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sábado, 19 de noviembre de 2011

UD 49. España. La Segunda República y la Guerra Civil.


ESPAÑA: LA SEGUNDA REPÚBLICA Y LA GUERRA CIVIL.

INTRODUCCIÓN.

1. LA CAÍDA DE LA MONARQUÍA (1930-1931).
El fin de la Dictadura de Primo de Rivera.
Los gobiernos de transición.
Las elecciones municipales de abril de 1931 y la crisis.

2. EL INICIO DE LA SEGUNDA REPÚBLICA.
2.1. EL GOBIERNO PROVISIONAL.
La composición del Gobierno.
La posición militar.
Las elecciones generales.
2.2. CONSTITUCIÓN DE 1931.

3. LOS PARTIDOS, GRUPOS Y SECTORES POLÍTICOS (1931-1939).
3.1. LOS PRORREPUBLICANOS.
Los socialistas.
Los comunistas.
Los anarquistas.
Los republicanos.
Los radicales.
Los autonomistas.
3.2. LOS ANTIRREPUBLICANOS.
Los militares.
Los eclesiásticos.
Los monárquicos alfonsinos.
Los monárquicos carlistas (tradicionalistas).
La CEDA.
La Falange.

4. LOS PROBLEMAS Y LAS REFORMAS DE LA REPÚBLICA.
LA CRISIS ECONÓMICO-SOCIAL.
El impacto de la Gran Depresión.
Los sectores económicos.
La situación social en las ciudades.
EL PROBLEMA AGRARIO.
La situación agraria.
La ley de reforma agraria (1932).
El fracaso de la reforma.
La conflictividad agraria.
El fracaso de la reforma moderada de Giménez Fernández.
EL PROBLEMA DEL NACIONALISMO/REGIONALISM0.
Cataluña.
El País Vasco.
Galicia.
EL PROBLEMA RELIGIOSO.
EL PROBLEMA MILITAR.
EL PROBLEMA DE LA EDUCACIÓN.

5. EVOLUCIÓN POLÍTICA DE LA REPÚBLICA.
5.1. BIENIO SOCIAL-AZAÑISTA (1931-1933).
5.2. BIENIO RADICAL-CEDISTA (1933-1936).
Revolución de Octubre (1934).
La reacción conservadora.
5.3. FRENTE POPULAR (1936).
La victoria del Frente Popular.
El gobierno de izquierdas.
La creciente tensión política.

6. LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA.
6.1. EL ALZAMIENTO.
La conspiración militar.
El principio de la guerra.
Los bandos ‘nacional’ y republicano.
La represión.
6.2. EL DESARROLLO DEL CONFLICTO.
OPERACIONES PARA LOS ENLACES DE LA ZONA NACIONAL (1936).
La estrategia inicial.
El paso del Estrecho (julio-agosto 1936).
La marcha a Madrid (agosto-noviembre 1936).
BATALLAS PARA TOMAR MADRID (1936-1937).
La batalla de Madrid (noviembre 1936-enero 1937).
La batalla de Málaga (enero-febrero 1937).
La batalla del Jarama (febrero 1937).
La batalla de Guadalajara (marzo 1937).
LA CAMPAÑA DEL NORTE (1937).
Campaña del Norte (marzo-octubre 1937).
LAS BATALLAS DE ARAGÓN (1938).
La campaña de Aragón (diciembre 1937-abril 1938).
La campaña de Levante (abril-julio 1938).
La batalla del Ebro (25 julio-15 noviembre 1938).
LA CAÍDA DE CATALUÑA (1939).
La campaña de Cataluña (diciembre 1938-enero 1939).
EL FIN DE LA GUERRA (1939).
La caída del resto del territorio republicano.
6.3. LA ESPAÑA NACIONAL Y LA REPUBLICANA.
La España ‘nacional’.
La España republicana.
6.4. IMPLICACIONES INTERNACIONALES.
Brigadas Internacionales.
EE UU, Gran Bretaña y Francia.
URSS.
Alemania, Italia y Portugal.
6.5. LAS CONSECUENCIAS DE LA GUERRA.
Las pérdidas humanas.
El exilio.
Las pérdidas materiales.

APÉNDICE: TEXTO DE COMENTARIO SOBRE LA DEPRESIÓN ECONÓMICA DURANTE LA SEGUNDA REPÚBLICA.
APÉNDICE. TEXTO DE COMENTARIO SOBRE LAS VÍCTIMAS DE LA GUERRA.

INTRODUCCIÓN.
En esta Unidad Didáctica (UD) se debería partir de un conocimiento suficiente del largo periodo (1874-1931) que comprende la Restauración y la Dictadura de Primo de Rivera, para resaltar la profunda continuidad de su problemática con respecto a la del periodo 1931-1939.
Las implicaciones políticas de la UD suponen un factor de subjetividad en el historiador que el alumno debe valorar. Esto afecta a muchos puntos, sobre todo a la consideración de las causas históricas y a la legitimación de los bandos en lucha. También a los conceptos. Por ejemplo, es problemático el término referente a las fuerzas de Franco, autodenominadas “nacionales” mientras que los republicanos las llamaban “rebeldes”, y aunque ambos términos son válidos si aquí usamos ‘nacional’ es por ser el más difundido en la historiografía y no por preferencia personal.
Resumen.
La época de la II República y la Guerra Civil, entre 1931 y 1939, es una coyuntura fundamental en la historia contemporánea española, pues cierra un largo y conflictivo periodo básicamente democrático a pesar de sus graves carencias, con la salvedad de la Dictadura de Primo de Rivera, e inicia la larga dictadura del franquismo. Será uno de los grandes procesos históricos del siglo XX, que alcanzó categoría de mito universal, porque en la Guerra Civil comenzó realmente el gran conflicto de la Segunda Guerra Mundial entre las fuerzas del fascismo y de la democracia.
La causa lejana del fracaso de la República y del estallido de la Guerra Civil era la debilidad del Estado liberal español y del proyecto nacional español, que se manifestó en la inestabilidad de la Restauración y en especial en la dictadura de Primo de Rivera, que Raymond Carr considera el hecho más determinante de todo el siglo XX español, porque sin ella no se hubiera producido la República y sin esta la Guerra Civil. [Fusi, Juan Pablo; Palafox, Jordi. España: el desafío de la modernidad. “El País” (14-XI-1997) 15.]
El desprestigio de la monarquía borbónica por su colaboración con la dictadura abocó a su caída cuando las fuerzas republicanas vencieron en las elecciones municipales. El rey, perdido el apoyo militar, se exilió mientras se proclamaba la República el 14 de abril de 1931, que nació en medio de un gran entusiasmo popular aunque pronto se desvaneció.
Las causas más cercanas de la inestabilidad política y social de la II República fueron: la incapacidad de los partidos y grupos para pactar un programa asumible por una mayoría del país, estando además divididos internamente entre moderados y extremistas (que dominaron finalmente); la crisis económica de los años 30, que impidió la necesaria estabilidad de la vida económica y social; la presencia como gran factor político de un ejército soliviantado por las amenazas a su ideología nacionalista y conservadora y por las reformas que afectaban a su estatus social.
La Guerra Civil fue una consecuencia del fracaso de las fuerzas políticas españolas durante la República para consensuar las reformas que el país necesitaba. Al ser impuestas o anuladas las reformas con cada cambio electoral la solución bélica se abrió paso como la solución definitiva al enfrentamiento político y social.
El proceso histórico de la II República se define por tres etapas: el Bienio social-azañista (1931-1933), con grandes reformas; el Bienio radical-cedista (1933-1936), de reacción conservadora y que sufre la revolución de octubre de 1934; y el gobierno del Frente Popular (primera mitad de 1936), que enlaza con la Guerra Civil.
Después del triunfo del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936 el nuevo gobierno progresista aceleró su programa de reformas, ganándose muchos enemigos en la derecha. Se sucedieron los enfrentamientos en la calle, con bajas y asesinatos por ambos lados, como el asesinato del diputado conservador Calvo Sotelo, y estos desmanes fueron aprovechados por los golpistas para legitimar el alzamiento del 18 de julio de 1936.

1. LA CAÍDA DE LA MONARQUÍA (1930-1931).
El fin de la Dictadura de Primo de Rivera.
La Dictadura de Primo de Rivera había fracasado en resolver los graves problemas de la Restauración, de orden político, militar, regionalista, religioso y social, salvo el de la guerra de Marruecos, al tiempo que comenzaba a llegar la crisis económica de la Gran Depresión mundial. En esta situación el dictador perdió uno tras otro sus apoyos, y la monarquía, demasiado comprometida con él, cayó poco después.
Los gobiernos de transición.
La caída de Primo de Rivera en enero de 1930, al perder la confianza de los militares y del rey, fue seguida por los cortos gobiernos del general Berenguer (enero 1930-febrero 1931) y del almirante Aznar (19 febrero-14 abril 1931). Su misión era la restauración del sistema parlamentario, que se pensó hacer por fases, comenzando por el nivel municipal, pero se fracasó porque el rechazo popular al régimen era ya irresistible. La economía entraba en una crisis galopante, con una devaluación de la peseta y un creciente paro obrero, mientras que el ejército perdía su cohesión, como demostró la sublevación republicana de Jaca.
Las fuerzas de la oposición, nutrida por republicanos, socialistas, catalanistas de izquierda, sindicatos, etc., firmaron el Pacto de San Sebastián (VIII-1930) para pedir el cambio de régimen, porque se pensaba que la monarquía estaba deslegitimada por su apoyo a la dictadura. El primer movimiento revolucionario (XII-1930) fracasó y los dos capitanes, Galán y García Hernández, sublevados en Jaca fueron fusilados, mientras sus dirigentes políticos fueron encarcelados, y constituyeron en la cárcel un auténtico “gobierno en la sombra”. Pero la represión popularizó aun más su causa y se extendieron las huelgas obreras y las manifestaciones de estudiantes (III-1931). Las inmediatas elecciones municipales se convirtieron así en un involuntario plebiscito sobre la monarquía.
Las elecciones municipales de abril de 1931 y la crisis.
Las elecciones municipales (12 de abril de 1931) dieron el triunfo en las ciudades a la coalición republicano-socialista, que de inmediato proclamó la República (14 de abril) en Madrid y Barcelona, donde Macià proclamó la República catalana, y se lanzó un ultimátum al rey para que abdicara. Entonces, los políticos monárquicos Romanones y Marañón, y los militares, aconsejaron a Alfonso XIII que abandonase el país para evitar un conflicto civil, y el rey se exilió, sin abdicar, rumbo a Marsella.
La Segunda República nacía de un modo muy distinto al de la Primera en 1874. Ahora venía sostenida por un amplio movimiento de la opinión pública y un gran consenso de la mayoría de los dirigentes políticos.

2. EL INICIO DE LA SEGUNDA REPÚBLICA.
2.1. EL GOBIERNO PROVISIONAL.
La composición del Gobierno.
El primer gobierno republicano fue presidido por Niceto Alcalá Zamora e integraba representantes de casi todas las tendencias: derecha, centro, izquierda republicana y socialistas. Destacaban el republicano Manuel Azaña en el ministerio de la Guerra, el socialista Fernando de los Ríos en Educación y el conservador Miguel Maura en Gobernación.
La República pronto se hizo con el poder efectivo en las provincias, impuso su mando sobre el ejército y la Guardia Civil, convocó elecciones y enfrentó los primeros problemas de orden público e intranquilidad social: amenazas de la derecha, carta del Cardenal Segura (7-V), quemas de conventos (10-V), huelga de la CNT en Telefónica apoyada por una huelga general en Sevilla (4-VII). Viendo que los extremistas de derecha e izquierda comenzaban muy pronto a actuar se promulgó la Ley de defensa de la República.
La posición militar.
El general Sanjurjo, director de la Guardia Civil y prestigioso líder para muchos militares, se puso de lado de la República el mismo 14 de abril. El general Franco, en cambio, publicó una carta en el “ABC” (21-IV-1931) declarando su lealtad “a quienes hasta ayer encarnaron la representación de la nación en el régimen monárquico”. Mola fue detenido y enjuiciado por sus servicios a la monarquía (absuelto, fue separado del ejército hasta 1934).
Las elecciones generales.
El principal cometido del Gobierno fue la convocatoria de elecciones para constituir un Parlamento y preparar una Constitución. Las elecciones (28-VI y 5-VII-1931) dieron el triunfo a una coalición de izquierdas formada por republicanos y socialistas. Los republicanos de diversas tendencias tenían 191 diputados, los socialistas 117, los agrarios 21, la Lliga 3 y los monárquicos 1 (Romanones).
2.2. CONSTITUCIÓN DE 1931.
En la discusión parlamentaria de la Constitución hubo desde el principio dos grandes cuestiones polémicas: las relaciones Iglesia-Estado y la autonomía de las regiones. Triunfaron las tesis anticlericales a pesar de la oposición de los moderados, por lo que dimitieron Alcalá-Zamora (que pasó el 9-XII a ser Presidente de la República) y Miguel Maura. Azaña pasó a ser jefe del gobierno provisional (14-X-1931, continuando hasta 12-IX-1933).


Retrato de Manuel Azaña.

El 9 de diciembre se proclamaba la Constitución, que defendía una democracia progresista: “España es una república democrática de trabajadores de toda clase, que se organiza en régimen de libertad y de justicia. Los poderes de todos sus órganos emanan del pueblo. La República constituye un Estado integral, compatible con la autonomía de los municipios y de las regiones”.
- Los derechos de los ciudadanos eran ampliamente defendidos: expresión (“Toda persona tiene derecho a emitir libremente sus ideas y opiniones”), reunión, asociación, petición, libre residencia y circulación, profesión, inviolabilidad de domicilio y correspondencia. Se suprimía la nobleza como título jurídico. Se extendió el voto a la mujer, antes que en Francia y muchos países europeos.
- El Presidente de la República, con poder moderador, era elegido, para un mandato de seis años, por dos grupos iguales de compromisarios, uno elegido por las Cortes y otro por sufragio universal.
- Las Cortes quedaban constituidas como un único Congreso de diputados, elegidos para cuatro años por sufragio universal.
- El gobierno era responsable ante el Parlamento.

3. LOS PARTIDOS, GRUPOS Y SECTORES POLÍTICOS (1931-1939).
En los partidos y grupos sociales enfrentados a lo largo de la República y más tarde en la Guerra Civil podemos distinguir dos grandes bloques, los prorrepublicanos y los antirrepublicanos, que no coinciden exactamente con la izquierda y la derecha, porque varios cambiaron de posición o fueron de centro, como los radicales.
3.1. LOS PRORREPUBLICANOS.
Los socialistas.
Los socialistas del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), fueron siempre la fuerza mayoritaria en la izquierda, gracias a su buena organización y su fuerza sindical (UGT). Estaba dividido en facciones, sobre todo los moderados y los radicales, además de integrar a los radical-socialistas y a otros grupos más minoritarios. Su progresivo extremismo fue uno de los factores del fracaso republicano.
Sus máximos dirigentes fueron:
- Del sector moderado: Indalecio Prieto y Julián Besteiro.
- Del sector marxista radical (hegemónico desde febrero de 1936): Francisco Largo Caballero, el secretario general de la UGT, llamado el “Lenin español”, que fue primer ministro a principios de la Guerra Civil; y Juan Negrín, primer ministro hasta el final de la guerra.
 
Retrato de Juan Negrín.

