÓN DE LAS FUENTES.
3.3. EL RIGOR DE LAS FUENTES.
Crítica de las fuentes.
Autenticidad.
Fiabilidad.

APÉNDICE: LA ESTRUCTURA DEL CONOCIMIENTO HISTÓRICO.
APÉNDICE: Artículos para comentarios en clase.

INTRODUCCIÓN.
La Historia es una ciencia (disciplina prefieren decir otros) que exige una reflexión sobre su carácter como ciencia, su metodología y sus técnicas, su teoría. En suma, sobre su epistemología. No hay consenso entre los estudiosos sobre estos puntos, y, de hecho, se han elaborado distintos paradigmas científicos sobre la historia, incluso para negar que sea una ciencia. Nos centraremos en esta UD en estos puntos, dejando la historiografía para otras UD.
En cuanto a la estructura de la UD hemos de alertar sobre el confusionismo de la redacción del título, pues los puntos primero y cuarto forman un punto indisociable: la metodología de la Historia, en la que un punto esencial es su consideración como ciencia. Así, la distinción entre comprensión y explicación en la Historia es la que hay entre su carácter idiográfico o nomotético. Dilthey ha forjado la distinción científica entre ambos conceptos: ‹‹En las ciencias naturales explicamos, en las ciencias humanas comprendemos››.
Más sentido tiene la especificidad de los puntos segundo y tercero: el tiempo histórico y sus categorías temporales, y la relación entre el historiador y las fuentes históricas son puntos de gran importancia y relativa independencia.
Un resumen.
Se pueden establecer múltiples divisiones de la Historia, tanto por su ámbito geográfico (historia universal, nacional, local...) como por los aspectos humanos que abarca (historia política, económica, cultural, social, de las religiones, del derecho, de la filosofía, del arte, de la ciencia...). La Historia las integra todas, dándoles una base metodológica común, aunque algunas han conseguido una consistencia propia tan firme que ya pueden considerarse disciplinas propias, con lo que la Historia sería una “ciencia madre” para las ciencias sociales históricas, tal como lo fue la Filosofía para las ciencias naturales y las ciencias sociales no históricas (psicología, sociología...). También hay una historia de personajes (biografías) y de acontecimientos particulares.
El objeto de la Historia es el conocimiento científico histórico, es decir, del pasado. Una definición clásica de Historia es ‹‹La narración ordenada y verídica sobre el conjunto de los acontecimientos memorables del pasado humano››, pero una definición más moderna hace hincapié en la interpretación del pasado para mejor conocer el presente y prever el futuro. La historia es siempre historia contemporánea, como sostenían Benedetto Croce, Marc Bloch y Lucien Febvre, pues el pasado es la clave para entender el presente y es desde el presente, desde nuestras preocupaciones y obsesiones, que miramos e interpretamos el pasado.
La interpretación histórica da sentido a un tema mediante un proceso de selección, ordenación y síntesis de datos históricos referidos a ese tema. Pero no puede establecer un rígido criterio de causalidad histórica: en la historia no hay leyes generales deterministas (propias sólo de las ciencias naturales), dado que en la evolución histórica influyen múltiples factores, imposibles de aislar. Por ello, en la actualidad se prefieren usar los conceptos de “factor” y de “tendencia” para explicar las causas y la evolución históricas.
El historiador trabaja con un concepto subjetivo, el tiempo, que debe ser objetivado mediante la cronología, que ordena el tiempo histórico en categorías temporales.
El historiador trabaja con una materia prima, las fuentes históricas, que son toda información del pasado que ayude a conocerlo. Las fuentes pueden ser materiales o humanas y requieren una interpretación con rigor crítico, a fin de comprobar su autenticidad y fiabilidad.

1. EL CONOCIMIENTO HISTÓRICO.
La Historia como ciencia.
La cuestión fundamental en la metodología de la historia puede plantearse así: )Es la historia una ciencia? Nuestra respuesta es que sí (y que es un saber útil), pero muchos autores responden que no es una ciencia, sino un mero relato.
Desde finales del siglo XIX, ante el problema de la revolución científica experimentada por las ciencias naturales (en especial la física), algunos historiadores y filósofos alemanes, que a veces se han denominado “historicistas” (Dilthey, Windelband, Rickert...), propusieron una separación tajante entre el método de las ciencias del espíritu, entre las cuales se hallaría la historia, y el método de las ciencias naturales. Las primeras son idiográficas (refieren sólo casos particulares) y tratan de “comprender” los hechos, en vez de explicarlos; las segundas son nomotéticas (establecen leyes generales) y tratan de “explicar” los hechos.
La historia sería así una ciencia distinta de las naturales, que no sería predictiva, pero que ayudaría a comprender la vida humana. Esta concepción ha influido a lo largo del siglo XX. El historiador de la ciencia Bernal (1969), siguiendo esta división, ha distinguido dos grupos de ciencias sociales:
- Las ciencias sociales descriptivas, asociadas a las tradiciones idiográficas. Son la historia, geografía, antropología, sociología, que procuran la “comprensión” de la vida social. Se refieren a las ciencias del espíritu.
- Las ciencias sociales analíticas, asociadas a las tradiciones nomotéticas. Son la psicología, las ciencias económicas y políticas, que procuran la “explicación” de la vida social. Se refieren a las ciencias naturales.
Se puede conceder a estos autores que, en muchos casos, el acercamiento que el historiador hace al objeto de su estudio se asemeja más al modelo idiográfico que al nomotético. Cabe preguntarse, no obstante, si esto no se debe a que la metodología histórica se halla todavía en un estadio poco desarrollado. Para los investigadores que no admiten el supuesto de dos realidades enteramente separadas, una natural y otra espiritual, esta división de principio entre los dos métodos aparece como poco satisfactoria.
Una manera de decidir el status lógico de la historia sería considerarla una ciencia taxonómica integrada en una futura teoría sociológica de gran alcance, de un modo similar a como los estudios paleontológicos han constituido un elemento de capital importancia para una teoría biológica general como la de Darwin. Así, la historia sería a la sociología lo que la paleontología a la biología.
Desafortunadamente, esta analogía no parece muy adecuada, puesto que hay dificultades muy graves en el intento de integrar la historia en una teoría sociológica general. Las leyes sociológicas sólo valen, a lo sumo, para un ámbito muy reducido en el tiempo y en el espacio, y la recopilación de datos históricos no suele ser relevante para la confirmación o refutación de leyes tan restringidas.
Como ha demostrado Popper en varios de sus estudios, no se pueden establecer leyes socio-históricas generales, pues en historia no se puede predecir. En efectos, esas leyes, de ser posibles, versarían sobre las regularidades en la conducta de los grupos humanos. Ahora bien, uno de los factores fundamentales que modifican la conducta de los grupos humanos es el aumento de información. Formular una ley sobre la conducta de esos grupos es un aumento de información para los mismos, que modificará, por tanto, su conducta, que la ley trata de predecir. De ello se desprende que no pueden hacerse predicciones a gran escala partiendo de los hechos sociales pasados: el estudio de la historia no permite formular leyes predictivas sobre el desarrollo de los acontecimientos futuros, porque, caso de ser formuladas, se modificaría automáticamente el curso de la historia que se trata de predecir.
La imposibilidad de construir teorías históricas de largo alcance revierte sobre la idea misma de la historia. Es dudoso que la historia pueda concebirse como una ciencia teorética (nomotética), en el sentido en que lo son la física, la biología, o incluso la psicología: conjuntos de teorías con potencia predictiva. Para ello debería matematizar sus enunciados científicos (el rasgo que según Koyré define a la ciencia en sentido riguroso) y esto nos parece tan improbable para la historia como para otras ciencias humanas.
En cualquier caso, esto no implica en absoluto que con el estudio histórico no pueda alcanzarse un conocimiento objetivo, deseable por sí mismo. La historia podría llegar a considerarse incluso una ciencia rigurosa (Cardoso), siempre y cuando no se estipule que toda ciencia debe contener teorías predictivas.
Y aun admitiendo que la historia no pueda llegar a ser una ciencia en sentido estricto, los métodos de investigación sí pueden ser (y deben ser) plenamente científicos. Así, la metodología de ciertas ramas históricas, como por ejemplo la arqueología, la paleografía o el análisis demográfico, está tan cerca de los cánones de cientificidad usuales como puedan estarlo otras ramas de las ciencias naturales.
Pero no hay un consenso al respecto. En muchos autores actuales hay un radical escepticismo sobre el carácter científico de la Historia. Julio Caro Baroja afirma que: ‹‹En cualquier forma, después de haberse dedicado medio siglo a los estudios históricos se puede llegar a la conclusión de que la Historia es la ciencia que trata de las distintas formas de mentiras que el hombre fabrica en su memoria››.
Y es que las predicciones se demuestran generalmente erróneas. El eminente historiador marxista británico Eric Hobsbawm escribía en 1978: ‹‹Sólo la revolución soviética de 1917 proporciona los medios y el modelo para un auténtico crecimiento económico global a escala planetaria y para un desarrollo equilibrado de todos los pueblos››. Estas palabras, a la luz de la posterior caída del bloque comunista en 1989 y del conocimiento de sus angustiosos problemas internos, demuestran que la maestría en el conocimiento del pasado no proporciona necesariamente una mejor comprensión del presente ni sirve para prever el futuro, ni siquiera el más inmediato.
Una metodología de síntesis.
Por todo ello, consideramos que la Historia (al igual que la Geografía) es una disciplina de síntesis, que aúna la comprensión y la explicación a fin de alcanzar la interpretación histórica. De síntesis de otras disciplinas, también, pues todos los saberes son útiles para reconstruir el pasado.
El historiador dispondrá para alcanzar esa interpretación de los dos métodos científicos: inductivo (que pasa de lo particular a lo general) e hipotético-deductivo (que pasa de lo general a lo particular).
