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domingo, 11 de noviembre de 2012

La Primera Revolución Industrial.

HMC UD 03. LA PRIMERA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL: EL TRÁNSITO DE LAS SOCIEDADES AGRARIAS A LAS SOCIEDADES INDUSTRIALES.

INTRODUCCIÓN.
Un resumen.
Los términos Revolución Industrial, Industrialización y Segunda Revolución Industrial.

LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL INGLESA.
EL PROCESO.
La Revolución Industrial en Gran Bretaña (1780-1850).

LAS INDUSTRIAS DEL DESPEGUE.
LA INDUSTRIA TEXTIL.
LA INDUSTRIA SIDERÚRGICA.
LOS EFECTOS SOBRE OTRAS ACTIVIDADES.
Las otras industrias.
La energía.
UN NUEVO TIPO DE EMPRESA: LA FABRIL CAPITALIS­TA.

LOS CAMBIOS:
EL CAMBIO POLÍTICO.
EL CAMBIO DEMOGRÁFICO.
EL CAMBIO AGRÍCOLA.
La teoría de North sobre el origen de la revolución capitalista.
EL CAMBIO COMERCIAL.
EL CAMBIO DEL TRANSPORTE.
EL CAMBIO TECNOLÓGICO.
EL CAMBIO FINANCIERO.

BIBLIOGRAFÍA.

INTRODUCCIÓN.
Un resumen.
La Revolución Industrial y la Industrialización es un tema muy complejo, pues no hay consenso historiográfico sobre sus conceptos, sus causas, sus efectos y su periodización. Optamos por la opción de separar el tema en tres UD. La primera UD versa sobre la Revolución Indus­trial inglesa, entendida como el proceso económico revolucionario que se dio en Gran Bretaña en el periodo 1780-1830 y continuó en el periodo de 1830-1870, mientras que la segunda UD versa primero sobre la industrialización es la extensión de ese proceso a Europa en el periodo 1830-1870 y enlaza con la Segunda  Revolución Industrial. La tercera UD aborda los cambios sociales y los movimientos obreros resultantes.

Los términos Revolución Industrial, Industrialización y Segunda Revolución Industrial.
En un sentido estricto, la Revolución Industrial es el proceso revolucionario de industrialización originado en Gran Bretaña hacia 1780 y consolidado hacia 1850, y que vivió su expansión a Europa hacia 1830-1870. No hay consenso sobre su periodización: los autores proponen fechas tan distintas para su inicio como 1730, 1750, 1760, 1770, 1780, 1800 y finalizan su primera fase en 1830, 1850 o incluso en 1870. Podría discutirse de entrada si un proceso tan largo es una revolución, pero lo aceptaremos por ser una convención historiográfica.
En un sentido amplio, que muchos manuales usan, la Revolución Industrial incluye, como fases suyas, la Industrialización europea (1830-1870) y la Segunda Revolución Industrial (1890-1914), con lo que se extendería a la segunda mitad del siglo XIX e incluso los primeros decenios del siglo XX, marcados por la definitiva extensión de la industria a la mayoría de los países de Europa, América y Asia.
El término de Revolución Industrial apareció en Francia hacia 1820 para designar el conjunto de cambios que la industrialización había introducido en la sociedad británica. Cayó en desuso, hasta que volvió a ser usado por Arnold Toynbee en la publicación póstuma de sus Lectures on the Industrial Revolution of the 18th Century in England (1884). Los primeros análisis históricos se limitaban a considerar el caso británico, elevándolo a modelo único y universal para los demás países que quisieran alcanzar su nivel de desarrollo, en una línea teórica que culmina con la obra de W. W. Rostow, The Process of Economic Growth (1960), que propone como indispensables las condiciones políticas, sociales y culturales en que se había producido la revolución industrial británica y formula una secuencia universal de etapas, de las cuales la fun­damental sería el surgimiento o take-off, que marcaría el fuerte arranque de la sociedad en vías de industrialización.
Pero ya desde 1952 el historiador estadounidense Gerschenkron había comenzado a matizar esta interpretación, proponiendo un modelo “graduado”, con va­riantes que dependerían del grado de atraso de cada país en el momento de comenzar su industrialización. El historiador marxista británico Vincent Gordon Childe ya había afirmado la especificidad del modelo británico, al afirmar que la revolución industrial británica se debía a los recursos naturales de que disponía y a su excelente situación geográfica en los circuitos internacionales. La excepcionalidad del modelo británico ha sido demostrada históricamente ya que los intentos en el siglo XX de repetir el modelo británico de industrialización han fracasado en los países en desarrollo porque se produjo en un contexto histórico irrepetible (por ejemplo la floración de iniciativas individuales se hizo con poco capital, pero muy rentable), por lo que hoy se proponen distintos modelos de industrialización, teniendo en cuenta no sólo las condiciones propias de cada sociedad sino también el contexto mundial en cada momento.
Es preciso distinguir entre los conceptos de Revolución Industrial y de Indus­trialización (que algunos autores incluyen en la anterior y la fechan ya en 1830). La “Industrialización” puede definirse como la expansión más tardía de la Revolución Industrial a Europa continental, sobre todo en Francia, Alemania y Bélgica, a lo largo del periodo 1830-1870 aproximadamente (en Francia habría comenzado en 1830 y en Alemania hacia 1850), con el desarrollo de la industrialización y del capitalismo, la na­vegación a vapor y el ferrocarril, con una siderurgia e industria química ya más importantes que la industria textil. Es un proceso que a partir de 1870 se extiende a la mayoría de los países europeos, los EE UU, Japón y otros países. Los países mediterrá­neos y Rusia serán los más retrasados en este proceso.
Otro concepto relacionado es el de la llamada “Segunda Revolución Industrial”, término acuñado por H. Pasdermadjian, para referirse a una segunda fase de la revolu­ción industrial, que él periodiza en 1890-1914 (para otros autores en 1870-1914 y en muchos países se extiende hasta los decenios de 1920-1940), caracterizada por el desarrollo de nuevas fuentes de energía (electricidad, petróleo en motor de explosión) e industrias (automóvil y química), en un proceso casi coetáneo en todos los países industrializados en un ámbito geográfico mucho mayor, desde Gran Bretaña y Europa continental hasta EE UU y Japón.