Los comunistas.
Los comunistas del Partido Comunista de España (PCE), dirigido por José Díaz y Dolores Ibarruri la “Pasionaria”, representaban al sector obrero de ideología marxista-leninista. Fueron muy minoritarios durante la República y al principio de la Guerra Civil, aunque aumentaron mucho en militancia y poder durante esta, gracias a su excelente organización y el apoyo de la URSS.
Los anarquistas.
Los anarquistas eran el sector más radicalizado, violento y apolítico. Encuadrados en dos organizaciones, el sindicato Central Nacional de Trabajadores (CNT) y su brazo político la Federación Anarquista Ibérica (FAI), así como en el pequeño Partido Sindicalista de Ángel Pestaña (1933), fueron un soporte básico de la izquierda en las elecciones de 1931 y 1936, aunque entre medias su abstención en 1933 contribuyó a la derrota progresista. En la Guerra Civil su fuerza fue mayoritaria en Cataluña y Aragón, donde emprendieron una revolución social y realizaron una durísima represión contra los burgueses.
Los republicanos.
Los republicanos se organizaron en varios partidos, grupos reducidos de notables mal organizados y a menudo simples alianzas de personalidades unidas por fines electorales. Destacaron:
La izquierdista Acción Republicana era el partido de los intelectuales y profesionales liberales. Fue dirigido por Manuel Azaña, abogado e intelectual de prestigio, reformista sincero, ministro de Defensa, primer ministro en dos ocasiones (1931-1933 y 1936) y finalmente presidente de la República (1936-1939). Se fusionó con el partido radical-socialista de Marcelino Domingo y la Organización Republicana Gallega Autónoma (ORGA) de Casares Quiroga, formando el partido de Izquierda Republicana (IV-1934), dirigido por Azaña.
El Partido Progresista era un partido republicano de centro, fundado por Niceto Alcalá-Zamora, un rico terrateniente y abogado católico andaluz, primer presidente de la República, a pesar de que su partido consiguió sólo 6 diputados en 1931.
El centrista Partido Republicano Conservador estaba dirigido por otro republicano moderado, Miquel Maura.
Otros pequeños partidos republicanos o que al menos aceptaban sinceramente la República por entonces fueron el Partido Agrario, formado por agricultores de Castilla y León, y el Partido Liberal-Demócrata de Melquiades Álvarez, con representantes del sector financiero. Ambos partidos se alinearán después con el bando ‘nacional’.
Los radicales.
El Partido Radical lo formaban republicanos de centro-derecha y era dirigido por Alejandro Lerroux, muy populista, anticlerical y demagogo, tres veces primer ministro en 1933-1935 con el apoyo de la CEDA de Gil Robles. Este partido minoritario representaba los intereses del sector republicano de la pequeña burguesía. Se desmoronó entre 1934, cuando se produjo la escisión izquierdista de Martínez Barrio, y 1935, cuando estallaron los escándalos financieros de los casos Nonbela y del estraperlo, y entonces la mayoría de sus miembros pasaron a otros partidos, en especial de la derecha, y después apoyaron a Franco.
Los autonomistas.
Tenemos aquí a los representantes de los partidos políticos nacionalistas y regionalistas de la periferia, que iban desde la derecha a la izquierda, aunque todos ellos coincidían en pedir un Estado federal.
- En Cataluña la Lliga Regionalista, dirigida por Cambó, era un histórico partido de centro-derecha que acabó por unirse al bando nacional. Más pequeño era el Partido Catalanista Republicano, y el mayoritario era la reciente Esquerra Republicana, dirigida por los sucesivos presidentes de la Generalitat, Francesc Macià y Lluís Companys.
- En el País Vasco y Navarra dominaba el Partido Nacionalista Vasco, que evolucionó desde la derecha afín al carlismo hasta el pacto con la izquierda para conseguir la autonomía para sus dos regiones.
- En Galicia surgía la Organización Regional Gallega Autónoma (ORGA), de Casares Quiroga, que se unió a Azaña en Izquierda Republicana.
- En Andalucía destacaba el grupo regionalista de Blas Infante.
- En Valencia había varios partidos regionalistas.
3.2. LOS ANTIRREPUBLICANOS.
Los militares, los partidos más conservadores y las organizaciones de carácter fascista que aparecen en el lustro siguiente a 1931 se movilizan en estos años contra la República en defensa de los privilegios del Ejército, la monarquía, la unidad territorial del país, la propiedad de la tierra, la religión católica y la familia.
Los militares.
Los militares eran un grupo heterogéneo: aproximadamente dividido en dos mitades, una a favor de la República, pero sin una pasión desbordante (el general Sanjurjo), otra a favor de la monarquía (el general Franco fue el más significado al principio). A lo largo del tiempo creció el bando antirrepublicano, pero sin unanimidad: al inicio de la Guerra Civil muchos generales de división mantuvieron su fidelidad a la República, mientras que la mayoría de los generales de brigada y de los jefes se sublevaron.
Los eclesiásticos.
El clero era abrumadoramente contrario a la República, cuyo carácter laico se manifestó en las leyes de divorcio y de la enseñanza. Fue uno de los grupos sociales más atacados por la izquierda.
Los monárquicos alfonsinos.
Los monárquicos estaban divididos en dos bandos, alfonsinos y carlistas. Los alfonsinos estaban divididos a su vez en dos grupos:
- Acción Española, dirigido por Ramiro de Maeztu.
- Renovación Española, el más importante. Creado el 3 de mayo de 1934, lo encabezó José Calvo Sotelo, ministro de la dictadura de Primo de Rivera, conservador y antidemócrata, líder de la coalición de derechas Bloque Nacional Monárquico en 1936, que en su programa apelaba al ejército como “columna vertebral de España” y propugnaba que “el poder debe ser conquistado por cualquier medio”, aunque no es seguro que conspirara para un golpe de estado. Su asesinato (13-VII-1936) legitimó el Alzamiento ante muchos conservadores.
La importancia social del monarquismo se evidenciará en que la mayoría de los altos militares y de las clases propietarias luchó en el bando nacional pensando que lo hacía para la restauración de la monarquía. Alfonso XIII mantuvo cordiales relaciones con Franco; el príncipe Juan incluso se presentó voluntario, aunque Franco no lo aceptó en sus filas.
Los monárquicos carlistas (tradicionalistas).
El partido carlista se denominaba Comunión tradicionalista. De ideología clerical y foralista, defendía una monarquía conservadora. Tenía una amplia presencia en todo el país y era hegemónico en Navarra, donde se formaron los batallones de requetés que tanto apoyaron a Mola en la guerra.
La CEDA.
La CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), organizada en 1933 por José María Gil Robles, fue la mayor fuerza política parlamentaria de las derechas, con una amplia base agraria, clerical y militar (Franco la votó), formada a partir de la unión de Acción Popular (el partido cristiano de Gil Robles, con un programa de política social católica inspirado por el cardenal Herrera Oria), la Derecha Regional Valenciana (que defendía intereses agrarios conservadores) y otros partidos conservadores de ámbito local. Por ello, no era un partido homogéneo (su ala más moderada, de ideología social cristiana, con Manuel Giménez Fernández y Luis Lucia, era favorable a ciertas reformas). La estrategia de Gil Robles en el Bienio radical-cedista parece apuntar a que procuraba el desprestigio de las instituciones republicanas y el des­gaste de sus aliados radicales para preparar un golpe de estado fascista, según un plan muy semejante al que había utilizado Hitler. En los actos se proclamaba “Queremos todo el poder para el jefe y una constitución que abra los cauces de un Estado nuevo”, mientras que las Juventudes de Acción Popular (JAP), adoptaron la organización y los lemas del fascismo y organizaron actos en lugares de significación histórica en los que aclamaban a Gil-Robles al grito de (jefe!
Pero la CEDA no cumplió sus propósitos y ella misma quedó desprestigiada junto a los radicales y derrotada en las elecciones de 1936, acabó por unirse se unió al bando nacional, por orden de Gil Robles, quien no consiguió empero que Franco le diera poder alguno. En cambio, algunos cedistas como Serrano Suñer, cuñado de Franco, sí alcanzaron cargos importantes.
La Falange.
La Falange Española, fundada el 29 de octubre de 1933 por José Antonio Primo de Rivera. Este publicó su primer artículo en la revista “El Fascio” (16-III-1932). En los años siguientes fue englobando a diferentes movimientos fascistas. El 13-15 de febrero de 1934 se fusionó con las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista en FE de las JONS, con un triunvirato hasta septiembre formado por Primo de Rivera (en octubre de 1934 jefe único, según el modelo fascista), Ledesma Ramos y Ruiz de Alda. Sus “27 puntos de las FE de las JONS”, redactados por Ledesma en noviembre de 1935 tenían un carácter izquierdista en algunos puntos y provocaron una seria crisis interna, al alejarse los más conservadores y los financieros de derechas, por lo que expulsado Ledesma y su grupo (16-I-1936). El partido no ganó ningún escaño en 1936, pero de inmediato engrosó sus filas, de las que salieron cientos de miles de voluntarios en la guerra.

4. LOS PROBLEMAS Y LAS REFORMAS DE LA REPÚBLICA.
LA CRISIS ECONÓMICO-SOCIAL.
El impacto de la Gran Depresión.
La crisis económica de la Gran Depresión tardó más en llegar a España que al resto de Europa y no tuvo la profundidad que alcanzó en las economías más industrializadas, pero también tuvo graves efectos por la caída de los mercados exteriores. Las exportaciones (fundamentalmente agrarias y mineras) en 1931 se redujeron al 40% de las de 1930; en 1935 sólo eran el 25%. Los precios se hundieron (el precio del hectólitro de vino bajó de 61 a 16 pesetas).
  
Un niño recoge colillas de cigarros en una calle de Madrid, 1934.

Los sectores económicos.
Las cosechas de cereales de 1932 y 1934 fueron excedentarias y el campo soportó bastante bien la crisis, pese a un aumento de los jornaleros desocupados y a la reducción de los precios y de las exportaciones.
 
Una familia campesina durante una huelga, 1932.

La producción industrial cayó en 1933 al 81% de la de 1929. Los sectores más afectados fueron la minería y la industria textil y siderúrgica. La industria textil catalana incluso aumentó su producción al principio por el aumento de la demanda rural, pero desde 1933 sufrió al estancarse ésta.
La crisis financiera y bursátil fue abrupta desde 1930 en las plazas financieras: el índice de la Bolsa bajó desde un nivel 100 en 1929 hasta un nivel 63 en 1935. La inversión en obras públicas se estancó (en Cataluña se redujo a la mitad respecto a los años 20), con lo que aumentó el desempleo en la construcción.
La situación social en las ciudades.
Los sindicatos reforzaron su implantación y presión, consiguiendo que los salarios subieran mientras que los precios se mantuvieron o bajaron, lo que aumentó el poder adquisitivo de los trabajadores, pero afectó negativamente a muchas empresas. Las reformas laborales fueron progresistas: en los años 1931-1933 el ministro de Trabajo fue el socialista Largo Caballero, que bajó la semana laboral de 48 a 40 horas y reguló el derecho de huelga, la contratación laboral, los jurados mixtos, los accidentes en la agricultura.
Por contra, el paro aumentó año tras año en las ciudades, pese al buen programa de obras públicas que el ministro de Fomento, Prieto, hizo en 1932-1933. Creció especialmente con la generalización de la crisis entre 1933 y 1936. El problema era particularmente grave porque no había seguro de desempleo.
Los empresarios, por su parte, vieron como reducían sus beneficios y muchas empresas quebraban, por lo que se organizaron en patronales muy agresivas.
Todo ello repercutió en una continua y grave conflictividad social, promovida sobre todo por la CNT y en menor medida por la UGT, con huelgas, y las patronales, con lock-outs. En la primera mitad de 1936 se agravó la situación, preparando la terrible pugna de la segunda mitad del año, cuando miles de empresarios y dirigentes obreros fueron ejecutados en cada bando.
EL PROBLEMA AGRARIO.
La situación agraria.
La mitad de la población vivía del campo, donde en 1930 el problema del latifundismo era muy grave. 10.000 familias poseían la mitad de la tierra cultivable, tanta como los dos millones de pequeños y medianos propietarios. Dos millones de braceros no tenían ninguna propiedad y sus salarios eran un tercio del salario medio nacional.
 
Mapa de la propiedad agraria en España, 1931.
  
Fincas de más de 250 hectáreas en España, 1931.