Asimismo usará todas las técnicas científicas propias de la historia y de otras disciplinas: matemáticas, econométricas, estadística, paleografía, diplomática, arqueología...
La interpretación histórica.
)Por qué se puede y debe hacer una interpretación histórica? Se considera hoy que la Historia no puede contentarse con una simple enumeración o relato de los hechos (por ejemplo el positivismo del siglo XIX consideraba que bastaba exponer los hechos, que “hablaban” por sí mismos), sino que debe aportar una interpretación (Carr: ‹‹historiar significa interpretar››) que nos ayude a conocer mejor el pasado, el presente y el futuro, que dé sentido y utilidad a la Historia y que supere la tentación de convertirla en un simple divertimento, aunque aceptando unas evidentes limitaciones tanto en el conocimiento del pasado como en la predicción del futuro.
Características del conocimiento científico.
Veamos cuáles son las características del conocimiento científico, que se predican también para el histórico.
Las características del conocimiento científico son: generalización, uso de metodología, técnicas e instrumentos científicos, expresión con lenguaje científico, verdad, comprobación, neutralidad, profesionalidad, comunicación.
- Generalización: reúne los hechos en conjuntos que tienen alguna identidad común.
- Uso de metodología, técnicas e instrumentos científicos.           
- Expresión con lenguaje científico para explicar el conocimiento abstracto.
- Verdad: búsqueda de la verdad y rechazo de la falsedad.
- Comprobación: para aceptar su validez.
- Neutralidad: no debe estar sometido a la ideología de los grupos sociales.
- Profesionalidad: el autor ha de ser miembro de la comunidad científica.
- Comunicación: para que pueda ser conocido y revisado por la comunidad científica.
Limitaciones científicas del conocimiento histórico.
El conocimiento histórico científico es un conocimiento distinto al científico porque no cumple rigurosamente todas sus características pero también es distinto al conocimiento histórico cotidiano (que se basa en la memoria), porque requiere el cumplimiento de varias de las características del conocimiento científico ya indicadas.
Veamos algunas de las limitaciones científicas del conocimiento histórico: la subjetividad del historiador, la interpretación histórica previa, la carencia de medios científicos de comprobación y la infinita causalidad histórica.
- La subjetividad del historiador. Se critica que el conocimiento histórico no es objetivo ya que el historiador es subjetivo, al “estar en el tiempo” que estudia. Algunos positivistas, como Langlois y Seignobos, incluso afirman que ‹‹El valor de la afirmación de un autor depende exclusivamente de las condiciones en que haya trabajado›› el autor, aunque esta es una crítica estéril porque es casi imposible averiguar cuáles son la condiciones de trabajo en la realización de una obra histórica concreta.
- La interpretación histórica previa. Partiendo de esa subjetividad, el historiador debe hacer una interpretación, para lo que parte generalmente de una interpretación previa (una hipótesis), basada en múltiples opciones individuales y sociales inherentes al historiador (su clase social, su formación, sus ideales políticos...), lo que afecta a su neutralidad científica.
- La carencia de medios científicos de comprobación. El historiador carece generalmente de los medios para verificar absolutamente la validez científica de las hipótesis.
- La infinita causalidad histórica. La gran mayoría de los teóricos actuales acepta que el historiador casi siempre estudia acontecimientos únicos, incluidos en un inmenso tejido de interconexiones con otros acontecimientos, lo que hace imposible aislar acontecimientos para establecer relaciones causales entre ellos, pues el azar y la libertad personal son muy importantes. La ley nunca podrá preverlo todo. En contra de esta tesis, el determinismo (por ejemplo el materialismo histórico) consideraba que sí se pueden establecer leyes de relaciones causales. En la actualidad, aun rechazando la validez científica de las causas históricas únicas, se emplea a menudo el concepto de causa (factor) para significar que un acontecimiento ha influido de modo decisivo en otros (por ejemplo la Revolución Francesa no es “la causa”, pero sí “una causa” esencial del nacionalismo del siglo XIX). Paul Veyne distingue tres tipos de factores: azar (causas superficiales, incidentes, genio, ocasión), causas materiales (causas, condiciones o datos objetivos), causas finales (libertad, decisión y reflexión humana). Por ejemplo en el inicio del Imperio Romano contó, entre otros, un azar con la aparición del gran hombre (Julio César), una causa material con la crisis político-social de la República, y una causa final con la decisión de César y de sus partidarios de transformar la estructura del poder en Roma.
De este modo, si no se pueden establecer leyes generales, sí que se pueden definir tendencias, puramente empíricas y por lo tanto sin valor predictivo. Por ejemplo hay una tendencia en la Edad Contemporánea a que se reduzca primero la mortalidad y luego la natalidad, pero no siempre ha de ocurrir así.
Características especiales del conocimiento histórico.
Se caracteriza especialmente por: usar un número limitado de fuentes, basarse sobre todo en fuentes indirectas, usar el procedimiento de la postgnosis.
- Usa un nú­mero limitado de fuentes: el historiador se limita a las fuentes disponibles, que siempre son escasas.
- Basarse sobre todo en fuentes indirectas, que pueden ser existentes (como los seres humanos), inanimadas (documentos, restos, monumentos), observaciones de otros (crónicas, estudios históricos), memoria de otros (historia oral), propia memoria, “indicadores ilativos”, etc. En suma, es un con­junto de conocimientos indirectos, principalmente escritos, obtenido desde una experiencia científica previa. Al respecto, apunta Marc Bloch: ‹‹la existencia de intermediarios entre un hecho pasado y el historiador es el criterio de distinción entre conocimiento directo e indirecto››.
- Usar el procedimiento de la postgnosis, al partir del conocimiento previo de los efectos de los hechos que estudia.
El método contrario, de la prognosis, parte de los hechos para deducir los efectos (leyes de causa-efecto), pero ya hemos razonado porqué la historia no es capaz de formular leyes explicativas y predictivas sobre los hechos sociales.
Los niveles del conocimiento histórico.
En la Historia hay tres niveles de conocimiento relacionados con la especialización profesional. Son la historia propiamente dicha, la metodología de la historia y la teoría de la historia, cada nivel con sus propios especialistas.
1) Los problemas inmediatos, que estudian los historiadores (los cuales se dedican a ‹‹construir la Historia mediante sus investigaciones››).
2) Los problemas metodológicos y de las técnicas de investigación, que estudian los metodólogos de la historia.
3) Los problemas teóricos: Epistemología, Gnoseología, Historiografía, Teoría de la Historia, etc., que estudian los teóricos del conocimiento histórico, los historiólogos.

2. TIEMPO HISTÓRICO Y CATEGORÍAS TEMPORALES.
2.1. EL TIEMPO HISTÓRICO.
La Historia como ciencia del tiempo.
Como explica Bloch, la historia es ‹‹la ciencia de los hombres en el tiempo››, así que el tiempo, la dimensión temporal, es la categoría por excelencia de la historia, por encima del espacio. Podríamos decir, simplificando mucho, que dentro de las ciencias sociales la Historia es la ciencia del tiempo y la Geografía la ciencia del espacio.
TIEMPO, DURACIÓN Y SUCESIÓN.
El tiempo y el tiempo histórico.
La noción de tiempo, siempre muy debatida en Filosofía (Aristóteles, Descartes, Leibniz, Newton, Kant...), está en íntima relación con los conceptos de duración y sucesión. El tiempo, para Aristóteles es ‹‹la medida del movimiento según un antes y un después››; para Descartes ‹‹Es un modo inseparable de las cosas, es la duración misma de los acontecimientos››; para Leibniz ‹‹el orden de los fenómenos sucesivos››; y para Newton ‹‹El tiempo es un atributo de Dios, es la duración infinita de Dios››. Se podría definir el tiempo como la duración de los acontecimientos, pero hay también un tiempo inmediato (del acontecimiento) y un tiempo sucesivo (del cambio).
El tiempo histórico es la objetivación del tiempo subjetivo por la ciencia histórica, como explica Bagu. El tiempo histórico se construye sometiendo el tiempo subjetivo al tiempo objetivo. Un sometimiento posible gracias al perfeccionamiento de los sistemas de cuantificación. Así se puede construir el tiempo histórico: ‹‹que es el que permite a cada individuo vislumbrar un horizonte temporal donde el presente se vuelve inteligible a través de una comprensión real de su pasado como ser humano y le hace concebir su actividad y la de las demás personas (la sociedad en definitiva), como un proceso conflictivo y dialéctico con continuidad histórica››.
Para Bagu, hay tres dimensiones en la temporalidad:
a) El transcurso, el tiempo organizado en secuencia.
b) El espacio, el tiempo como un campo de operaciones.
c) La intensidad, el tiempo como rapidez de transformaciones y riqueza de combinaciones.
Así, la Historia, mediante sus métodos y técnicas, consigue que el tiempo subjetivo del individuo sea objeto del conocimiento científico.
La duración.
La duración es la noción del paso del tiempo que transcurre entre el comienzo y el fin de un proceso o cosa. El tiempo, como demostró Bergson, se aprecia siempre de modo subjetivo, aunque la cronología procura objetivarlo.
La sucesión.
La sucesión es la continuación ordenada de una serie de hechos en el tiempo. El historiador se interesa por la sucesión porque le permite valorar las semejanzas y diferencias entre los distintos procesos evolutivos de las sociedades.
Tradicionalmente la filosofía de la historia se ha dividido en dos grandes concepciones de la sucesión: la lineal (el progreso constante y determinado en etapas hacia la realización de la historia) y la cíclica (la repetición de ciclos en la historia de los pueblos, entendidos como organismos vivos). Ambas hoy parecen superadas, apareciendo la Historia como un proceso irregular, no determinado, de cambios y continuidades en el tiempo, que pueden ser de intensidad y duración variables.