Un resumen.
La Revolución Industrial fue un proceso revolucionario de auge industrial, con el conjunto de transformaciones económicas y sociales que este comporta. Fue a mediados del siglo XVIII cuando comenzaron a aparecer las condiciones adecuadas para este fenómeno que se inició hacia 1780 en Gran Bretaña y se consolidó hacia 1830-1870. El término Industrialización se utiliza para la extensión de ese proceso durante el periodo 1830-1870 a diversos países, primero europeos, al final también EE UU y Japón.
Como consecuencia el mundo se llena de fábricas, los ferrocarriles atraviesan los continentes, la población se traslada a vivir a las grandes ciudades. La economía se organiza de otra manera, a base de sociedades anónimas, bolsas y bancos. La sociedad se organiza sobre unos supuestos teóricos de igualdad de todos los seres humanos. Hay una evolución general en todos los aspectos.
Es la era de la máquina. El invento fundamental fue la máquina de vapor de Watt, que utiliza una nueva fuente de energía, el carbón, y cuyas posibilidades revolucionaron la industria textil (los telares), la siderúrgica y el transporte (el ferrocarril).
Los cambios básicos de la Revolución Industrial son a su vez verdaderas revoluciones paralelas (por eso a menudo se habla de revolución agrícola, revolución de los transportes, revolución demográfica, etc.): una población que crece rápido, una agri­cultura que produce más alimentos, la acumulación de capital, las materias primas abun­dantes y baratas, nuevas fuentes de energía, unos transportes masivos, una maquinaria moderna, una nueva organización del trabajo y la actividad económica...

LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL INGLESA.
EL PROCESO.
El aumento del nivel de vida produce una mayor y más diversificada demanda, satisfecha con nuevos productos, en un círculo de demanda-oferta que parece inagotable a largo plazo, llenando de optimismo a los empresarios.
La Revolución Industrial en Gran Bretaña (1780-1850).

En Gran Bretaña hubo un verdadero “despegue” (take off) de la industria algodonera durante el decenio 1780-1790. Las largas guerras de la Revolución y del Imperio estimularon en conjunto la expansión económica del país, pese a ciertas dificul­tades. Hubo dos fases: la primera, de 1780-1830, fue de considerable crecimiento; la segunda, de 1830-1870, fue de incluso mayor crecimiento. Unos indicadores nos muestran la magnitud del proceso en estas dos fases.
1) 1780-1830, fue de considerable crecimiento. La población aumentó de 13 millones de habitantes en 1781 a 24 millones en 1831. La producción textil creció un índice 76 (1770), a 100 (1800), 127 (1815), 288 (1827) y 360 (1832). La producción de carbón pasó de 12 millones de tm (1800) a 22,5 millones (1830). La población activa del sector secundario aumentó hasta superar el 40% del total (1831).
2) 1830-1870, fue incluso de mayor crecimiento. Hubo una “fiebre de inventos”. Si en 1820-1828 se registraron 1.462 patentes, en 1830-1839 fueron 2.452 y en 1840-1849 crecieron a 4.581.
Se emprendió la construcción de los ferrocarriles, que ya eran 450 km en 1825 y que triunfaron gracias a la invención de la locomotora de Stephenson (1830), por lo que se vivió un gran boom en 1830-1850, con una considerable movilización de capitales, obreros, acero y maquinaria. En 1850 la producción de carbón era ya de 50 millones de tm y la de hierro colado de 2 millones de tm.