Desde la primavera de 1931 comenzaron las ocupaciones de latifundios por los jornaleros, sobre todo los anarquistas. El gobierno intentó varias vías, al principio la conciliación y luego la represión, lo que provocó la desafección de los anarquistas al Gobierno tras los disturbios en Castillblanco (Badajoz) (31-XII-1931 y 2-I-1932), Arnedo (5-I) y el Alto Llobregat (enero), por cuya represión violenta se destituyó (5-II) al general Sanjurjo como director de la Guardia Civil.
La ley de reforma agraria (1932).
El Gobierno republicano pretendió solucionar el problema con la Ley de Reforma Agraria (15-IX-1932), que establecía el reparto entre los braceros de tierras que se expropiarían (pagadas con una compensación) en los latifundios abandonados y las tierras desaprovechadas. Se creó el Instituto de Reforma Agraria (IRA), para organizar el cambio.
El fracaso de la reforma.
Pero faltó la financiación, la información catastral, así como la voluntad política ante la resistencia de los terratenientes. La aplicación de la reforma fue muy lenta: se pensaba asentar 60.000 familias campesinas cada año pero dos años después, en 1934, cuando la CEDA paralizó la reforma, sólo estaban asentadas 12.260 familias sobre 117.000 hectáreas.
La conflictividad agraria.
Volvió la conflictividad desde enero. Fue la sangrienta represión del pequeño levantamiento campesino anarquista de Casas Viejas (12-I-1933), lo que hundió al gobierno Azaña, al perder el apoyo de la CNT en las elecciones municipales de abril de 1933 y las generales de noviembre de 1933.
Ya en el Bienio radical-cedista, los sindicatos UGT y CNT promovieron una huelga general (5-VI-1934) de los campesinos, que fracasó por la dura represión del gobierno Samper, resuelta con la deportación de campesinos y la detención de varios diputados.
El fracaso de la reforma moderada de Giménez Fernández.
Manuel Giménez Fernández era miembro del ala más avanzada de la CEDA y fue nombrado ministro de agricultura (X-1934 a V-1935) en el gobierno Lerroux. Trató de aplicar los principios sociales católicos, con tres leyes que fomentasen la transformar de los latifundios en fincas más pequeñas, sobre todo en Andalucía y Extremadura, y la mejora de las condiciones de vida de los arrendatarios. Fueron la Ley de Arrendamientos Rústicos, que obligaba a una renta justa revisable, la prohibición del subarriendo y la compensación por las mejoras en las fincas; una ley que daba a los arrendatarios la oportunidad de comprar las tierras arrendadas; y una ley que obligaba a los terratenientes de Extremadura a arrendar sus tierras no cultivadas al año siguiente. Pero la misma derecha boicoteó estas reformas y no le renovó en su cargo en el nuevo gobierno (V-1935). Le sustituyó el conservador Nicasio Velayos, que desmontó casi todas las reformas anteriores e hizo aprobar una verdadera ley de contrarreforma agraria a finales de 1935.
EL PROBLEMA DEL NACIONALISMO/REGIONALISM0.
La monarquía había sido un Estado centralista. En cambio, la República defendía en su Constitución el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones.
El surgimiento de los nacionalismos periféricos exacerbó su contrario, el nacionalis­mo español unitario, profesado por el Ejército y amplios grupos sociales de la burguesía, la Iglesia y el campesinado.
Las únicas regiones que institucionalizaron su autonomía fueron Cataluña, País Vasco y Galicia (esta sin efectos prácticos), mientras que otras (Andalucía, Valencia, Aragón, Castilla la Vieja-León y Baleares) comenzaron los estudios y discusiones.
Cataluña.
- Consiguió su estatuto de autonomía (IX-1932), siendo Francesc Macià el presidente de la Generalitat, del partido dominante Esquerra Republicana. Se regulaba la cooficialidad del catalán y del castellano.
- En octubre de 1934, Lluís Companys, el sucesor de Macià, proclamó la República Catalana, pero fue detenido y la Generalitat fue suspendida hasta marzo de 1936.
El País Vasco.
Los nacionalistas vascos del PNV eran conservadores, pero se unieron a la izquierda para conseguir un estatuto de autonomía, que alcanzaron (7-X-1936) durante la Guerra Civil y se puso en práctica parcialmente durante unos pocos meses.
Galicia.
Los galleguistas, dirigidos por la ORGA, consiguieron su estatuto de autonomía muy tarde (28-VI-1936), por lo que no entró en vigor debido al pronto golpe de estado.
EL PROBLEMA RELIGIOSO.
Desde el principio el anticlericalismo de los republicanos se enfrentó al monarquismo de la Iglesia. Había una pugna insoluble entre los católicos integristas, que achacaban los problemas del país a la masonería (o sea, la izquierda), y los republicanos laicos que culpabilizaban a la Iglesia de los problemas históricos del país.
La lucha duró todo el periodo. Ya desde el principio, con la oposición del cardenal Segura, que (7-V-1931) alertaba en su carta pastoral contra la anarquía, los peligros del comunis­mo y las graves conmociones a las que España se veía expuesta: “Cuando los enemigos del reinado de Jesucristo avanzan resueltamente, ningún católico puede permanecer inactivo”. El Gobierno reaccionó expulsándole de España (13-VI) y las masas se adelantaron con los incendios de iglesias (10 y 11-V-1931. Desde ese momento, y hasta el final de la Guerra Civil, los sacerdotes, sobre todo los más jóvenes, se enfrentaron a la República.
La legislación anticlerical fue muy intensa y fue entendida por la opinión pública conservadora no como una separación entre la Iglesia y el Estado sino como una agresión de éste a aquélla:
- La Constitución de 1931 declaraba la no confesionalidad del Estado.
- La disolución de la Compañía de Jesús (23-I-1932) y la confiscación de los bienes de los jesuitas.
- Las Leyes de matrimonio civil, divorcio (26-II-1932) y secularización de cementerios.
- La Ley de Congregaciones Religiosas (VI-1933).
- La Ley de enseñanza (VI-1933), que apartaba del sector educativo a las órdenes religiosas.
EL PROBLEMA MILITAR.
El ejército tenía demasiados oficiales (20.000 para sólo 100.000 soldados), que estaban mal pagados, tenían pocas expectativas de ascenso, cuna formación escasa y un armamento anticuado. Además, los mandos eran en su mayoría monárquicos.
En el primer bienio, Azaña, como ministro de la Guerra, desarrolló una política de desmilitarización: redujo el número de oficiales con la “ley Azaña” (25-IV-1931), que establecía el retiro con sueldo íntegro de los mandos que no prestasen juramento de fidelidad a la República (casi la mitad de los generales y oficiales se acogió a la ley), pero no consiguió depurar a los generales y jefes más reaccionarios.
Asimismo, mejoró la instrucción, desmilitarizó la administración del Protectorado, reguló los ascensos, redujo el número de las capitanías generales, reorganizó el Estado Mayor Central, suprimió el Consejo Superior de Justicia Militar (2-VI-1931) y cerró la Academia Militar de Zaragoza (29-VI-1931), dirigida por Franco, que criticó esta decisión pero la acató.
El general Sanjurjo, cesado como director de la Guardia Civil en enero de 1932 como castigo a su dura represión de los trabajadores en Arnedo, ya intentó un fracasado levantamiento, la “sanjurjada”, en agosto de 1932.
En el segundo bienio radical-cedista se anularon varias de las reformas y se nombraron a generales africanistas para cargos importantes, con lo que asentaron los fundamentos del Alzamiento. Desde diciembre de 1934, con el nacimiento de la clandestina Unión Militar Española (UME), monárquica y contraria a la República, se fue gestando el golpe de estado, sobre todo a partir de febrero de 1935, encabezado por Sanjurjo y Mola, que se realizó en julio de 1936.
EL PROBLEMA DE LA EDUCACIÓN.
En la España de 1931 era muy grave el analfabetismo (más del 30%) y la falta de escolaridad de la población infantil (más del 40%). Para ello había que extender la escuela por todo el país y reducir el poder de la Iglesia, que había dominado históricamente el sistema educativo.
La reforma educativa, definida legalmente con la Ley de Enseñanza (VI-1933), pero realizada de hecho en 1931-1933, fue promovida por el ministro republicano catalán Marcelino Domingo, que redujo el problema pero se equivocó al suprimir la enseñanza de los centros religiosos antes de contar con suficientes maestros y aulas para la enseñanza pública. En general, fue uno de los grandes logros de la República: una escuela única y laica, extendida por los pueblos y ciudades con 10.000 nuevas escuelas y las Misiones Pedagógicas, con Institutos de Enseñanza Media para la renovación pedagógica, bibliotecas ambulantes... Muchas mujeres comenzaron entonces su educación primaria. 
 
Una maestra da clase a sus alumnas en una escuela de Madrid, 1936.

5. EVOLUCIÓN POLÍTICA DE LA REPÚBLICA.
5.1. BIENIO SOCIAL-AZAÑISTA (1931-1933).
A partir del 15-X-1931 y con Alcalá Zamora instalado en la presidencia de la República (desde 9-XII-1931), se suceden tres gabinetes encabezados por Azaña; sus ministros son republicanos de izquierda y socialistas (Prieto y Largo Caballero). Va superando poco a poco los problemas de orden público en el campo y las ciudades. Resuelve con eficacia el primer golpe de estado de la derecha, que el general Sanjurjo (apoyado por los generales Varela y Goded) lanza en Sevilla (10-VIII-1932), y le encarcela. Desde el verano de 1932 el Gobierno acelera las reformas: estatuto catalán y reformas agraria (IX-1932) y de enseñanza...
Pero fracasan las fuerzas de centro izquierda debido a la crisis económica, la diversidad de intereses de sus partidos, la lentitud de las reformas, el desprestigio por la represión de los campesinos anarquistas en Casas Viejas y el subsiguiente rechazo de la CNT a colaborar en la República. El gobierno sufre el desgaste de dos pequeñas derrotas ante la derecha en unas elecciones municipales parciales (IV-1933) y la elecciones para el Tribunal de Garantía Constitucional (IX-1933), por lo que Azaña presenta su dimisión (12-IX-1933), formándose dos breves gobiernos radicales de Lerroux (septiembre-octubre) y Martínez Barrio, que prepara las elecciones por encargo del presidente Alcalá-Zamora.

5.2. BIENIO RADICAL-CEDISTA (1933-1936).
En las elecciones (19-XI-1933) los partidos de derechas y centro son los más votados, sobre todo la CEDA (115 diputados) y el Partido Radical (102), debido al sistema electoral que premia las coaliciones, a la división de la izquierda en socialistas (bajaron a 58) y republicanos (Azaña sólo obtuvo 5), a la abstención anarquista y al cansancio y reacción de una mayoría “neutral” del país ante los errores de los dos años de la “República de izquierdas”. Ahora se dará una oportunidad, que también durará sólo dos años, a la “República de derechas”.
 
Candidaturas más votadas en 1933.

El principal problema político del nuevo periodo es la cuestión de la entrada en el gobierno de la CEDA, el nuevo partido mayoritario. Como Alcalá Zamora no confía en la fidelidad del cedista Gil Robles a la República, encarga la formación de gobierno al radical Lerroux (XII-1933 a IV-1934), quien gobernará con el apoyo parlamentario de la CEDA, que no entrará al principio en el gobierno.
Las reformas del bienio anterior son paralizadas de hecho en 1934, por falta de voluntad y de eficacia política. Aunque Lerroux sigue siendo contrario a la Iglesia católica, tiene que moderar su radicalismo porque depende parlamentariamente de la CEDA y por ello se suspenden las leyes de Congregaciones Religiosas y Reforma Agraria.
Desde esta contrarreforma crece la ira de la izquierda contra la CEDA, fundamentada también en sus ideas antirrepublicanas y promonárquicas y en su política de claro desprestigio del régimen: Gil Robles se presentaba como un enemigo “interior” de la República y parecía preparar un golpe de estado similar al de los fascismos europeos de los años 30 (mitin de El Escorial el 23-IV-1934, donde proclama que la CEDA se hará con el poder a su tiempo). Además, los generales “africanistas” y los de la UME son impul­sados en su carrera militar (Franco asciende a general de división en III-1934) y los militares rebeldes de 1932 (Sanjurjo) y los políticos de la dictadura (Calvo Sotelo) son amnistiados (25-IV-1934).
El apoyo parlamentario de la CEDA, la contrarreforma legislativa y la amnistía a los enemigos de la República provocan pronto la escisión de la izquierda del partido radical, dirigida por Martínez Barrio, que sale del gobierno (3-III-1934) y funda la Unión Republicana (V-1934) lo que precipita una crisis de gobierno y Lerroux es sustituido por otro radical más conciliador, Samper (IV-1934 a X-1934), con los mismos apoyos parlamentarios, quien afronta el problema catalán de los rabassaires, convertidos en propietarios por una ley de la Generalitat de 12-IV, declarada anticonstitucional por el Tribunal de Garantía Constitucional el 9-VI-1934. Samper reprime la huelga general campesina (VI-1934), pero reunidas de nuevo las Cortes (1-X) la CEDA retira el apoyo a Samper porque cree que es demasiado moderado con la izquierda y exige que Lerroux presida el gobierno.
Así, se forma un nuevo gobierno Lerroux (4-X-1934) que incluye por primera vez tres ministros de la CEDA. De inmediato, la UGT declara la huelga general, prontamente fracasada, en protesta contra el nuevo gobierno.
Revolución de Octubre (1934).
La huelga general se radicaliza empero en la llamada revolución de Octubre en Asturias (6 a 19-X-1934), cuando los obreros socialistas (UGT) y anarquistas (CNT) se alzan en armas en los valles mineros.
Al mismo tiempo, en Cataluña el presidente Companys proclama la “República de Cataluña dentro de la Federación Española”. El levantamiento catalanista es inmediatamente reprimido y el Gobierno de la Generalitat encarcelado.
Franco dirige la represión en Asturias. Las izquierdas son aplastadas: 1.335 muertos, 3.000 heridos, 13.000 detenidos. Franco se convierte en el general favorito de la derecha española, y es recompensado por el Gobierno con el nombramiento de comandante en jefe de Marruecos (15-II-1935).
La reacción.
El gobierno Lerroux-CEDA aprovecha la derrota de la revolución para reiniciar la contrarreforma. Se suspende el Estatuto de Autonomía de Cataluña (2-I-1935) y se boicotean las moderadas reformas del ministro de agricultura, Giménez Fernández, pese a que es un cedista.
La división del gobierno ante la represión de los revolucionarios de octubre y la suspensión de la Generalitat provocó una nueva crisis. Lerroux quería ser flexible para evitar nuevas escisiones en su partido y propuso la con­mutación de algunas penas, y entonces los partidos de Gil Robles y Melquiades Álvarez (Liberal-demócrata) le quitaron su apoyo. Lerroux y Alcalá Zamora intentaron durante varios días dividir a la CEDA, conscientes de que la radicalización de las posturas podía hundir a la República, pero al fracasar, tuvieron que transigir.
Al fin se formó el tercer consecutivo gobierno de Lerroux, el último (6-V a 25-IX-1935), con cinco ministros cedistas (sin el reformista Giménez Fernández). Entre ellos estaba por primera vez Gil Robles, como ministro de la Guerra, que reorganizó el Ejército, reabrió la Academia Militar de Zaragoza y nombró (17-V) a Franco como Jefe del Estado Mayor Central, donde coincidió con los generales conspiradores Goded, Mola y Fanjul. Aumentaba la crisis econó­mico-social pero la represión anuló la conflictividad, a cambio de un aumento de la radicalización de las derechas y las izquierdas.
Chapaprieta, un ministro independiente y reformista eficaz de la Hacienda en los anteriores gobiernos de Lerroux, encabezó dos nuevos y breves gobiernos (25-IX a 29-X y 29-X a 14-XII-1935) en los que se descompone rápidamente la alianza de partidos de derechas y del centro. La CEDA se niega implacablemente a toda reforma que asiente la República (sea de derechas o de izquierdas) y rechaza las propuestas de Chapaprieta de impuestos sobre la propiedad rústica para equilibrar el presupuesto. Además, Lerroux tuvo que dimitir de su ministerio de Estado por los escándalos financieros de los casos Nombela y del estraperlo, en los que estaban implicados varios dirigentes radicales. Se abre una crisis exacerbada por la división de radicales y cedistas, y ante la negativa de la CEDA a aprobar los presupuestos, Alcalá-Zamora propone a Chapaprieta encabezar otro gobierno para disolver las Cortes y, al negarse éste, nombra finalmente el brevísimo gobierno de Portela Valladares (14-31 XII), que ante el nuevo rechazo de la CEDA dimite. El presidente le renueva para otro gobierno (31-XII a 19-II-1936) con el solo encargo de preparar las elecciones, que convoca (7-I-1936) para febrero.

5.3. El FRENTE POPULAR (1936).
La victoria del Frente Popular.
Las derechas aspiraban a revalidar su mayoría, pensando que la oposición estaría desunida otra vez, pero a las elecciones (16-II-1936) acudieron las fuerzas de izquierda unidas (acuerdo de 16-XII-1935, revalidado en enero), con el propósito de evitar una derrota como la de 1933 y realizar un programa reformista común: amnistía para delitos político-sociales (para que salieran sus miembros encarcelados), restablecimiento total de la Constitución, autonomía para las regiones, revisión de la ley de orden público, reforma fiscal, inversiones en enseñanza y la reforma agraria. Pero, por imposición de los republicanos moderados, no había reivindicaciones revolucionarias (no nacionalización de las tierras ni de las industrias).
 
Niños con un puño en alto en febrero de 1936, una imagen expresiva de la intensa politización en la sociedad española.

La victoria del Frente Popular fue general en todo el país, alcanzando una abrumadora mayoría parlamentaria, magnificada por la ley electoral, resultado de un grave error de cálculo de la derecha, que había previsto su propio triunfo y desdeñó aliarse con el centro. La izquierda, con un 34,3% de los votos, alcanzó 278 diputados; la derecha, con un 33,2% sólo obtuvo 124 diputados; el centro, con un 5,5% consiguió 51 diputados. Con una diferencia de sólo un 1,1% de los votos la izquierda más que dobló a la derecha en diputados.
 
Candidaturas más votadas en 1936.

La derecha, por el desperdigamiento de sus votos en muchas circunscripciones en las que perdió, se hundió: la CEDA sólo consiguió 87 diputados, el Partido Radical se desmoronó hasta sólo 9, la Falange a ninguno. El centro, formado por la Lliga Catalana, PNV y el centro republicano de Alcalá-Zamora, se benefició de su concentración en pocos distritos electorales.
Desde entonces la derecha consideró que sólo un golpe de estado le permitiría recuperar el poder y comenzaron los contactos de sus dirigentes con los militares y la ultraderecha para prepararlo.
El gobierno de izquierdas.
Azaña formó gobierno (18-II) con apoyo de los republicanos y socialistas. Azaña y Prieto eran partidarios de un gobierno moderado, que asentase una situación de normalidad y el nuevo gobierno de izquierdas reactivó las reformas del primer bienio.  En especial, se dictó una amnistía general de presos políticos, entonces unos 30.000; se acordó el alejamiento de los generales más peligrosos; se devolvió la autonomía a Cataluña y se preparó la de otras regiones, en especial País Vasco y Galicia; se impulsó la reforma educativa con un programa de construcción de escuelas del ministro Domingo, así como la reforma agraria para calmar al campo, donde se reinició con fuerza el reparto de tierras y se asentaron más de 70.000 campesinos en más de 200.000 hectáreas.
Pero estas medidas, que a los anarquistas y socialistas más extremistas les parecían insuficientes, no podían ser aceptadas por la derecha, con lo que la radicalización de los bandos creció y desbordó a Azaña y Prieto.
Entonces llegó la destitución parlamentaria del presidente Alcalá-Zamora, por sus responsabilidades en la segunda disolución de las Cortes. Azaña fue elegido (8-V) como presidente de la República, pese a que lo hizo con vacilaciones, pues comprendía que era un error, pero finalmente lo aceptó porque quería huir del conflictivo cargo de primer ministro. Azaña propuso al socialista Indalecio Prieto para el cargo de primer ministro con la intención de separar a éste del bando de Caballero, pero Prieto, sin apoyo suficiente dentro de su partido, rechazó el cargo y entonces Azaña nombró para el gobierno a un compañero de su propio partido, el galleguista Casares Quiroga (10-V a 18-VII-1936), que carecía de un sólido apoyo político.
La creciente tensión política.
Desde entonces semanas de continuos conflictos anunciaron la Guerra Civil. Barcelona y el Norte vivieron una paz notable pero en Madrid y el Sur del país se padecía “la primavera trágica”: se sucedían las ocupaciones de fincas en Andalucía, las huelgas de la construcción en las ciudades, y muchos atentados, contra Largo Caballero, Jiménez de Asúa, Prieto y otros, realizados tanto por la derecha (Falange) como por la izquierda (CNT). Desde las elecciones de febrero hasta julio murieron unas 200 personas por motivos políticos.
Los republicanos y socialistas moderados querían evitar la anunciada Guerra Civil e incluso algunos militares implicados, como el mismo Franco, dudaban del éxito del inminente golpe de estado, pero los extremos de ambos bandos empujaban hacia el choque. Largo Caballero, que dirigía el sector socialista marxista, mayoritario en el PSOE y la UGT, era partidario de la doble fusión PSOE-PCE y UGT-CNT y lanzaba discursos contra la burguesía republicana. Parecía preparar la toma del poder por la clase obrera, previa destrucción de la República y de sus aliados burgueses, según un plan similar al de la revolución rusa de 1917. Verdad o apariencia, su actitud fue un grave error.
El aldabonazo tal vez fue el asesinato de Calvo Sotelo por unos guardias de asalto el 13 de julio, en represalia por el asesinato de un teniente de los guardias de asalto. El efecto fue terrible en la opinión pública conservadora, que temió una in­minente masacre general en una nueva “revolución roja”.

6. LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA.
6.1. EL ALZAMIENTO.
La conspiración militar.
El sector más duro del ejército lo componían los generales Franco, Mola, Goded y Queipo de Llano, que fueron enviados preventivamente por el gobierno a regiones apartadas, pero ello no evitó que avanzaran los preparativos para un golpe de estado militar.
El 17 de febrero el general Fanjul fracasó en promover un motín en el cuartel de la Montaña de Madrid contra los resultados electorales y Franco, el 19 de febrero, llegó a pedir al ministro Portela Valladares, que anulase las elecciones. El mismo día el nuevo Gobierno le destinó a la Comandancia de Canarias, lo que él consideró un destierro, mientras Mola fue destinado a Navarra y Goded lo fue a Baleares. El 8 de marzo los generales conspiradores se reunieron en Madrid y desde abril Mola lo dirigió, siempre a las órdenes de Sanjurjo, exiliado en Lisboa, fijando en un acuerdo en junio con el delegado general tradicionalista Manuel Fal Conde la fecha del golpe de estado entre el 10 y 20 de julio. El 23 de junio Franco advirtió en una carta al primer ministro Casares Quiroga del riesgo de estallido de una rebelión provocada por la división militar.
La trama civil la componían los carlistas navarros con sus requetés armados, los falangistas, los monárquicos de Calvo Sotelo y muchos conservadores.
El plan del golpe elaborado por Mola consistía en vencer en todas las grandes ciudades en un plazo máximo de dos semanas, usando una extrema violencia, lo que explica las inmediatas y masivas ejecuciones de quienes se resistían, tanto militares como civiles.
 
Mapa de las zonas republicana y rebelde al inicio del golpe de estado.

El principio de la guerra.
El alzamiento se inició la tarde del 17 de julio en el Ejército de África en su cuartel general de Melilla y en los días 18 y 19 de julio en diversas capitales del país. Franco sublevó Canarias y tomó el 18 el mando del ejército de África. Decretaron el estado de guerra Mola en Pamplona, Queipo de Llano en Sevilla, Saliquet en Valladolid, Goded en Baleares, Cabanellas en Zaragoza... sometiendo en estos lugares con rapidez a los partidarios de la República mediante ejecuciones y encarcelamientos.
Pero el golpe de estado fracasó en su objetivo a corto plazo de tomar las grandes ciudades. Goded no pudo tomar Barcelona, en manos de los anarquistas. Madrid permaneció en manos del Gobierno, tras el asalto al cuartel de la Montaña (20-VII). Valencia y Bilbao corrieron igual suerte. La muerte de Sanjurjo en un accidente de aviación el día 20, cuando salía de Lisboa para encabezar el levantamiento redujo la extensión y la euforia del golpe. Entre el 20 y el 25 de julio fracasaron los primeros intentos rebeldes por tomar Madrid, en los combates de la sierra de Guadarrama. La situación estaba indecisa y parecía que el golpe estaba a punto de fracasar.
Azaña reaccionó con el nombramiento (18-VII) de Martínez Barrio, de Unión Republicana, presidente de las Cortes, como nuevo primer ministro, por un solo día, pues fracasó en la conciliación, en la que llegó a ofrecer a Mola la cartera de Guerra. Fue sustituido por Giral, de Izquierda Republicana, en el 19º Gobierno republicano (19-VII a 4-IX-1936), que pidió la ayuda del Frente Popular francés, encabezado por Léon Blum. Por su parte Franco envió representantes a pedir ayuda a Hitler y Mussolini.
Al principio parecía evidente que los republicanos ganarían la guerra: conservaban gran parte del ejército y casi toda la flota y la aviación, tenían la capital y la posición central, las principales costas y las zonas más pobladas e industriales.
Los nacionales ocupaban posiciones divididas: la zona más amplia en el Norte, con Galicia, Castilla la Vieja, Navarra, Álava, partes de Extremadura y Aragón; en el Sur Canarias y Mallorca, el protectorado de África, y las ciudades de Sevilla, Cádiz, Algeciras, Córdoba y Granada, empero aisladas entre sí. Era una España más rural, pobre y poco poblada.
Pero mientras el gobierno republicano no tomó conciencia de la gravedad de la situación y estaba dividido, los militares sublevados se unificaron en pocas semanas con el objetivo de ganar la guerra, bajo el mando político y militar del general Franco.
Los bandos nacional y republicano.
El bando nacional reunió desde el primer momento a los partidos y grupos antirrepublicanos y a algunos que habían colaborado en la República al principio. Eran los partidos monárquicos (borbónicos y carlistas), católicos, republicanos conservadores, la CEDA, muchos radicales, catalanes de la Lliga Regionalista, la Falange y los pequeños partidos fascistas. Su base social era el clero, los terratenientes, la burguesía (alta y pequeña), los militares.
El bando republicano reunió a los burgueses radicales, socialistas, comunistas y anarquistas. Su base social era la burguesía mediana, los intelectuales, los funcionarios, los obreros y los campesinos.
El ejército, como el pueblo y el territorio, quedó dividido. Apoyó el alzamiento algo menos de la mitad de las Fuerzas Armadas, aunque el resto era más bien pasivo, pero el ejército de África era el más preparado e inclinó la balanza en favor de los nacionales.
La represión.
La represión mutua en los primeros meses fue salvaje, con la intención de aniquilar físicamente al enemigo perteneciente a las otras clases sociales.
En la zona republicana fueron fusilados en Madrid el 1 de agosto el falangista Ledesma y el monárquico Maeztu, y el 20 de noviembre fue fusilado en Alicante el falangista Primo de Rivera; multitud de monjas y sacerdotes, propietarios y empresarios fueron asesinados, lo que enajenó a la República muchas simpatías internacionales. La represión fue particularmente violenta en las zonas dominadas por bandas anarquistas incontroladas, como Cataluña, donde hubo 8.400 ejecutados, y Aragón. Pero ya a finales de 1936 fue muy esporádica y pronto cesó casi del todo.
En la zona nacional la represión fue más organizada y continuada, con consejos de guerra inmediatos y como medios de ejecución se usaron el fusilamiento y el “paseo” (así fue asesinado García Lorca en Granada el 19 de agosto). La mayoría de los militantes y muchos simpatizantes de los partidos y sindicatos de izquierda fueron ejecutados, incluyendo a menudo familiares directos. Los restantes fueron encarcelados o vigilados estrechamente.
6.2. EL DESARROLLO DEL CONFLICTO.
Podemos distinguir cinco grandes fases en las operaciones militares: 1) operaciones para los enlaces de la zona nacional, 2) batallas para tomar Madrid, 3) la campaña del Norte, 4) las batallas de Aragón, 5) la caída de Cataluña.
Capítulo aparte merece el desarrollo político de ambos bandos, aunque estuvo directamente marcado por el decurso de las operaciones militares.
 
Mapas del desarrollo de la Guerra Civil.

OPERACIONES PARA LOS ENLACES DE LA ZONA NACIONAL (1936).
La estrategia inicial.
La estrategia inicial de los dos bandos era simple:
Los republicanos, desprovistos de la iniciativa, aspiraban a evitar la extensión de la sublevación, para dar tiempo a que se impusiera su superioridad en población y economía, y crear un ejército poderoso que decidiera la guerra después. Asimismo intentaron liquidar la resistencia rebelde en las zonas más próximas (Baleares, Aragón, Asturias), en lo que fracasaron.
Los nacionales, en cambio, lanzaron unas campañas “de enlaces”, con el objetivo de juntar las dos grandes zonas rebeldes, al Norte y al sur, para marchar de inmediato contra Madrid y acabar la guerra con la conquista de la capital, un logro que en el s. XIX había decidido siempre los golpes de Estado. Consiguieron pronto el enlace, pero no Madrid, con lo que la guerra se convirtió en un largo conflicto de desgaste.
 
Mapa de la evolución del conflicto.

El paso del Estrecho (julio-agosto de 1936).
Franco pasó a la Península a principios de agosto, con 30.000 soldados de África (las fuerzas legionarias y de regulares eran las que tenían mejor oficialidad, entrenamiento y armamento del Ejército), con un puente aéreo y un convoy naval, gracias a los errores estratégicos republicanos y la ayuda aérea alemana e italiana. Así pudo compensar la inicial superioridad republicana en la Península y tomar el mando entre los generales rebeldes. En los primeros días de agosto se consolidó el dominio del Bajo Guadalquivir, desde Huelva a Granada, estableciéndose Franco en Sevilla.
 
Retrato de Francisco Franco en la época de la Guerra Civil.

La marcha a Madrid (agosto-noviembre de 1936).
Desde el Norte las tropas de Mola convergieron hacia Madrid y Extremadura, sin encontrar oposición hasta la sierra de Guadarrama.
Desde el sur, las tropas africanas marcharon rápidamente hacia el Norte por Andalucía y Extremadura (7-VIII en Almendralejo, 11 en Mérida, 15 en Badajoz, 26 en Cáceres), enlazando con la zona nacional de Castilla la Vieja. En esta marcha Franco se retrasó para tomar Badajoz (cuyos defensores fueron ejecutados tras resistir una semana) y cambiar su dirección para poder liberar el alcázar de Toledo, un gran golpe de propaganda (27-IX).
En el intervalo Franco se había hecho en septiembre con el mando de Generalísimo de los Ejércitos y Jefe de Estado, mientras Mola ostentaba el mando militar conjunto sobre los ejércitos del sur y del Norte. Mientras tanto, Largo Caballero era en septiembre el nuevo jefe del gobierno republicano, sustituyendo a Giral.

BATALLAS PARA TOMAR MADRID (1936-1937).
La batalla de Madrid (noviembre 1936-enero 1937).
Franco llegó a amenazar Madrid a primeros de noviembre. Azaña ya se había marchado de la capital a mediados de octubre y el Gobierno marchó a Valencia (5-XI), cuando la derrota parecía inminente, pero entonces los republicanos reforzaron sus efectivos y la moral: “No pasarán” fue su grito de guerra. Comprendieron que estaban a punto de perder la guerra si no reaccionaban con eficacia. Había que formar un ejército disciplinado que hiciera frente a los nacionales: se inició la constitución de un ejército popular, en el que los milicianos se consideraron soldados, y se llamó a filas a los reservistas de 1932 y 1933.
Los generales Miaja y Rojo organizaron la defensa y las brigadas internacionales y las milicias republicanas resistieron. Del 15 al 23 de noviembre unas sangrientas batallas (Ciudad Universitaria, Guadarrama o Jarama), en las cercanías y en las rutas de comunicaciones, detuvieron a los nacionales y la ciudad se salvó, anunciando una larga guerra de desgaste. Los combates encarnizados siguieron hasta enero de 1937.
La batalla de Málaga (enero-febrero 1937).
En el sur, en enero-febrero una campaña de “diversión” de nacionales e italianos conquistó Málaga (8-II), donde la represión fue muy brutal.
La batalla del Jarama (febrero 1937).
Del 5 al 15 de febrero la batalla del Jarama se emprendió por los nacionales, para atacar Madrid desde el sur, atravesando el río y cortando la comunicación con Valencia para impedir el abastecimiento de la capital. Lo primero se consiguió, pero no lo segundo, con un terrible saldo de bajas entre los brigadistas internacionales y los legionarios y regulares marroquíes. Al final se estabilizó el frente en el sur de Madrid.
La batalla de Guadalajara (marzo 1937).
Del 8 al 21 de marzo la batalla de Guadalajara fue un intento de los italianos de hacer una pinza desde el Norte, mientras los españoles atacaban desde el Jarama. Pero fue una grave derrota de las fuerzas italianas, arrolladas por un contraataque republicano. Fue el fin de esta etapa de lucha por Madrid.
LA CAMPAÑA DEL NORTE (1937).
Campaña del Norte (marzo-octubre 1937).
Franco se concentró después en la conquista de las zonas industriales del Norte: el País Vasco, Santander y Asturias (menos Oviedo, en manos nacionales desde el principio), defendidos por las milicias del PNV y las milicias de la UGT y la CNT, gravemente desunidos todos y sin un mando único militar. La campaña nacional se inició en marzo, dirigida por Mola hasta su muerte en junio. Los nacionales hicieron un uso masivo de artillería y armas modernas que llevaron a la derrota republicana, con hitos como el bombardeo aéreo cuyo horroroso primer ejemplo de guerra total fue la destrucción de Guernica (26-IV-1937), con tal vez unos 1.000 muertos, debido al bombardeo de los aviones de la Legión Cóndor alemana.
Luego cayó Bilbao (19-VI) y los batallones vascos se rindieron (26-VIII) en Santoña a las tropas italianas, pues no querían luchar fuera del País Vasco.
Los intentos republicanos de aliviar la presión sobre el Norte mediante una ofensiva en el centro fracasaron en el frente de Madrid en Brunete, del 6 al 26 de julio, y en el frente de Aragón en Belchite y Quinto, del 24 de agosto al 15 de septiembre. Causa fundamental fue la superioridad aérea nacional (gracias a la Legión Cóndor).
Cayó Santander (26-VIII) y luego lo hizo Gijón (21-X), el último reducto republicano en el Norte. Los republicanos no habían conseguido recuperar ni un solo territorio importante desde el principio de la guerra.
En el otoño de 1937 hubo unos meses de tranquilidad: ambos bandos se preparaban para las ofensivas finales, mientras fracasaban las propuestas de paz del Comité de No Intervención. La capitalidad republicana se trasladó a Barcelona. Los nacionales concentraban sus fuerzas en Guadalajara, con vistas a un nuevo ataque sobre Madrid desde el Norte.

