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martes, 7 de abril de 2015

HE UD 11. La crisis del Antiguo Régimen en España (1808-1833).

HE UD 11. LA CRISIS DEL ANTIGUO RÉGIMEN EN ESPAÑA (1808-1833).

1. LA CRISIS POLÍTICA DEL ANTIGUO RÉGIMEN EN EL REINADO DE FERNANDO VII.
1.1. LA GUERRA DE INDEPENDENCIA Y LAS CORTES DE CÁDIZ.
EL INICIO DE LA GUERRA.
El desprestigio de Carlos IV y Godoy.
El motín de Aranjuez.
La crisis de Bayona.
El levantamiento popular.
Las Juntas revolucionarias.
La revolución liberal de España.
Los afrancesados.
LA CONSTITUCIÓN DE CÁDIZ (1812).
1.2. LA REACCIÓN: EL PRIMER SEXENIO (1814-1820).
El regreso de Fernando VII.
El rechazo de la Constitución.
La fase absolutista: persecución de los liberales.
1.3. EL TRIENIO LIBERAL (1820-1823).
El pronunciamiento de Riego.
El gobierno de los liberales.
La reacción.
1.4. LA DÉCADA ABSOLUTISTA (1823-1833).
Los intransigentes.
La guerra de los agraviados.
La cuestión dinástica.

Resumen.
La guerra de Independencia (1808-1814) y la Constitución de Cádiz (1812) fueron los primeros episodios de la construcción de un Estado liberal, pero fracasó porque las fuerzas del Antiguo Régimen, eran demasiado fuertes. Pero el liberalismo y el nacionalismo surgieron entonces.
La primera etapa absolutista (1814-1820) del reinado de Fernando VII fue un retorno a los peores tiempos del Antiguo Régimen, en un país quebrado económica y humanamente, pero los liberales fueron cercando al régimen absolutista, hasta derribarlo. Mientras, el imperio colonial americano se deshacía finalmente en 1824, salvo en Cuba, Puerto Rico y Filipinas.
El Trienio Liberal (1820-1823) fue otro intento fracasado de lograr un entendimiento entre las fuerzas liberales y las absolutistas que rodeaban al Trono. La falta de acuerdo llevó a la radicalización de liberales y realistas y por la intervención de la Santa Alianza, que devolvió el poder absoluto a Fernando.
La reacción de la segunda etapa absolutista (1823-1833), estuvo marcada por la represión, ciertas reformas, los levantamientos realistas y las conspiraciones liberales, hasta que el problema sucesorio llevó al rey a evolucionar a posiciones más cercanas a los liberales.

1. LA CRISIS POLÍTICA DEL ANTIGUO RÉGIMEN EN EL REINADO DE FERNANDO VII.
1.1. LA GUERRA DE INDEPENDENCIA Y LAS CORTES DE CÁDIZ.
EL INICIO DE LA GUERRA.
El desprestigio de Carlos IV y Godoy.

La familia de Carlos IV. Goya. El príncipe Fernando, en primer plano a la izquierda.

Retrato de Manuel Godoy. Goya.

El rey Carlos IV y su primer ministro Manuel Godoy habían perdido desde hacia tiempo el apoyo popular debido a la crisis política (oposición al nepotismo de Godoy, escándalo por las supuestas relaciones de Godoy y la reina, represión sobre los reformistas), bélica (derrotas navales de San Vicente y Trafalgar), económica (malas cosechas, déficit de la Hacienda, interrupción por la flota británica del comercio con América). La entrada de tropas francesas a principios de 1808 para preparar la invasión de Portugal aumenta el descontento. En marzo llega el general francés Murat a Madrid y, cuando el ejército francés es ya superior al español, Napoleón exige la entrega a Francia de los territorios al norte del Ebro a cambio de territorios portugueses, más la apertura del comercio americano a los franceses. Godoy decide entonces trasladar la familia real a Andalucía para preparar la resistencia, pero el príncipe Fernando y sus partidarios lo impiden con un motín.

El motín de Aranjuez.