CAMBIO Y CONTINUIDAD.
El tiempo de la historia fluye en una tensión entre dos opuestos: los factores de cambio y de continuidad, cuyo imposible equilibrio marca la sucesión de los hechos históricos.
Debemos distinguir las distintas velocidades históricas de los hechos políticos (rápidos), económicos (menos rápidos e incluso lentos, como en la Edad Media) y socio-culturales o de las mentalidades (siempre lentos en comparación).
Los conceptos.
Al respecto hay varios conceptos esenciales: cambio, acontecimiento, coyuntura, estructura, evolución, revolución, continuidad, desarrollo, condicionamiento, causa, factor, tendencia.
Cambio: constatación de diferencias en una determinada dirección. El cambio referido a una estructura social puede ser un acontecimiento (corto plazo), coyuntural (a medio o largo plazo) o estructural (permanente).
Acontecimiento: el hecho histórico relevante. Es un nudo de relaciones (Veyne).
Coyuntura: movimiento a medio o largo plazo en la sociedad que afecta a aspectos aislados o secundarios.
Estructura: realidad (política, económica, cultural) resistente al cambio y que perdura a muy largo plazo.
Evolución: es el cambio estructural lento.
Revolución: es el cambio estructural rápido. La rapidez es subjetiva (por ejemplo la revolución neolítica duró miles de años, mientras que la Revolución Francesa sólo unos pocos).
Continuidad: es la permanencia de una estructura a lo largo del tiempo.
Desarrollo: aparición y crecimiento de los cambios. También descripción de los cambios con indicación de su mecanismo de actuación
Condicionamiento: interacción con un acontecimiento que favorece el cambio.
Causa: motivo decisivo y necesario del hecho o cambio. Cuanto más particular y pequeño es el cambio, más fácil es identificar una causa decisiva. Por ejemplo la II República se proclamó justo el 14 de abril porque ese día los republicanos ganaron las elecciones municipales.
Factor: causa no única que contribuye al cambio. Los cambios más complejos tienen incontables factores. Por ejemplo, la II República sustituyó a la Monarquía debido a numerosos factores políticos, económicos y sociales.
Tendencia: movimiento predecido hacia una situación.
La teoría de Braudel de los tres tiempos.
Braudel diferencia entre acontecimiento a corto plazo (por ejemplo la Peste en 1348; la muerte de Franco en 1975), coyuntura a medio plazo (por ejemplo la crisis demográfica-social en 1344-1348; los últimos años del franquismo en 1968-1975) e historia lenta a largo plazo (la longue durée del estancamiento y la definitiva crisis desde 1320 hasta el siglo XV; el franquismo entre 1936 y 1975). Los ejemplos se extienden a todas las épocas. Más pormenorizadamente, la duración, según Braudel, puede adoptar tres escalas:
El tiempo corto.
Propio de los acontecimientos, ha sido muy utilizado por las corrientes historiográficas que se centraban en el análisis de documentos. Puede el acontecimiento servir como indicador ilativo (aquel dato del que se sacan conclusiones) de los movimientos más duraderos y ser relacionado con sus causas y efectos. El tiempo corto es el tiempo del cronista, del periodista, de la vida cotidiana. Para muchos historiadores (sobre todo Braudel) es la más ‹‹engañosa de las duraciones››, por su excesivo detallismo y documentalismo, y debe ser sustituido por el tiempo medio y largo.
El tiempo medio.
Es el de la coyuntura, que en el caso de la Historia Económica conduce al estudio de fluctuaciones económicas, en forma de ciclos regulares, clasificados en:
a) Movimientos de corta duración, que van desde los diarios, semanales o mensuales, a los ciclos Kitchin (3-4 años) y Juglar (7-10 años), con los periodos de expansión, crisis, depresión y recuperación.
b) Movimientos de larga duración: son los ciclos Kondratieff (50-60 años), de tendencia secular (de un siglo) o interciclo (10-20 años).
El tiempo largo.
Es el de la larga duración de las estructuras. Braudel ha sido su mejor investigador, aunque haya sido criticado por Vilar por su “fatalismo estructural”. Para Braudel ejemplos de estas permanencias de las estructuras en el tiempo son: la dificultad de romper los marcos geográficos y biológicos, los esquemas mentales que permanecen, los “universos construidos” por la ciencia (los de Aristóteles, Galileo o Newton), el capitalismo comercial, etc. Lo mental evoluciona más lentamente que lo económico.
2.2. LA CRONOLOGÍA.
La Cronología estudia el orden y las fechas de los acontecimientos. Dado que la duración es subjetiva, para hacerla uniforme y objetiva las civilizaciones idearon métodos de cronología para computar el tiempo. Los conceptos más importantes son: unidades de tiempo, calendarios, edades y periodos.
Unidades de tiempo.
Las unidades de tiempo miden el paso del tiempo, desde las unidades más breves (segundo, minuto, hora) a las largas: día, semana, mes, año, lustro (cinco años), decenio (diez años), siglo (100 años) y milenio (1000 años).
Calendarios.
Los calendarios ordenan el tiempo tomando como fecha de referencia acontecimientos importantes de las distintas civilizaciones, lo que ha favorecido la existencia de muchos calendarios: egipcio, judío, griego, musulmán, cristiano, chino, japonés... Así, la “era cristiana” (calendario gregoriano, adoptado en 1580) toma como fecha de inicio el año 1 (que se creía correspondiente al nacimiento de Cristo, aunque en realidad nació en el 4 aC), por lo que se señalan como aC las fechas anteriores y a veces como dC las posteriores.
Edades.
Se ha realizado una división ficticia del tiempo histórico, en edades, que tienen como fechas aproximadas (las fechas más emblemáticas de cortes son 330, 410, 476, 1453, 1492, 1517...):
Prehistoria: 2 M aC-3000 aC.
Edad Antigua: 3000 aC-400 dC.
Edad Media: 400-1500.
Edad Moderna: 1500-1789.
Edad Contemporánea: 1789-hoy.
Esta artificial división temporal corresponde al eurocentrismo de la civilización occidental y a la historiografía tradicional. No es universal porque muchos pueblos han tenido una evolución histórica distinta (por ejemplo algunos pueblos aún viven en el Neolítico; China no vivió un corte entre la Edad Antigua y la Edad Media hasta el siglo XV) y se acepta generalmente aunque es criticable (la Prehistoria “también” es Historia aunque no hay documentos escritos).
Periodos.
Los periodos son otras divisiones artificiales del tiempo más cortas que las edades. Son cortes temporales realizados por los historiadores para juntar unidades de tiempo relevantes, basándose en factores objetivos, con una duración generalmente irregular. Por ejemplo los periodos románico y gótico, el periodo de las revoluciones liberales... La periodización es un problema recurrente de la Historia (Kula, Topolski).
La periodización es un tema muy controvertido, pues la datación de los acontecimientos y sobre todo de los cambios históricos es altamente subjetiva.
Kula distingue las periodizaciones:
1) Convencionales, las más simples, sobre aspectos concretos o periodos cortos.
2) Objetivas, las más complejas, sobre periodos cuya diferenciación se basa en el proceso histórico.
Topolsky distingue en las objetivas una subclasificación:
A) Las periodizaciones cíclicas, sobre largos periodos, espacios grandes, con fluctuaciones cíclicas. Hay teorías como la del movimiento pendular o eterno retorno, la del movimiento direccional en espiral, etc.
B) Las periodizaciones direccionales, que imaginan un límite, un fin, como en el Juicio Final de los cristianos que imaginó San Agustín.
C) Las periodizaciones irregulares, que son las más usadas y se basan en factores políticos, económicos (el más utilizado por el marxismo) o culturales (Renacimiento, Barroco, etc.).

3. EL HISTORIADOR Y LAS FUENTES.
3.1. LAS FUENTES HISTÓRICAS.
Las fuentes históricas son todo tipo de documento, testimonio o simple objeto que sirve para transmitir un conocimiento total o parcial de hechos del pasado. Todo lo que aporte información sobre otras épocas es una fuente histórica.
Los historiadores, como Marrou y Bernheim han procurado definir las fuentes, de un modo más preciso, como los productos del hombre que facilitan el proceso cognoscitivo de reconstrucción de los hechos históricos.
Marrou considera que las fuentes son ‹‹todo aquello que en la herencia del pasado pueda interpretarse como un indicio revelador por algún concepto de la presencia, de la actividad, de los sentimientos y el modo de pensar del hombre que nos precedió››.
Bernheim opina que ‹‹las fuentes son resultado de la actividad humana que, por su destino o por su propia existencia, origen u otras circunstancias, son particularmente adecuadas para informar sobre hechos históricos y para comprobarlos››.

3.2. CLASIFICACIÓN DE LAS FUENTES.
La historiografía ha desarrollado muchas clasificaciones y ninguna es universalmente aceptada. Por ejemplo las fuentes en potencia y las efectivas (mediante el trabajo del historiador); las locales y las nacionales; las escritas y las orales; etc.
La clasificación historiográfica de las fuentes informa que a finales del siglo XVII la escuela erudita distingue entre auténticas y falsas.
Lelewel (1815): 1) tradición (orales), 2) no escritas (monumentos), 3) escritas.
Droysen: 1) monumentos (fuentes involuntarias pero hechas para durar en la posteridad), 2) restos (todas las obras humanas), 3) fuentes (realizadas a propósito como fuentes).
Topolsky: 1) Directas (restos) e indirectas (documentos para conservar la memoria del pasado). 2) Escritas y no escritas. Las escritas están subdivididas según los distintos destinatarios (personas coetáneas, posteridad, historiadores).