Londres en 1800.

El auge económico transformó las condiciones de vida de una parte muy importante de la población, que afluyó a las ciudades, donde sufrieron graves problemas de vivienda y sanidad, al tiempo que las condiciones de trabajo eran penosas, con un masivo empleo de mujeres y niños en labores repetitivas y mal pagadas, sobre todo en la industria textil y las minas. Hacia 1848, en medio de una virulenta crisis económica, con numerosos conflictos laborales y huelgas en las fábricas, y mientras se extendía la revolución política liberal y nacionalista en el continente, parecía cercana también una revolución del proletariado británico, como predecía Marx, quien como otros autores denunciaba en sus obras la explotación capitalista. Las numerosas críticas a esta explotación fueron el primer golpe a las doctrinas liberales de Adam Smith y entonces el Estado se sintió obligado a intervenir creando una legislación laboral.
En el periodo 1850-1870, la situación de los obreros mejoró considerablemente, gracias a un considerable crecimiento económico, una mejor organización del proletariado (sindicatos) para conseguir mejores salarios y condiciones de trabajo, las reformas legislativas y los grandes proyectos de modernización urbana. La Revolución Industrial triunfó definitivamente.

Las causas de la Revolución Industrial.
Las causas fueron muchas, destacando el aumento de la demanda de la creciente población, las nuevas materias primas (algodón, hierro) y las fuentes de energía (carbón, energía hidráulica), que estimularon las industrias textil y siderúrgica. Más abajo examinaremos con detalles estos cambios trascendentales.

LAS INDUSTRIAS DEL DESPEGUE.
LA INDUSTRIA TEXTIL.
El primer impulso llegó con la fabricación de tejidos de algodón, que eran más baratos, resistentes, higiénicos, cómodos y bonitos que los de lana. La demanda de tejidos de algodón importados de la India (las famosas indianas) era tan grande que se planteó la posibilidad de fabricarlos en Gran Bretaña a precios competitivos, lo que se consiguió con las nuevas máquinas y la fuerza motriz del vapor. La lanzadera volante de John Kay (1733), que aumentó la velocidad de producción de tejidos y la anchura de estos, fue seguida por las hiladoras mecánicas que se desarrollaron rápidamente: la spin­nig jenny de Hargreaves (1764), la water-frame de Arkwright (1769), la mule-jenny de Crompton, con lo que se necesitó menos mano de obra y se produjo mucho más hilo y más barato. El telar mecánico de Cartwright (1785) y luego el telar de tejidos es­tampados de Jacquard (1801) multiplicaron nuevamente la producción de tejidos y de paso redujeron el precio, por lo que el consumo subió y proliferaron las tiendas de tejidos y ropa en las ciudades.
Máquina hiladora.

Telar mecánico de Cartwright (1785).


El algodón sustituyó a la lana como el tejido más popular. Si en 1772 la producción de algodón era una 1/30 de la de lana, en 1800 era 6/10 y en 1860 de 2,5/1, con precios además a la baja. Entre 1772 y 1860 el consumo de lana se había mul­tiplicado por 5, y por ello seguía siendo un sector textil muy importante, pero el de algodón lo había hecho por 300. Y también habían crecido de modo espectacular las producciones de tejidos de seda o lino. Los beneficios de la industria algodonera y del comercio colonial pagaron la construcción de los ferrocarriles, que a su vez actuaron como acicate de la industria siderúrgica. El algodón llegaba desde EE UU, Egipto y la India, creando un mercado global.