Fernando VII (1808-1833) asciende al trono gracias al motín de Aranjuez (17 marzo 1808), una violenta revuelta popular organizada por los partidarios del príncipe que consiguió primero la destitución de Godoy y dos días después la abdicación de Carlos IV. Esta es la primera aparición exitosa del pueblo llano como sujeto de las revoluciones en España y será una experiencia decisiva para el futuro.

La crisis de Bayona.


Napoleón se propone como mediador entre Carlos IV y su hijo Fernando VII y atrae a toda la familia real y a Godoy a Bayona, donde presiona para conseguir que Fernando devuelva el trono a su padre y luego para que este se lo ceda a él mismo, que lo entrega a su hermano José I y lo legitima con una reunión de Cortes españolas en Bayona (junio 1808), que promulga una Constitución muy modernizadora, para atraerse el apoyo de los reformistas.

El levantamiento popular.
El ejército francés ocupa entonces Madrid, Barcelona y algunas ciudades estratégicas. El alzamiento de los españoles contra los invasores fue espontáneo en los primeros días, como el 2 de mayo en Madrid, duramente reprimido.
La resistencia de Madrid el 2 de mayo.

La carga de los mamelucos el 2 de mayo. Goya.
Los fusilamientos del 3 de mayo. Goya.

Las Juntas revolucionarias.
Pero a las pocas semanas ya se habían formado Juntas revolucionarias para dirigir la resistencia. La primera, la de Asturias, declaró la guerra a Francia y solicitó la ayuda inglesa. Llegaron a constituirse 18 Juntas provinciales, con competencias en sus respectivas zonas para organizar la resistencia frente al invasor. Sus miembros eran representantes de las tradicionales clases dominantes: nobleza, clero, burguesía.
La resistencia obtuvo un éxito inesperado. En julio el ejército español vence en Bailén, con lo que se libera Andalucía, y a continuación José I abandona Madrid y el ejército francés que ocupa Portugal debe retirarse.
Como esta multiplicación de Juntas no era adecuada para una situación de guerra, fueron sustituidas en septiembre por la Junta Central compuesta por dos delegados de cada provincia. Su sede cambió ante el avance de los invasores; de Aranjuez pasó a Sevilla y finalmente a Cádiz. Napoleón había reaccionado a finales de 1808, invadiendo con otro poderoso ejército el país y reinstalando a José I en Madrid. La ocupación pronto se extendió por casi todo el país (menos las islas y Cádiz), aunque la guerrilla mantuvo la resistencia en amplias zonas.


Mapas de la Guerra de Independencia.

La revolución liberal de España.
La Junta Central traspasó en enero de 1810 sus poderes a un Consejo de Regencia, que gobernaría en nombre de Fernando VII, y le pidió que convocara Cortes, donde se aprobarían las medidas necesarias para modernizar el país. Es un evento de gran trascendencia, porque en estos años de guerra en España tuvo lugar, además, una revolución, porque modificó su régimen político. Las Cortes se abrieron en Cádiz en 1810 y entre los diputados se distinguieron desde el primer momento dos grupos:
- Absolutistas, partidarios de respetar la autoridad absoluta del rey.
- Liberales, quienes deseaban limitar la autoridad real con una mayor participación del pueblo.
En la sesión inaugural destacó un discurso de Muñoz Torrero, diputado por Extremadura, en el que defendió la soberanía de la nación. Con este discurso pudo comprobarse que los liberales eran la mayoría, lo cual hizo posible que se promulgaran leyes sobre la supresión de la tortura, la abolición de la Inquisición y la libertad de prensa.

Los afrancesados.
Al conquistar la mayor parte de España los ejércitos napoleónicos, José I, hermano de Napoleón, se hizo con el poder oficial en Madrid. Apenas contó con un reducido grupo de partidarios, que fueron llamados despectivamente los “afrancesados”.
Los afrancesados colaboraron con el régimen josefino por dos razones fundamentales: evitar una guerra que consideraban inútil y ruinosa contra Napoleón, y llevar a cabo un programa de reformas políticas y sociales de signo liberal aunque moderado. Pero los intentos de atraerse a la población fueron inútiles, sobre todo por la violencia de la ocupación francesa durante la Guerra de Independencia y no pudieron controlar amplias zonas donde las juntas revolucionarias seguían defendiendo la dinastía borbónica
Los más prominentes fueron Cabarrús, Azanza, Cevallos, Urquijo, Lista, Moratín y Javier de Burgos. La mayor parte se exiliaron en Francia al terminar la guerra en 1813 y no pudieron regresar hasta el Trienio Liberal (1820-1823).