Una de las clasificaciones más comunes es:
Escritas: manuscritas o impresas; documentos, prensa, memorias, correspondencia, obras literarias. Los documentos son los más usados y se diferencian en públicos y privados; políticos, jurídicos, económicos; cuantitativos (estadísticas); censos, registros...
Iconográficas: obras plásticas (pinturas, esculturas...) y gráficas (fotografías, cine...).
Testimonios orales: directos o grabados.
Fuentes varias: instrumentos de trabajo, útiles...
Fuentes arqueológicas: restos materiales del pasado descubiertos mediante excavaciones.
3.3. EL RIGOR DE LAS FUENTES.
Las fuentes no son siempre válidas científicamente, por lo que se debe valorar el rigor de las fuentes con un análisis crítico permanente, sin caer, por ejemplo en el “fetichismo de los textos”. Así, para Pierre Vilar sólo la repetición de los testimonios es una garantía válida de que sean fidedignos.
Crítica de las fuentes.
Salmon explica el método crítico de las fuentes, que divide en crítica externa y crítica interna.
1) La crítica externa (o crítica de autenticidad), se divide a su vez en crítica de procedencia y de restitución.
2) La crítica interna (o crítica de fiabilidad), se divide a su vez en crítica de interpretación, de competencia, de sinceridad y de exactitud.
El rigor de las fuentes se determina por su autenticidad (fuente) y fiabilidad (informante).
Autenticidad.
La autenticidad se refiere a la fuente que transmite la información. Puede ser auténtica/falsa en 4 sentidos:
a) fecha-lugar: puede ser auténtica sobre su contexto espacio-tiempo pero falsa para los datos que dé.
b) alcance o tema de la investigación: puede ser falsa pero informar verdaderamente de porqué se mintió.
c) total o parcial: de modo que no sea anacrónica o discordante en exceso respecto a otras fuentes.
d) original (o copias), aunque puede ser original y falsa.
Fiabilidad.
La fiabilidad o credibilidad se refiere al informante, que sólo transmite información verdadera si:
a) puede acceder a la verdad (accesibilidad).
b) si quiere transmitirla (intencionalidad).

BIBLIOGRAFÍA.
Libros.
Barker, Paul. Las ciencias sociales de hoy. FCE. México. 1981. 182 pp. Cap. de E. J. Hobsbawn, Historia económica y social (112-122).
Barros, Carlos (ed.). Historia a debate. 3 tomos. Actas del Congreso Internacional Historia a debate, Santiago de Compostela, 1996. Una referencia fundamental sobre el estado de la historiografía y los problemas metodológicos y filosóficos de la historia.
Bauer, Wilhelm. Introducción al estudio de la Historia. Bosch. Barcelona. 1970 (1921-1927 alemán). 626 pp.
Bauer, Guillermo. Introducción al estudio de la Historia. Bosch. Barcelona. 1970 (1921 alemán). 626 pp.
Berque, J.; et al. La historia hoy. Avance. Barcelona. 1974.
Bloch, Marc. Introducción a la Historia. FCE. México. 1952 (1949 francés). 159 pp.
Brandon, Leonard George. History. A Guide to advanced Study. E. Arnold. Londres. 1976. 64 pp.
Braudel, Fernand. La Historia y las Ciencias Sociales. Alianza. Madrid. 1974. 222 pp.
Brom, Juan. Para comprender la historia. Nuestro Tiempo. México. 1972. 171 pp.
Burke, Peter (ed.). Formas de hacer Historia. Alianza. Madrid. 1993 (1991). 313 pp.
Buruma, Ian. El precio de la culpa. Trad. de Claudia Conde. Duomo. Barcelona, 2011. 432 pp.
Capitani, Ovidio; Delille, Gérard; Galasso, Giuseppe. Questioni e metodi della storiografia contemporanea. Guida. Nápoles. 1989. 152 pp.
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Vilar, Pierre. Pensar históricamente. Reflexiones y recuerdos. Crítica. Barcelona. 1997. 242 pp.

Artículos. Orden cronológico.
AA.VV. Constenla, Tereixa; Rodríguez Marcos, Javier. Retrato de una Academia anclada en la Historia. “El País” (1-VI-2011) 42-43. El escándalo del controvertido Diccionario Biográfico Español. Continúa en Redacción. Contra el falseamiento de la Historia. “El País” (2-VI-2011) 42-43. Mainer, José-Carlos. Lo peor es que no tiene remedio (42). Rodríguez Marcos, J. Entre la decepción y la vergüenza. “El País” (3-VI-2011) 42-43. Elorza, Antonio. La RAH traiciona sus usos históricos. “El País” (3-VI-2011) 42-43. Hermoso, Borja; Constenla, Tereixa. Gonzalo Anes / Director de la Real Academia de la Historia. “El País” (4-VI-2011) 40-41. Constenla, Tereixa. ¿Quién es quién en la Academia? “El País” (5-VI-2011) 48. Una minoría pidió la revisión total (48). Constenla, Tereixa. El Gobierno exige que se rectifique ya el Diccionario. “El País” (9-VI-2011) 59.
Constenla, Tereixa. Pelea por el pasado. “El País” Babelia 1.078 (21-VII-2012) 10-11 El debate entre memoria e historia.
Gracia, Jordi. Felices sobresaltos. “El País” Babelia 1.078 (21-VII-2012) 10-11.
Rivera, Alicia. 4.500 años de guerras, esclavitud y comercio marcados en los genes. “El País” (19-II-2014) 33. Un equipo traza un mapa global del ADN que abarca 160 generaciones y evidencia los contactos entre grupos humanos entre continentes.
Álvarez Junco, José. Historia y mito. “El País” (2-III-2014) 37. Dos formas radicalmente diferentes de acercarse al pasado.
Álvarez Junco, José. Cuando éramos libres y felices. “El País” (13-IV-2014) 33. La retórica política de un pasado utópico, una época mejor que la actual, pese a la falsedad de los argumentos.
Álvarez Junco, José. El temor al Maligno. “El País” (9-VI-2014) 33. Alerta sobre los peligros de los nacionalismos y populismos.

PROGRAMACIÓN.
EL CONOCIMIENTO HISTÓRICO. TIEMPO HISTÓRICO Y CATEGORÍAS TEMPORALES. EL HISTORIADOR Y LAS FUENTES. EXPLICACIÓN Y COMPRENSIÓN EN HISTORIA.
UBICACIÓN Y SECUENCIACIÓN.
En BACH se recomienda su aplicación en la introducción o ampliación de “Historia de España” (2º) o en “Historia del Mundo Contemporáneo” (1º), debido a su complejidad teórica. Hemos optado por BACH, 11 curso, materia de Historia del Mundo Contemporáneo, para dar una mejor base teórica a este curso.
Bloque 1. Fuentes y procedimientos para el conocimiento histórico. Apartados: Análisis y utilización crítica de fuentes y material historiográfico diverso. Contraste de interpretaciones historiográficas y elaboración de síntesis integrando información de distinto tipo.
En ESO se relaciona con Bloque 5. Sociedad y cambio en el tiempo. Apartado 5.1. El tiempo histórico.
RELACIÓN CON TEMAS TRANSVERSALES.
Relación con Educación para la Paz, mediante el interés por los temas relacionados con la paz, y por el fomento de las actividades de equipo.
TEMPORALIZACIÓN.
La UD está programada para 3 sesiones de una hora de duración.
1ª Para motivación, introducción, documentación y preparación de la actividad de comprensión.
2ª Para continuar la actividad de comprensión.
3ª Para el resto de la actividad de comprensión y para la evaluación.
OBJETIVOS.
Introducir al conocimiento científico de la Historia.
Comprender el relativismo y la necesidad de continua revisión de los resultados en la Historia.
Valorar el papel del historiador en la construcción de un conocimiento riguroso.
Conocer el concepto de Historiografía.
Valorar las fuentes históricas como base del conocimiento de la Historia.
Estimular el interés por la investigación, mediante un proceso de investigación en el que se apliquen las técnicas.
Estimular el rigor crítico y la curiosidad científica.
Valorar la importancia del debate de ideas para solucionar los problemas científicos.
CONTENIDOS.
A) CONCEPTUALES.
La definición de la Historia como ciencia.
El puesto y relaciones de la Historia entre las ciencias.
Los conceptos de tiempo histórico, duración y sucesión.
Los conceptos de cambio y continuidad en la Historia.
La cronología: unidades de tiempo, calendarios, edades, periodos...
El estudio de las fuentes y su clasificación.
B) PROCEDIMENTALES.
Usar e interpretar diagramas, ejes temporales, cuadros cronológicos y mapas para interpretar y representar los procesos históricos.
Realizar secuencias temporales de acontecimientos.
Diferenciar entre las causas sociales y personales de un acontecimiento.
Distinguir las causas de corta y larga duración y sus efectos a corto y a largo plazo.
Estudiar diversos procesos de cambio histórico, analizando su respectivos duración y ritmo.
Distinguir entre transformaciones estructurales y coyunturales dentro de los procesos de cambio histórico.
C) ACTITUDINALES.
Fomentar el rigor y la curiosidad científica por los elementos temporales del cambio histórico.
Interés por el conocimiento de los antecedentes históricos de los hechos y acontecimientos.
Valorar la importancia de la cronología y la temporalización para usar datos históricos.
Valorar las investigaciones de los historiadores.
Fomentar la tolerancia y la solidaridad.
Participar en tareas de equipo.
METODOLOGÍA.
Metodología de aprendizaje activo y significativo por exposición de contenidos por el profesor (receptiva) y participación activa del alumno (descubrimiento).
MOTIVACIÓN.
De motivación: formar líneas de tiempo de diversas épocas y acontecimientos.
ACTIVIDADES.
A) CON EL GRAN GRUPO.
Explicación teórica del profesor.
B) EN EQUIPOS DE TRABAJO.