LA INDUSTRIA SIDERÚRGICA.
El hierro es fundamental en la Revolución Industrial: su producción se multiplicó por 100 entre 1750 y 1850. La demanda era creciente para los ferrocarriles y los barcos, la construcción (viviendas, puentes, estaciones ferroviarias), la maquinaria fabril, los instrumentos agrícolas o las armas. Las minas de carbón proveían de una fuente de energía barata y accesible, mediante el coke, un derivado refinado de la hulla descubierto por Darby en 1709, que era utilizado en los altos hornos para producir un hierro de gran pureza. Gracias a la técnica del pudelaje para obtener hierro dulce de Cort (1784), en la que el coke no entraba en contacto con el hierro, lo que eliminaba el azufre y el carbón del resultado final, la siderurgia inglesa se puso en cabeza de Europa.
A mediados del siglo XIX comenzó la producción masiva de acero, mediante la aleación del hierro con carbono y otros metales (manganeso, cromo, níquel…) para darle distintas propiedades especiales. Pero hubo que esperar a las innovaciones de Bes­semer (1855) y Martin-Siemens (1865) para que el acero sustituyera masivamente al hierro.

LOS EFECTOS SOBRE OTRAS ACTIVIDADES.
Las otras industrias.
Otras industrias en expansión eran la mecánica, la óptica, las destilerías de alcohol, las fábricas de armas, los astilleros de construcción naval.

La energía.
            Mineros del carbón.

Aparecieron nuevas fuentes de energía. El carbón sustituyó a los agotados bosques ingleses, gracias a la existencia de grandes y accesibles cuencas carboníferas en las cuencas de los ríos navegables. El carbón, esencial en la industria y el transporte gracias a las máquinas de vapor, así como en la siderurgia, siguió siendo la principal fuente de energía mundial hasta bien entrado el siglo XX, gracias a los grandes yaci­mientos del Ruhr en Alemania y de los EE UU, y siguió creciendo su producción hasta hoy mismo, aunque cedió su posición hegemónica progresivamente al petróleo y la electricidad en el periodo 1870-1914, debido al desarrollo del motor de explosión y de los vehículos que lo utilizaban, y a la distribución de electricidad a largas distancias.

UN NUEVO TIPO DE EMPRESA: LA FABRIL CAPITALISTA.
En Europa había a mediados del siglo XVIII dos grandes sistemas de producción: el gremial y el doméstico.
El gremial era el sistema dominante en gran parte de Europa, con talleres artesanos dominados por los maestros, para el que trabajaban los oficiales y los aprendices, y que se beneficiaban de las reglamentaciones proteccionistas que limitaban la libre competencia en precio, cantidad y calidad.
El otro sistema era el de producción doméstica, dominante en Gran Bretaña y algunas zonas de Holanda, Francia, Alemania, Cataluña..., mediante el cual el mercader controlaba la producción de numerosos artesanos en el campo y los pueblos sin gremios. Les suministraba las materias primas, vigilaba la calidad del producto, lo compraba a un precio estipulado y finalmente lo comercializaba. Era el sistema más eficiente de la época, al no sufrir las restricciones gremiales, pero chocaba con sus propias limitaciones: no permitía aumentar la producción a gran escala y dependía sobre todo de la mano de obra campesina, con la que ocurrían hechos aparentemente tan absurdos como que un aumento del salario llevaba a una disminución de la producción porque el campesino menos mísero no quería producir más.