LA CONSTITUCIÓN DE CÁDIZ (1812).



Tras dos años de debates la medida más trascendental fue la aprobación de una Constitución, una ley fundamental que regulaba las instituciones y los derechos de los españoles. Se consignaba en ella la educación que debía darse a los ciudadanos, los impuestos, la religión (se confirmaba la católica como única del pueblo español). La Constitución modificó el régimen político e implantó el liberal al introducir dos ideas básicas de dicho régimen: la soberanía nacional y la división de poderes.
Pero el experimento constitucional liberal tendrá una vida muy breve, por la falta de un apoyo político y social (tenía el favor de la burguesía pero se oponían el rey, la nobleza, el alto clero y las clase populares), y en parte porque sufría un grave error constitucional: no era un régimen parlamentario moderno porque el poder ejecutivo correspondía en realidad a las Cortes, con lo que el rey y el Gobierno sólo podían obedecerlas (el papel del rey no estaba previsto, el Gobierno no era elegido por una mayoría parlamentaria, los ministros no podían ser parlamentarios y estos no podían ser reelegidos). Este fallo imposibilitó que funcionase, tanto en 1812-1814 como en su restablecimiento durante el Trienio Liberal de 1820-1823.

1.2. LA REACCIÓN: EL PRIMER SEXENIO (1814-1820).
El regreso de Fernando VII.


Durante la guerra con los franceses el rey Fernando VII fue prisionero de los franceses. Al término de la guerra, regresó a España en mayo de 1814 en medio del clamor popular. Su condición de prisionero multiplicó su popularidad, hasta el punto de llamársele “El Deseado”.

El rechazo de la Constitución.
El rey pronto frustró las esperanzas de los liberales españoles, cuando, espoleado por el “Manifiesto de los Persas” (diputados absolutistas) y el general Elío, expresó su propósito de no aceptar la Constitución de Cádiz porque limitaba su poder. Luego firmó el decreto de Valencia (mayo 1814), en el que rechazaba cualquier limitación de su autoridad y sólo aceptaba unas Cortes tradicionales, con los viejos tres estamentos.

Fernando VII.

La fase absolutista: persecución de los liberales.
Los liberales fueron perseguidos; se les acusaba de haber atentado contra la autoridad sagrada del monarca y por ello muchas destacadas personalidades de las Cortes de Cádiz fueron condenadas al destierro. La amnistía de 1816 fue muy corta y no solucionó el problema de los emigrados.
Pero en el ejército no fue tan profunda la represión reaccionaria y varios militares liberales organizaron fracasadas conspiraciones y pronunciamientos, fracasados hasta 1820, como los del famoso guerrillero Espoz y Mina (septiembre de 1814), Díaz Porlier en La Coruña (septiembre de 1815), Richart y Renovales en la “Conspiración del Triángulo” (1816), Lacy (abril de 1817), Vidal en Valencia (diciembre de 1819).

Ejecución del general Lacy en el foso del castillo de Bellver.

Se restauró el Tribunal de la Inquisición, se devolvieron a los conventos las tierras que los liberales habían desamortizado y a los nobles sus privilegios y poder.
La situación económica, fiscal y política empeoraba, mientras las colonias se independizaban, en un círculo vicioso: la crisis económica europea se agravaba en España por las pérdidas humanas (entre 300.000 y 500.000 muertos), materiales y las deudas de la guerra, la pérdida del mercado americano, la exención fiscal de los estamentos privilegiados, y ello impedía realizar las reformas económicas y militares que restablecieran la situación anterior. El Antiguo Régimen fenecía.