LAS BATALLAS DE ARAGÓN (1938).
La campaña de Aragón (diciembre 1937-abril 1938).
Los republicanos idearon una gran ofensiva que desviase la atención de los nacionales y atacaron en Aragón desde el 15 de diciembre. Rompieron el frente en Teruel y sitiaron la ciudad durante varias semanas, en condiciones climáticas muy adversas, mientras los nacionales contraatacaban. Finalmente Teruel cayó en manos republicanas, pero poco después la perdieron (17-II-1938), y a continuación los nacionales rompieron el frente de Aragón. Entonces Franco dirigió sus fuerzas de reserva por la brecha, para ocupar Valencia y quebrar por la mitad el territorio republicano.
La campaña de Levante (abril-julio 1938).
Los nacionales prosiguieron su ofensiva tomando Lérida (5-IV) y Vinaroz (15-IV), con lo que llegaron al Mediterráneo y separaron en dos partes el territorio republicano. Pronto tomaron Castellón y comenzaron la ofensiva contra Valencia, que sería interrumpida por la siguiente fase militar.
La batalla del Ebro (julio-noviembre 1938).
Fue la más larga y sangrienta batalla de la guerra. Los republicanos necesitaban recuperar la comunicación entre el centro y Cataluña, además de impedir la ofensiva sobre Valencia. Además, pensaban prolongar la guerra con un triunfo que debilitase a los nacionales hasta que la previsible guerra europea estallase y la República pudiese entonces contar con una mayor ayuda exterior. Pensaban que si rodeaban y destruían a las tropas nacionales en la zona del bajo Ebro y Castellón lograrían todo esto a la vez.
El 25 de julio cruzaron el Ebro por Mequinenza, con un fuerte ejército reunido en Cataluña y al principio consiguieron algunos éxitos locales, pero no rompieron el frente por completo y después se entabló una batalla de desgaste en las trincheras durante tres meses, en la que Franco volcó su gran superioridad en material, sobre todo artillería y aviación, con el objetivo de aniquilar al Ejército republicano de Cataluña. Fue un nuevo “Verdún”. Al fin los nacionales rompieron el frente (30-X) y recuperaron lo perdido: el 16 de noviembre los republicanos se retiraban a sus posiciones anteriores.
En esta campaña la información sobre las bajas es dudosa. Para Thomas el bando nacional tuvo unas 33.000 bajas entre muertos y heridos más unos pocos prisioneros, y el republicano más del doble, cerca de 70.000 bajas, divididas en 30.000 muertos, 20.000 heridos y 20.000 prisioneros. Para otros autores, cada bando tuvo unas 60.000 bajas.
Lo que es indiscutible es que mientras el banco nacional quedaba dueño del terreno, subida la moral y fuerte en tropas y material, el bando republicano se había replegado vencido y veía acabadas sus reservas de hombres y material, lo que abría Cataluña de par en par ante la siguiente ofensiva nacional.
El 22 de noviembre las brigadas internacionales empezaban a abandonar el país, pues los políticos republicanos sólo aspiraban ya a una paz negociada con la mediación internacional.
LA CAÍDA DE CATALUÑA (1939).
La campaña de Cataluña (diciembre 1938-enero 1939).
El 23 de diciembre de 1938 el ejército nacional lanzaba su ofensiva general en Cataluña. Eran 300.000 hombres contra los 200.000 republicanos, estos mucho peor entrenados y armados. La sucesión de conquistas fue imparable, sólo con pequeños combates: Tarragona (15-I), Barcelona (26), Gerona (4-II) y el resto entre el 5 y el 9 de febrero. Se produjo en éxodo de cientos de miles de republicanos a Francia.

Mapa de la campaña de Cataluña.

También caía en manos de los nacionales la isla de Menorca (9-II), sin lucha por mediación de Gran Bretaña, con lo que se completaba el dominio franquista sobre las islas Baleares.

EL FIN DE LA GUERRA (1939).
La caída del resto del territorio republicano.
Franco no emprendió la ofensiva final de inmediato. Sabía que la República estaba a punto de caer por sí sola.
Todavía resistían el Centro y el Levante: los republicanos más decididos, Negrín y los comunistas, querían alargar la guerra para esperar la inminente guerra europea, que tal vez hubiera variado el curso de la española.
Pero el 27 de febrero Francia y Gran Bretaña reconocían oficialmente al Gobierno de Franco. Creyéndose privado de legitimidad internacional, el 28 de febrero Azaña dimitió en París como presidente de la República, asumiendo el cargo Martínez Barrio, que también se quedó en París, sin intención de volver a España. Negrín quiso reorganizar el Estado Mayor Central, dirigido por el coronel Casado, pero este quería acabar la guerra y soñaba con un nuevo “abrazo de Maroto”, como el que había puesto fin a la primera guerra carlista. Casado contaba con el apoyo de los republicanos más desmoralizados, como el socialista Julián Besteiro, la mayoría de los anarquistas y los militares Miaja, Menéndez y Ruiz-Fornells. Franco, mientras llegaba el final, se alineaba con las Potencias del Eje: entraba en el Pacto Anti Komintern (27-III-1939, renovado en 1941), y firmaba el Tratado de Amistad con Alemania (31-III).
El golpe militar de Casado en Madrid triunfó (4-III) sobre Negrín y los comunistas, que acabaron aceptando la situación (12-III). Casado, Miaja y Besteiro participaron en el Consejo Nacional de Defensa, cuyo objetivo era precipitar el final de la guerra mediante conversaciones de capitulación (iniciadas el 13-III). Ofrecieron una rendición con honor, sin represalias y que los dirigentes republicanos pudieran abandonar el país, pero Franco exigió negociar sólo con oficiales, sin civiles, y consiguió que Casado y sus partidarios se rindieran sin condiciones (28-III). Las tropas nacionales entraron el mismo día en Madrid, y se lanzaron sin resistencia para ocupar el resto del territorio todavía republicano.
El 1 de abril, tras tomar los últimos puertos de Valencia, Alicante y Cartagena, Franco comunicó su victoria definitiva: “En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos. La guerra ha terminado”.
 
Mapa de la campaña final.

6.5. LA ESPAÑA NACIONAL Y LA REPUBLICANA.
La España nacional.
En la España nacional, la política interior había sido de unidad de todas las fuerzas políticas y paramilitares, lo que garantizó la máxima eficacia: estrategia de guerra lenta de desgaste (que sirvió a Franco para consolidar su presente y futuro poder, al exterminar a sus enemigos), mejor armamento, militarización de la sociedad y de la economía.
El jefe de la sublevación era el general Sanjurjo, pero su muerte en accidente de aviación al venir de Lisboa (20-VII-1936) abrió el camino a Franco, facilitado por otro accidente similar que eliminó al general Mola en 1937. La Junta de Defensa Nacional, presidida por el general Cabanellas, nombró a Franco como Generalísimo de los Ejércitos (12-IX-1936), jefe de gobierno (29-IX) y Jefe de Estado (1-X), quedando disuelta la Junta. El gobierno se estableció en Salamanca, hasta febrero de 1938, que pasó a Burgos. El 16 de noviembre de 1936 Alemania e Italia, y luego Portugal, reconocían oficialmente al Gobierno de Franco, cuando pensaban que su victoria en Madrid era ya inminente.
Franco preconizó la tesis de que la total unidad política era imprescindible para ganar una guerra larga y el Decreto de Reunificación (19-IV-1937) unió a todas las fuerzas políticas de la derecha en la Falange Española Tradicionalista y de las JONS, que suprimió al resto de los partidos y organizaciones nacionales (falangistas, carlistas, cedistas y monárquicos). Franco fue nombrado su Jefe Nacional. El líder falangista Manuel Hedilla debía ser el jefe de la Junta Política y su negativa a aceptar le llevó a un consejo de guerra y la cárcel (22-IV). Entretanto, el general Mola murió en accidente de aviación (3-VI). Desde ese momento Franco tuvo un poder omnímodo, tanto civil como militar.
Era un modelo ideológico fascista, pero en su esencia era un régimen autoritario, que contó con el apoyo de los empresarios, los propietarios agrarios, grandes sectores de la burguesía, los militares, y, punto fundamental para legitimar la “Cruzada nacional”, la Iglesia católica, que había sufrido terribles bajas (5.000 sacerdotes y 1.500 religiosos ejecutados) en la revolución social de los primeros meses. Se publicó una carta colectiva del episcopado en favor del bando nacional (VII-1937) y el Vaticano reconoció pronto (X-1937) al régimen de Franco.
La política económica y social era de inspiración falangista: el ejemplo fascista y nazi era dominante en el régimen y la Falange era la única alternativa nacional semejante. La economía fue militarizada mediante la intervención y la reglamentación estatal, pero no se tocó la propiedad privada: sólo se ordenaba qué producción se debía hacer y a qué precio.
- La primera realización legislativa del nuevo Estado nacional fue el Fuero del Trabajo (III-1938), que establecía el derecho y el deber de todos los españoles al trabajo, dentro de los principios de justicia social (tomados de la filosofía social católica).
- En el aspecto religioso fueron anuladas todas las disposiciones anticlericales del régimen republicano: matrimonio civil, divorcio, y se restauró la Compañía de Jesús.
- En el aspecto agrario se creó (IV-1938) el Servicio Nacional de Reforma Económica y Social de la Tierra, que devolvió a sus antiguos propietarios las tierras expropiadas por el IRA republicano.
- Se estableció un rígido control de censura.
La España republicana.
En contraste, la República sufrió una constante falta de unidad y al principio una revolución social violenta: sobre todo, la persecución religiosa dañó mucho la imagen republicana en el exterior. Pero también miles de propietarios y empresarios fueron ejecutados y muchas tierras y fábricas ocupadas, sobre todo por los anarquistas, con una colectivización agraria en Aragón y la incautación de fábricas en Cataluña hasta un 70% del total. Los partidos y sindicatos acaparaban armas y milicianos, lejos del frente, a fin de realizar la revolución en la retaguardia. Por todo ello, la República tardó casi un año en organizar un mínimo de cohesión en sus fuerzas militares, y además dispuso de un armamento siempre precario, pues sufría un bloqueo exterior de armas y le faltaba la industria pesada del Norte (perdido en 1937). Con todo, en 1937 se había organizado un ejército regular de 500.000 hombres (similar en número al nacional), bastante bien armado y disciplinado (aunque no tanto como el nacional) y peor mandado, lo que le pondría en desventaja.
Giral había ocupado la jefatura de gobierno a finales de julio de 1936 y lanzado propuestas de arreglo, hasta que le sustituyó Largo Caballero (5-IX-1936), en un nuevo Gobierno, con participación socialista, azañista, de Esquerra Catalana, comunista y anarquista (cuatro ministros), que intentó detener la revolución social y el “terror rojo” para concentrarse en ganar la Guerra Civil.
La lucha (un conflicto civil dentro de una Guerra Civil) de mayo de 1937 entre moderados (socialistas y comunistas) y radicales (socialistas marxistas, anarquistas y POUM en Cataluña), fue el enfrentamiento entre quienes querían ganar primero la guerra y hacer la revolución después, y los que querían hacer la revolución enseguida. El triunfo de los primeros en los breves combates de mayo permitió mantener el esfuerzo bélico, pero a costa de la división interna (bastantes radicales, como Andrés Nin, del trotskista POUM, fueron ejecutados).
Después de la dimisión de Largo Caballero el bando republicano tuvo un nuevo gobierno, el 21º de la República (17-V- 1937), presidido por el socialista moderado Juan Negrín, que perduró hasta el final de la guerra. Sus objetivos eran alargar la guerra hasta que estallase la guerra en Europa o se firmase una paz aceptable y para ello debía mantener el apoyo de la URSS (la única potencia que le ayudaba) y del PCE (el partido dominante en la izquierda por su organización interna, aunque fuera minoritario), lo que explica que Negrín fuese tildado de filocomunista sin serlo. Las colectivizaciones anarquistas fueron suprimidas entonces. La propiedad privada se respetó, lo que permitió mejorar la situación alimentaria en la retaguardia (aunque siempre fue difícil). La reforma agraria (reparto de 4 millones de hectáreas) y la incautación de la industria bélica (1938) fue, empero, poco eficaz en el suministro de bienes.
Si repasamos la evolución de los partidos, vemos que los socialistas se dividieron entre los radicales (Largo Caballero, apartado en mayo de 1937), y los moderados (Indalecio Prieto y sobre todo Negrín), que triunfaron en 1937. Los comunistas (muy moderados durante la guerra), comenzaron a influir decisivamente sobre los socialistas, gracias a la importancia del apoyo soviético. Los republicanos, con una base burguesa, pronto fueron apartados, como Azaña.
El gobierno republicano se refugió en Valencia entre julio de 1936 y octubre de 1937, y luego en Barcelona, para volver a Valencia en enero de 1939.
6.6. IMPLICACIONES INTERNACIONALES.
La Guerra Civil fue un problema internacional, en el que se vieron envueltas todas las grandes potencias, preparando la configuración de los bloques de la guerra mundial. Los apo­yos republicanos se lograron en los medios izquierdistas, en URSS y México. Los de los nacionales en Alemania, Italia y Portugal.
La mayoría de los historiadores ha considerado que el equilibrio alcanzado en los meses siguientes a julio de 1936 sólo podía ser roto por la ayuda internacional a los bandos. El apoyo exterior fue mucho más eficaz para el bando nacional, por lo que este a largo plazo ganó la guerra. Sin la ayuda de Hitler y Mussolini tal vez Franco no hubiera perdido, pero tampoco hubiera ganado antes del inicio de la II Guerra Mundial, lo que hubiera podido virar totalmente la situación en España.
Brigadas Internacionales.
Los voluntarios de la izquierda internacional afluyeron al bando republicano, integrándose en brigadas especiales, siendo decisivos en algunas de las batallas de resistencia (Jarama, Guadalajara). El bando nacional lanzó el mito de un ejército rojo, mayoritariamente ruso, pero sólo hubo un total de 40.000 hombres a lo largo del conflicto, con un máximo de 18.000 al mismo tiempo. Se retiraron a finales de 1938.
EE UU, Gran Bretaña y Francia.
EE UU, Gran Bretaña y Francia mantuvieron una neutralidad cada vez más benevolente para Franco, lo que impidió el envío de ayuda militar y financiera al gobierno republicano. Francia y Gran Bretaña acordaron (5-VIII-1936) formar el Comité de No Intervención, al que se adhirieron luego la URSS, Alemania e Italia, un acuerdo que en la práctica no funcionó. Francia, en manos del Frente Popular, fue la única democracia occidental que ayudó un poco a la República, pero la amenaza nazi y la repulsa británica a una República revolucionaria y comunistas frenaron una ayuda que fuese suficiente. Desde febrero de 1939 estas potencias reconocieron al gobierno de Franco, cuyo triunfo era inminente.
URSS.
La URSS apoyó a la República con armas, especialmente 600 aviones más tanques y cañones, por un monto de 700 millones de dólares, e instructores. Su esfuerzo resultó esencial en noviembre de 1936 para detener el avance franquista, lo que permitió que la guerra durase tres años. A cambio se quedó con las reservas de oro del Bando de España, evaluadas en 578 millones de dólares. En el aspecto interno impuso la presencia en el poder republicano del Partido comunista (PCE).
Alemania, Italia y Portugal.
Alemania, Italia y Portugal apoyaron a los rebeldes de un modo vital para su triunfo: desde agosto de 1936 dieron dinero, armas, apoyo logístico (esencial para el paso del Estrecho en agosto de 1936) y soldados.
Alemania envió la Legión Cóndor, una poderosa unidad aérea de 4.000 hombres, 800 aviones, con un total de 30.000 hombres (el cambio era frecuente, para facilitar el objetivo de la instrucción) y suministró mucho material (tanques, cañones) y un préstamo de 400 millones de dólares, devuelto durante la II Guerra Mundial con alimentos y metales.
Italia contribuyó con entre 80.000 y 120.000 soldados, y numerosos aviones y tanques, por un monto de 200 millones de dólares.
Portugal envió 20.000 voluntarios en la Legión Viriato y sobre todo sirvió de enlace seguro entre el sur y el Norte de la zona nacional.
6.7. LAS CONSECUENCIAS DE LA GUERRA.
Las pérdidas humanas.
Las pérdidas humanas fueron inmensas, aunque no hay consenso entre los historiadores respecto a su cuantía. Parece una exageración la leyenda del millón de muertos y lo más probable es que fueran unos 600.000, la mitad por causas bélicas y el resto en la retaguardia, siendo las enfermedades y el hambre la causa de unos 100.000 fallecimientos, y el resto consecuencia de la represión de ambos bandos, en especial el nacional, durante y poco después de la guerra, con más de 200.000 muertos.
Eran bajas que afectaron sobre todo a los varones y que conllevaron un descenso de la nupcialidad y natalidad, de modo que se calcula que hubo unos 600.000 no nacidos. Además, se deben sumar cientos de miles de heridos y decenas de miles de mutilados.
En la posguerra hubo casi 300.000 internados en prisión hacia 1941 y en 1950 aún había 30.000. Hubo también decenas de miles de depurados en la Administración y se confiscaron (o multaron) los bienes de mucha gente.
Además hubo un desmoronamiento moral, psicológico y social de las gentes, pues las estructuras familiares y sociales fueron quebrantadas de un modo trágico y duradero.
El exilio.
El exilio de los republicanos afectó posiblemente a más de 700.000 personas a lo largo de la guerra, de los que más de 500.000 volvieron en los años siguientes (360.000 ya en 1939). El exilio permanente afectó a unas 165.000 personas y se concentró en Francia e Hispanoamérica, con muchos intelectuales, artistas, profesionales y técnicos. Fue una grave pérdida para la cultura y la ciencia españolas.
 