Finalmente, en los últimos decenios del siglo XVIII apareció un nuevo tipo de empresa, la fabril capitalista, que sustituyó paulatinamente al antiguo taller artesano y al sistema de producción doméstico, que quedaron en desventaja al no poder competir con la industria fabril. Pero no los destruyó de golpe sino que convivieron mucho tiempo porque muchas grandes empresas industriales subcontrataron parte de su producción a los talleres artesanos y a los productores domésticos, que utilizaron también las nuevas máquinas.
En la actualidad, en pleno siglo XXI, asistimos incluso a cierto resurgir de la artesanía, sobre todo de productos de calidad y lujo, y del sistema de producción do­méstico, sobre todo en los sectores del calzado y textil de los países emergentes. Las causas de este revival son la demanda de productos personalizados y no estandarizados de la artesanía, y la mayor flexibilidad productiva y competitividad fiscal de la produc­ción doméstica, casi siempre asociada a la economía “subterránea” o de “dinero negro”. Lo más importante, empero, es que desde el siglo XIX la empresa capitalista predominó abrumadoramente en peso relativo e hizo dependientes a las empresas más tradi­cionales. La nueva empresa fabril, cuyo modelo se utiliza también por empresas comerciales y de otros sectores, se caracteriza por:
- Ya no es un taller con unos cuantos artesanos sino que concentra en la fábrica muchos obreros, a veces miles.
- Los obreros de la fábrica no hacen la pieza completa, como anteriormente el artesano, sino que trabajan con máquinas, cada una de las cuales hace una parte de la pieza. La nueva organización del trabajo se basa en dos conceptos, el taylorismo (reducción de los tiempos muertos en las acciones) y la estandarización (organización en cadenas de montaje), cuya implantación reduce los costos y aumenta la productividad de un modo extraordinario.
- El obrero no es dueño de lo que fabrica, porque la producción de la empresa pertenece al propietario.
- Se utiliza de modo masivo e intensivo la maquinaria, la energía y las materias primas.
- El capital es imprescindible para llevar a cabo este proceso, puesto que hay que pagar locales, materias primas, máquinas, salarios, impuestos. De ahí que el sistema se llame capitalista, y a los empresarios que invierten su dinero, capitalistas. El capitalista es el dueño de la fábrica, de la maquinaria y de la producción. La mayoría de las inver­siones se hacen en forma de participaciones, para disminuir el riesgo. La gestión se deja en manos de técnicos y directivos profesionales, a los que se exige lograr el máximo beneficio.
Para conseguir la financiación los empresarios usan tres sistemas:
- Asociarse con otros empresarios y repartirse con ellos los beneficios.
- Acudir al crédito de los bancos, pagando dinero por el dinero concedido en préstamo.
- Crear una Sociedad Anónima (SA), con el capital distribuido en acciones que dan derecho a una parte del patrimonio y de los beneficios. Estas acciones pueden ser negociables en el mercado mobiliario de la Bolsa, sujeta a altibajos bursátiles según la coyuntura económica general y de la empresa en particular.
La empresa capitalista está sujeta a los avatares del sistema de producción capitalista, que sufre periódicas crisis ocasionadas por la superproducción de bienes que saturan el mercado y por la excesiva competencia, y entonces los precios bajan en exceso y la empresa pierde dinero, por lo que cierra, y esto aumenta el paro, y con ello aun se vende menos. Sólo las empresas más competitivas pueden sobrevivir en las crisis económicas, facilitando la concentración empresarial hasta formar monopolios y oligo­polios, más rentables al permitir las economías de escala horizontal y vertical.
Esta nueva empresa capitalista creará una nueva relación entre las clases sociales, aupando a la burguesía, reduciendo el papel de la aristocracia, transformando a muchos campesinos y artesanos en proletarios, creando una clase media.

LOS CAMBIOS:
Hay en el seno de la Revolución Industrial varios cambios o transformaciones fundamentales, que a menudo se han llamado revoluciones (pero que debemos di­ferenciar de “la” Revolución Industrial, que las reúne a todas). Son el político, el demográfico, el agrícola, el tecnológico, el del transporte, el comercial, el financiero...

EL CAMBIO POLÍTICO.
El siglo XIX vive una oleada de revoluciones políticas, sea mediante una evolución reformista en Gran Bretaña o mediante la violencia en Francia, los dos casos más conocidos.
El sistema parlamentario inglés fue una vía moderada y progresiva de parti­cipación de las clases medias en la vida política y social del país, de modo que hubo un gran consenso social en que debía conservarse la estabilidad política. Frente al modelo revolucionario francés, Gran Bretaña apostó por el modelo reformista, y en él los em­presarios tuvieron una amplia libertad para desarrollar sus fábricas maquinistas, casi sin normas laborales ni trabas comerciales o gremiales.

EL CAMBIO DEMOGRÁFICO.
Hubo una explosión demográfica. La población creció rápidamente, debido a una natalidad que se mantuvo alta la mayor parte del siglo XIX, mientras que la mortalidad era muy decreciente.
La natalidad se mantuvo alta e incluso experimentó algún tiempo un ligero incremento, debido a la mayor prosperidad de la población, que fomentaba la nupciali­dad más temprana y por consiguiente la fecundidad. Las parejas mantenían la ancestral costumbre de tener muchos hijos, porque en el régimen demográfico antiguo los episodios catastróficos diezmaban la población, cuando era frecuente tener diez o más hijos porque la mayoría perecían pronto. Pero esto cambió en el siglo, cuando al cabo de unas pocas generaciones se comprendió que aquellas mortandades ya no se repetían y entonces se replanteó la necesidad de tener tanta progenie.
El descenso de la mortalidad se debió sobre todo a la alimentación más abundante y variada, gracias al periodo de buenas cosechas que comenzó en el siglo XVIII gracias a la mejora climática y el cambio agrícola. Esto redujo la mortalidad catastrófica de las epidemias, cuya incidencia se fue reduciendo pese a algunos rebrotes (cólera, fiebre amarilla, tifus). Los últimos ataques de la peste, la peor enfermedad epi­démica de la historia, fueron a principios del siglo XIX. Durante el final del siglo XVIII y el siglo XIX se añadieron espectaculares avances de la medicina, como la vacuna de Jenner contra la viruela, la asepsia o la cirugía con anestesia. Otros progresos fueron la mejor calidad de las viviendas, la mejora del suministro de agua potable y evacuación de aguas residuales, la mejor higiene gracias a los tejidos de algodón, y la difusión del jabón y la costumbre del baño.