1.3. EL TRIENIO LIBERAL (1820-1823).
El pronunciamiento de Riego.
El 1 de enero de 1820 el comandante (luego coronel) Riego realiza un nuevo pronunciamiento militar, apoyándose en las tropas concentradas en Cádiz para una expedición a América. Proclamó la vigencia de la Constitución de Cádiz. Muchas guarniciones se le unieron en las semanas siguientes. Dos meses después el rey aceptó la situación en un manifiesto: “Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional”. El apoyo del ejército había sido imprescindible para el triunfo de la revolución.

El gobierno de los liberales.
El restablecimiento de la Constitución de Cádiz significó las libertades de imprenta, reunión... pero era ineficaz para resolver el engarce entre Parlamento, Gobierno y rey, como ya se explicó arriba. Los liberales procuraron gobernar con un sistema de cogestión monárquico-parlamentario, pero este no podría realizarse porque una parte (el rey) no era leal al sistema. El rey procuraba frenar todas las reformas mediante el derecho al veto (p.e. a la abolición de los señoríos).
Esta actitud provocó una división entre los liberales, que impidió un consenso en las reformas: 
- Los “moderados”: los doceañistas, pues muchos habían participado en las Cortes de Cádiz, partidarios de que la participación del rey era indispensable en las reformas. Eran mayoritarios en las Cortes (elegidas en julio de 1820) y controlaron los primeros gobiernos: Pérez de Castro, Bardají, Martínez de la Rosa, y la Milicia Nacional. Su base social era la alta burguesía y los propietarios.
- Los “exaltados”: que reducían el papel del rey a un poder representativo y ejecutivo. Se apoyaban en el ejército, las 275 Sociedades Patrióticas (clubes políticos de debate) y las sociedades secretas (masones, comuneros, carbonarios). Su base social era la pequeña burguesía y las clases populares.
Los moderados gobernaron los dos primeros años y se inició una etapa de reformas rápidas:
- Supresión de la Inquisición (su final definitivo).
- Reforma agraria: reducción del diezmo a la mitad para abaratar los productos de consumo, entrega de las tierras concejiles a los campesinos, supresión de los señoríos y mayorazgos, venta de las tierras de los conventos con menos de 24 frailes y de las Órdenes militares.
- Creación de la Milicia nacional, compuesta de voluntarios armados que mantenían el orden en las ciudades y que serán el principal soporte del liberalismo moderado.
La división entre moderados y exaltados creció con la disolución de las fuerzas de Riego en septiembre de 1820 y su destitución como capitán general de Aragón en septiembre de 1821. En el último año dominaron los “exaltados”: el ambiente revolucionario se vivió con fervor exaltado. En los clubes de las Sociedades Patrióticas se leía la Constitución y la prensa, se discutía de política y se repartía sopa a los pobres. Al mismo tiempo se reprimía a las partidas realistas.

La reacción.
Entretanto los partidarios del rey conspiraban y la contrarrevolución era apoyada por la mayoría de los obispos y el clero, exasperados por las medidas anticlericales de los liberales, por un grupo de diputados absolutistas y por bandas de campesinos armados, mezcla de guerrilleros y bandoleros, que promovieron en Cataluña la “guerra realista” (1822-1823), pero estaban organizados en pequeñas bandas guerrilleras y fueron derrotados.
Fernando VII no hubiera recuperado su poder ilimitado con sólo estos apoyos. Los monarcas absolutistas europeos, alarmados por el ejemplo español muy influyente en Italia, acordaron en el Congreso de Verona la intervención exterior. Un ejército francés, denominado los Cien Mil Hijos de San Luis (65.000 franceses y 35.000 voluntarios españoles), mandado por el duque de Angulema, penetró en territorio español, hasta el último reducto de Cádiz y restauró el absolutismo. La represión fue brutal (p.e. mil oficiales depurados y 132 fusilados) y los principales liberales fueron fusilados (Riego) o encarcelados; la mayoría se exilió.

El duque de Angulema saludando al rey Fernando VII.