Elegir un proceso de cambio histórico y realizar su secuencia temporal y un pequeño análisis, distinguiendo entre causas de corta y larga duración, y sus efectos a corto y largo plazo.
Dialogar sobre un esquema de la UD.
C) INDIVIDUALES.
Realización de apuntes esquemáticos sobre la UD.
Participación en las actividades grupales.
Búsqueda individual de datos en la bibliografía, en deberes fuera de clase.
Contestar cuestiones en cuaderno de trabajo, con diálogo previo en grupo.
RECURSOS.
Presentación digital.
Bibliografía, enciclopedia y fotocopias de textos.
Cuadernos de apuntes, esquemas...
EVALUACIÓN.
Evaluación continua durante las tres sesiones.
Los criterios serán: situar cronológicamente etapas históricas y las sociedades, entender sus vestigios, identificar cronológica y geográficamente las sociedades y pueblos en el territorio español.
No habrá prueba escrita, pero se corregirán las actividades propuestas.
Observación por el profesor de dudas, preguntas e intervenciones durante las exposiciones. Seguimiento de las tareas de equipo (facilitar información y anotar aportaciones y nivel conceptual de cada miembro). Evaluar las exposiciones y el interés del alumno.
RECUPERACIÓN.
En los grupos de trabajo el profesor reforzará aquellos aspectos que considere incorrectamente asimilados.
Posteriormente considerará recuperaciones personales, mediante entrevista con los alumnos con inadecuado progreso.
Realización de actividades de refuerzo: esquemas, comentario de textos...

APÉNDICE: LA ESTRUCTURA DEL CONOCIMIENTO HISTÓRICO.
INTRODUCCIÓN.
1. LA ESTRUCTURA CONCEPTUAL.
2. LOS PROCEDIMIENTOS EXPLICATIVOS.
FUNDAMENTOS EPISTEMOLÓGICOS DE LA HISTORIA.

INTRODUCCIÓN.
En las categorías o campos de significados de Phoenix la Historia estaría incluida en la categoría sinóptica, que comprende los campos de conocimiento que combinan o integran otros significados, como la historia, la filosofía y la religión, esto es, las ciencias del espíritu (Dilthey).
Las otras categorías (definidas por sus significados, métodos y campos de conocimiento) son la: simbólica (lenguaje ordinario y matemático), empírica (ciencias), estética (artes, música), sinoética (experiencia e intuición) y ética (moral).
La teoría de Hirst (1965) afirma que hay una división del conocimiento inherente a este, así que el conocimiento puede subdividirse en “formas” independientes del uso final a que se destine. Hay “significados públicos” (consensuados), que han sido construidos por la Humanidad y que son simbó­licos. A su vez están integrados por “conceptos” (que tienen su origen en la necesidad de formular nuestras experiencias), que en un “proceso de diferenciación progresiva” se encuadran en “grupos característicos”. Los conceptos se relacionan entre sí mediante una “gramática lógica” y las proposiciones (leyes, principios) que relacionan estos conceptos entre sí tienen unas “pruebas de verdad” que son también inherentes a cada una de las formas de conocimiento.
En la versión (que seguimos) de la teoría de Hirst por Domínguez (1989), la Historia tiene tres subestructuras: 1) los conceptos, 2) los procedimientos explicativos, 3) los procedimientos de investigación-verificación:
LA ESTRUCTURA CONCEPTUAL.
Otras disciplinas tienen una estructura conceptual propia, que se puede jerarquizar para establecer qué conceptos tienen la categoría de “inclusores” y cuáles tienen menos rango y están “incluidos”. Para muchos historiadores la Historia no presenta una red conceptual jerárquica ni dispone de unos conceptos específicos, sino que utiliza los de la experiencia general humana. Para determinar la estructura conceptual de la Historia tenemos varios problemas:
1) La indefinición conceptual, con conceptos compartidos por historiadores y hablantes, por ejemplo “histórico” como acepción de excepcional.
2) O los historiadores no se ponen de acuerdo en su uso, por ejemplo “crisis, progreso, industrialización”.
3) O cambian según el contexto espacio-temporal: por ejemplo la “tiranía” en la Grecia Antigua y en el siglo XX.
Para Domínguez hay dos tipos de conceptos:
a) Hipótesis o conceptos explicativos, por ejemplo los usados por el materialismo histórico: clase, siervo, excedente, etc.
b) Generalizaciones, sin carácter explicativo, sino convencional. Por ejemplo Renacimiento, Ilustración, etc. Las generalizaciones pueden considerarse metaconceptos (su comprensión exige la comprensión de otros conceptos). Así, Novak (1985) considera metaconcepto al Feudalismo, en la cima de un mapa conceptual, relacionado con conceptos como vasallaje, feudo, corveas...
LOS PROCEDIMIENTOS EXPLICATIVOS.
Son la trama de relaciones entre los conceptos. Son los siguientes:
a) El principio globalizador de los hechos.
b) La explicación causal. La causalidad tiene dos caracteres: el carácter de multicausalidad por la variedad de factores y el carácter de internidad (Bunge) por la dificultad de separar efectos y causas.
c) La explicación teleológica intencional: las motivaciones personales o grupales explican muchos hechos. Se usa el concepto de empatía.
d) Los procesos de cambio: los acontecimientos y las transformaciones. Se distinguen las doctrinas positivista (los hechos ante todo, como las batallas...) y antipositivista (los hechos no tienen importancia). Vilar (1992) divide los hechos en causas, consecuencias y síntomas. Topolski (1982) explica que se interpreta el hecho de dos modos:
- Ontológicamente, un suceso en sí mismo.
- Epistemológicamente, la interpretación del suceso por el historiador.
El positivismo participa de ambas interpretaciones: el pasado es un conjunto de hechos que reconstruye el historiador.
El estructuralismo (antipositivista) toma al hecho como una construcción científica en sí misma. El estructuralismo ha sido acusado de subjetivismo, porque el historiador tiende a crear su propia realidad histórica.
La tesis dialéctica une el positivismo y el estructuralismo, y considera que existe una realidad objetiva e independiente de la materia de estudio, una realidad que no es una mera serie de hechos, sino que su complejidad exige que deba ser estudiada a través de las teorías.
)Qué hechos son históricos? Las tesis son dos: 1) todos los hechos, 2) sólo los relevantes según ciertos criterios.
Carr considera que los hechos dependen de la interpretación del historiador, ‹‹los hechos sólo hablan cuando el historiador apela a ellos: él es quien decide a qué hechos se da paso, y en qué orden y contexto hacerlo, y él es quien los saca del limbo de los hechos del pasado››.
Topolski también valora el papel del historiador, ‹‹fabricante›› del conocimiento histórico. No hay Historia sin el historiador, pues él la hace accesible a la sociedad.

FUNDAMENTOS EPISTEMOLÓGICOS DE LA HISTORIA.
Toda la literatura pedagógica que ha tratado de la enseñanza de la Historia coincide en señalar las dificultades que se derivan del aprendizaje de esta disciplina por parte del alumnado de la Educación Secundaria (12-18 años), especialmente en las primeras etapas. Los males se han detectado en todos los frentes: en el de los profesores/as, muy mediatizados por su propia formación universitaria en una determinada época y carentes en su mayor parte de una metodología adecuada a las dificultades de la enseñanza de la Historia; un alumnado escasamente motivado por las ciencias humanas y, en especial, por la Historia, algo “inútil”, de escasa aplicación práctica y alejada de sus problemas cotidianos en el ámbito escolar, familiar o social (barrio, amistades, asociaciones, etc.); unos materiales que invitan poco a cambiar el discurso histórico dominante, que sin embargo son sustituidos en ocasiones por otro recurso peor: los apuntes y la clase magistral; unos centros educativos y unos departamentos en los que, a pesar de los avances experimentados, se carece de los necesarios elementos dispuestos para un correcto y motivador aprendizaje de la historia y en los que las limitaciones físicas pueden determinar la estructura del currículum (medio rural, medio urbano; barrio obrero, barrio residencial; proximidad de centros culturales como Museos, archivos, bibliotecas, centros de recursos, etc.).
Es ineludible, pues, que clarifiquemos al profesorado cuáles son nuestros presupuestos a la hora de elaborar este Diseño Curricular. Y para ello se hace preciso definir desde la epistemología, qué historia debemos o queremos enseñar. Pero antes hemos de saber cómo se construye, cómo se elabora y cómo se investiga esta ciencia social. Es decir, debemos aproximarnos, siquiera sea de una forma elemental, a la forma de entender la Historia. Y eso lo hacemos desde tres planos: desde el plano filosófico, desde la historiografía o estudio de la propia ciencia histórica en el tiempo y desde el plano educativo. Son tres perfiles de una misma realidad, pero se hace necesario su análisis para mejor comprender las conexiones existentes entre ellos y, en definitiva, llegar a una conclusión: qué historia creemos nosotros se ha de enseñar para mejor cumplir con los planteamientos de la psicología del aprendizaje que se abordan en otra parte de este Proyecto.
En un cuadro comparamos el plano filosófico de la Historia (la Historia que se piensa), el plano historiográfico (la Historia que se investiga) y el plano educativo (la Historia que se enseña), con sus correspondencias entre los tres niveles. Lo que debe enseñarse de la Historia y el alumnado aprenderes lo siguiente:
1. Fundamentos de la construcción histórica.
Son aquellos elementos que utiliza el historiador para explicar los fenómenos del pasado, sin los cuales sería difícil entender lo que dice. Son el tiempo, entendido como marco cronológico de corta o larga duración; el espacio, o sea, el marco físico en el que se desarrolla la acción o el fenómeno histórico (una ciudad, el campo, un país, el hogar de una familia) y los mecanismos de interrelación, es decir, aquellos supuestos que permiten explicar cómo actuaron los seres humanos en el pasado y por qué lo hicieron así y no de otra manera. Estos mecanismos engloban la intencionalidad o motivos, las causas y la situación (el momento histórico) que explican en un todo globalizado por qué se produjeron los hechos históricos de un determinado modo. Discernir estos elementos por parte del alumnado es tarea compleja y a ello debe dirigirse el proceso de enseñanza-aprendizaje.
2. Contenidos factuales del proceso histórico.
Abarca la materia histórica, razón de ser de la disciplina y de su aprendizaje. El pasado humano es la materia prima que utilizamos en el aula para iniciar al alumno/a al conocimiento no sólo de lo pretérito, sino de los fundamentos de la explicación histórica que hemos señalado más arriba. Incluye hechos protagonizados por hombres y mujeres, en sociedad o como individuos, en el pasado de cualquier área espacial considerada y de todo tipo: políticos, sociales, económicos, técnicos, culturales e ideológicos. Se incluyen también aquí los llamados conceptos históricos (monarquía, capitalismo, democracia, totalitarismo, etc.) o categorías (Renacimiento, Barroco, modo de producción, Neolítico, clase social).
3. Procedimientos o métodos de lectura e interpretación de la historia.
Se incluyen aquí el conocimiento de las fuentes históricas (heurística), su interpretación (hermenéutica) y su utilización en la construcción del relato histórico. Es propiamente una metodología inspirada por igual en la de la investigación histórica, como en la de la enseñanza de esta disciplina. Queremos decir con ello que no sólo interesa conocer cómo se elabora el conocimiento histórico, sino también cuál es la lógica de su aprendizaje. Esto último, al menos, debe ser conocido por el profesor o profesora.
4. Valores o actitudes hacia los hechos del pasado:
Tolerancia, respeto por las minorías, diversidad de culturas, igualdad entre los sexos (o razones que explican la desigualdad), actitud positiva ante la paz, etc. Son también contenidos inclusores, ya que afectan a todas las unidades didácticas y a toda el área.
Pero, )qué Historia enseñar? Desde el punto de vista filosófico se ha planteado la necesidad de acotar qué es el conocimiento. De ello se ocupa la teoría del conocimiento, hoy más conocida como epistemología o gnoseología. Si ya hemos visto cuáles son los paradigmas epistemológicos de la historia desde el campo de la filosofía y de la historiografía (véase Cuadro anterior), nos falta ahora hablar de los perfiles gnoseológicos de la historia que se enseña, o que se debe enseñar. El problema que se plantea con la historia no se da en otras ciencias llamadas de la naturaleza o exactas: matemáticas, física, química... Aquí las leyes conducen a una causalidad necesaria, mientras que en historia no siempre que hay unas causas determinadas sucede lo mismo, aunque en esta cuestión hay encontradas diferencias entre quienes consideran que las ciencias sociales son estructuralmente similares a las ciencias físicas y quienes afirman que entre ellas existe un abismo insalvable. Pero nos interesa el “conocimiento educativo”, y su forma de clasificarse: frente a la postura de quienes mantienen que el conocimiento es un todo integrado y que así debería enseñarse, la complejidad de ese mismo conocimiento como algo existente de por sí y como algo creado por el ser humano ha hecho necesario la aparición y desarrollo de las disciplinas o materias. Así, Hirst (1965) y Graves (1985) han señalado cómo existen “formas de conocimiento” en las que los conceptos no sólo están relacionados entre sí por medio de lo que se ha dado en llamar su gramática lógica (o su lógica interna), sino que las proposiciones que relacionan estos conceptos entre sí tienen pruebas de verdad que también son características de cada forma de conocimiento. Si esas pruebas de verdad están claras en las ciencias puras, ya son menos evidentes en las ciencias humanas o sociales. Así Hirst incluyó en 1965 como “formas de conocimiento” la física, la matemática, la historia, la estética, la ética, la teología y las ciencias humanas. Pero cinco años más tarde excluía a la historia, debido al desacuerdo existente entre los historiadores respecto a qué es lo fundamental en las explicaciones históricas. Para la geografía, Hirst utiliza el concepto “campo de conocimiento”, ya que considera que es deudora de varias “formas de conocimiento”, como las ciencias naturales, la matemática y las ciencias humanas (Graves, 1985: 72-77).
Esta ambigüedad de Hirst respecto a la historia planea hasta hoy a la hora de definir su perfil desde el punto de vista educativo. Siguiendo el esquema propuesto en el cuadro anterior, en el plano educativo hemos señalado hasta seis posibles paradigmas, que se corresponderían con las escuelas historiográficas y se traducirían en un determinado tipo de contenidos dominantes. Esta sería la equivalencia:
Plano educativo.
- Historia relato (transmisión verbal).
- Historia técnica.
- Historia-dogma.
- Historia crítica (instrumento de cambio social).
- Microhistoria (nuevos sujetos de historia).
- Historia de las estructuras.
Contenidos.
- Hechos (acontecimientos) 
- Conceptos (cambio, desarrollo proceso, causalidad, estructura, etc.).
- Ideología (marxismo catequístico).
- Categorías (modo de producción, lucha de clases, clase social).
- Hechos de la narración y conceptos del microanálisis.
- Historia de las civilizaciones.
De los seis paradigmas de historia “para enseñar” hay algunas que son rechazables de plano por diversas razones que van desde las ideológicas hasta las puramente racionales. Es evidente que en el marco de un Estado democrático no son válidas las concepciones que estimulan los valores contrarios, como la marxista ortodoxa, una forma de escolástica que Fontana ha llamado recientemente “marxismo catequístico” (Fontana, 1992). Tampoco se acepta hoy la visión de la historia-relato del paradigma historicista. La historia de las civilizaciones, heredera de la historia estructural y sobre todo de la tendencia braudeliana del tiempo largo, ha demostrado ya su ineficacia en el actual sistema educativo. Nos quedan la historia técnica y la historia crítica, que se corresponden con los paradigmas de la Nouvelle histoire y el marxismo crítico. Si además se tiene en cuenta que estos dos modelos son los preferidos de los profesores según un reciente estudio (Guimerá-Carretero, 1992: 120), parece procedente esta decisión.
No es éste un terreno fácil a la hora de elaborar un proyecto curricular. Jesús Domínguez ya soslayó este problema con las siguientes palabras:
‹‹Un planteamiento del problema en estos términos (el de qué escuela historiográfica debe dominar), conllevaría por un lado una toma de posición frente a las distintas corrientes historiográficas que impediría de hecho alcanzar unos mínimos puntos de acuerdo sobre el futuro programa escolar, y por otro, esta forma de abordar la cuestión escamotearía, en mi opinión, el problema principal, a saber, discernir qué podemos considerar que sea lo verdaderamente esencial y definitorio de la disciplina, aquello que permite calificar por igual de historiadores a personas cuyas obras difieran claramente tanto en los métodos como en las hipótesis explicativas que emplean.›› [Domínguez, 1989: 44.]
Pero Domínguez acaba con un principio de compromiso necesario:
‹‹Personalmente me situaría junto a aquellos historiadores para quienes el conocimiento histórico se mueve en una constante tensión entre dos polos: por una parte una teoría en continua revisión y construcción (materialismo histórico y aportaciones de la escuela de “les Annales”, entre las más importantes) y la investigación empírica de los hechos.›› [Domínguez, 1989: 51.]
La fuente de inspiración más común en la historiografia española actual procede esencialmente de la escuela de los Annales, es decir, de la Nouvelle histoire, con toda la riqueza de matices que ha aportado al conocimiento del pasado, pero sin descuidar la utilización de aquella concepción global y crítica que aporta el materialismo histórico en su versión no dogmática, es decir, en cuanto método de análisis de la realidad histórica, alejado, por tanto, de interpretaciones esquemáticas y simplistas tan frecuentes en algunos materiales educativos que han tenido cierta difusión en nuestro país. También habrá que incluir alguna referencia a esa nueva historia narrativa, que aunque no está consolidada, surge como una forma de recuperar personajes, hechos y situaciones alejadas de la práctica histórica habitual. Al menos, debería estar presente en alguna unidad, para que el alumno/a pudiera introducirse en el conocimiento del pasado humano a través de esta nueva forma de entender el relato histórico (la microhistoria), que es en definitiva la forma en que se presenta toda explicación histórica.
Y estos paradigmas concuerdan en cierta forma con las tres “posturas morales” que señala el profesor Bermejo Barrera (1990: 274-275) y que se corresponden con tres formas de historiografía: la historia monumental o historia de las naciones y los Estados, motor del fanatismo e instrumento de control moral, en la que el historiador actúa como ideólogo o propagandista; el historiador anticuario es un “funcionario de la Historia” que solo se preocupa de recibir el beneplácito de sus colegas, son los técnicos de la historia, ideólogos sin ideología; y, por último, la historia crítica, según la cual la historia ha de estar al servicio de la vida y servirá como instrumento de crítica social, política y moral. El historiador crítico no estudia un hecho por el mero hecho de que pertenezca al pasado, sino en tanto que su análisis le sirva para iluminar alguno de los problemas del presente; es decir, mantiene una postura ética, de compromiso con la realidad que le ha tocado vivir. Es evidente que, a pesar del esquematismo de este planteamiento, sólo cabe una adscripción por nuestra parte, al triple modelo que nos propone Bermejo: el del historiador crítico, del que deben surgir alumnos y alumnas también críticos, capaces de actuar en la sociedad en la que viven.

APÉNDICE. Artículos para comentarios en clase.
Constenla, Tereixa. Pelea por el pasado. “El País” Babelia 1.078 (21-VII-2012) 10-11 El debate entre memoria e historia. Reseña de Rieff, David. Contra la memoria. Trad. de Aurelio Major. Debate. Barcelona, 2012. 120 pp. Ensayo. / Judt, Tony; Snyder, Timothy. Pensar el siglo XX. Trad. de Victoria Gordo del Rey. Taurus. Madrid, 2012. 408 pp. / Mate, Reyes. Tratado de la injusticia. Anthropos. Barcelona, 2011. 318 pp. / García Cárcel, Ricardo. La herencia del pasado. Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores. Barcelona, 2011. 768 pp. / Juliá, Santos. Hoy no es ayer. Ensayos sobre la España del siglo XX. RBA. Barcelona, 2011. 384 pp. / Buruma, Ian. El precio de la culpa. Trad. de Claudia Conde. Duomo. Barcelona, 2011. 432 pp. / Koselleck, Reinhart. Modernidad, culto a la muerte y memoria nacional. Edición de Faustino Oncina. Trad. de Miguel Salmerón y Raúl Sanz. Centro de Estudios Políticos y Constitucionales. Madrid, 2011. 150 más LXV pp.
‹‹Stalin fue expeditivo reescribiendo la historia. Trotski fue literalmente borrado en fotografías de la nueva iconografía revolucionaria. Ocultar, agigantar, aliñar el pasado a conveniencia del poder es una tentación de hondas raíces históricas. En 1598, sin pensar en que pedía un imposible metafísico, el rey francés Enrique IV prohibió recordar a sus súbditos. Aquel año dictó un edicto en el que ordenaba que todos los acontecimientos violentos ocurridos entre católicos y protestantes “queden disipados y asumidos como cosa no sucedida”. Casi nada. El monarca intuyó que la memoria, pese a su incorporeidad, era letal para las guerras de religión. No hay que mirar solo en el ojo ajeno. A Bartolomé de las Casas le reprocharon “aunque fueran verdad” que publicase “cosas muy terribles y fieras de los soldados españoles” durante la colonización americana. El asunto acabó con la prohibición en 1660 de su Brevísima relación de la destrucción de las Indias. Más recientemente, la versión de la Guerra Civil que circuló por las aulas durante el régimen franquista fue un relato falseado de cruzados buenos y malos rojos.
Historia y memoria comparten influyentes enemigos. En Suiza pueden procesar a alguien por negar el genocidio armenio durante el Imperio Otomano, mientras que en Turquía pueden procesarle por afirmarlo. Pero historia y memoria no son lo mismo, aunque actúen sobre un terreno común: el pasado. Los hechos históricos son sagrados, se cuenten en Estambul o en Ereván. La conmemoración de los mismos —traerlos del pasado con alguna finalidad en el presente— difiere forzosamente si parte de las víctimas o de los verdugos, como evidencia el contraste entre la memoria histórica reivindicada por los nietos de los sepultados en fosas durante la guerra y la memoria oficial enarbolada por el régimen franquista, que honró permanentemente a los damnificados de su bando (con causa general para resarcirles incluida) dejando en la cuneta de la historia a los otros. “La memoria es una materia de la historia a historiar”, sintetiza el catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona Ricardo García Cárcel en La herencia del pasado, donde repasa la construcción de relatos identitarios desde la Hispania romana a la actualidad.
Dado que aspira a contar hechos, la historia no puede ser una cosa y la contraria (por mucho que aliente interpretaciones plurales), mientras que la memoria está al servicio de quien la empuña para emitir un juicio moral sobre lo ocurrido. Sus caminos se entrecruzan, pero no conducen al mismo paraje. “La historia, incluso cuando es movida por la memoria, tiene que ser necesariamente crítica y puede resultar la peor enemiga de una memoria impuesta: fue la historia, en cuanto investigación del pasado, la que desmontó la construcción memorial de la guerra como una guerra santa; como ha sido la historia la que ha devuelto a Trotski a la fotografía de la que fue borrado por la memoria colectiva soviética”, advierte Santos Juliá, catedrático emérito de la UNED. “La memoria, al traer el pasado al presente con el propósito de establecer un deber —que será de duelo o celebración, de reparación o de gloria— o de construir una identidad diferenciada, necesariamente olvida”, planteó en su artículo Por la autonomía de la historia, publicado en “Claves de Razón Práctica”.
En el siglo XX, tras lo que Hannah Arendt acuñó como “banalización del mal”, eclosionó la memoria histórica como un fenómeno universal. Lo ocurrido en Auschwitz se convirtió, según el profesor de investigación del Instituto de Filosofía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) Reyes Mate, en “lo que da que pensar” y alimentó “el deber de memoria” para acentuar “la construcción de un sentido, la creación de un significado de ese pasado que valga para el presente”. Propiciado por el grito del “nunca más” de los supervivientes, recordar pasó a ser un valor en alza. Elie Wiesel, que pudo revivir el espanto del exterminio, consideraba el olvido como “el triunfo definitivo del enemigo” y “una injusticia absoluta”.
El Holocausto fue más allá de cualquier genocidio anterior. “Auschwitz no tenía equivalentes. Era otra guerra o, mejor dicho, ni siquiera era una guerra. Era pura y simplemente una matanza masiva, sin una razón táctica o estratégica, sino por pura ideología”, sostiene el ensayista Ian Buruma en El precio de la culpa. “El sistema nazi había entendido que la eficacia del crimen debía velar no solo por el exterminio físico de un pueblo sino también por el metafísico”, afirma Mate en Tratado de la injusticia. Contra las chimeneas que humeaban seres humanos había que contraponer el recuerdo vívido que no transmite la historia, “el olor a carne quemada”, describía otro de los deportados que pudo contarlo, Jorge Semprún. Sin embargo, así como nadie objeta el papel de la historia, la memoria histórica cuenta con activos detractores, como el periodista estadounidense David Rieff, que ha escrito un furibundo alegato a favor del “imperativo ético del olvido” en su ensayo Contra la memoria. Cuenta Rieff que la obra echó raíces en Bosnia, donde trabajó como reportero de guerra. “La memoria histórica colectiva tal como las comunidades, los pueblos y las naciones la entienden y despliegan —la cual casi siempre es selectiva, casi siempre interesada y todo menos irreprochable desde el punto de vista histórico— ha conducido con demasiada frecuencia a la guerra más que a la paz, al rencor más que a la reconciliación y a la resolución de vengarse en lugar de obligarse a la ardua labor del perdón”, esgrime. El nunca más de Auschwitz le parece cargado de buenas intenciones y falto de realismo. Y relata un chiste que circula por Polonia: ¿A quién mata primero un polaco, al alemán o al ruso? Al alemán, por supuesto; primero el deber, después el placer.
Todas sus reflexiones le conducen hacia el elogio de la amnesia. “Lo que garantiza la salud de la sociedad y de los individuos no es su capacidad de recordar, sino su capacidad para finalmente olvidar”, sostiene Rieff, sin que esto quiera decir que deba renunciarse a perseguir los crímenes y reconocer a las víctimas. A diferencia de Mate, cree que la búsqueda de la verdad “no está por encima de todo” y cita los acuerdos de Dayton que, pese a contemplar la impunidad de Milosevic, fueron preferibles a seguir la masacre.
Rieff es el último recién llegado a una controversia alrededor de la memoria, que ha sido especialmente intensa en países como Alemania, que declaró imprescriptibles los crímenes contra la humanidad en 1979, tras la emisión de la serie Holocausto. En Francia se han aprobado sucesivas leyes que legislan sobre episodios históricos. Desde 1990 la ley Gayssot castiga el negacionismo del Holocausto judío y desde 2001 la legislación reconoce la esclavitud como un crimen contra la humanidad y el genocidio armenio. La intromisión política soliviantó a un grupo de historiadores, que emitió un manifiesto, embrión del movimiento bautizado como Libertad para la Historia. “En un país libre no es competencia de ninguna autoridad política definir la verdad histórica ni restringir la libertad del historiador mediante sanciones penales”, señalaban, entre otros Pierre Nora, Jacques Le Goff o Eric Hobsbawn. Abundan los historiadores reticentes ante el afán memorialístico. Tony Judt temía que el siglo XX se convirtiese en un “palacio de la memoria moral: una cámara de los horrores históricos de utilidad pedagógica cuyas estaciones se llaman Múnich o Pearl Harbour, Auschwitz o Ruanda, con el 11 de septiembre como una especie de coda excesiva”. Mantener vivo el horror pasado, sí, pero —matizaba—“como historia, porque si lo haces como memoria, siempre inventas una nueva capa de olvido”.
La memoria puede contaminar la historia porque no todo lo que emana de ella es riguroso: a veces hay falsos testigos como Enric Marco, que presidió durante años una asociación de supervivientes de campos nazis. “Frente a los excesos, manipulaciones y mentiras, los historiadores tienen caminos muy claros: archivos, erudición y comparación”, prescribe Julián Casanova, catedrático de Historia de la Universidad de Zaragoza. Concede que “los recuerdos” a los que la gente llama “memoria” pueden difuminar las fronteras entre los análisis de los historiadores y las meras opiniones. “En el caso de la Guerra Civil, el boom de testimonios y divulgaciones de recuerdos ha servido para alimentar la confrontación entre historia y recuerdos; para seleccionar los puntos más calientes del debate político (no historiográfico), casi siempre centrados en la violencia, en quién mató más y cometió más barbaridades; y para convencer a la gente de que el pasado reciente no puede analizarse con objetividad”. Porque tampoco conviene a la historia desentenderse de la interpretación del pasado por la que pugna la memoria. Se ha contado que la expulsión de los judíos fue inevitable para la unificación española. “Mientras se hacía ruido con estas explicaciones”, señala Reyes Mate, “se borraban diligentemente las huellas de la milenaria presencia del pueblo judío en tierras hispanas”. Las sinagogas se reconvirtieron en iglesias y Maimónides se excluyó de la lista de pensadores españoles. “La recomendación del historiador contemporáneo de que nos atengamos a la explicación objetiva de los hechos sería la última edición de la misma estrategia interpretativa del vencedor”, concluye Mate, que suscribe las palabras de Walter Benjamin: “La memoria abre expedientes que la ciencia da por archivados”.
Bien tratadas, son simbióticas. La memoria sirve a la historia y la historia facilita la memoria, en opinión del catedrático de Historia Contemporánea de la UNED Julio Gil Pecharromán: “Un conjunto de testimonios de protagonistas y testigos constituye una aportación muy estimable al conocimiento del proceso histórico, pero resulta comprensible que algunos historiadores la releguen a un papel secundario. La memoria hay que asumirla con muchas precauciones porque las personas tendemos a reelaborar nuestros recuerdos”. El propio Primo Levi, que estremeció con su trilogía del siglo XX europeo (Si esto es un hombre, La tregua y Los hundidos y los salvados), consideraba la memoria un instrumento maravilloso y falaz.
A perpetuar la polémica contribuye el hecho de que historia y memoria no parten en similares condiciones. Mientras la definición de la historia goza de consenso, no todo el mundo se refiere a lo mismo al hablar de memoria. “Unos piensan que solo se puede hablar de memoria propiamente dicha cuando se trata del individuo que recuerda sus propias experiencias. Otros consideramos que también existe una memoria colectiva, social, cultural, etcétera, pero no porque exista un sujeto colectivo, una sociedad o una cultura con la facultad de recordar que solo tiene el individuo, sino porque la mayoría de los individuos afianzan sus recuerdos en grupo, los transmiten a otros y eso hace que surja otro tipo de memoria que hace que perduren los recuerdos en un ámbito y en un tiempo que va más allá de la vida de los individuos”, sostiene Pedro Ruiz Torres, catedrático de Historia Contemporánea y exrector de la Universidad de Valencia, que en 2007 mantuvo un intercambio crítico con Santos Juliá en la revista Hispania Nova. Para Ruiz, la memoria es también una forma de conocimiento, aunque distinto del histórico: “La memoria trata del pasado real y en consecuencia hay algo más que imaginación en ella. La memoria es conocimiento inseparable de las emociones y de los juicios de valor, como cualquier otra forma de conocimiento incluido el saber histórico, y por ello el conocimiento nunca es completamente objetivo ni tampoco meramente subjetivo”. Juliá, por el contrario, la mira en estado de alerta: “La memoria histórica es necesariamente cambiante, siempre es parcial y selectiva y nunca es compartida de la misma manera por una totalidad social: depende de múltiples y diversos relatos heredados”. Ante la eclosión, reclama autonomía para el historiador que “habrá de responder a una serie de preguntas previas: quién elabora esos relatos, cómo y en qué circunstancias, con qué intención, con qué resultados, cómo se modifican, quién decide esa modificación, quiénes la comparten”.
España se incorporó tardíamente al debate de la memoria histórica, aunque ello no quiere decir que hasta entonces el pasado se ocultase tras una cortina de amnesia. El hispanista Paul Preston calculó que hasta 1986 se habían publicado 15000 libros sobre la Guerra Civil y sus secuelas. Más reciente es el estudio histórico de la memoria. Pedro Ruiz sitúa su arranque en 1996, con la publicación de un libro de Paloma Aguilar. Dos años después, la catedrática de la Universidad de Salamanca Josefina Cuesta coordinó un monográfico sobre la memoria en la revista Ayer, de la Asociación de Historia Contemporánea. La pujanza de los movimientos a favor de la recuperación de la memoria histórica, interesados sobre todo en investigar la represión, irrumpieron también en la universidad. En 2005 la Universidad Complutense inauguró la cátedra extraordinaria Memoria Histórica del Siglo XX, dirigida por Julio Aróstegui. Además, en los últimos diez años se han publicado 1.060 trabajos científicos sobre memoria histórica, según Juan Sisinio Pérez Garzón, profesor de la Universidad de Castilla-La Mancha. “La memoria y la historia ya han quedado definitivamente entrelazadas como formas de relacionarse con el pasado y, por más que sature en algún momento, esas relaciones ya forman parte de las tareas propias del historiador”, afirma.
La marea memorialística es universal (baste mirar hacia Sudáfrica o América Latina) aunque algunos países coloquen más diques que otros. Ian Buruma observó que en Japón el debate sobre la guerra se desarrollaba fuera de las universidades, entre periodistas, columnistas y activistas de derechos civiles, que a veces formulan teorías estrafalarias. El primer historiador contemporáneo accedió a la Universidad de Tokio en 1955. “Hasta el final de la guerra habría sido peligrosamente subversivo, e incluso blasfemo, que un estudioso escribiera sobre historia contemporánea desde una perspectiva crítica”, indica Buruma. El sistema del emperador era sagrado y, además, la historia reciente no era académicamente respetable. “Era demasiado fluida, demasiado politizada, demasiado controvertida”.››

Gracia, Jordi. Felices sobresaltos. “El País” Babelia 1.078 (21-VII-2012) 10-11. Reseña de Rieff, David. Contra la memoria. Trad. de Aurelio Major. Debate. Barcelona, 2012. 120 pp. Ensayo. Cruz, Manuel. Adiós, historia, adiós. El abandono del pasado en el mundo actual. Nobel. Gijón, 2012. 256 pp. Premio Internacional de Ensayo Jovellanos 2012.
‹‹El aire de galimatías (o hasta de gallinero crispado) que a menudo desprende el mundo de los historiadores puede espantar a más de uno, y es bien comprensible. A mí me pasa lo contrario: cuanto mayor es el galimatías más feliz me siento ante la hiperactiva centrifugadora historiográfica actual, aunque en ella figuren insensatos profesionales o progresistas paradójicamente reaccionarios. Tanto el libro de Rieff como el de Manuel Cruz están por la labor de armar ruido, sobre todo el de Rieff, y con más razón que un santo. La beatería universal de la memoria histórica puede haber llegado a cargarse de razón de tal modo que quizá ha empezado a perder su función higiénica, reparadora e incluso democratizadora. De esta sospecha nace un libro titulado provocadoramente, aunque sus argumentos empiezan por la batalla de Salamina y desembocan en las guerras croata y serbia, pasando por la civil española o las dictaduras latinoamericanas.
No es un ensayo de historia a matacaballo sino un ensayo para pensar el peso de la historia y evaluar las consecuencias de las buenas intenciones cuando las buenas intenciones se enturbian con intereses políticos o conveniencias presentistas. La memoria histórica es el sintagma que encarna el ansia de restitución de la justicia histórica pero ha sido y es también un arma ideológica de construcción de identidades beligerantes, además de otorgarles el mejor blindaje posible (aunque sea históricamente falso o sencillamente mítico). Dice Rieff que la memoria histórica es “selectiva, casi siempre interesada y todo menos irreprochable desde el punto de vista histórico” y demasiadas veces ha acabado conduciendo “a la guerra más que a la paz, al rencor más que a la reconciliación y a la resolución de vengarse en lugar de obligarse a la ardua labor del perdón”. La tentación de corregir la historia es una ilusión óptica sobre el pasado que juega siempre en presente y para el presente, y no parece ningún disparate activar el recelo ante la hegemonía emocional de la víctima como emplazamiento del punto de vista histórico.
¿Basta ya, pues, de memoria histórica? En absoluto: el libro es panfletario pero no idiota y sobre todo es limpiamente neoilustrado. Aspira a negociar la reparación de la memoria de las víctimas con la viabilidad de un futuro pacífico y fecundo. Rehúye anclarse en el fanatismo de la memoria por ser tan maligno como el fanatismo del olvido. Este feliz librito se atreve incluso con los buenos sentimientos y sospecha de las coartadas sentimentales de la memoria histórica porque “casi nunca es tan receptiva a la paz y a la reconciliación como lo es al rencor, los martirologios contendientes y la animadversión perdurable”.
Así que Rieff se limita a evocar el valor pragmático pero no envilecedor del olvido activo que predicó Nietzsche, por supuesto no para las víctimas inmediatas y sus hijos, pero sí para comunidades que convierten en razón de vida la rectificación vengativa de la historia y anulan así, o reducen, o dificultan, los cauces morales e ideológicos de una convivencia confiada. Las generaciones que no vivieron la situación traumática pueden preferir legítimamente la paz, la concordia o el perdón antes que una justicia retroactiva, sólo póstuma, y sobre todo erosionadora del presente.
Manuel Cruz comparte en alguna medida el punto de vista de Rieff y sobre todo muchas otras referencias —como Margalit—, aunque su ensayo conviene leerlo en el contexto del mapa tupido de sus libros de los últimos años. Y sin embargo también contiene una tesis fuerte y provocadora que crece a medida que avanza el libro y cristaliza, sobre todo, en el último y extenso capítulo de conclusiones. Nietzsche es un justísimo ángel tutelar también aquí, y lo son los clásicos Benjamin o Hannah Arendt y el valor de perdonar, pero la conclusión es original: la progresiva percepción vegetalizada o naturalizada del pasado, como algo donde suceden aberraciones indigeribles a la razón (el Mal Absoluto, por ejemplo), ha acabado gestando la incapacidad para proyectar un futuro deseable. De ahí esa suerte de pasividad reflexiva y conformista actual incapaz de pensar un proyecto de futuro articulado. El mejor capítulo del libro es el que regresa con brío y lucidez a la reflexión sobre el pasado como lugar de conflicto. La sintonía con Rieff es evidentemente casual pero delata confluencias sugestivas. Ambos cuestionan la figura de la víctima como referente o portavoz o intérprete del pasado (en lugar de aceptar lo que es: dramático testimonio) y defienden la necesidad de construir un espacio de perdón contra la obstinación instrumental de la memoria y la satanización del olvido. A Cruz a veces le basta un feliz aforismo: “la historia debe sobresaltar”.››