Gran Bretaña, con una población que se había mantenido e incluso reducido momentáneamente durante los primeros 40 años del siglo XVIII, experimentó una explosión demográfica desde 1750, que se incrementó durante el siglo XIX. Entre 1750 y 1900 se sextuplicó: 6,5 millones de habitantes (1750), 9,4 (1790), 11,6 (1814), 14 (1831), 20,5 (1854), 25,7 (1874), 29,2 (1884), 41,5 (1900). Y eso pese a que otros 17 millones emigraban al mismo tiempo a EE UU y las colonias de ultramar. Sin esa emigración la población británica probablemente hubiera superado de largo los 60 millones en 1900.

Al mismo tiempo hubo un intenso proceso de redistribución de la población, abandonando las zonas rurales para dirigirse hacia las zonas urbanas y costeras, donde se concentraban las industrias y las actividades económicas en auge. El mayor ejemplo fue la capital: Londres pasó de 200.000 habitantes en 1700 a 1 millón en 1800 y 6,7 millones en 1900. Se había multiplicado por 33.
El éxodo rural no disminuyó significativamente la población del campo pero alivió su crecimiento hasta 1850, para seguir ya una curva negativa en 1850-1900. No obstante, el crecimiento natural en el campo fue mayor que en la ciudad, porque en esta las condiciones de salubridad fueron peores al menos hasta finales del siglo XIX.

EL CAMBIO GRÍCOLA.
La revolución agrícola del siglo XVIII, que en Gran Bretaña y Holanda ya se había iniciado parcialmente en el siglo XVII, se basó en un extraordinario aumento de la productividad agraria, sobre todo en 1790-1850, debido a varias causas:
- La extensión de las enclosures (campos cercados, protegidos del ganado), que sustituyeron a los campos abiertos, openfield, propios de la propiedad comunal, que fue prácticamente liquidada.
- La concentración de la propiedad agraria en manos de propietarios (grandes y medios), que disponen de más capital y que enfocan la producción hacia la comercialización y la obtención del máximo beneficio, utilizando mano de obra asalariada y maquinaria.
- La extensión de las superficies cultivadas a los eriales y las zonas comunales.

- Los nuevos métodos de cultivo y la supresión del barbecho a favor de una rota­ción más productiva (cereal, legumbres, forrajes).
- La integración de la explotación agrícola y ganadera, puesto que el ganado consume la producción de forraje (nabos, cebada, centeno, trébol…) y además abona el campo con sus excrementos.
- La extensión de las nuevas plantas: maíz, patata, remolacha azucarera…
- Más y mejores abonos químicos.
- Introducción de la maquinaria agrícola: sembradoras, cosechadoras, batidoras…
- La selección de mejores semillas.
- La estabulación, selección y cuidado veterinario del ganado.
- La mejora de la conservación, transporte y comercialización de los alimentos.
- El aumento de los precios de los alimentos, por la mayor demanda urbana, lo que estimuló la producción.
Todo esto tuvo unos extraordinarios efectos en la industria:
- El aumento de la producción de alimentos con precios más baratos y menor ne­cesidad de mano de obra, liberó una gran cantidad de campesinos que acudieron a las ciudades a encontrar empleo.
- El aumento del nivel de vida de los campesinos aumentó su capacidad de compra de productos industriales de consumo. Por ejemplo, en España los mejores años de la industria textil fueron los años de buenas cosechas.
- La demanda de maquinaria y abonos incentivó la industria metalúrgica y química.
- La agricultura hizo autosuficiente en alimentos a Gran Bretaña hasta 1850 y esto permitió ahorrar divisas e invertir en la industria.
- Muchos capitales del periodo inicial de la industrialización provinieron de campesinos enriquecidos.
En suma, sin este cambio o revolución agrícola no hubieran sido tan intensas ni la revolución demográfica ni la industrial. Pero estas también empujaron a la primera: fue un proceso mutuamente beneficioso.