1.4. LA DÉCADA ABSOLUTISTA (1823-1833).
Los intransigentes.
Los liberales la llamaron “ominosa década” o decenio abominable, por la intensificación del despotismo. La Milicia nacional es suprimida y se crean unidades de voluntarios realistas, con presupuesto propio. Se restablecieron los mayorazgos y señoríos, se devolvieron los bienes eclesiásticos expropiados, se recuperaron los diezmos... Pese a ello, el gobierno, con hombres reformistas como López Ballesteros y Cea Bermúdez tuvo aciertos parciales en la reforma de la Hacienda y la Administración.
Los absolutistas se dividieron en dos sectores, intransigente y moderado. En el sector intransigente, más absolutista que el propio rey, actuaban algunas sociedades secretas como “El Ángel Exterminador”, que exigían el exterminio de los liberales. A las medidas de gracia para los liberales que proponía el duque de Angulema (un ejército francés de ocupación permaneció hasta 1828) y algunos diplomáticos, y que el rey deseaba, se opusieron los intransigentes. El rey, empero, consiguió negarse a la restauración de la Inquisición y desde 1826 se apoya en el sector moderado, partidario de un entendimiento con los liberales. Mientras, la situación financiera era lamentable.

La guerra de los agraviados.
Los intransigentes llegaron a organizar conspiraciones para obligar al monarca a actuar con mayor dureza y al fracasar promovieron una nueva guerra en Cataluña (primavera 1827), de los “agraviados” o “malcontents”.
Era una revuelta campesina de católicos extremistas, con la misma base social que la anterior “guerra realista”, y motivada también por la presión fiscal sobre el campesinado y por las quejas de los “voluntarios” respecto a las pagas. Se defendía un absolutismo extremo, superando el absolutismo moderado que practicaba en esta etapa Fernando VII, y a favor de los derechos sucesorios de Carlos. Las partidas rebeldes se apoderaron de varias comarcas y poblaciones (Berga, Vic, Cervera, Solsona, Olot) pero la intervención militar personal del rey la reprimió duramente en pocos días.

La cuestión dinástica.
Más trascendencia ofreció el problema de la sucesión al trono. Los intransigentes del partido “apostólico”, desengañados por la moderación de Fernando VII, pusieron sus esperanzas en su hermano Don Carlos, que era el sucesor, ya que el rey no tenía hijos. Ambos partidos tenían razones constitucionales de su parte.
La situación sucesoria cambió en 1830. En ese año Fernando VII publicó la Pragmática Sanción de 1789 (que no había sido publicada entonces), que abolía la Ley Sálica de 1713, según la cual las mujeres no podían ocupar el trono, y poco después tuvo una hija, la futura Isabel II. Mientras, seguían la represión en 1831 (fusilamiento de Mariana Pineda por coser una bandera liberal) y los pronunciamientos liberales (Torrijos). En el exterior Francia ya no podía apoyar a los absolutistas después de la revolución de 1830. La división de la Corte y las dudas del rey llevaron a este, durante una grave enfermedad, al error de los Sucesos de la Granja (18-IX-1832), cuando por presión del jefe de gobierno efectivo, Calomarde, el rey restauró la línea sucesoria masculina para luego, al mejorar su salud, volver a sostener los derechos de su hija, reimponer la Pragmática Sanción (28-IX) y destituir a Calomarde, nombrando como jefe de gobierno al moderado Cea Bermúdez, quien procedió a dictar una amnistía para los exiliados liberales (20-X-1832), creó el ministerio de Fomento, separó del mando militar a los oficiales más absolutistas, disolvió las unidades de voluntarios realistas y renovó los ayuntamientos con miembros de la burguesía.
En los últimos meses de su reinado, el rey, influido por su esposa y los moderados, se acercará crecientemente a los liberales, formándose el partido “isabelino” o “cristino”.
Se pusieron así las bases para el mayor enfrentamiento en la España del siglo XIX, que opuso a dos movimientos político-sociales: el carlismo y el liberalismo.

BIBLIOGRAFÍA.
Documentales.
Serie Memoria de España. RTVE. [www.rtve.es/alacarta/videos/memoria-de-espana/]: A la sombra de la revolución. El reinado de Carlos IV y la Guerra de Independencia. / ¡Vivan las caenas! La restauración del absolutismo fernandino. 