Niños repatriados llegados en el Vicente Puchol, Barcelona, 1939. Foto, Carlos Pérez de Rozas.

Las pérdidas materiales.
Las pérdidas materiales fueron enormes por la destrucción de gran parte de los ferrocarriles, puentes y otras infraestructuras de transportes, multitud de viviendas y gran parte del patrimonio artístico, el gasto del oro del Banco de España con la consiguiente depreciación de la peseta, la pesada deuda exterior y la reconversión de la industria civil para el fin militar.
Además, se creó y se mantuvo después un régimen económico autárquico e ineficiente, que arruinó las mejoras que había registrado la economía desde 1917. La recuperación fue por lo tanto muy lenta y sólo en 1951 se recuperó el nivel económico de 1935.

BIBLIOGRAFÍA.
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Exposiciones.
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Zavala, José María. Los horrores de la Guerra Civil. Plaza & Janés. Barcelona. 2003. 416 pp.

Artículos. Orden cronológico.
Fusi, Juan Pablo. En el fuego del combate. “El País” (15-IV-2012) 37. El impacto de la Guerra Civil en la conciencia contemporánea a través de los artistas (Picasso) y escritores (Orwell, Malraux, Hemingway, Azaña).
Cabrera, Mercedes; Junco, José A.; et al. La dimensión coral de la Guerra Civil. “El País” (9-VI-2012) 31. Carta de apoyo a Jorge M. Reverte, periodista e historiador de la Guerra Civil, atacado por los historiadores de derechas.
Viñas, Ángel. Una sublevación militar con ayuda fascista. “El País” (17-VII-2012) 29. La ayuda italiana al inicio de la sublevación.
Constenla, Tereixa. Aquella guerra que cruzó el charco. “El País” (27-III-2013) 39. La variada respuesta de los intelectuales hispanoamericanos ante la Guerra Civil española.
Viñas, Ángel. Las astracanada del oro de Moscú. “El País” (23-VIII-2013) 27. Franco pugnó por recuperar el oro vendido por los republicanos, pese a la falta de base jurídica.
Sánchez Cervelló, Josep. Sobre santos y otras divagaciones. “El País” Cataluña (12-X-2013) 4. El catedrático de Historia Contemporánea de la URV explica, al socaire de las 522 beatificaciones de mártires de la Guerra Civil en Tarragona, que la Iglesia se presenta solo como víctima de los republicanos y oculta que también fue verdugo.
Reverte, Jorge M. La estrategia de la muerte. “El País” Semanal (15-III-2009) 44-53. Resumen de la guerra, con fotos sobre su crueldad.

Manrique, Diego A. El canto de las trincheras españolas. “El País” (9-I-2015) 36. Un sello alemán publica la mayor antología de canciones del bando republicano en la Guerra Civil.

Dosier: Las víctimas del conflicto
Artículos. Orden cronológico.
Junquera, Natalia. ¿Tenemos que esperar 75 años más? “El País” (1-II-2012) 10.
Junquera, Natalia. Galería de la memoria (1). Concepción González Trigo (83 años). El asesino llevaba el reloj de su víctima. “El País” (1-II-2012) 11.
Lázaro, Julio M. Relato del horror franquista en el Supremo. “El País” (2-II-2012) 10.
Junquera, Natalia. Galería de la memoria (2). Jesús Pueyo (falleció el 5 de enero, a los 90 años). Jesús no quería llorar ante los jueces. “El País” (2-II-2012) 11.
Junquera, Natalia. Galería de la memoria (3). Fusilado por dar pan y huevos a los maquis. “El País” (3-II-2012) 14.
Junquera, Natalia. Galería de la memoria (4). Juan Pérez Silva (76 años). ‘Sé hasta la matrícula del verdugo. Lo que quiero es a mi madre’. “El País” (7-II-2012) 18.
Lázaro, Julio M. Las víctimas del franquismo exigen su derecho a saber sin afán de venganza. “El País” (7-II-2012) 18.
Lázaro, Julio M. ‘A los cadáveres les echaban cal viva y los juntaban como arenques’. “El País” (8-II-2012) 12-13.
Junquera, Natalia. Galería de la memoria (5). Felipe Gallardo (84 años), hijo de fusilado. ‘Nadie quiso ayudarnos. Teníamos uno, diez y cinco años, pero éramos rojos. Peligrosos’. “El País” (8-II-2012) 12-13.
Junquera, Natalia. Galería de la memoria (6). Manuel Molina (92 años). ‘Los tiraban a la fosa vivos y los mataban. Cada noche. Yo lo vi’. “El País” (9-II-2012) 19.
Cruz, Juan. Entrevista. Ian Gibson. ‘La derecha no quiere saber de los crímenes franquistas’. “El País” Semanal 1.846 (12-II-2012) 25-32.
Junquera, Natalia. Regreso a la escena del crimen. “El País” (19-II-2012) 22. Los forenses informan sobre los enterrados en las fosas del franquismo.
Larrauri, Eva. 13 asesinados y 50 testigos en Espinosa de los Monteros. “El País” (7-IV-2012) 16-17.
Junquera, Natalia. ‘Mi padre figura en la historia como un canalla. Quiero que se anule su juicio’. “El País” (21-IV-2012) 21.
Rodríguez Marcos, Javier. ‘Los niños jugaban a los fusilamientos’. “El País” (18-XII-2011) 38. Se publica un diario de José Moreno Villa sobre el inicio del asedio franquista a Madrid.
Casanova, Julián. ‘Por amor a España’. “El País” (10-VIII-2012) 25. Los golpes de Estado del general Sanjurjo.
Hernández, Fernando; Ledesma, José Luis; Preston, Paul; Viñas, Ángel. Puntualizaciones sobre Paracuellos. “El País” (21-IX-2012) 29. Resumen el estado de la cuestión de la matanza, que fue realizada por los comunistas y anarquistas, y ordenada y supervisada por un dirigente comunista, Pedro Fernández Checa, al dictado del NVKD ruso. Descartan la implicación directa de Santiago Carrillo, pero no le exoneran de responsabilidad, lo mismo que el general Miaja, porque ambos figuraban en la Junta de Defensa de Madrid, conocieron sin duda el crimen y no lo impidieron como era su deber.
Prados, Luis. Querida tierra hermana... “El País” Semanal 1.886 (18-XI-2012) 58-69. El exilio de 20.000 republicanos en México.

PROGRAMACIÓN.
ESPAÑA: LA 2ª REPÚBLICA Y LA GUERRA CIVIL.
UBICACIÓN Y SECUENCIACIÓN.
BACHILLERATO, 2º curso. Historia.
Bloque 5. España en el mundo de entreguerras.
Apartados:
La Dictadura de Primo de Rivera. El tránsito de la Monarquía a la República: bases socioculturales y fuerzas políticas.
La Constitución de 1931. Las realizaciones y la evolución política de la Segunda República.
Sublevación y Guerra Civil. Dimensión interna e internacional del conflicto español.
Está relacionado con ESO. Eje 3. El mundo actual. Bloque 5. Sociedad y cambio en el tiempo. Apartado 5.3. Cambio social y revolución en la época contemporánea. Cambios y transformaciones en la España Contemporánea.
RELACIÓN CON TEMAS TRANSVERSALES.
Relación con los temas de la Educación para la Paz, de Educación Moral y Cívica, y Educación para la igualdad de oportunidades de ambos sexos, en especial el tema del voto femenino y la condición de la mujer en la II República.
TEMPORALIZACIÓN.
Cinco sesiones de una hora.
1ª Documental, con diálogo para evaluación previa. Exposición del pro­fesor. Cuestiones.
2ª Exposición del profesor. Cuestiones.
3ª Exposición del profesor. Cuestiones.
4ª Exposición del profesor, de refuerzo y repaso; esquemas y comentarios de textos.
5ª Comentarios de textos; debate y síntesis.
OBJETIVOS.
Conocer el proceso histórico de la II República.
Conocer el proceso histórico de la Guerra Civil.
Relacionar los problemas políticos, económicos, sociales, culturales, religiosos con la división en dos bandos.
Relacionar la confrontación en España con la que hubo en el mundo de entreguerras entre el fascismo y las democracias occidentales y los comunistas, con especial hincapié en la intervención internacional en la Guerra Civil.
Valorar la confrontación entre los dos bandos como consecuencia de una fractura social anterior.
Valorar la necesidad de soluciones pactadas, de mutuo provecho, para evitar la violencia en una comunidad, en la que todos pierden.
CONTENIDOS.
A) CONCEPTUALES.
El fin de la monarquía.
El gobierno provisional.
La Constitución de 1931.
Los problemas de la II República.
La evolución política de la II República.
La evolución de la Guerra Civil.
Las implicaciones internacionales.
B) PROCEDIMENTALES.
Tratamiento de la información: realización de esquemas, líneas temporales y mapas del tema.
Explicación multicausal de los hechos históricos: análisis y síntesis de datos; comentario de textos.
Indagación e investigación: recogida y análisis de datos en enciclopedias, manuales, monografías, artículos...
C) ACTITUDINALES.
Rigor crítico y curiosidad científica sobre las ideologías e intereses materiales de los bandos en conflicto en la II República y la Guerra Civil.
Tolerancia y solidaridad respecto a otros grupos sociales.
Valoración crítica de las consecuencias de la Guerra Civil y rechazo de los conflictos bélicos.
METODOLOGÍA.
Metodología expositiva del profesor y participativa activa del alumno, con especial hincapié en que el alumno investigue, analice y sintetice la información, comente los textos y debata y exprese sus ideas sobre un conflicto en España.
MOTIVACIÓN.
Un documental sobre la II República y la Guerra Civil.
ACTIVIDADES.
A) CON EL GRAN GRUPO.
Exposición por el profesor del tema.
B) EN EQUIPOS DE TRABAJO.
Realización de una línea de tiempo sobre los procesos de la II República y la Guerra Civil.
Realización de dos esquemas sobre la UD.
Comentarios de textos sobre la proclamación de la II República, la Constitución de 1931, la revolución de octubre de 1934, el levantamiento de julio de 1936, los bombardeos de ciudades en la Guerra Civil, las ideologías de los rebeldes y los republicanos, el exilio republicano... Especial atención al contraste de los textos de Manuel Azaña y José Primo de Rivera.
Realización de un mapa de los hechos bélicos.
Debate sobre las opciones de guerra y diálogo para resolver los conflictos.
C) INDIVIDUALES.
Realización de apuntes esquemáticos sobre la UD.
Participación en las actividades grupales.
Búsqueda individual de datos en la bibliografía, en deberes fuera de clase.
Contestar cuestiones en cuaderno de trabajo, con diálogo previo en grupo.
RECURSOS.
Presentación digital.
Libros de texto, manuales, mapas.
Fotocopias de textos para comentarios.
Cuadernos de apuntes, esquemas...
Un documental histórico. La Segona República. La Guerra Civil Espanyola.
EVALUACIÓN.
Evaluación continua. Se hará especial hincapié en que se comprenda la relación entre los procesos de España y el europeo en los años 30.
Examen incluido en el de otras UD, con breves cuestiones y un comentario de texto.
RECUPERACIÓN.
Entrevista con los alumnos con inadecuado progreso.
Realización de actividades de refuerzo: esquemas, comentarios de textos...
Examen de recuperación (junto a las otras UD).

APÉNDICE: TEXTO DE COMENTARIO SOBRE LA DEPRESIÓN ECONÓMICA DURANTE LA SEGUNDA REPÚBLICA.
Comín, Francisco. La Gran Depresión y la Segunda República. “El País” Negocios 1.369 (29-I-2012) 24-25. En Llopis, Enrique (coord.). Serie ‘Las grandes crisis de la economía española’. “El País” Negocios (2012). Es un estudio excelente de un catedrático de historia económica de la Universidad de Alcalá sobre la recesión de los años 30 del siglo XX y su devastador impacto sobre la II República. Desde una perspectiva de contenidos procedimentales es además un texto muy útil para un comentario en clase sobre la relación economía-política, y como apoyo documental para un trabajo de investigación de los alumnos.
‹‹La Gran Depresión se inició en Estados Unidos en 1929. Se difundió al resto del mundo mediante la disminución del comercio y los flujos internacionales de capital y la inversión de las corrientes migratorias. España no fue una excepción y fue golpeada, aunque con menor intensidad que otras economías europeas más desarrolladas. La adversa coyuntura internacional intensificó la desaceleración de la actividad económica española, ya visible en 1928, y agravó los desequilibrios estructurales.
La crisis económica desencadenó cambios políticos e inestabilidad social. Los problemas económicos contribuyeron a la caída de la dictadura de Primo de Rivera, que arrastró consigo a la monarquía. Ello despejó el camino al establecimiento pacífico de la Segunda República. La inestabilidad política y social fue general en Europa. Ni siquiera la guerra civil española fue una excepción, pues el rearme de los fascismos en Alemania e Italia estaba ya incubando otra guerra europea. La Guerra Civil fue el preludio de la Segunda Guerra Mundial.
Sin negar la importancia de los factores internos, el contagio internacional tuvo más relevancia en la gestación de la recesión económica en España, como sucedió en el resto de Europa. La economía de la Segunda República siguió las pautas internacionales, con las particularidades propias de los países atrasados y los problemas peculiares de una democracia recién establecida.
Esta interpretación actual contrasta con la tradicional, inspirada en los escritos de los economistas contemporáneos. Estos negaron el contagio de la crisis internacional para responsabilizar de la depresión a factores internos: los errores de los políticos republicanos. Para aquellos economistas, España fue “diferente” en la década de 1930. Los estudios actuales de historia económica muestran lo contrario.
- El atraso, escudo frente al contagio internacional.
La crisis coyuntural fue breve y liviana, como señaló José María Zumalacárregui (1934). Esta moderación de la Gran Depresión en España tiene su explicación en que se trataba de un país atrasado, cuya agricultura ocupaba más del 40% de la población activa. Según Antonio Flores de Lemus (1929), la tendencia y los ciclos anuales del PIB venían marcados por la producción agraria. Ambas variables alcanzaron el máximo en 1929. La mala cosecha de 1930 arrastró al PIB. La crisis industrial y de la construcción empezó al año siguiente. El sector servicios no sufrió la recesión, pero su crecimiento se ralentizó. El PIB solamente disminuyó un 6,4% durante 1930 y 1931, según las estimaciones de Leandro Prados (2010). Sectorialmente, la agricultura y los servicios atemperaron las crisis sufridas por algunas industrias y la construcción. La recesión no afectó a las industrias de consumo (textil), cuya producción aumentó gracias al crecimiento de los salarios reales.
La salida de la crisis española fue rápida porque la excelente cosecha de 1932 elevó el PIB. Tras una recaída en 1933, su recuperación se consolidó en 1934 por otra gran producción agraria. Al año siguiente volvió a alcanzarse el nivel del PIB previo a la crisis gracias al buen comportamiento de la agricultura y a la mejoría de la industria y la construcción. Técnicamente, la crisis coyuntural había acabado en 1935.
En el sector financiero, las cotizaciones de la Bolsa de Madrid cayeron en 1929 y se desplomaron en 1931 y 1932, por influjo de la crisis industrial y de la proclamación de la República. No obstante, la Bolsa madrileña se había recuperado ya en 1935. En Europa y Estados Unidos, los pánicos bancarios de 1931 convirtieron una simple recesión en la Gran Depresión. Pues bien, el atraso bancario evitó este desastre en España, donde solo quebró un banco (el de Barcelona). La escasa internacionalización de sus operaciones y el reducido peso de sus inversiones industriales explican la resistencia de los bancos españoles al contagio de la crisis financiera internacional, según Pablo Martín Aceña (2004).
- La insuficiente protección del comercio exterior.
Olegario Fernández Baños (1934) señaló que la crisis española se desarrolló al margen e independientemente de la mundial, debido a su aislamiento, creado por los altos aranceles y el aumento del tipo de cambio de la peseta. Las cifras históricas muestran lo contrario: la crisis internacional afectó seriamente a los sectores exportadores e importadores, redujo la inversión extranjera y provocó el retorno de los emigrantes. La explicación radica en que la protección exterior (aranceles y depreciación de la divisa) existente en 1929 fue insuficiente para evitar el contagio de la crisis internacional.
Es más, la protección relativa empeoró en los años 1930, pues España no practicó las políticas de empobrecer al vecino. Estas funcionaron para Reino Unido porque otros países no las adoptaron. España se protegió menos y tardíamente, como muestra la evolución de la protección aparente (recaudación en aduanas / importaciones). La República no aumentó la protección arancelaria hasta 1933. Ni siquiera entonces recurrió con convicción a los contingentes a la importación. En 1929, el grado de apertura (porcentaje del comercio exterior en el PIB) era inferior en España que la media europea, según Antonio Tena (2005). Pero la caída de la apertura exterior fue menor en España. A pesar de lo cual, esta disminuyó a la mitad entre 1930 y 1935. Esto revela que las repercusiones de la crisis internacional sobre el comercio exterior fueron apreciables.
La crisis internacional también empeoró el saldo de la balanza comercial: tras 1931, el déficit creció hasta el 23,8% en 1935. Las importaciones cayeron menos que las exportaciones, porque España sufrió las consecuencias de las políticas de empobrecer al vecino practicadas por otros países. Además, aquel déficit comercial no pudo compensarse con los ingresos en divisas por fletes, remesas de emigrantes e importaciones de capital, que prácticamente desaparecieron debido a la crisis internacional.
España tampoco se protegió con devaluaciones competitivas. Aunque nunca entró en el patrón oro, lo intentó en dos ocasiones y sus Gobiernos actuaron como si pertenecieran al club. Desde 1928, la peseta se depreció por la presión de los mercados de divisas. Por el contrario, los Gobiernos trataron de mantener la paridad de la peseta a través del control de cambios. Sin esta intervención en el mercado de divisas, la peseta se habría depreciado más, lo que hubiese resultado más protector para la economía española.
Hasta 1931, esta política de mantener la cotización de la divisa fue la ortodoxa internacionalmente y agravó la crisis internacional. Todo cambió aquel año, cuando Reino Unido y los países del bloque de la libra abandonaron el patrón oro, lo que facilitó su recuperación económica. Otros países, como Francia, permanecieron en el patrón oro, agravando su depresión. Pues bien, los Gobiernos españoles engancharon la peseta al franco francés, actuando como si pertenecieran al patrón oro. La República descartó las devaluaciones competitivas practicadas por los países que abandonaron el patrón oro. En suma, la fortaleza de la peseta entre 1931 y 1935 perjudicó a las exportaciones españolas y favoreció las importaciones, agravando las repercusiones de la crisis internacional.
- Los factores políticos coadyuvaron a la crisis.
Para Luis Olariaga (1933), la recesión en España tuvo su origen en el descenso de la inversión privada, originado por el empeoramiento de las expectativas empresariales, tras el establecimiento de la República, por los conflictos sociales, las políticas socializantes, el acoso a la propiedad por los Gobiernos, la desconfianza en el régimen y la paralización de las obras públicas. El hundimiento de la inversión privada fue clave en la depresión coyuntural de la economía española, pero la explicación de Olariaga requiere algunas matizaciones.
Primera, el ciclo inversor se había desacelerado ya en 1928. La inestabilidad social, la incertidumbre política y el empeoramiento de las expectativas empresariales habían comenzado con la crisis de la dictadura de Primo de Rivera. Las huelgas generalizadas se iniciaron en 1930, en cuanto desapareció la represión de la dictadura. Luego, las expectativas empresariales se agravaron por la crisis internacional y la transición hacia el régimen republicano. Además, esta inestabilidad social acompañó a la depresión económica en toda Europa.
Segunda, las cifras macroeconómicas muestran que la Segunda República no causó la crisis económica, que ya venía de antes. Al contrario, la recesión económica y el colapso de la monarquía, que había apoyado la dictadura, trajeron la República.
Tercera, las políticas reformadoras del primer bienio republicano no fueron socializantes, sino socialdemócratas. Aplicaron en España reformas estructurales y sociales que ya se habían implantado en Europa desde 1883 para corregir la desigual distribución de la renta. La legislación laboral de Largo Caballero contribuyó al crecimiento de los salarios reales entre 1931 y 1933, tras haberse estancado durante la dictadura de Primo de Rivera. Pero, como en Europa, el crecimiento de los salarios reales también se debió a la deflación. En el segundo bienio, los salarios reales permanecieron estables. Por otro lado, los costes salariales no aumentaron por la legislación sobre seguros sociales, porque los empresarios apenas la aplicaron. En cualquier caso, los Gobiernos republicanos fueron escrupulosos en la aplicación de la ley, como sucedió con la reforma agraria, según Ricardo Robledo (2008). Eso sí, estas reformas provocaron una reacción antirrepublicana en los empresarios más conservadores (los agrarios), cuyas acciones agudizaron los conflictos sociales y la inestabilidad política.
Cuarta, la Segunda República no paralizó las obras públicas, sino que las reactivó para compensar la caída de la inversión privada. En España, la inversión agregada alcanzó un máximo en 1929. Tras disminuir ligeramente en 1930, se desplomó en 1931 y 1932, para recuperarse desde 1933. Por el contrario, la inversión pública solo cayó en 1930, para aumentar desde 1931. Las obras públicas, paralizadas en 1930, fueron reemprendidas en 1931 y se intensificaron en 1932. La obra pública de Indalecio Prieto y los pedidos de material de transporte contribuyeron a paliar los efectos de la crisis.
- Una política fiscal moderadamente expansiva.
La política fiscal republicana no causó la recesión, sino que alivió sus secuelas. A pesar de sus declaraciones de ortodoxia presupuestaria, los ministros de Hacienda de la República realizaron una política fiscal anticíclica. La política expansiva de la dictadura fue clausurada por su ministro de Hacienda José Calvo Sotelo en 1929, cerrando el presupuesto extraordinario de 1926. Esta política restrictiva fue asumida por el ministro de Hacienda de la dictablanda, Manuel Argüelles, en 1930. Pero fue revertida por la Segunda República, cuyos ministros aplicaron una política presupuestaria expansiva.
Entre 1931 y 1934, los ministros de Hacienda incrementaron el gasto público en un 25% para combatir el desempleo e invertir en infraestructuras y educación. La presión fiscal también aumentó gracias a la reforma tributaria de Jaume Carner de 1932. Esto revela que aquellos ministros no eran keynesianos, como tampoco lo eran en el resto de Europa. Como los gastos crecieron más, del equilibrio en 1930 se llegó a un déficit presupuestario del 1,6% del PIB en 1934. Era un porcentaje respetable para los cánones de la época, lo que permite hablar de un cierto estímulo fiscal. No obstante, una parte del déficit era coyuntural, porque la recesión lastró el crecimiento de los ingresos. Solo en 1935 hubo una intención clara de reducir el déficit presupuestario por parte del ministro Joaquín Chapaprieta.
En cualquier caso, la política fiscal apenas tuvo repercusiones sobre la producción y el empleo, porque el gasto público nunca superó el 13,5% del PIB. Como en otras democracias europeas, los moderados planes de obras públicas no pusieron en peligro las finanzas del Estado. Por ello, en España no hubo una crisis de la deuda pública, cuyas cargas financieras fueron sostenibles durante la República.
- La tardía política monetaria expansiva.
Antes de 1931, la política monetaria ortodoxa fue restrictiva, para mantener la paridad con el oro. Esto difundió la crisis internacionalmente. Tras las crisis bancarias europeas de 1931, la política monetaria de los países que abandonaron el patrón oro fue expansiva, con devaluaciones y reducciones del tipo de interés, lo que favoreció su recuperación. Otros países, como Francia y España, mantuvieron más tiempo las políticas monetarias deflacionistas, agravando su depresión.
En 1931, la oferta monetaria cayó en España porque aumentó la demanda de efectivo por el público, reduciendo sus depósitos bancarios, ante la incertidumbre generada por la crisis económica y la proclamación de la Segunda República, según Pablo Martín Aceña. Desde 1932, por el contrario, la oferta monetaria creció porque los bancos recurrieron a la pignoración de deuda pública en el Banco de España y porque descendió el coeficiente de efectivo mantenido por el público. Es decir, porque aumentó el dinero intensivo en contratos (depósitos bancarios), que es un indicador de la confianza de la población en la estabilidad del sistema financiero y del régimen político.
El Banco de España solo controlaba el tipo de interés. La utilización de este instrumento fue tardía e insuficiente. Los tipos de descuento comercial se redujeron en medio punto porcentual en 1932, 1934 y 1935. Los tipos aplicados a la pignoración de la deuda se redujeron en medio punto en 1934 y 1935. Esta política monetaria expansiva del segundo bienio republicano contribuyó a la recuperación económica.
- En los años treinta, España no fue diferente; en los cuarenta, sí.
La recesión económica de la Segunda República fue menos profunda, pero fue similar a la sufrida por las democracias europeas. Desde el punto de vista coyuntural, no puede hablarse de Gran Depresión en la España de la década de 1930. Los problemas más graves de la economía española eran estructurales y seguían vigentes en 1936, de ahí la insistencia en las políticas de reformas. Los Gobiernos republicanos recurrieron a los instrumentos de política económica coyuntural convencionales de su tiempo, aunque aplicaron con retraso y escasa convicción las políticas de empobrecer al vecino, lo que agravó las repercusiones de la crisis internacional. En España, como en el resto de Europa, no se aplicaron políticas keynesianas. La política económica republicana no causó la depresión económica ni esta desencadenó la Guerra Civil, que es el corolario que sacan algunos historiadores económicos. El origen de la Guerra Civil no fue económico, sino que estuvo, según Santos Juliá (2008), en un doble fracaso militar: el golpe de Estado de los generales rebeldes no triunfó, en julio de 1936, y el Gobierno no logró aplastar la insurrección. La inclinación del ejército español a los pronunciamientos no era una novedad. Lo que había cambiado era el contexto internacional. En efecto, la ayuda financiera y militar de las potencias fascistas al general Franco y el abandono de las democracias al Gobierno de la República permitieron el triunfo de los generales sublevados, pero después de una costosa y sangrienta Guerra Civil. La supervivencia de la dictadura de Franco tras 1945 convirtió a la España de la posguerra en un régimen, político y económico, diferente del vigente en las democracias europeas. La dictadura franquista siguió aplicando las políticas económicas de guerra que habían implementado las potencias fascistas derrotadas. En aquella política autárquica está el origen de la profunda crisis económica de la posguerra. Esta fue la auténtica Gran Depresión española del siglo XX.››

APÉNDICE. TEXTO DE COMENTARIO SOBRE LAS VÍCTIMAS DE LA GUERRA CIVIl.
Se aconseja el comentario en clase y/o el trabajo de investigación a partir del artículo divulgativo de Constenla, Tereixa. España masacrada. “El País” Semanal 1800 (27-III-2011) 52-64. Noticia previa a la publicación de Preston, Paul. El holocausto español: odio y exterminio en la Guerra Civil y después. Debate. Madrid. 2011. 859 pp.
‹‹Los horrores de la Guerra Civil siguen saliendo a la luz. Lejos del frente hubo casi tantos muertos como en las batallas. Una represión salvaje contra inocentes que Paul Preston denuncia ahora en ‘el holocausto español’.
El capitán Manuel Díaz Criado no admitía peticiones de clemencia. Admitía, eso sí, la visita de mujeres jóvenes. En la aterrorizada Sevilla de agosto de 1936, tomada ya por tropas sublevadas contra el Gobierno republicano, Díaz Criado disfrutaba a sus anchas día y, sobre todo, noche. “Después de la orgía, y con un sadismo inconcebible, marcaba a voleo con la fatídica fórmula ‘X2’ los expedientes de los que, con este simplicísimo procedimiento, quedaban condenados a la inmediata ejecución”, relató un antiguo gobernador civil. Quienes pululaban a su alrededor le consideraban “un degenerado” que rentabilizó su misión represora para “saciar su sed de sangre, enriquecerse y satisfacer su apetito sexual”.
Ese mismo agosto, Pascual Fresquet Llopis, matón de la anarquista FAI, se afanaba en ser digno merecedor del nombre de su patrulla: la Brigada de la Mort. Desde Caspe (Zaragoza) comandaba operaciones de limpieza ideológica en el Bajo Aragón, Teruel y Tarragona, rastreando derechistas a los que ejecutar. La brigada se desplazaba en un autobús de 35 plazas, conocido como el ‘cotxe de la calavera’, el mismo símbolo que lucían sus ocupantes en las gorras. Donde los inocentes veían matanzas, Fresquet veía actos de “justicia” revolucionaria. Cuando la CNT decidió frenar sus crímenes, en octubre de 1936, habían asesinado a 300 personas.
Díaz Criado y Fresquet son algunos de los numerosos depravados con poder que entre 1936 y 1939 contribuyeron a que ocurriese algo salvaje: las víctimas causadas lejos del frente (200.000) casi se equipararon con las bajas del campo de batalla (300.000). La crueldad hermanó a individuos enfrentados, pero no igualó los acontecimientos. Ni por alcance, ni por duración, ni por origen. El alcance: por cada muerto en zona republicana (casi 50.000) se registraron tres en la franquista (entre 130.000 y 150.000). La duración: los crímenes rojos se concentraron en los primeros cinco meses de la guerra, hasta que el Gobierno se rehízo y recobró las riendas, mientras que el terror franquista siguió hasta el final y se adentró en la posguerra. El origen: el exterminio del enemigo o del sospechoso de serlo formaba parte del plan de los golpistas para doblegar a la población y arrancar la raíz del mal; por el contrario, las autoridades republicanas combatieron a los colectivos extremistas que ajusticiaban por su cuenta aprovechando el colapso del Estado ocurrido tras el 18 de julio. Huelga añadir que unos habían dado un golpe de estado y otros defendían un Gobierno democrático.
Al espanto de la retaguardia durante la Guerra Civil viaja el hispanista Paul Preston (Liverpool, 1946) en su nuevo libro, El holocausto español (Debate), donde se recogen las fechorías del capitán Díaz Criado y el matón Fresquet. Y, aun sin conocerlo, el ensayo de Preston también habla de la vida de Valentín Trenado Gómez (Puebla de Alcocer, Badajoz, 1917), que pagó su paso por la milicia republicana con 12 años de encierro en campos de concentración y cárceles. En 1936, el joven Valentín tenía más deseos de divertirse que de hacer la revolución. Hay acontecimientos que, sin embargo, no preguntan. Así que, tras el golpe, recibió un fusil y la orden de dirigirse al frente. “No había cogido un fusil en mi vida”, revive ahora en su piso de Sevilla. Pasó la guerra en Extremadura, le hicieron sargento y, cuando recibió la orden de rendirse, caminó igual de obediente hasta Ciudad Real, donde entregó un fusil que para entonces era un viejo conocido. Tras un consejo de guerra, en Sevilla le destinaron a la construcción de un gigantesco canal para regar latifundios de amigos de la causa franquista. Pasaba hambre y miedo, dormía en barracones. En Tetuán le hicieron picar piedra para una carretera. “No había más paga que la comida: lentejas, patatas y calabaza”, recuerda Valentín Trenado, consciente de una etiqueta que incomodaría a otros: es ya uno de los pocos supervivientes de la guerra, “el último rojo”, le dice su médico.
La biografía de Valentín demuestra que, para los vencidos, no hubo paz, ni piedad, ni perdón. El ensayo de Preston delata la fragilidad de la capa civilizada que recubre a una sociedad. Incomodará, empezando por su título (“Un holocausto es la masacre de un pueblo. Y yo diría que el sufrimiento y el dolor del pueblo español justifican ese título”, defiende) y siguiendo por su contenido: los teóricos y los ejecutores del exterminio de las izquierdas, los robespierres revolucionarios, los alimentadores de checas (centros de detención y tortura en zona republicana) y los pequeños héroes tienen nombre y apellidos. Una gran síntesis histórica sobre el drama de la retaguardia que, poco a poco, se va desvelando sin miradas parciales. La dictadura aireó los excesos republicanos y silenció los suyos. Tras la muerte de Franco, en 1975, los historiadores comenzaron a buscar otras piezas del puzle para recomponer los hechos. Con dificultades: faltan documentos y abundan fosas cerradas. Pero el puzle, empujado por investigadores y asociaciones de memoria histórica, progresa. Lo que aflora, estremece. “Dejando de lado la Guerra Civil rusa y las dos guerras mundiales, en términos relativos, la española fue una sangría sin paralelo en Europa”, subraya el historiador Ángel Viñas.
Lo averiguado hoy nada tiene que ver con la verdad oficial asentada cuando Preston era un estudiante que sobornaba a bedeles de la hemeroteca en Madrid para leer diarios de la Segunda República para su tesis. El fantasma de la represión le rondó en sus investigaciones sobre el siglo XX español hasta que en 1998, el año en que publicó Las tres Españas del 36, comenzó a recopilar material y tejió una red de contactos con los historiadores que le han mantenido al día de cada avance. Desde 2003, el libro se ha comido toda la energía del profesor de la London School of Economics. También sus emociones. En su casa de Londres, mientras toma café en una taza donde se puede leer “No pasarán”, en honor de las Brigadas Internacionales, el hispanista confiesa que lloró a menudo. “La inmensa mayoría de los que murieron, donde fuera, no tenían que haber muerto. No me había dado cuenta hasta este libro de la represión en zonas donde no hubo resistencia. Hay una crueldad tan gratuita que el coste emocional ha sido altísimo”. “Mi esperanza”, añade, “es que se pueda leer como una contribución a la reconciliación, lo que no quiere decir olvido, sino comprensión”.
Preston cree que un historiador suma varias actitudes. Una es la detectivesca, otra, la de empatizar con los demás. Sabiendo esto es fácil entender por qué su esposa, Gabrielle, le encontraba llorando con frecuencia al volver del trabajo. ¿Qué otra cosa puede hacer alguien cuando se pone en la piel del doctor Temprano o de Amparo Barayón para reconstruir el derrumbe de sus vidas?
Tras la ocupación de Mérida por los rebeldes, se dejó en manos de Manuel Gómez Cantos, un brutal guardia civil, la supervisión de la limpieza. Preston narra su retorcida triquiñuela: “A diario, durante un mes entero, Gómez Cantos recorrió el centro de la ciudad en compañía del doctor Temprano, un republicano liberal, para tomar nota de quienes lo saludaban. De esta manera identificó a sus amigos y pudo detenerlos, tras lo cual él mismo mató al doctor”.
Ramón J. Sender, escritor de éxito y de izquierdas, y su esposa, Amparo Barayón, estaban de vacaciones en Segovia con sus dos hijos en julio de 1936. El novelista regresó a Madrid. Amparo y sus hijos se refugiaron en su Zamora natal por considerarlo un lugar más seguro. El 28 de agosto, Amparo, junto a Andrea, su bebé de siete meses, fue encarcelada por el delito de protestar por la ejecución de su hermano. La maltrataron, la vejaron y, el día antes de ejecutarla, le arrancaron a su hija de los brazos para internarla en un orfanato católico.
Es probable que el historiador también hubiera llorado con el testimonio de Mercedes, el nombre falso de una anciana real que perdió a 18 familiares. En el pueblo de Toledo donde ocurrieron los hechos, hace unas semanas revivía lo ocurrido: “En el 36 yo tenía 12 años. Echaron al río Tajo a los dos primeros tíos que mataron, pero el cuerpo de mi tío médico orilló en un pueblo y el forense lo reconoció porque habían sido compañeros de estudio. Al terminar la guerra nos lo entregó. Eran forasteros los que venían a asesinar a la gente que señalaban los del pueblo. A otros tíos los mataron detrás del cementerio. A mi padre lo dejaron morir desangrado, después de tirotearlo por intentar escapar. Yo creo que Dios quiso mucho a mi abuela porque murió el 22 de enero de 1936 y no vio lo que les esperaba a sus 14 hijos”.
Las mujeres de la familia sobrevivieron con el alma en vilo, entre amenazas y humillaciones. “Nos llamaban los cuervos negros porque íbamos de luto, a veces venían milicianos a exigir que les diéramos cena y cama, y acabaron echándonos del pueblo”. Salieron adelante gracias a gestos solidarios (recibían pan gratis a hurtadillas) y a bordados a destajo de hoces y martillos para la ropa de hombres que odiaban.
Al final de la guerra volvieron al pueblo, enterraron con honores a sus muertos y acudieron a los consejos de guerra como espectadoras. A veces, Mercedes se encuentra a cómplices de los verdugos en el centro de salud o en la carnicería.
Los vencidos no pudieron enterrar a sus muertos ni pedir justicia. Ya con Franco en el poder, unos 20.000 republicanos fueron ejecutados, entre ellos Lluís Companys, a pesar de que había salvado a millares de religiosos y otros amenazados por la furia revolucionaria mientras presidió la Generalitat de Cataluña (10.000 personas salieron en barco gracias a sus pasaportes). Después de muerto, un tribunal confiscó los bienes de la familia Companys y se los adjudicó al Estado. La represión se heredaba. Una anomalía que ya habían anticipado los rebeldes durante la guerra en Burgos, donde Preston ubica el fusilamiento de varias mujeres por el “derecho de representación” de sus maridos huidos.
A las mujeres no bastó con matarlas. Falangistas y soldados usaron con saña la violencia sexual, aunque resulta imposible delimitar su impacto: la violación se borraba a menudo con el asesinato. Preston diferencia la actitud en zona republicana, donde las agresiones sexuales fueron aisladas, y en zona rebelde, donde los mandos militares alentaron los abusos. “Legionarios y regulares han demostrado a los rojos cobardes lo que significa ser hombres de verdad. Y a la vez a sus mujeres. Esto es totalmente justificado porque estos comunistas y anarquistas predican el amor libre. Ahora sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricones. No se van a librar por mucho que berreen”, inflamaba en sus discursos radiofónicos Queipo de Llano.
“La colosal diferencia entre ambas zonas”, señala Preston, “tiene que ver con que uno de los principales fundamentos de la República era el respeto hacia las mujeres. En la zona rebelde, la violación sistemática por parte de las columnas africanas se incluye en el plan de imponer el terror”. Durante dos horas, las tropas disponían de libertad plena para dar rienda suelta a instintos salvajes en cada localidad conquistada. Las mujeres entraban en el botín. Preston describe la escena que presenció en Navalcarnero el periodista John T. Whitaker, que acompañaba a los rebeldes, junto a El Mizzian, el único oficial [general] marroquí del ejército franquista, ante el que conducen a dos jóvenes que aún no habían cumplido 20 años. Una era afiliada sindical. La otra se declaró apolítica. Tras interrogarlas, El Mizzian las llevó a una escuela donde descansaban unos 40 soldados moros, que estallaron en alaridos al verlas. Cuando Whitaker protestó, El Mizzian le respondió con una sonrisa: “No vivirán más de cuatro horas”.
El periodista John T. Whitaker escribió sobre algunos de los episodios más salvajes del avance rebelde: la matanza de 200 heridos indefensos en un hospital de Toledo o la masacre de la plaza de toros de Badajoz. Preston recupera la respuesta del general Yagüe a Whitaker, que dio la vuelta al mundo: “Claro que los fusilamos. ¿Qué se esperaba usted? ¿Cómo iba a llevarme a 4.000 rojos, cuando mi columna avanzaba contrarreloj? ¿O habría debido dejarlos en libertad para que volvieran a convertir Badajoz en una capital roja?”.
Al otro lado: Paracuellos. Las conclusiones de Paul Preston no gustarán a Santiago Carrillo. “Decir que no tiene nada que ver es tan absurdo como declararle el único responsable”, resume el hispanista en Londres. Tras un denso capítulo dedicado a las sacas de prisioneros militares para ser ejecutados mientras las tropas de Franco asediaban un Madrid rebosante de ira contra el enemigo, el historiador concluye que Carrillo estuvo “plenamente implicado” en la decisión y la organización de las ejecuciones, a pesar de sus desmentidos. En sus memorias, Carrillo asegura que se limitó a ordenar la evacuación de presos para evitar que se perdiese Madrid (los rebeldes habían llegado a la Ciudad Universitaria) y que el convoy fue asaltado. El odio a los militares hizo el resto.
Pero los grandes perseguidos en la zona republicana fueron los curas. “Vestir sotana era suficiente para acabar ante un piquete en alguna tapia o cuneta”, escribe José Luis Ledesma en Violencia roja y azul (Crítica). Casi 6.800 religiosos fueron asesinados, a los que se sumaron un sinfín de ataques contra templos y conventos, que fueron incendiados y profanados. “Las iglesias eran saqueadas en todas partes y como la cosa más natural del mundo, puesto que se daba por supuesto que la Iglesia española formaba parte del tinglado capitalista”, escribió George Orwell, tras su experiencia como combatiente en las filas del POUM. En Homenaje a Cataluña (1938) relata que durante sus seis meses de estancia en la zona de España donde también se ponía en pie una revolución solo vio dos iglesias intactas. Los clérigos sufrieron a veces torturas, amputaciones y agonías feroces. Para medir el impacto de esta persecución, el historiador Stanley G. Payne recurre a una comparación: “La fase jacobina de la Revolución Francesa acabó con la vida de 2.000 sacerdotes, menos de un tercio del número de asesinados en España”.
El anticlericalismo fue un rasgo específico del conflicto. El brote no fue espontáneo, claro. “La Iglesia católica, que agita la revolución, era vista como parte del statu quo”, señala Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea. Para entender esta persecución son esenciales los capítulos que Preston dedica a describir la placenta del golpe de 1936. La República había aprobado leyes que relegaban a la Iglesia, aliada histórica de la oligarquía y freno modernizador, al plano privado. Se les retira de los colegios y se establecen normas laicas. Amparados en ellas, algunos alcaldes imponen tasas por tocar las campanas o multan por lucir crucifijos. En respuesta a estas provocaciones, la represión del bienio negro (1934-1936) contra la izquierda es jaleada desde los púlpitos, así que los extremistas se van cargando de plomo.
Casi un millar de religiosos asesinados han sido ya beatificados por el Vaticano, que los honra como “mártires”. Es una memoria selectiva, sin embargo. La Iglesia sigue sin pedir perdón a las víctimas de los curas que empuñaron armas. Unos cuantos. Preston señala que al comienzo de la guerra en numerosas localidades de Navarra faltaban sacerdotes para decir misa porque se habían largado al frente. La violencia de falangistas y militares recibió bendiciones a tutiplén. Entre las rescatadas por el hispanista figura la del canónigo de la catedral de Salamanca, Aniceto de Castro: “Cuando se sabe cierto que al morir y al matar se hace lo que Dios quiere, ni tiembla el pulso al disparar el fusil o la pistola, ni tiembla el corazón al encontrarse cara a la muerte”.
A Unamuno, que había apoyado en las primeras horas el golpe en Salamanca, le horrorizó: “A alguno se le fusila porque dicen que es masón, que yo no sé qué es esto, ni lo saben los bestias que fusilan. Y es que nada hay peor que el maridaje de la mentalidad de cuartel con la de sacristía”.
Vencidos los ateos, anticlericales y masones, la Iglesia se afanó en salvarlos a partir de 1939. Incluso contra su voluntad. Marcos Ana (Alconada, Salamanca, 1920), que se convertiría a su pesar en el preso político más veterano del franquismo, asistió a escenas dantescas en la cárcel: “Vi a un capellán golpear con un crucifijo a un condenado a muerte porque no quería confesarse”. Ninguna superó, sin embargo, lo que vio en el puerto de Alicante el 31 de marzo de 1939, cuando 20.000 desesperados republicanos se descubrieron atrapados en una ratonera, entre las ametralladoras de la División Littorio en tierra y dos minadores en el mar: “Había gente que se tiraba al agua y otros que se saltaban la tapa de los sesos”.
Escuchando a Marcos Ana y leyendo a Preston cobra todo su sentido lo escrito por Arthur Koestler en Diálogo con la muerte (1937) mientras esperaba en una cárcel franquista una ejecución por espionaje que finalmente esquivó: “Otras guerras consisten en una sucesión de batallas, esta es una sucesión de tragedias”.›› 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

En primer lugar debo felicitarlo por el trabajo realizado y por su generosidad al compartirlo.

A este respeto, tengo varas dudas sobre el apartado tercero del tema;

En el punto 3.1., ¿es correcto situar a comunistas y anarquistas como pro republicanos?
Si bien durante la guerra apoyaron a este bando, durante el desarrollo de la republica se manifestaron claramente contraria a ella. Incluso los anarquistas se enfrentaron a los republicanos durante el conflicto.
Serían mas bien como una especie de aliados circunstanciales.

Por otro lado, referente a este mismo punto, ¿no sería más correcto integrar a los radicales dentro del grupo de los republicanos?

Por último, pese a la actitud ambigua de la Ceda, participaron en el "juego político de la República" ¿Por qué son antirrepublicanos, cuando además era un conglomerado donde había diversas tendencias?

Un saludo y gracias

Antonio Boix Pons dijo...

Un saludo.
Atentamente, Antonio Boix.
Gracias por su comentario, en el que no hay ningún error conceptual y sí una sana visión crítica.
Los comunistas, por la presión de la URSS, se decantaron durante la guerra por defender la República, pese a que unos años antes pensaban que era una institución burguesa a destruir. Lo mismo pensaba el líder socialista Largo Caballero, pero finalmente también se decantó por la República. En cuanto a los anarquistas cambiaron varias veces: en 1933 la mayoría era antirrepublicana, pero en 1936 apoyaron el Frente Popular, y durante la guerra hubo importantes disensiones en su seno, con grupos ferozmente antirrepublicanos, especialmente en Aragón y Cataluña, pero otros favorables, sobre todo entre los dirigentes históricos. En el caso de los radicales hay que distinguir entre Lerroux y otros miembros que fueron mayormente partidarios de la República, y un gran sector de su partido que durante la guerra se pasó al bando franquista. La CEDA, salvo algunos dirigentes, como su reformista ministro de Agricultura, Manuel Giménez, se decantó mayoritariamente por participar en la República solo para dinamitarla desde dentro. En fin, la clasificación que consta en esta UD refleja el parecer de la inmensa mayoría de la historiografía académica y de los libros de texto en Bachillerato, pero es cierto que casi todos los autores matizan, con razón, que los partidos en España no eran homogéneos ni tuvieron una cerrada continuidad ideológica. Un ejemplo baste: el PSOE estaba muy dividido, como reflejan las disensiones entre los dirigentes moderados Besteiro y Prieto, un Negrín que fluctuaba, y un Largo Caballero revolucionario.
Por lo tanto, tiene usted razón en no ver la situación de los partidos como una dicotomía entre blanco o negro. Todo fue más bien gris.
Atentamente, Antonio Boix.