La teoría de North sobre el origen de la revolución capitalista.
Douglas North, historiador y premio Nobel de Economía, sostiene que la revolución capitalista sólo surgió como consecuencia de una innovación institucional: la propiedad privada, que disolvía la propiedad común de los bienes instaurando derechos en exclusiva. Históricamente, esto se produjo por primera vez en la Inglaterra del Renacimiento, mediante los cercamientos o enclosures, que, al vallar la tierra, antes feudal o comunal, la privatizaban permitiendo que su propietario privado se apropiase de sus frutos en exclusiva. Barrington Moore vio en esto los orígenes sociales de la democracia. Según North, los derechos exclusivos de propiedad era la condición necesaria y suficiente para que se produjese la inversión productiva. En condiciones de propiedad comunitaria no hay incentivos para invertir, pues las externalidades impiden rentabilizar la inversión comprometida. Pero, si están garantizados los derechos en exclusiva, ya resulta rentable invertir (trabajo, capital y tecnología), en la confianza de que se multiplicarán las inversiones realizadas. Por eso, las enclosures agrícolas supusieron el big bang de la revolución industrial, pues no hay posibilidad de negocio capitalista, ni, por tanto, inversión privada, sin derechos exclusivos de propiedad.
Ejemplo de enclosure de finales del siglo XVIII en Sheffield, Inglaterra. [http://sytimescapes.org.uk/zones/sheffield/S06]

Por supuesto, no todo debe ser privado. Existen bienes o servicios necesarios, que, por su propia naturaleza universal e indivisible, generan externalidades, por lo que no admiten exclusividad ni pueden rentabilizarse: son los bienes públicos, como la Justicia o los derechos sociales de sanidad, educación o pensiones. Aquí es donde interviene el principio de subsidiariedad: debe ser el Estado, a cargo de los contribuyentes, quien financie esos bienes públicos. Para los otros bienes, los privados, el Estado es un mal administrador. ¿Por qué? Pues porque la inversión pública carece de poder multiplicador al tener que repartir universalmente los saldos excedentes.

EL CAMBIO COMERCIAL.
Gran Bretaña se convirtió en la gran potencia comercial del mundo civilizado en el siglo XIX. Fue esta una auténtica revolución del comercio, tanto el interior como el exterior.
El comercio interior se benefició de la creación de un verdadero mercado nacional británico, gracias a la extensa y eficaz red de canales, barcos de vapor y fe­rrocarriles. Las pobladas ciudades y los pueblos llenos de campesinos constituían un mercado de creciente nivel de vida (no hay suficientes estadísticas fiables, pero todos los indicadores muestran que en el siglo XIX el nivel de vida de la mayoría de la población era bastante mejor que la del continente). Por consiguiente crecieron las compañías comerciales, los grandes almacenes, las tiendas...
Puerto de Londres a principios del siglo XIX.

El comercio exterior vivió un crecimiento aun mayor, basado en el fomento de la flota mercante (que era casi la mitad de la mundial en 1850), el dominio naval de británico los mares, la política imperial de dominio comercial, una política económica de librecambio que abría los países al comercio británico, la exportación de los tejidos de lana y algodón, y la reexportación de los productos coloniales a Europa.
El proceso ya había comenzado mucho antes: en el periodo 1660-1760 las exportaciones británicas se triplicaron, y en 1750 el 25% de las exportaciones eran cereales y el 48% tejidos de lana. Pero el boom llegó en 1780-1830. En 1800 predo­minaban las exportaciones de tejidos de lana (28%) y algodón (24%), mientras que se importaba trigo y algodón. En 1815 los tejidos de algodón eran un 40% y los de lana un 18%. El vuelco se había completado en sólo unos decenios y se debió a la innovación tecnológica, la industrialización textil y el comercio de importación de algodón en rama y exportación de tejidos, y la abundancia de carbón para mover las máquinas. Todo se interrelacionaba.
El comercio creó una próspera clase comerciante, que diversificó sus negocios y capitales a la agricultura, la industria y la banca. Fomentó el crecimiento de las ciudades y facilitó el éxito de la agricultura y la industria al asegurar un mercado interno y exterior. Era un proceso que se retroalimentaba.

EL CAMBIO DEL TRANSPORTE.
La revolución de los transportes comenzó con los canales y las carreteras de pea­je y siguió con la mejora de la navegación marítima a vela y más tarde la de los ferrocarriles y la navegación a vapor. Todo esto posibilitó que la Revolución Industrial se extendiera a los tradicionales núcleos industriales (Barcelona, Milán...) que no tenían recursos naturales o carbón, que llegaron en ferrocarril o en barco.
EL CAMBIO TECNOLÓGICO.
La revolución tecnológica y científica fue notable, con las máquinas textiles ya en el siglo XVIII, para superar la tradicional rueca: la lanzadera volante de Kay (1733), las hiladoras de Hargreaves (1764) y las sucesivas jennies desde su primer diseño (como la de Crompton, 1770), la hiladora continua de Arkwright (1769, que revolucionó la industria algodonera), el telar mecánico de Cartwright (1785) Y el telar de Jacquard (1801).


El invento más importante fue la máquina de vapor de Watt (1769), que utilizaba carbón, y que permitió transformar tanto la fabricación en serie como el transporte.
Es el poder de la innovación, uno de los factores esenciales de todas las revoluciones estructurales. Se debe a la “secuencia desafío-respuesta”: los problemas de la producción creaban nuevas respuestas, y estas nuevos problemas, en una cadena nunca cerrada, cada vez más rápida, de descubrimientos. De hecho, aún vivimos en la enorme y creciente ola de avances científicos desencadenada por la Revolución In­dustrial.

EL CAMBIO FINANCIERO.
La acumulación de capital sobrevenida con la revolución agrícola del siglo XVIII y el comercio colonial se invirtió en empresas industriales, comerciales y financieras, con la reinversión de los beneficios de estas empresas en nuevos sectores, como industrias, el ferrocarril, la banca, etc. Era un sistema de inversión en gran parte cruzado: por ejemplo, los campesinos enriquecidos invertían en la industria, los industriales en el comercio y la agricultura, los comerciantes en la industria y la agricultura, y todos ellos en las finanzas. El capital en préstamo no fue el factor decisivo porque los costos de las inversiones industriales eran relativamente bajos y los beneficios muy altos, siendo estos la mayor fuente de capital, que se reinvertía.

La Bolsa de Londres en 1850.

Hubo un formidable desarrollo de la banca y los seguros, y de las empresas cotizadas en Bolsa, destacando las Bolsas de Londres y París. Los Bancos Centrales de los países garantizaron el papel moneda y la solidez del sistema financiero, lo que permitió un vigoroso crecimiento del ahorro y de la inversión, sobre todo en los préstamos internacionales y la construcción de los ferrocarriles.
El crédito era relativamente barato debido a la baja inflación, puesto que la industrialización tensó a la baja los precios de los productos manufacturados. En 1700 el tipo de interés en Londres era del 8% y en 1757 era sólo del 3% y se mantuvo con fluctuaciones del 4% o 5% durante casi todo el siglo XIX.

BIBLIOGRAFÍA.
Internet.
[http://es.wikipedia.org/wiki/Revoluci%C3%B3n_Industrial] Muchos datos, aunque le faltan coherencia estructural y referencias historiográficas.

Películas.
Daens (1992). Dirección: Stijn Coninx. Duración: 138 minutos. Filme belga sobre los efectos sociales de la revolución industrial en una ciudad de Bélgica, Aalst a finales del siglo XIX y el compromiso social de Daens, un sacerdote católico. Hay un comentario y un vídeo-resumen de 55 minutos de duración en [http://www.profesorfrancisco.es/2011/11/cine-revolucion-industrial-y-movimiento.html]


Documentales.
[https://www.youtube.com/watch?v=PvoAHKQCe6sLa Revolución Industrial. Documental educativo de Antonio García Megía. Duración: 10 minutos.

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Landes, David S. La riqueza y la pobreza de las naciones. Crítica. Barcelona. 2008 (1998 inglés). 604 pp. Subtitulo: Por qué algunas son tan ricas y otras tan pobres. David S. Landes (1924), fue profesor de Harvard en historia económica. Su libro se centra en Reino Unido, China, India, España y Portugal, y la Revolución Industrial. A menudo es brillante en el estilo y siempre es sugerente, con amplia documentación, pero su texto está lleno de errores cronológicos y estadísticos, afirmaciones basadas en pruebas (con una buena porción de dudosas) cuidadosamente seleccionadas a favor de sus interpretaciones a priori, algunas muy manidas desde el tiempo de la Leyenda Negra. Está desgraciadamente cargado de un transparente menosprecio por los países latinos (desde Francia a Italia, pasando por una España a la que le asesta palos con gusto sádico) y la Iglesia católica, que aparecen como los grandes (¿únicos?) malvados de la Historia europea. Su determinismo y chovinismo son fanáticos: parece asombroso que la maravillosa Inglaterra, su genial hijo americano y las nobles religiones protestantes no dominen hoy el mundo entero. Pero es cierto que en el libro hay muchos puntos en los que un historiador puede concordar.
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Artículos. Orden cronológico.
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