Exposiciones.
*<El viaje andaluz de José I. Paz en la guerra>. Cádiz. Casa Pinillos (noviembre 2011-29 enero 2012). El viaje triunfal del rey José Bonaparte por Andalucía, iniciado en enero de 1810, desmiente el mito de que toda la población se resistió a su reinado.

Libros.
Ardit Lucas, Manuel. Revolución liberal y revuelta campesina. Ariel. Barcelona. 1977. 376 pp.
Artola, Miguel. Antiguo Régimen y revolución liberal. Ariel. Barcelona. 1983 (1978). 318 pp.
Carr, Raymond. España 1808-1975. Ariel. Barcelona. 1982. 826 pp.
Fernández de Pinedo, Emiliano; Gil Novales, Alberto; Dérozier, Albert. Centralismo, Ilustración y agonía del Antiguo Régimen (1715-1833). 1981. 488 pp. Fernández de Pinedo, Emiliano. Coyuntura u política económicas (11-176). Gil Novales, Alberto. Política y sociedad (177-322). Dérozier, Albert. Visión cultural e ideológica (323-436). v. VII. en Tuñón de Lara, Manuel (dir.). Historia de España Labor. Labor. Barcelona. 1980.
Fontana, Josep. La quiebra de la monarquía absoluta 1814-1820. Ariel. Barcelona. 1978 (3ª ed. revisada). 396 pp.
Fontana, Josep. La crisis del Antiguo Régimen 1808-1833. Crítica. Barcelona. 1982. 310 pp.
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Gil Novales, Alberto. El Trienio liberal. Siglo XXI. Madrid. 1980. 146 pp.
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Moreno Alonso, Manuel. La generación española de 1808. Alianza. Madrid. 1989. 288 pp.
Ringrose, David. España. 1700-1990: el mito del fracaso. Alianza. Madrid. 1996. 561 pp.
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Torras, Jaime. Liberalismo y rebeldía campesina 1820-1823Ariel. Barcelona. 1976. 199 pp.
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Vilar, Pierre. Hidalgos, amotinados y guerrilleros. Crítica. Barcelona. 1982. 315 pp.

Artículos. Orden cronológico.
Pérez Reverte, Arturo. Una intifada de navaja y macetazo. “El País” (20-IV-2008) 42-43. El 2 de mayo de 1808.
Álvarez Junco, José. Las deformaciones de la memoria. “El País” (7-XII-2014) 39. Compara el colaboracionismo en la Guerra de la Independencia española de 1808-1814 y el de la Ocupación alemana de Francia en 1940-1944.

Dosier: La Constitución de 1812.
Villena, Miguel Ángel. 1808: nacen las dos Españas. “El País” (2-II-2008) 38. Avalancha editorial para comprender un conflicto (39). Álvarez Junco, José. La verdad histórica contra las pasiones (39).
Constenla, Tereixa. Desmontando a La Pepa. “El País” (9-I-2012) 33. Se celebra el bicentenario de la Constitución de 1812.
Elorza, Antonio. La revolución española. “El País” (24-II-2012) 31. El levantamiento antifrancés y la Constitución de 1812, hitos del nacionalismo y el liberalismo español.
Bastenier, M. Á. La Pepa: 1812. “El País” (14-III-2012) 4. La Constitución de 1812 fue una oportunidad perdida para plantear una independencia americana gradual y sin violencia.
AA. VV. Especial La Pepa / 1812-2012. “El Mundo” (19-III-2012) 12 pp.
Antón, Jacinto. ¡Viva la Pepa! “El País” Semanal 1.852 (25-III-2012) 42-50. La celebración en Cádiz.
Pendas, Benigno. Cádiz, del mito al símbolo. “El País” (4-IV-2012) 27-28.
Chust, Manuel. América y la Constitución de 1812. “El País” (21-IV-2012) 35.
Rodríguez Marcos, Javier. Viva la Pepa, pero sin futurismos. “El País” (20-XI-2012) 40. Diálogo entre historiadores en el Segundo Centenario de la Constitución de 1812.
Fradera, Josep M. El legado de 1812 revisado. “El País” (30-VII-2012) 27. Fradera es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona.